La calle de los hoteles

“Most of life is so dull that there is nothing to be said about it, and the books and talk that would describe it as interesting are obliged to exaggerate, in the hope of justifying their own existence. Inside its cocoon of work or social obligation, the human spirit slumbers for the most part, registering the distinction between pleasure and pain, but not nearly as alert as we pretend. There are periods in the most thrilling day during which nothing happens, and though we continue to exclaim ‘I do enjoy myself’ or ‘I am horrified’ we are insincere. ‘As far as I feel anything, it is enjoyment, horror’ – it’s no more than that really, and a perfectly adjusted organism would be silent.”

E.M. Forster – A Passage to India

Hace un par de días estuve en el bar “La Barquita”, un anexo ubicado en un hotel asqueroso por Plaza Venezuela. Había quedado encontrarme con un tal señor Mendoza para entregarle un pedido cuyo encuentro se había postergado por tres meses a causa de la pandemia: Historia Natural, de Plinio el Viejo, dos tomos, biblioteca básica Gredos, tapa dura azul oscuro, dos mil uno. Aburrido pedí una Zulia. Agradecí que estuviera en una temperatura adecuada, una temperatura ideal para tomarse una birra decente en un espacio desolador como ese bar, que tenía el descaro de tener un letrero en la entrada que decía Lujoso Ambiente Familiar en letras de caligrafía palmer. Horrible, una estética condensada de un país que afortunadamente ya no existe.

La tipografía freudiana me trasladó a rincones oscuros de mi infancia, cuando intentaron en más de una ocasión obligarme a escribir con la mano derecha porque no era cosa digna de dios ni de dioses hacerlo con la izquierda. Contra todo pronóstico, gracias a la gestión de un papa alemán pederasta, se derogó aquel presupuesto medievaloso y se concluyó que a fin de cuentas los zurdos no tienen inclinaciones malignas. Quizá genocidas y megalómanas, pero nada de rastros infernales designados por un prejuicio divino. Al fin y al cabo todos somos malos, por lo tanto no podemos prescindir de las máscaras, del selfie, los estados, las apariencias líquidas, del azúcar y los amantes.

“Digamos la verdad: la tierra nos proporciona el remedio de los males, nosotros lo convertimos en el veneno de la vida” (Plinio el viejo).

La vida personal no tiene mucho para mostrar. Exageramos sobre aquello que consideramos de cierto interés solo para hacer alarde de una vanidad temporal: volver interesante algo que en definitiva no lo es: nuestras rutinas, los precarios logros, el pésimo sentido del gusto, nuestro ensombrecido ego cargado de filtros y fondos musicales, patético; pero eso no es lo importante, cada quien hace lo que quiera, no obstante ahí está el meollo del asunto, la costra deliciosa de la vida. Me interesa más eso que se oculta en las falsas maniobras, en la interacción excesiva, la realidad omnipresente: la del ser humano sufriente. Aquel “incapaz de vivir con plenitud, incapaz de lanzar por la borda los problemas autocreados, incapaz de ponerle fin al dolor; el ser humano víctima de su propia psique, de sus opiniones, sus ideas, sus prejuicios; el ser humano ahogado por su miedo –el telón de fondo real de su vida–; el ser humano crucificado por su existencia mecánica, vivida como repetición, llena de rigideces; el ser humano, que “proyecta” su angustia en todo lo que hace, creando división, sufrimiento, agonía; el ser humano atenazado por sus propios productos: odio, afán de notoriedad, deseo de poder, todo para no verse y para sentirse y para compensar su poca importancia en el cuadro de las cosas; el ser humano consciente del desastre que ha creado y sigue creando, pero como imposibilitado para detenerse”(Cadenas).

Así esperaba a Mendoza, retomando con tal grado de obsesión los temas triviales de una práctica pasajera. Era muy claro que el ambiente del antro me había alterado los estados de ánimo. Se había ido el año, pensaba, y ha sido todo un tanto espantoso pero muy grato. Las mejores anécdotas se resumen a encierros y lecturas, a una forma de trabajo esclavista, de tipo yo elijo mi horario pero apenas soy dueño de mi circunstancia. La universidad me enseñó unas cosas puntuales que en el mundo real no me sirven de mucho. “En la facultad nos enteramos de que estamos hechos de defensas, escudos y armaduras, de que somos ciudades cuya arquitectura se limita a murallas, torres y fortificaciones: un país de búnkeres” (Tokarczuk). No podemos aplicar nuestras lecciones de anatomía sin caer mal a los que conducen su destino con mediocridad. No se vive de las palabras ni mucho menos de las ilusiones que provienen de ellas.

Abrí al azar una página de Historia Natural porque no podía conformarme solo con pensar acerca de lo triste que es confundir la zurdera con un estado fijo del alma, una tendencia de la época que arrasó con la fiesta del pensamiento. “Advertimos por las tempestades que ha pasado una constelación, y no solo por las lluvias y las tempestades sino por otros muchos síntomas en los cuerpos y en el campo. Hay personas que resultan afectadas por el efluvio de la constelación, otras sufren en determinados momentos perturbaciones del intestino, músculos, cabeza y mente…Desde luego ya personas muy perspicaces averiguaron que por la influencia de la luna aumentaba y luego disminuía el tamaño de las ostras, de los moluscos y de las conchas en general, incluso los lóbulos del hígado de los ratones de campo respondían al ciclo de la luna y hasta un bicho minúsculo como es la hormiga notaba los influjos del astro”(Plinio el viejo).

¿Cuántas constelaciones de estrellas se han extinguido sin saberlo a razón de tantas destrucciones? Tal vez en la academia nos enseñan a desarrollar retóricas sobre esta serie de gestas, pero apenas nos dan tips para evadir o acometer con inteligencia los problemas más simples de lo recurrente: el peso variable de la existencia, el valor de nuestro conocimiento. Deberían proponer materias optativas donde enseñen a la gente a vivir estoicamente. La experiencia universitaria terminó siendo para mí una decepción. Debe ser por eso que muchos terminamos haciendo algo muy distinto a eso que durante mucho tiempo nos estuvimos preparando para ejercer. Vendo libros ahora de manera aficionada. No sé hacer otra cosa.

Hay una amargura mercantil en el hecho de terminar vendiendo tus libros. Esto claro, lo estuve pensando mientras esperaba al tal Mendoza, tomando mi Zulia a una temperatura adecuada, evadiendo que el haber estado allí en ese bar fue más por una búsqueda de emprendimiento que por un gusto sostenible: de que estoy desempleado, así que soy mi propio jefe. La única forma de sobrellevar la miseria diaria de izquierda es vender libros. Ser librero es un oficio ambidiestro y camaleónico, errante si no tienes local fijo del cual jactarte, al menos uno que te pertenezca de manera legal, sin la necesidad de ir buscando clientes fijos por WhatsApp o vías clandestinas, de boca en boca, como si lo que ofrecieras se tratara de potentes ácidos, como el libro de Plinio el Viejo, Historia Natural.

Había terminado la cerveza cuando se acercó a la barra un tipo que no era ni joven ni viejo. Asumí que era Mendoza. Dijo mi nombre y asentí. Nos presentamos formalmente, en el gesto tácito que no permite mayor extensión acerca de lo que en realidad somos. No me gusta quedar en hacer una cosa en dos lugares distintos el mismo día, dijo Mendoza, prefiero unir los asuntos en un mismo sitio por un tema de circunstancias. Usted comprenderá, el hotel es la razón principal de que usted esté aquí. Lamento haberlo hecho esperar tanto. No se preocupe, le dije mientras me daba cuarenta dólares en cuatro billetes de diez y se llevaba los libros. Afuera del bar dos mujeres escotadas y gruesas esperaban fumando.

¿Tienes más libros de Gredos a la venta?

Creo que sí, las Elegías de Propercio y otro de Lírica griega Arcaica ¿Le interesa alguno?

Ambos. El de lírica griega es interesante, en particular cuando hablan de Estesícoro, el poeta que contaba historias en las fiestas, fundador de la lírica coral internacional, puente que une los relatos épicos de Homero y Hesíodo, fue un poeta prolífico. Pero por los momentos me inclino más por las Elegías de Propercio. Es un libro raro y hermoso, difícil de encontrar: “¿Qué hombre cumple las promesas hechas en medio de la tempestad, cuando a menudo en el puerto flota un barco destrozado?” Sabes, el barco es el amor, todo lo que naufraga termina, incluso antes de haber empezado, no sale del puerto ni siquiera antes de emprender una tormentosa travesía, por eso a veces ciertos hombres sufren tormentos de amor en tierra y se vuelven locos. “¡Maldito el primero que equipó una nave con velas y se abrió camino contra la voluntad del mar!”. Me sé de memoria algunos versos. Sobre la primera maldición y la invención, protos heuretés, hay una larga tradición literaria sobre la navegación. Tienes a Sófocles con su Antígoga, las Odas de Horacio, la Medea de Séneca, las Silvas de Estacio…En fin, disculpa, ya no quiero quitarte más tiempo. Me están esperando. Quedamos pendiente con Propercio.

No supe qué responderle a Mendoza, lo único que pude decirle fue que por las Elegías podía ofrecerle un descuento, pero que el próximo encuentro no fuese en el bar de un hotel. Se negó ante esta condición. Dijo que solo en lugares así estos negocios tenían sentido. Se iba alejando a la puerta y las mujeres se palpaban sus robustos cabellos con ansiedad de rutina. Entienda mi preferencia a estos lugares desiertos y silenciosos para el lamento, decía. “Aquí se puede dar rienda suelta sin castigo a las penas calladas, con tal que solo las rocas puedan guardar el secreto”, le dejo esa última de Propercio. Feliz año.

Al salir se llevó a las dos mujeres en cada brazo extendido, en la entrada del hotel vi cómo le frotaba las nalgas a la que estaba a su derecha mientras ellas se meneaba con una lentitud que me dio hasta envidia. Tenía hambre. Pagué la cerveza y salí de la Barquita. Afuera la calle de los hoteles estaba como siempre, indiferente y cómplice. El cielo anunciaba un tiempo de lluvia.

El penúltimo día del año. Había olvidado ponerme el tapabocas. Me dio igual. En el camino estuve pateando una lata de soda. Llegué a la conclusión de que no tenía una vida interesante, con mayor razón debía volver a la calle de los hoteles, y que además si quería saber más sobre temas de navegación tenía que leer con más cautela a los griegos y latinos. Vivir sin duda es más importante que leer, pero leer ayuda a vivir. Desde las alturas siempre hay alguien observando. Hay que seguir construyendo.

“El hombre que imagina que a la deidad sus obras se le ocultan, cierto se engaña” (Píndaro).

Caracas, 30 de diciembre de 2020

Alexander JM Urrieta Solano

El poeta en el mundo

Denise Levertov, a mediados de 1973, hizo una selección de varios textos suyos en prosa para reunirlos en un hermoso libro. La publicación de The Poet in the world fue recibida por los lectores como un suceso comparable con la publicación de The Sacred Wood de T.S. Eliot y ABC of reading de Ezra Pound. Investigando vi que la primera traducción (?) en lengua española fue realizada por Ugo Ulive. El libro fue editado y publicado por Monte Ávila Editores en 1979. Ignoro si se realizó alguna otra edición posterior o anterior en español, tema que me desconcierta, pues se trata de un libro maravilloso y conmovedor, con un valor y fuerza imprescindibles cuyo título es casi de culto; uno de tantos títulos que tuvimos el lujo de tener en los anaqueles de nuestro país al módico precio (grabado en la contraportada) de 35 bolívares.

Para Denise la prosa en los poetas establece un estrecho vínculo entre la vida interior y exterior que sirve como un recurso más autorevelador que los mismos poemas. En la prosa se concentran los aspectos de la vida meditativa de quien escribe, mientras que los versos son la manifestación de los impulsos espirituales. Los grandes maestros logran en sus escritos enlazar ambos estados creativos, dándoles esa particularidad en la voz que resuena indefinida en la conciencia de una época. Denise Levertov es ese tipo de maestra cuyas palabras resuenan todavía en pequeños rincones de resistencia.

El poeta en el mundo está divido en cinco secciones temáticas donde la autora estableció sus intenciones acerca de la relación vital entre la poesía y su vida. En Trabajo e inspiración, primera sección del libro, reúne una serie de conferencias y reflexiones sobre la teoría poética. Las maneras de componer, bajo el presupuesto de lo que ella concibe como la forma orgánica, concepto que está detrás de todas las cosas, donde el poeta es aquel capaz de revelar aquello que está oculto. La forma orgánica consiste en un método de percepción basado en la intuición de cierto orden, una forma más allá de las formas, donde la poesía, como obra creativa, es una actividad exploratoria. A grandes rasgos, la condición del poeta está en un entrecruzamiento o constelación de experiencias que despiertan en él una necesidad, mejor dicho una exigencia mayor, que vendría a materializarse en el poema.

El comienzo de la satisfacción de esta exigencia es contemplar, meditar, palabras que denotan un estado en el que el calor del sentimiento va caldeando el intelecto. Contemplar proviene de “templum, temple, lugar, espacio de observación indicado por el augur”. No significa simplemente observar, advertir, sino hacer estas cosas en presencia de un dios. Y meditar es “mantener la mente en estado de contemplación”; su sinónimo en inglés es “to muse“, que proviene de una palabra que significa “estar con la boca abierta”, algo que no es tan cómico si pensamos en “inspiración”: llevar aire a los pulmones. (pp. 18-19)

Denise en un texto incluido en la primera sección, Una definición más amplia, sintetiza, a petición de un alumno, tres categorías que luego la autora explica de manera concisa. Me veo en la necesidad de transcribir toda la página.

—There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, forms to contain them; or to make appropriate re-use of existing metric form.

[Hay una poesía que trata de inventar, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, formas que los contengan o trata de reutilizar apropiadamente formas métricas existentes]

— There is a poetry that seeks to invent, for thought and feeling and perception not experienced as form, a mode of expression that shall maintain that formlessness, avoiding the development of rhythmic and sonic patters.

[Hay una poesía que busca, para el pensamiento y el sentimiento y la percepción no experimentados como forma, un modo de expresión que conserve esta carencia de forma, evitando el desarrollo de modelos rítmicos y sonoros]

— There is a poetry that in thought and in feeling and in perception seeks the forms peculiar to these experiences.

[Hay una poesía que en el pensamiento y en el sentimiento y en la percepción busca las formas peculiares de estas experiencias]

La primera de estas tres categorías implica el concepto de síntesis de forma y contenido como un acontecimiento producido por el ejercicio del poder y la astucia del artista, pero no como un acontecimiento orgánico, como el agua que fluye tiene el dibujo de sus ondas como si fuesen inherentes al contenido. Por el contrario, la tercera categoría sí implica una fe en la inmanencia de la forma dentro del contenido y trata de descubrirla y revelarla.

La segunda categoría tiende hacía el flujo, y no hacia algún tipo de forma. Frecuentemente tiene un dibujo, como el agua que fluye tiene un dibujo de sus ondas, pero no se permite al dibujo que se fije en el ojo o en oído porque caería en el peligro de convertirse en forma. Esta categoría es lo que verdaderamente podemos llamar “verso libre”.

También la poesía de la tercera categoría, que en otra parte denominé poesía de “forma orgánica” es llamada comúnmente verso libre. ¿De qué manera el término es aplicado correcta o incorrectamente? Comparte con la segunda categoría su libertad ante moldes métricos pre-existentes y re-utilizables. Pero a partir de allí usa su libertad para lograr fines diferentes: donde el verdadero “verso libre” se preocupa por mantener su libertad frente a todas las trabas, la poesía “orgánica”, una vez liberada de formas impuestas se somete voluntariamente a otras leyes: las leyes variables, impredecibles pero sin embargo estrictas del paisaje interno, descubierto mediante la tensión interior. Su disciplina comienza con el desarrollo de la máxima atención, y en esto se relaciona más estrechamente con la primera categoría, la “tradicional” (donde es esencial el sentido lo más preciso posible de la adecuación de una forma para un contenido) que en el “verso libre” el cual, al aborrecer todo confinamiento, corre o serpentea sin prestar mayor atención a los detalles o a las implicaciones.

Levertov se vinculó con las actividades literarias de la revista Origin, así como compartir las ideas de otro gran poeta contemporáneo como lo fue Charles Olson: el contenido determina la forma. La obra de Denise Levertov está relacionada con las guerras, el sufrimiento, la perversión humana. Estaba convencida del compromiso del artista en revelar los hallazgos de la conciencia. Muy vinculada a la poesía de vanguardia de los Estados Unidos, Denise concibe el poema como un misterio, y el poeta como un artesano que prioriza el valor de cada espacio, cada verso, cada coma y cada palabra, en donde cada elemento cumple una función vital para el funcionamiento del poema en su totalidad. Insiste y secunda la idea de otro maestro, Ibsen:

La tarea del poeta es aclarar para sí y por lo tanto para los demás las interrogantes temporales y eternas que estén activas en la época y comunidad a la que pertenece.

La obra que se concibe no tiene ningún fin social, lo que sí tiene es un destino social, ese no depende del creador porque va más allá de sus capacidades mortales, esa es la cualidad implícita en las grandes construcciones del arte, en la poesía que a modo de elipsis penetra en la semblanza de ese lector extraño que está presente y del que vendrá. Para Denise no debería haber una contradicción entre el oficio de poeta ante los fenómenos de la sociedad esquizofrénica capitalista: las guerras que provoca, las injusticias contra las diferencias, como las que están presentes todos los días, por ejemplo, contra los pueblos de color y las mujeres; el poeta al asumir un compromiso pleno con la vida está al tanto de las exigencias e implicaciones de luchar y resistir ante los atropellos que afligen la existencia. Vocera de un feminismo lúcido insistía que la verdadera revolución era en sí una lucha que involucrara todas las luchas.

Los buenos poetas escriben malos poemas políticos sólo si se permiten escribir retórica deliberada, terca, malusando su arte como propaganda. El poeta no usa la poesía sino que está al servicio de la poesía. Usarla es malusarla. Un poeta que siente el impulso de hablar consigo mismo, de mantener un diálogo consigo mismo sobre el tema político puede esperar escribir tan bien sobre ese tema como sobre otro cualquiera. No puede separarla de todas las demás cosas de su vida. Pero lo que está en cuestión no es la posibilidad de hacer buenos poemas “políticos”. Lo que está en cuestión es el papel del poeta como observador o como participante en la vida de su época. (pp.147-148)

Hypocrite women

Hypocrite women, how seldom we speak   
of our own doubts, while dubiously   
we mother man in his doubt!

And if at Mill Valley perched in the trees   
the sweet rain drifting through western air   
a white sweating bull of a poet told us

our cunts are ugly—why didn’t we   
admit we have thought so too? (And   
what shame? They are not for the eye!)

No, they are dark and wrinkled and hairy,   
caves of the Moon …          And when a   
dark humming fills us, a

coldness towards life,
we are too much women to   
own to such unwomanliness.

Whorishly with the psychopomp   
we play and plead—and say
nothing of this later.             And our dreams,

with what frivolity we have pared them   
like toenails, clipped them like ends of   
split hair.

[Mujeres Hipócritas

Mujeres hipócritas, ¡qué pocas veces hablamos
de nuestras propias dudas, mientras que dudando
protegemos a los hombres de sus dudas!

Y si en Mill Valley posado en un árbol 
la lluvia dulce deslizándose por el viento del oeste
un blanco y sudoroso poeta toro nos dijera

que nuestros coños son feos -¿por qué no
admitir que hemos pensado así alguna vez (Y 
por qué sentir vergüenza? ¡Si no son para mirar!)

No, son oscuros y arrugados y peludos,
cuevas de la Luna … Y cuando un
zumbido oscuro nos llena, una

frialdad hacia la vida,
somos demasiado mujeres para
confesar tan poca feminidad.

Putamente con la sicopompa
jugamos y suplicamos para luego
No decir nada de esto.    Y nuestros sueños,

con qué frivolidad los hemos cortado
como uñas, como puntas de
pelo horquillado.]

Versión de Marcela Garay

El poeta, al ser un ente poseedor de un don, tiene como trabajo concientizar una disciplina diaria entre la acción y las palabras. Los poetas son, como dijo Blas Coll, los mineros del idioma. En el ámbito de una literatura, cuando se escribe, se estudia o se enseña, como el caso de Levertov, esta se convierte en una parte inseparable de la vida. Implica que las decisiones, tanto espirituales como existenciales, están mediadas por una condición literaria, es decir que ya se ha tomado una decisión contundente en cuanto a la manera de conducirse en la vida. Rilke, siendo una de las voces mayores de la creación, entregado de pleno al arte llegó a escribir que

…en última instancia el arte no tiende a producir más artistas. No trata de incorporar a nadie y siempre he adivinado que no le preocupa en absoluto ningún efecto. Pero una vez manado de una fuente inagotable, cuando sus creaciones están ahí, extrañamente silenciosas y superables entre las cosas, puede ocurrir que involuntariamente se convierta en algo ejemplar para toda actividad humana en virtud de su innato desinterés, libertad e intensidad…

Pues por más que el artista dentro de nosotros se preocupe por la obra, por la realización de ella, su existencia y duración completamente separadas de nosotros, solo actuaremos correctamente cuando comprendamos que incluso esta muy urgente realización de una realidad superior aparece, desde algún punto altísimo, último y extremo, solo como el medio de obtener algo nuevamente invisible, algo interior y nada espectacular: un estado más sano en medio de nuestro ser.

En ambos fragmentos Rilke nos dice que el arte como tal no es precisamente un efecto sino que es una cosa imbuida en la vida, no conduce a ninguna parte pero nos llena de algo incomprensible. Está presente en las acciones y el entorno, y dicho arte pretende dar un acercamiento bajo sus propias reglas. En las reglas del arte aquello que es pertinente se encuentra mediante una afinación discreta de la mirada. Escribir también es escuchar. Es tomarse la lectura y la escritura (tomando ambas acciones como referentes de la construcción) con un mayor grado de seriedad. Levertov dice que

La obligación del escritor es: asumir responsabilidad personal y activa por sus palabras, sean las que sean, y reconocer su influencia potencial sobre las vidas de los demás. La obligación de profesores y críticos es: no bloquear las consecuencias dinámicas de las palabras que tratan de acercar a estudiantes y lectores. Y la obligación de los lectores es: no caer en la hipocresía de la experiencia meramente sustitutiva, reduciendo así a la literatura al concepto de “solo palabras”, en última instancia una frivolidad y una irrelevancia a la hora de la verdad…Cuando las palabras penetran en nosotros cambian la química del alma, de la imaginación. No tenemos derecho de hacer eso a la gente si no compartimos las consecuencias. (pp.146-147)

What My House Would Be Like If It Were A Person

This person would be an animal.
This animal would be large, at least as large
as a workhorse. It would chew cud, like cows,
having several stomachs.
No one could follow it
into the dense brush to witness
its mating habits. Hidden by fur,
its sex would be hard to determine.
Definitely it would discourage
investigation. But it would be, if not teased,
a kind, amiable animal,
confiding as a chickadee. Its intelligence
would be of a high order,
neither human nor animal, elvish.
And it would purr, though of course,
it being a house, you would sit in its lap,
not it in yours.

[Cómo sería mi casa si fuera una persona

Esa persona sería un animal.
Y ese animal sería grande; por lo menos,  grande
como un caballo de tiro. Rumiaría, como las vacas,
con varios estómagos.
Nadie podría seguirlo 
hasta la espesura del matorral para presenciar
sus hábitos de apareo. Escondido por el pelaje,
el sexo sería difícil de determinar.
Definitivamente desalentaría
la investigación. Pero, si no lo molestaran,
sería un animal bueno, amigable,
confiado como un pichoncito. Su inteligencia
sería de un orden superior,
ni humana ni animal, élfica.
Y ronronearía. Aunque, claro,
tratándose de una casa, tendrías que sentarte en su regazo
y no al revés.]

Versión de Sandra Toro

La tarea del poeta, como declaró Robert Duncan, es guardar en custodia la sabiduría de que el lenguaje no se un mazo de fichas para manipular, sino que es un Poder. Solo en el resguardo de esa sabiduría se alcanza esa musicalidad presente en el habla.

Tenemos la lucha diaria, inevitable y mortalmente seria de apoderarnos de la palabra y ponerla en el contacto más directo posible con todo lo que se siente, ve, piensa, imagina y experimenta (Goethe).

Escribir (poesía) es un proceso de descubrimiento muy doloroso, revelación de la música inherente en el paisaje de nuestro interior. Existe una obra latente en nosotros que bien podemos encontrar mediante este proceso, no siempre de una manera satisfactoria, pues este afán de plasmar palabras desde cada ocurrencia de esta hipotética obra interior conlleva a la más horrenda de las decepciones. De otra manera más lúcida Malcom Lowry, en esa prosa infernal que compone su novela-reloj Bajó el volcán, dirá que: Hay un poeta frustrado en cada hombre. Aunque en las circunstancias actuales tal vez sea buena idea fingir cuando menos que está uno realizando la gran obra personal sobre «Sabiduría secreta» y entonces puede uno alegar, si nunca se publica, que el título explica esta deficiencia.

¿Bajo qué métodos o alquimias cada uno por su cuenta puede concebir esa sabiduría secreta? ¿Qué costo trae ese pacto délfico que encamina la acción rudimentaria de la perfección suprema: la de conocernos a nosotros mismos?

¿En este espacio de confusión serán pertinentes los versos de Paul Goodman?:

What is the message?—

an artist is lucky who is busy

with what is necessary!…

Alexander JM Urrieta Solano

Misceláneas

Insensatez

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

Tanizaki en Las Vegas

El árbol de la ciencia

Vida y destino (Fragmento)

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

Ministro, estuprista y beato

para A. y Danilo Kiš

…pasado varios días de los sucesos podemos hablar de ellos con una libertad mayor porque ya no son de interés general.

(La libertad de expresión es un comodín dentro de un mazo de naipes que cuando no conviene en el juego se saca por no tener validez. “Estoy en contra de la censura y la autocensura. Con una sola condición, como dijo Alceo de Mitilene: que si vas a decir lo que quieres, también vas a oír lo que no quieres” — Los mitos de Cthulhu).

…una tendencia no puede pasar de un día, si puede durar apenas unas horas mejor. Los acontecimientos nacen muertos.

…la magia del espectáculo es que todos los días se nos bombardea de contenidos excesivos de infinitas partes, no importa cuál sea el tinte, la postura o la desgracia, todo se pulveriza en la degustación de la diversión. La finalidad es que no tengamos ningún espacio para analizar nada salvo en los límites que impone la tendencia, mientras se sostiene la ilusión que estamos más informados que antes porque se asocia en la cantidad y circulación agobiante cierto sentido de superioridad, sin considerar las repercusiones digestivas y cerebrales, esas que terminan alimentando con preocupante éxito los egos de aquella raza tan necesaria para la preservación de la humanidad: los imbéciles. Es una población densa que se encuentra en casi todos los dominios de la vida. Con el milagro de las redes podemos sentir que esa imbecilidad nos sopla la nuca y da sobradas razones para tirar la toalla. Sin embargo resistir dicha imbecilidad, incluso cuando se tiene una urgencia urticaria de acometerla, es una maniobra terapéutica que tampoco lleva a ninguna parte, pero que nos puede traer una tranquilidad paliativa y en una situación colateral, no sé, encontrar la empatía de un lector desconocido que tenga angustias parecidas a las nuestras.

…los sucesos ocurridos entre 28 y 29 de abril de este año pueden destacarse para hablar sin tanto rodeo de la imbecilidad venezolana. Destaqué tres sucesos que aislados no tienen la mayor importancia pero vistos en conjunto proponen un tríptico de la infamia temporal: la muerte del ministro de educación, el estupro del poeta y la beatificación del venerable.

…el primer suceso fue solo para confirmar trastornos patológicos sobre un país polarizado que decide medir todas sus situaciones con la misma vara rota. Por una parte las encomiástiscas palabras obituarias donde el ministro era casi un Prometeo de la revolución. Recordemos que este sujeto fue el que dijo que el control cambiario más que una medida económica era una medida política, ideológica, es decir que las regulaciones fueron establecidas por la retórica antes que por principios financieros. Del mismo modo sucedió con las medidas aplicadas al sistema educativo que desde su cargo se suponía tenía que velar; sin duda lo hizo, como buen revolucionario, desde la retórica, propugnando por una educación que enseñara a obedecer antes que pensar. Su modesta gestión mandó todo el sistema a la verga. Cuando la educación no se conforma con ser una herramienta para el embrutecimiento de las masas se vuelve innecesaria y se la condena al mayor de los abandonos presupuestales y espirituales. Si el maestro no es un ideólogo no sirve para nada. Por el otro extremo era de esperarse los populares comentarios celebratorios de la muerte del ministro, una expresión que, aunque puede ser entendible hasta cierto punto, raya por igual en la mediocridad, pues se confunde la irreverencia con una especie de triunfo infantioloide, el único que los opositores pueden tener, del que se aprovecharon intelectuales oportunistas que no desperdiciaron la ola para opinar alguna estupidez hormonal de acuerdo a la tendencia acontecida. Sin ánimos de defender posturas extremas hay que entender que bajo estados de resentimiento, exaltación y odio no se puede esperar lucidez ni mucho menos creatividad de ninguna parte. Tristemente la impostura también es una forma de agradar a la gente, de complacerla con lo que quiere y espera ver. Escribir contra el régimen se vuelve en sí un recurso muy cómodo para ganar seguidores y recibir halagos, si llegas muy lejos te puedes convertir en un preso político potencial. La muerte del ministro demostró que la educación como abstracción se logró personificar en una persona y todas las glorias y fracasos reposan en su figura transmediática, que a su vez es una refracción de nosotros como pueblo entero, lo que me hace pensar que más que la muerte de un ministro es la reacción ante la muerte de este lo que hace del suceso algo demasiado irritante, porque me hace concluir como individuo que estoy por igual enfermo. El país entero está enfermo. Es uno de los logros del totalitarismo: convertir a sus engendros en monumentos para que nos distraigamos alabándolos o maldiciéndolos. En las posturas extremas está concentrado el legado palpable de una educación sentimental. Claro, si es que eso podemos llamarlo de esa manera. Educación.

…horas después una cuenta anónima en twitter abrió un hilo con un testimonio de abuso por parte del agitador cultural Willy McKey. El poeta en su cuenta de instagram hizo tres publicaciones que vistas desde la indiferencia de un lector podían entenderse como una muestra de narcisismo incontenible, pero releyendo las publicaciones todo parecía más como el último desespero de una carrera que como el sistema educativo local se fue a la mierda. Demás está mencionar los usuarios que aprovecharon el enjambre para opinar acerca de su disgusto tanto del abuso como de la figura del escritor, dando juicios intercambiables. Un momento adecuado para decir a mí nunca me gustó tal escritor, siempre me pareció esto y aquello, nunca me gustó como escribía, comentarios dados por personas sin nada mejor que hacer ni decir. Se toman la molestia de opinar como si fuese demasiado importante. Por supuesto que bajo esta lógica este texto se somete por igual a las mismas reglas del juego. Ganamos todos.

(No me interesa si lo que leo de alguien que escribe me parece bueno o malo, si estoy o no de acuerdo con lo que plantea en su texto, lo que me interesa es si esa persona que escribe piensa y aparte me hace como lector pensar en algo más, incluso diciendo las cosas mejor, cosas que ni siquiera hubiera podido concebirlas de la misma manera, en el mejor de los casos, nunca haberlas pensado así. Hay que aprender a leer a cada escritor en su sistema, solo así podemos llegar a decir las cosas mejor, aprendiendo de los recursos de otros para poner en práctica nuestra propia contienda al tratar de plasmar lo que se piensa. Como lograr eso es muy difícil con mayor razón hay que esmerarse por saber leer mejor a los otros, sin crearse expectativas que esos mismos otros te entiendan cuando propongas el mismo juego a la inversa. Esta lectura, por supuesto, no tiene que ver con sentimentalismos ni empatías sanguíneas, se puede admirar a un autor sin necesidad de estimarlo, preferiblemente leerlo en silencio sin recomendarlo a nadie. En secreto el silencio es la forma de desprecio que uno en el fondo quiere tener, porque estamos hablando de una envidia sincera. Hay otros casos donde el desprecio es la única forma de querer al artista).

…¿qué sucedió con el agitador cultural?, le descubrieron su pata coja y todos se unieron al linchamiento verbal a distancia, sacaron provecho para purgar la fama ajena, castigar la insensatez. La violación es una cosa despreciable, tanto que se volvió un lugar común para despertar conciencias convenientes en un mundo que convierte las luchas en fetiches comestibles del mercado, pero eso que se siga discutiendo en otro lado, hay para escoger diversos sitios, dependiendo de nuestras pasiones. Aquí no me interesa abordar un tema tan complejo en un texto tan trivial como este. Me interesan son las aristas del hecho alrededor de la fama y el abuso irreversible. Me interesan las didascalias de la tendencia. No se trata del crimen en sí sino del horror que lo rodea junto con sus trágicas consecuencias. La venganza de un público sin rostro que es solidario y cobarde a la vez. Mi padre me dijo que son en esos momentos horribles que se necesitan de los amigos. Al parecer el poeta no tenía tantos como en muchas oportunidades dentro de su fiesta literaria se veía. Las instituciones donde era una figura estelar, las primeras en picarle la torta con orgullo fueron las primeras en desentenderse del monstruo. Viéndolo con frialdad a nadie en verdad le importa el abuso. Este país tiene un desprecio profundo por las mujeres, por mucho que se esfuerza nunca logra ocultarlo. Somos el país de las mujeres hermosas, ¿saben?. Todas las posturas de ponerse del lado de la víctima fueron formas polite y oportunas para esquivar el golpe del martillo de lo políticamente correcto. El abuso fue el pretexto para escudar las imágenes rectas que se construyeron como instituciones que velan, claro está, por la cultura, en este caso la imagen conveniente que se hicieron de la cultura para esconderse detrás de ella, y además, por los derechos de la mujer que ahora nos importa más que nunca. Yo te creo. Es que nada estuvo bien. No conforme con todo el espectáculo hipócrita de la sociedad venezolana que vimos en el temperamento domesticable de las masas, donde un día te montan en un pedestal y al día siguiente te declaran la guerra, en medio de ese desastre vimos como dejaron morir al poeta, no digo que no se lo mereciera, el sujeto fue un sádico hasta para reconocer su error, pero al final qué cambió, nada, el tipo se mató, la tendencia terminó, se habló burdamente de la justicia y las “movilizaciones sociales” para desenmascarar a los abusadores, se olvidó el tema, el entretenimiento siguió, se multiplicaron los imbéciles y la vira del show se fue para otra parte, como siempre: a las piernas musculosas de los futbolistas, al seguimiento de las cirugías estéticas de alguna Kardashian, a los nuevos videos musicales donde muchas mujeres menean el culo y le venden sexo frito a tus hijos, recomendando en bonitas frases sencillas que salgas a culiar, a comprar la primera porquería que te ofrezcan, a ser feliz porque te lo mereces.

(Esa indiferencia pone en entredicho la condición real de la víctima y el victimario, sumado al precario rasgo introspectivo que tenemos como comunidad imaginaria, dentro de un mundo que se esmera todos los días por histerizar a las mujeres, que las maltrata simbólicamente en sus comerciales de detergentes, en coreografías de madres que limpian casas que no parecen suyas sin ayuda de nadie y parecen siempre complacidas de hacerlo, en ofertas que exigen entre sonrisas barbies a la feminidad una lucha desquiciada contra el tiempo, mujer que tiene que verse joven y bella siempre, la hipersexualización a la Disney nos sugiere en todo lo que hacemos que nos sintamos atraídos por las niñas, pero no debemos tocarlas, así de esquizofrénico es todo, una campaña de belleza es salud, removedores de manchas solares para tapar las arrugas, la vejez femenina es vergonzosa, fajas e implantes para moldear un cuerpo apto para la mirada masculina, esas mismas empresas que hablan del empoderamiento están más enfocadas en aumentar la venta de sus cosméticos que de la liberación real de la mujer, de legitimar en secuencias pegajosas de insecticidas y lavaplatos los estereotipos de hombres y mujeres idiotizados por la televisión y la educación tradicional cristiana, donde se le incita a la mujer que es preferible ser madre antes que estudiar, ser esposa antes que mujer, ser una cosa antes que una persona. Donde la mujer es un utensilio de primera necesidad en la vida de los hombres. Entonces el maltrato a los objetos está justificado, pues el sistema lo aprueba de manera descarada y cínica. La mujer es El gran otro. Me solidarizo con los movimientos feministas cuando tienen plena consciencia de la lucha diaria de un mundo hostil que busca acabar con cualquier forma de diferencia para imponer su diversidad de lo igual, bajo esas resistencias yo sí puedo creer, no cuando los argumentos provienen de actos revanchistas que buscan algún tipo de lucro vanidoso sin ninguna clase de conciencia histórica. Estas oraciones jamás se podrán leer bien).

…de mala gana los seres humanos pueden admitir que no saben, pero no que no entienden, eso los ofende. Toda esa atmósfera envilecida detonó otro fenómeno secundario. Como ya se dijo, en este país a nadie le interesa la mujer, ni le interesa la cultura, ni tampoco el arte, solo vivir de la apariencia de ese interés, que cuando es necesario se convierte en el oasis de cualquier forajido. Otro gesto que me llamó mucho la atención, siguiendo el hilo de ideas sobre los nuevos totalitarismos de lo políticamente correcto, fue la declaración de un gremio de autores que sostiene un monopolio (digamos diverso) del que-hacer poético venezolano de una parte de la industria. Cito: “Nuestro lugar está al lado de las víctimas. En este sentido, como organizaciones vinculadas a la promoción y difusión de la poesía y como co-organizadores del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas, tomaremos en cuenta estos hechos y estableceremos una cláusula en las bases del Concurso que estipule, claramente, la imposibilidad de mantener premio alguno a próximos concursantes que incurran en estas acciones. De igual manera, consultaremos a nuestros abogados la posibilidad legal de retirar el premio a Willy McKey, ganador del mismo en su primera convocatoria”. ¿De verdad? Yo le quiero preguntar a usted, amable lector, si esto que acaba de leer no le parece un texto deprimente, ¿cuántas personas están detrás de esta redacción ministerial? En última instancia le recomendaría a estos poetas que vieran la película de Spielberg, Minority Report, quizá de ahí salgan algunas ideas para otorgar próximos fallos y prevenir algún desacierto de conducta humana que atente el prestigio del premio, porque es claro que es lo que único que les importa. ¿Cómo se le quita un premio a un suicida? Me imagino que en las siguientes reediciones del primer concurso, si la fuerza del mecenazgo y el amor por las letras lo permiten, se le pondrá un asterisco al lado del nombre del poema, como hacen en las estadísticas de los jugadores deportivos que batieron récords a punta de trampaesteroides, con un mensaje en letras cursivas que diga: estos versos fueron producidos por un violador, o en el caso más sensato quitar el poema y rodar los puestos: reescribir la historia, lo cual sería un forma justificada de ejercer la censura, que para unos casos es buena y para otros un mal menor fuera de discusión. Coincidimos: el comunicado es de una retórica revolucionaria insuperable. Simio no mata simio. Gracias nuevamente, Ministro.

…los contrastes mínimos me decepcionaron. Las mofas, testimonios de maltratos, la dictadura de las mayorías, el cáncer de las redes, las ofensas inflamables, el estado putrefacto de las instituciones educativas y culturales, y más al fondo, una demostración de la infelicidad inherente que conlleva escribir algo en este país de estrellas con poco brillo. Con este ejemplo se corroboró que la obra del agitador no fue lo suficientemente fuerte para defenderse sola, se hundió junto al peso de sus acciones, tal vez el gesto mismo nos pone a pensar si existió tal cosa que pueda ser tildada de fuerte, lo digo porque estas mismas personas que lo canonizaron ahora lo repudian, dejando bien claro que al siguiente poeta que gane y se porte mal se le quitará su plaquita de buena conducta. Aquí no se está hablando en ningún lado de calidad poética ni buena literatura, porque no importa mientras se sostenga como criterio la farsa de los modelos ejemplares. Un país así ni de vaina puede producir literatura seria. Es común que se busque castigar al autor desde su obra, humillarlo de alguna manera, olvidando que los grandes maestros que leemos y admiramos en algún momento de sus vidas fueron unos depravados por excelencia, claro que para este caso no podemos hacer comparaciones de ese tipo. No obstante destaco el caso de Willy como un hecho que reveló la ranciedad de nuestras industrias creativas, junto al retraso de nuestras legislaciones, desde los ejercicios masivos, posturas institucionales, atomismos mediáticos y debates ambiguos sobre la moral del intelectual venezolano. Un error basta para desmeritar una breve vida dedicada al esfuerzo de ordenar palabras. Vemos que tampoco la poesía nos importa, tema delicado cuando nuestra virtud como pueblo está en ser una factoría de poetas, cuando no estupristas, dictadores ni monjes capuchinos-cochinos. El poeta es la punta del iceberg, el chivo expiatorio de una cultura rupestre de la violación. Cada tantos eclipses se exige un sacrificio de sangre para mantener el status quo de la sociedad falocrática, muy orgullosa de su memoria de corto plazo: de su negligencia poética.

(Releyendo a José Ignacio Cabrujas en una cola para sacar plata pensaba sobre la fuerza relativa que da sentido a las industrias creativas de un lugar. Los pueblos que creen en sí mismos son capaces de leer entrelineas la condición de su tragedia y proponer soluciones mediadas por el arte, por la destreza de una sugerencia que logra hablar universalmente de lo particular, un estilo que unifique lo mejor de las tradiciones y proponga sucursales nuevas para repensarnos mejor. De lo contrario, todo pueblo que se regocija en su derrota solo estará limitado a reírse de sí mismo, a repetirse en su ignorancia contagiosa, convencido de ser algo que no es, ni llegará a serlo por falta de entrega en las pequeñas maniobras del día a día, todo por un afán de hacer tendencia, por tan solo un microsegundo de fama y atención, una mofa de su desgracia. Un arte irresponsable es aquel que retrata una caricatura de la realidad, porque la creación se concibe a la expectativa del espectáculo y no de la introspección, un tipo de arte tan ensimismado que el tiempo se encarga por sus medios colaterales de ubicarla en el olvido que se merece).

…el tercer y último acto fue la beatificación de Doctor José Gregorio Hernández. Un evento masivo donde las tensiones se concentraron en nuestra devoción por las figuras de acción. Nos olvidamos de lo que fue y lo que inevitablemente vendrá. Se leyeron discursos que hablaban de recuperar la esperanza, de retomar la fe, de aferrarnos a las oraciones, de buscar en dios y en la intervención del beato sanar los dolores del pueblo venezolano, transmitir nuestra experiencia al resto del mundo, suplicando que este nuevo ascenso empresarial concedido desde el vaticano de venerable a beato extienda las bendiciones a quienes más lo necesitan. Hay que sembrar valores ¿pero dónde encontrarlos?, ¿en la educación sentimental, en la poesía, en las violaciones, en la censura, en nuestros fracasos? Con un rosario de hechos juntos somos testigos privilegiados de la degradación sistemática de nuestra sociedad. Respiramos la espesura de estupidez impregnada en el espacio que nos tocó en conjunto padecer. Con esperanza me abrazo a mi agonía cristiana, sosteniendo la idea que Tomasi de Lampedusa dejó planteada en su hermosa novela El Gatopardo: todo cambiará para que siga siendo igual. “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie. ¿Me explico?”

(José Gregorio Hernández, así como Roland Barthes, murió atropellado. Ambos son divinidades inmortalizadas, pues sus nombres se fundieron en sus obras).

…como devoto del Doctor puedo decir que somos un país más religioso que reflexivo. Basta que una imagen llore aceite para sentir que nuestras bendiciones fueron escuchadas y que nuestros pecados, mezclados con una especial doctrina de la especulación, han sido perdonados.

(May the 4th be with us).

Alexander JM Urrieta Solano

Misceláneas:

Las correcciones

Lo que nos queda

Taller de reparación IV

Tanizaki en Las Vegas

Alto Prado

Cómo estafar a otros y creer que salvas el planeta

para Nadezhda y Z.

Sé que anoté esto en alguna parte pero igual te lo cuento para que no te jodan. Estaba desempleado. En Facebook vi un anuncio de trabajo: “Los Tres Reinos”, de la Fundación Empatía y Evolución. Considerando en ese momento que era una buena idea llamé al número del flyer que solicitaba ayudantes para trabajar en el reino. Me dieron cita al día siguiente en el Tecni-ciencia del Sambil a la una de la tarde. Me puse formal para nada. Estaba disfrazado de evangélico entusiasmado por un día sábado; tenía que verme como tal, dar la impresión de portar encima una suerte de fe marcada en el sudor intenso de mis axilas, despotricando cierta marca acuosa de desodorante que compré al precio módico de No me queda otra opción. Tenía que seguir las señales del altísimo. La necesidad nos hace creer en los anuncios publicitarios más fantasiosos y ridículos. Una cosa así como Los Tres Reinos. Imagínate.

El viaje hasta Chacao fue rápido. La librería Tecni-ciencia es grande, tiene un segundo nivel tipo mezzanina que en sus días mozos, cuando el local se parecía a la juguetería Duncan de la película Home Alone 2, funcionaba un cafetín donde los clientes se sentaban a leer y comer cachitos rellenos de queso y fiambre. Ahora es un piso baldío lleno de sillas, cajas y mesas solas, y claro, un espacio mínimo ocupado por los Tres Reinos. La chica que suponía me había atendido por teléfono estaba sentada en una de las mesas donde hay una vista panorámica de la librería. Me sentí incómodo porque su mirada me siguió desde que entré. Al llegar saludé y dije que era el chico que había llamado por el trabajo. Sonrió y me dio la bienvenida.

—Antes que nada es importante que aprendas a jugar. Esta no es una entrevista convencional—decía mientras sacaba de un cilindro de polietileno un tablero circular.

Estaba con ella un chico pálido que parecía un personaje del laboratorio de Dexter, alto, macilento, frenos que indicaban una deuda pendiente y casi inútil de ortodoncia, con una moquera excesiva que me daba asco. Me dio la mano y una segunda bienvenida rinítica a los Tres Reinos. Entre el chico (Javier) y la entrevistadora (Ivana) me empezaron a contar el origen del juego que (in)formalmente se conocía como Ajetrez: un ajedrez para tres personas. Único en el mundo, según ellos.

—El juego es una iniciativa del Maestro Morrales. El Creador, como le decimos de cariño. El maestro se dio cuenta que el ajedrez es un juego que tradicionalmente se caracteriza por ser cruel y violento, promueve el maltrato y la confrontación entre los seres humanos. El maestro pensó en algo mejor y diseñó este juego. El ajedrez es convencional y aburrido, es acción y reacción sin llegar a nada, en cambio el ajetrez es acción + reacción = consecuencia.

¿Cruel? Nunca en mi vida había escuchado que el Ajedrez se tratara de un juego violento, ni siquiera recuerdo estando en el equipo del colegio sentir esa hostilidad con la que Ivana se expresaba. Por otra parte me llamaba la atención ese calificativo del Creador, que lo pronunciaban con un tono benévolo y exagerado, como de alguien que evoca en una reunión el nombre de Chayanne y todos asienten con condescendencia porque entendemos que está diciendo algo cierto, divino, cosa que de entrada, y en ese ambiente de entrevista laboral, era horrible.

El ajedrez para tres personas no se trataba de ninguna novedad como decían. Es un producto que existe desde hace mucho tiempo en el mercado, incluso hay hasta tableros para cuatro personas. Por puro morbo me quedé callado escuchando. Procedí a jugar siguiendo las indicaciones que me dieron sobre aquel juego que a primera vista era amorfo, por no decir fallidamente artesanal.

Mientras me decían esto llegó otro chico convocado a la misma hora para la entrevista. Para los fines prácticos del relato (pero sobre todo por respeto a su integridad y destino) lo llamé Randy. Era más joven que yo, pelo amarillo corto, estilo nickelodeon, también delgado y de piel tostada. La única referencia que tuve de él era su sonrisa nerviosa, no sé si por la extrañeza que le producía el juego, o porque al igual que yo no entendía un carajo de lo que estaba pasando, o porque simplemente estaba a la expectativa de encontrar algo mejor a su antiguo empleo que era vendiendo zapatos en Sabana Grande, punto que comentó en un momento que me dejaron jugando con él y Javier. Durante la inducción Ivana recalcó que los Tres Reinos era una versión del ajedrez en una mejor etapa evolutiva, que ha sido perfeccionado para ir más allá del convencional juego de dos, y que es el primero de tres personas que funciona de verdad. Ivana decía estas cosas bien locas mientras guiaba nuestra mirada con su dedo índice por una frase mayúscula impresa en una pancarta de diseño bastante cutre, frase que encima nos hizo pronunciar en voz alta en un tono que me hizo sentir de nuevo en preescolar.

EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA

El motivo del ser.

El trabajo consistía en vender tableros de los Tres Reinos. Fácil.

Era estar de lunes a viernes en horario de una a siete de la noche sentado en la mezzanina del Tecni-ciencia jugando, o en su defecto quedarme viendo el tablero como si estuviese jugando, mientras espero a Godot o la llegada de cualquier extraño que no tenga nada que hacer con su vida; alguien que entra a una librería sin saber por qué, levanta un poco la cabeza y ve a unos sujetos haciendo cosas raras con unas piecitas sobre una mesa; sin razón alguna el cliente potencial se llena de curiosidad y sube a la mezzanina para averiguar qué le pasa a la gente que está ahí tan sola; mientras se acerca sonríes cordialmente pidiendo auxilio en un mensaje encriptado en tu cara rota, te disculpas por la muestra falsa de alegría pues eres incapaz de ocultar que no crees en la estafa que estás vendiendo, por dentro le suplicas a ese alguien que si se valora se largue lo más pronto posible de allí; ese alguien por pena ajena se anima a jugar y pierde; después se le deja ganar y luego de ver lo increíble que es el juego lo compra. Mierda, ¿cómo se llega tan lejos? Por un instante crees que eres bueno vendiendo cosas a pesar de que todo sigue siendo igual. Vender lo que sea y al mismo tiempo sentirse así es (terriblemente) muy fácil de lograr. No sé, usted dígame si se ha sentido así alguna vez.

Como se suponía que íbamos a aprender a jugar saqué mi cuaderno para tomar notas de todas las instrucciones y tips. A Ivana no le pareció eso y me dijo que por políticas de la fundación estaba prohibido anotar cosas sobre el juego. Y que para evitar los plagios. Políticas, puras políticas.

— ¿Y cómo se supone que voy a aprender si no tengo las notas? — dije.

— La práctica hace al maestro — dijo Ivana— tienes que jugarlo varias veces.

— Tienes que repetirlo para que te acostumbres, no hay necesidad de anotar nada —secundó Javier Pinky.

Insistieron en que guardara mi cuaderno, cosa que me molestó mucho. Solo accedieron a que anotara los nombres de las piezas y las características del trabajo que me tocaba hacer. Tuve que economizar mucho espacio para mis observaciones, pues me limitaron a llevar todas estas notas en la parte de atrás de tarjetas de presentación de la Fundación que me dieron al llegar. Para no alargar el asunto les seguí el juego.

Mientras ordenaba las piezas Ivana arrancó con un discurso que se notaba lo había declamado tantas veces hasta creérselo para así poder transmitir su fe a los demás.

Érase una vez tres reinos que se reunieron para acordar quién sería el líder… (Ok. Cómo verán este principio de la historia que Ivana se sabe de memoria es una oración suficiente para darnos cuenta que este juego se vende como un vil plagio, que en la mente de los trabajadores y el supuesto creador se convencieron en conjunto que se trataba de algo inédito, porque ellos argumentan que registraron la historia en un formato de libro, forma de proteger la supuesta invención del juego ya que en Venezuela no existe, según ellos, forma de registrar el juego de mesa como tal. Por estas razones y falta de espacio en mi pequeño rectángulo no seguí transcribiendo el proceso mnemotécnico de Ivana).

Seguíamos jugando. Randy ni puta idea de dónde estaba y yo anotando los movimientos de las piezas y viendo que Javier se movía con un aire sobrado porque ya estaba, se le notaba, muy cansado de ganar siempre.

— Ahora voy a mover el caballo…

— NO ES CABALLO —Me gritó Javier como si lo hubiese ofendido—. Es Unicornio.

En otra mesa Ivana miraba y con una sonrisa de media asta asentía en señal de aprobación a Javier. Y la entrevista, si eso podía llamarse así todavía, tomó el tono de una secta enfermiza de esas descritas por Elias Canetti.

— Está bien. Entonces, si muevo el Unicornio para acá y me como esta pieza…

— AQUÍ NO SE COME, se captura. No hay violencia en los Tres Reinos.

Ajetrez era una versión cutre del magistral ajedrez, con una nomenclatura forzada donde por ejemplo el enroque se cambiaba por hechizo, los nombres de las piezas tallados en madera no hacían mérito tampoco a la falta de originalidad, sino a la existencia lamentable de un juego con una ausencia total de integridad, una carencia muy de moda en este país que casi siempre se aplaude. Anoté los nombres de las piezas: el saetero, el alférez, el hechicero, el teniente, el capitán, la catapulta, la emperatriz, el monarca… y no olvidemos al maldito unicornio. Solo por lo nombres había una diferencia mínima. Noté que las piezas, para efectos funcionales, podían moverse como lo hace la reina en el ajedrez, solo que por figuritas se limitaba el número de casillas por las que podían desplazarse. Es decir que todas las piezas hacían prácticamente lo mismo.

El juego era engorroso y aburrido, sin contar el afán de los feligreses de poner al juego como algo superior al ajedrez, al que le tenían un desprecio profundo porque hacían comparaciones que tampoco tenían mucho sentido, como haciendo entrever que el juego, aparte de antiguo, tenía defectos, unos que sólo el creador al darse cuenta los arregló y mejoró todo…

Hubo un momento extraño que nunca comprendí. Sucedió algo en el juego, que gracias a dios olvidé, en donde había que ponerse de pie y recrear una escena de película caballeresca donde se otorgan rangos y títulos (por parte de una doncella o reyezuelo) tocando con una espada los hombros de un caballero; este acto se recreó del mismo modo con mímicas en la mezzanina del Tecni-ciencia vacío del Sambil. Horrible. Pregunté si eso era algo necesario, a lo que Ivana me dijo que sí porque era parte de la dinámica particular del juego, algo que el ajedrez no tiene.

La entrevista se puso peor. Nuestro trabajo era venderle ese juego estéticamente poco atractivo a los incautos. Ahora los costos. Un tablero mediano tenía un costo de 45 dólares. El tablero grande, el que teníamos que vender con mayor énfasis, porque el primer modelo mediano como tal no existía, costaba 100 dólares.

(Increíble)

— ¿Hay gente que compra esto? —pregunté con incredulidad tomasina.

— Aunque no lo parezca, sí. El juego es casi de culto —decía Ivana mientras veía las piezas de madera calcadas que no tenían patente ni costaban cien dólares—. A partir de ahora ustedes forman parte de La Guardia. Deberán cumplir un horario, ser puntuales porque al maestro le gusta la puntualidad y la pulcritud. Aquí le daremos un uniforme que deberán conservar limpio. Una vez que lo tienen puesto es como si llevaran una armadura, un estatus, tendrán que comportarse como miembros de la Guardia de los Tres Reinos. Eso significa respeto, cruzar por el rayado, tener la franela por dentro, ser amable y no fumar. Ahora, no piensen que esto se queda aquí, si tienen constancia y se mantienen con nosotros podrán ir ascendiendo para obtener cosas grandes. Esto es un ganar-ganar. De Guardianes tienen la oportunidad (si se esmeran) de ascender a Teniente y luego a Capitán. Yo soy Teniente. Mi trabajo es supervisar los territorios del Sambil y el CCCT.

Ivana decía esto con una seriedad que me decepcionada (pero también era demasiado increíble su convicción) porque estaba logrando su cometido en mí: hacer que me uniera a la Guardia. En mis adentros, sin darme cuenta, sentaba las bases de un pequeño circo.

—Tienen que ser uno con el juego. Para ser Tenientes tienen que realizar diez ventas. Por cada una se les dará una comisión en dólares del 10%. Esto es un ganar-ganar. Pero la condición para el ascenso es que las ventas tienen que ser seguidas; si por lo menos haces siete ventas corridas y al día siguiente no vendes nada vuelves a empezar desde cero. Y así. Es como un incentivo para que den todo lo mejor de ustedes por esto.

Para ser Teniente el Guardián tenía que hacer un total de ventas acumuladas en 1.000 dólares, de lo que en teoría 100 le corresponden por comisión. Había que vender esos asquerosos tableros por diez días seguidos. Eso era imposible.

— Javier, ¿tú has vendido algún tablero? — volví a preguntar con incredulidad tomasina al cuadrado.

— Bueno, todavía no porque estoy empezando.

— ¿Pero cuánto tiempo tienes trabajando aquí en la mezzanina?

— Como seis meses…

— (!!!)

Sin comentarios. Ivana intervino comentando que en otras sedes se han vendido varios tableros. Tenían posiciones estratégicas en varios Tecni-ciencias, en otros lugares de la ciudad.

— ¿Y la librería recibe algún tipo de comisión de esto? ¿Le pagan el espacio de alguna manera?

—Fíjate, en este modelo evolutivo de negocio contamos con lo que llamamos “Aliados”, ellos nos prestan el local y diversificamos con favores. El maestro tiene contactos en una emisora en el territorio del CCCT donde hace promoción a la librería. El WiFi que usamos, por ejemplo, nos lo facilita la gente de la tienda de zapatos del frente (Chapatitos), a cambio se le hace publicidad por la radio. Es un modelo de ganar-ganar.

Yo estaba algo claro sobre estas nuevas formas larvarias de emprendimientos insostenibles, pero esto iba demasiado en serio. En eso llegaron dos personas más convocadas también para la entrevista. Eran unos remitidos por Javier. Uno tenía un pelo largo y cargaba un casco de moto, tenía el semblante de un centauro de Fantasía 2000; el otro era un felino negro con suéter. Ivana con una sonrisa dijo que ahora había suficientes personas para jugar dos partidos simultáneos. Ordenó el otro tablero y nos volvieron a distribuir. Ivana se puso con Randy y el Felino. Yo me quedé con Javier y el Centauro. Escuchamos de nuevo la versión reprise de los Tres Reinos y las comisiones en dólares.

Luego de la perorata de Ivana sobre las comisiones y ventas el Centauro le preguntaba a Javier si esto valía la pena, en cuanto a las ganancias, claro. Javier en voz baja divagaba y le decía que aquí en el reino se movía mucha plata. Sí vale, aquí hay lucas, decía el pajúo ese. El Centauro se animó. Y luego comentó que estaba urgido de hacer algo pronto, había renunciado dos días atrás a su antiguo empleo.

— ¿En dónde trabajabas antes? — le pregunté al Centauro, que estaba a mi izquierda y jugaba piezas rojas.

— Trabajaba en la Alcaldía de Caracas, en el departamento de fraudes, estoy ahora a la expectativa de encontrar mejores ofertas laborales.

Sin duda el Centauro estaba es el lugar adecuado.

Creo que en ningún momento me preguntaron mi nombre. No mandé síntesis curricular porque según la Fundación eso no era necesario. Obviamente. Nos hablaron de la paga: una porquería. Pero Ivana Insistía con su Ganar-ganar. Luego de marearnos, ya para evadir el tema de la paga miserable, comentó que la Fundación Empatía y Evolución con la venta de los tableros tiene la misión de reunir fondos para reciclar todo lo que fuese reciclable, además de forestar todos los terrenos del país y del planeta con árboles frutales. Luego Ivana después dijo que la Fundación está cerrando grandes tratos con fábricas chinas para masificar los tableros y producirlos en formato de plástico para distribuir el juego a nivel internacional. Era algo paradójico, no había que pensarlo mucho. Para ellos tenía mucho sentido que el plástico fuese un aliado ecológico, pero más demencial era que con la venta del juego se podían garantizar las bases de la salvación del planeta. Evolución: quod erat demonstrandum.

—Este juego tiene reconocimiento internacional, cada tablero tiene un serial de identificación, además se adiciona a un certificado de autenticidad firmado por el maestro. El primer tablero de los Tres Reinos lo tiene un cliente en Ucrania. Ya ustedes adentro se darán cuenta que esto se trata de un juego de élites, no cualquiera puede jugarlo. En los próximos meses se celebrará un torneo de los Tres Reinos en el CCCT y la entrada para concursar son 400 dólares. Si ustedes siguen con nosotros podrán ser parte de ese evento. El premio será de 4.000 dólares. Para participar se necesitan patrocinantes, pero ustedes, como serán de los nuestros, ya tendrán automáticamente el privilegio de estar allí.

Todos los entrevistados: Randy, Felino, Centauro y yo nos mirábamos con una incredulidad tomasina integral. No sabía en qué palo ahorcarme. Uno cuando sabe que no hay desgracia imperoable piensa que la cosa no puede ser peor. Pero faltaba un par de moscas más en la mierda para tomar la decisión de convertirme en Guardián de los Tres Reinos al día siguiente.

—Para los guardianes constantes, fieles, que estén con nosotros desde el comienzo de este viaje podrán ser elegidos para el gran evento que se dará en los primeros meses del año que viene. Un evento de los Tres Reinos y la limpieza de las costas venezolanas. Estaremos recorriendo las playas en un barco, de esos parecidos a un ferry, pero uno mejor, uno mucho más grande…

— ¿Qué? ¿Un crucero?

— Sí, un crucero de los Tres Reinos. Solo los que se comprometan de lleno con la Fundación serán elegidos para ir con todo pago.

Me vi en el año 2020, después de la bajada de los reyes magos, siendo llevado en un autobús yutong de mi casa al puerto de la Guaira, donde me espera un comité de organizadores de las más importantes trasnacionales, especialmente en secuencia todas esas donde postulé sin recibir ninguna respuesta, haciendo una montonera de saludos y formalidades excesivas solo posibles en una fantasía tan ridícula como esta. En el puerto están presentes las grandes marcas de los juegos de mesa. Los colosos del ocio han venido para formar parte de un evento inédito en la historia de los confines absurdos del Caribe: miembros de la Remington Arms, Hasbro, Mattel y la Milton Bradley Company, llegan a estas tierras y el olor de playa y gasolina se mezclan con el jet-lag individual provocando una nostalgia que solo se alcanza en la expresión mayor de los sueños. Un polizonte del Smithsonian me comenta con jocosidad lo sabrosa que es la empanada de carne mechada. Asiento porque se trata de una verdad indiscutible. Lo pongo al tanto de la existencia de empanadas con rellenos más soberbios, camarón, pepitona, cangrejo y pabellón. Los ojos le brillan al musiú del Smithsonian. Me señala unos pelícanos descansando en las piedras. Nos golpea una brisa salada y me entra arena en el ojo. Comprendemos en esa suma de gestos que nunca seremos más felices que ahora. Vemos a los lejos llegar un puntito blanco que se acerca y se hace más grande, toma forma, se hace real como este sueño que es el crucero de los Tres reinos, el crucero de los premios de Cortázar. Escucho expresiones de alegría en tres idiomas distintos, los idiomas mínimos que en todas las bolsas de empleo te preguntan si dominas en niveles básico, intermedio o fluido. Llega la flota ecológica, un modelo pulcro de Oasis of the Seas, de 225 mil toneladas, con 5.400 habitaciones, todo equipado para el evento más importante del año, uno que gracias a mi constancia sobrenatural logré ser parte. Estoy dentro. Soy Teniente. Doy órdenes a inmigrantes antillanos y filipinos sobre cómo y dónde poner las infinitas mesas con sus respectivos tableros circulares, piezas y vasos rojizos donde se sirve exclusivamente Coca-Cola y Schweppes con hielos que tienen formas de hechiceros y unicornios, bebidas oficiales del reino. Para que nadie se confunda en qué locura se ha metido se ponen banditas plásticas con códigos de barra impresos en las muñecas para que ningún huésped se pierda en el exotismo de la fantasía. Me imagino a un grupo de disociados moviéndose de manera bovina por los pasillos de la flota, de proa a popa, amontonándose en las mesas para jugar ajetrez, unidos en una gran comunidad asexuada. Es hermoso. Todos moviendo las manos en ritmos sincronizados como los adictos de las máquinas tragamonedas, capturando tierras encantadas, eligiendo al próximo líder de la nada. La tripulación se somete a un estricto itinerario de filantropía que se balancea entre el lucro y la ruina del trópico, atracando en cada playa de las costas de Venezuela, dispuestos a hacer una jornada de limpieza extrema, pues no es casualidad que se necesite un barco tan grande sino para traerse consigo la basura que está dispuesto a buscar en cada orilla y pueblo olvidado por gobiernos y habitantes. Me vi por un instante en aquel reino de la decepción y en un coñazo volví a la mezzanina del Tecni-ciencia. Suficiente.

Por decoro busqué maneras rápidas y no tan groseras de irme de allí formulando las preguntas claves que hay que hacer siempre que se decide tomar un trabajo, en particular un trabajo de dudosas intenciones: ¿Hay pago de nómina? ¿Cotizan en el seguro social? ¿Dan bono alimenticio? Todas las respuestas de Ivanna fueron negativas y encima las argumentó de una manera descarada. Dio dos razones que explicaban por qué a la Fundación le valía verga tener las mínimas condiciones laborales establecidas por la ley: la primera es porque la Fundación pagaba por encima del sueldo mínimo (?) No; la segunda, y tal vez la más aborrecible, es porque pagaban comisiones en dólares.

Permanecí un rato más para los intereses de mis futuras ficciones. Era demasiado surreal. Como vi que en realidad no tenían ninguna clase de interés por mí aproveché en sacar algunos datos para ampliar los perfiles de los personajes. Ivana había estudiado derecho en la Universidad Santa María y dejó la carrera para dedicarse de lleno a la quimera piramidal de los Tres Reinos. Javier había estudiado música en la José Ángel Lamas y por su actitud parecía haber encontrado en la secta evolutiva un refugio para no hacer nada.

— Deberías dedicarte de nuevo a la música — le dije.

— La música no da plata, el dinero siempre está en otra parte.

— Es cierto, el dinero seguro está en los juegos de mesa.

Creo que Javier no entendió mi sarcasmo. Curioso por Ivana le pregunté por qué decía que el Ajedrez era un juego violento.

— Porque en ese juego matas, atacas, golpeas las piezas… te las comes.

Me imagino que para Ivana el dominó debe ser un juego de antaño para trogloditas, un juego de sadismo azteca para personas potencialmente violentas que gritan a las cajeras del supermercado y patean perros indefensos. En fin, un juego de terrorismo puro donde es inevitable partir mesas. Concluyo que estas ideas o son de un trauma familiar o de un lavado sutil de cerebro. Me inclino por la última opción, y lamentamos en el fondo que la susodicha haya tomado la decisión de abandonar las leyes.

Ivana estaba convencida de que estaría al día siguiente oliéndole los peos formando parte de la guardia nueva de la mezzanina. Prometí que volvería, cosa que nunca hice. Di las gracias y tomé mi bolso. Tomé las tarjeticas donde con disimulo logré tomar todos los apuntes de esta historia y las metí entre las páginas de mi ejemplar de Lo que me dijo Joan Didion. Me había pegado el hambre. Salí de la librería en mi nubecita de Gokú.

***

Debo agradecer el patético encuentro con los emprendedores de los Tres Reinos al descubrimiento del escritor alemán Botho Strauss. Antes de dejar la librería revisé el estante de los libros de segunda mano y encontré un ejemplar de El hombre joven. Me llamó la atención la portada: un fragmento del San Sebastián de Gerrit van Honthorst. El precio del libro era el equivalente a un mes de trabajo sentado frente a un tablero, un regalo. Regresando en el metro iba leyendo las páginas de este increíble hallazgo. Una cita azarosa me hizo el resumen de todo lo acontecido. Asumí que estas ideas seguían vigentes para la siguiente búsqueda errante de empleo.

¿Qué otra posibilidad le queda a un actor mal dirigido que no sea recaer en sus malos hábitos? No debes olvidar que los actores están hechos para una forma u otra de la representación humana. Todos los esfuerzos por educarlos en habilidades didáctico-formales conducen inexorablemente a una limitación paralizante de su talento. Siempre que el actor realiza conscientemente en el escenario algún ejercicio formal se advierte ante todo la violencia que ejerce sobre sí, y esto frena una parte importante del efecto, de la fuerza dramática; este exceso de despliegue corporal, maniatado y amenazado, hace muy opresivas esas ambiciosas representaciones, otorgándoles siempre algo de falsedad y violencia, de falta profunda de libertad.

***

Pasaron semanas y recuerdo estar caminando por el CCCT dirigiéndome a alguna parte. En uno de los pasajes de ese extraño centro comercial, por una de las tantas salidas debajo de unas escaleras, cerca de un puesto de alquiler de carritos de plástico para niños, alrededor de una mesa plegable, vi de lejos al bocabierta de Randy con los brazos cruzados, inclinado en una silla manaplas mirando al vacío obstinado, en compañía de dos elfos que dormían sobre un tablero circular de los Tres Reinos.

EL JUEGO QUE LLEGÓ PARA RECUPERAR LAS CONDICIONES DE VIDA DEL PLANETA

No supe distinguir si mis ganas de orinar venían de la burla o la tristeza. Espero que donde sea que estés ahora te haya ido mejor, querido Randy.

Alexander JM Urrieta Solano

Misceláneas

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

El fin de los dirigibles

La calle de los hoteles

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

El motorizado

Hace unos años hice un diplomado de narrativas contemporáneas en la Universidad Católica. En una clase sobre escritura creativa nos mandaron a presentar un cuento. Por el volumen del curso cada sábado se presentaban varios participantes, leían en voz alta y luego el resto del grupo mediado por el profesor daba sus impresiones y críticas de los textos.

Recuerdo en particular un cuento donde las acciones y hechos eran realizados por un motorizado en la ciudad de Caracas: una rutina de envíos y humillaciones que terminaba en un asesinato confuso, como justificando una especie de venganza social, sin indicios de sátira ni enseñanzas morales.

El cuento en su estructura general tenía una serie de fallas a niveles técnicos, fallas que tenían soluciones muy puntuales; sin embargo tales observaciones tuvieron poca importancia cuando unos participantes empezaron a cuestionar la naturaleza del personaje.

Al parecer, como el protagonista era un mototaxista, no podía ser verosímil que este pudiera hablar de una manera “tan educada”, este no podía decir “buenos días” ni “por favor” dentro de un diálogo con alguien, eso generaba extrañeza en los lectores. Para muchos la voz del personaje “no podía ser real” porque aparentemente un motorizado es alguien de por sí vulgar, y por supuesto: “negro y sucio”, “alguien que no completa los estudios”, una persona que por su condición jamás podría, ni siquiera en un relato de ficción, expresarse con tal grado de urbanidad. Alguien sugirió que para que fuera “todo más real” tenía que decir alguna que otra grosería (coño, mamahuevo, nojoda, marico). Otro dijo que le hacía ruido que un mototaxista “fuera capaz de expresarse con tanta formalidad; no podía ser caraqueño”.

Lo malo de casi todos los talleres de escritura en los que llegué a participar, donde predominaba el frágil narcisismo de los que pagan para no escuchar a nadie, era muy difícil encontrar críticas constructivas sobre nuestras creaciones. Siempre la crítica más ambigua y severa es el silencio, y en el peor de los casos comentarios triviales como la incongruencia de las voces, o por qué un personaje decide tomar Nestea antes que café en un clima donde reina la asfixia y la desolación. ¿Por qué?

Los comentarios, como vemos en este caso, no solo ponen en evidencia la mirada poco atenta en grupos motivados por el entusiasmo de convertirse en escritores sin ninguna clase de esfuerzo ni disciplina mental, sino que además se constata la reproducción viral de nuestros prejuicios sobre el mundo, de la ciudad que se proyecta en nuestras opiniones vagas, un tipo de prejuicio que no permite, ni pagando todos los talleres del mundo, el desarrollo de facultades creativas.

Por supuesto al final de ese debate pedante donde se justificaba el endorracismo de las altas culturas de los participantes no se llegó a nada, solo que los motorizados no pueden expresarse “como la gente normal”. El profesor sugirió cambiar los tonos para hacer más verídico el cuento. El autor, entre ofendido y decepcionado, no regresó más al diplomado. De más está decir que el texto falló en todos los sentidos de la composición. No tuvo la fuerza para defenderse solo.

Ese día al salir de clase decidí tomar una moto para regresar a mi casa rápido y olvidar la ranciedad de mis compañeros. En una línea estaban unos motoxistas esperando su salida, con sus chalequitos naranja se dedicaban a lidiar con los tiempos muertos que impone la velocidad, jugando cartas y fumando cigarros. Me fui con uno muy amable. Vi que estaba resolviendo un crucigrama.

En el tramo nos pusimos a hablar. Me contó de la carrera más larga que hizo, una vez rodando hasta Valencia ida y vuelta; luego me habló sobre el costo de los repuestos y su horario de trabajo dependiendo el estado del clima; me habló de sus hijas, de que el trabajo dignifica, ya que todas las ronchas tenían sentido por algo, pues hay que pensar siempre en el futuro; pero lo mejor de todo era su fascinación por los crucigramas. Me dijo que era bueno porque con eso aprendía cosas que no sabía antes, aprendía palabras nuevas para mejorar la labia porque uno al final tiene que hablar bien para defenderse en la calle. Esta situación me llevó al límite de la experiencia. La ciudad en los casos menos probables otorga gratis lecciones que luego debemos aplicar en nuestras narraciones, en nuestra vida en general. A pesar de lo corta que fue esa carrera pude jactarme al final del día que el motorizado de mi historia, contra todo pronóstico, se trataba de alguien real, de un ser humano.

Alexander JM Urrieta Solano

Un mundo inmóvil (Fragmentos)

por Christian Ferrer

Espectáculo

Cada época promueve una determinada distribución corporal de la energía psíquica. El alcance personal y social de la memoria, la percepción y la imaginación queda, por tanto, subordinado al organigrama energético que la cultura inocula en cada cuerpo; y a la celeridad e intensidad con que éste logre repelerlo. Guy Debord llama “espectáculo” al advenimiento de una nueva modalidad de disponer de lo verosímil y de lo incorrecto mediante la imposición de una separación fetichizada del mundo de índole tecnoestética. Prescribiendo lo permitido y conveniente así como desestimando en lo posible la experimentación vital no controlada, la sociedad espectacular regula la circulación social del cuerpo y de las ideas. El espectáculo, si se buscan sus raíces, nace con la modernidad urbana, con la necesidad de brindar unidad e identidad a las poblaciones a través de la imposición de modelos funcionales a escala total. Sería necesario volver a la segunda década del siglo XX para fijar el lugar de emergencia tecnológico e institucional del espectáculo actual. El nazismo, el stalinismo y el fascismo sólo se adelantaron a su época, y lo hicieron con la torpeza política y la brutalidad disciplinaria que definen a todo régimen emergente: hoy, es preciso rastrear esas ambiciones totalitarias (a saber, la gestión total de la vida desde la regulación del lenguaje hasta el mapeo genético) en sociedades legitimadas por maquinarias electorales.

No es este un mundo desencantado. La ilusión es más resistente y necia que cualquier análisis de los hechos. Los “saltos” tecnológicos son nuestros actuales milagros; la conexión diaria a las redes y pantallas, nuestra comunión en misa; los nostálgicos del general Ludd, nuestros herejes; la adquisición de accesorios para el hogar, el progreso en la pureza de nuestra fe; el rechazo a creyentes y nacionalistas, nuestra prueba espiritual; el forzamiento acelerado de las fuerzas productivas globales, nuestra última cruzada; la antena parabólica, nuestra aguja de la cruz; las veinticuatro horas continuas de transmisión, nuestro carillón canónico; si antes nos redimía el cielo, hoy nos emancipamos por control remoto. Una nueva cosmogonía. La historia humana ha conocido diversas concepciones y experiencias del tiempo y el espacio; ahora, las cartas náuticas son sustituidas por frecuencias de ondas; las proyecciones planisféricas, por scaneos satelitales instantáneos; las medidas espaciales, por ritmos informáticos y audiovisuales; los aparatos ideológicos de Estado, por el montaje y diseño de imágenes preprogramadas; la guerra de trincheras en el frente de la “conciencia”, por batallas de audiencias que culminan en sanciones estéticas. En todas partes, la diagramación de la mirada y la transformación de la velocidad en tiempo inmóvil requieren de nuevas estrategias de control social y de nuevos guardarropas para la verdad. No sería desacertado llamar al espectáculo una fe perceptual. El sistema de dominio espectacular se expande autocráticamente, al igual que lo hacía el sistema pedagógico para anteriores generaciones, es decir, como avanzadillas militares sobre espacios humanos no regulados: a todos quiere concernir, a nadie quiere dejar librado a sus propias potencialidades. El imperativo autocrático de nuestra época requiere de tecnologías sofisticadas y de burocracias especializadas en el arte de la vigilancia, tanto como de mnemotécnicas específicas para el olvido de la historia. En el extremo, la memoria histórica es forzada a pasar a la clandestinidad y el ojo a despegarse de su cuenca.

Es lugar común académico juzgar al pensamiento sobre el espectáculo, la tecnología o la televisión partiendo de oposiciones del estilo público y privado, mercado y estado, abierto y cerrado, apocalipsis e integración, soslayando la inclusión de la barra que regula los extremos en un dominio mayor. Así también, los analistas políticos perfilan a las opciones partidarias y los teólogos al legado de Maniqueo. Esas oposiciones confunden el pensamiento sobre las relaciones entre técnica y sociedad. No se trata de fomentar el pesimismo cultural sino de pensar el modo en que ese vínculo es absorbido por las instituciones así como el modo en que mundos hablados o sentidos son enviados a su ocaso, pues la misión de la sociedad tecnoespectacular no consiste en permitir o retrasar el progreso, sino en conducir a la humanidad a un estadio diferente de dominación. Es nuestra imagen de mundo el material que forja los barrotes del pensamiento binario. Retraído hacia el lado oscuro de lo pensable, el espectáculo guarda el secreto que lo explica, tanto como el Estado guarda el suyo, y la mercancía también. Cuando se afirma que los medios masivos amplían las posibilidades comunicativas del género humano y sacian su sed de saber se le concede sex-appeal a los recursos tecnológicos de una época. Pero la sociedad audiovisual es una lingua franca que debilita modos de sentir previos y descalifica, por principio, a la comunicabilidad humana misma. Esta misma no se sostiene en la capacidad fisiológica de hablar, ni en definiciones de diccionario, ni en la estructura lógica de las proposiciones sino en los rastros de memoria y de significatividad que fluyen y despliegan el mundo. El espectáculo desdeña la experiencia vivida, la actividad conversacional y la sociabilidad espontánea, es decir, desestima la reunificación de la comunidad como movimiento inventivo de sí mismo. Por eso, en la interpretación del espectáculo, lo que define a las políticas de la teoría es la lucha entablada a favor o en contra de la representación separada de la experiencia humana. Guy Debord pertenece a la estirpe de aquellos que suponen que lo que es experimentable no puede ser representado, y que la contemplación de simulacros o la estimulación sensorial por medios técnicos son sucedáneos vitales decididamente insuficientes.

Visión

El espectáculo es tan obligatorio como lo sería una ley social, lo cual no remite a trabajos forzados como lo son la participación electoral, el servicio militar o el testimonio judicial; más bien propone el problema de la indistinción entre deseo y obligación. El espectáculo se impone como obligatorio porque está en posición de ejercer el monopolio de la visualidad legítima. Un régimen de visibilidad es un régimen político como cualquier otro, con la salvedad de que la cámara de vigilancia es una de sus metáforas privilegiadas: en ese molde se vacían conductas y creencias. Y la criminología también. Los estadistas se prueban nuevas vestiduras y sus fuerzas de seguridad renuevan personal y métodos, pero después de tantos siglos la división del género humano entre víctimas y verdugos ha registrado muy escasas variantes. Cañones o grandes angulares, gatillos u obturadores, brigadas ligeras o movileros, generales o editores, el ocaso de unos señala el advenimiento de un principio de control que convierte a cada cuerpo en un efecto de iluminación.

La subjetividad propia de la época está vinculada a aparatos modelizadores de índole audiovisual, estadístico y psicofarmacológico. El régimen de visibilidad que la regula propone una paradoja: no deja ver. En tanto propedéutica y prescripción para la vista, no sólo fuerza a la perspectiva visual personal a ajustarse a modos de ver dominantes, también señala imágenes-tabú, un reino de lo inimaginable. La mirada carece de caminos de acceso o de antecedentes perceptivos para reconocerlo. El espectáculo es una gran máquina disuasiva de la vista: procede a la manera del jugador de ajedrez, disolviendo la estrategia del adversario por adelantado. Se trata siempre de la antigua veda política: “no intervendrás”.

La historia del ojo es la historia del régimen escópico al que está engarzado. Pero una visibilidad hegemónica también puede ser definida por aquello que huye de sus lindes y no solamente por el campo visual que controla. Pero nuestro saber sobre los efectos producidos por la luz y el color sobre la visión es misérrimo. El ojo es un cristal sobre el cual se proyectan dos rayos: el que emana imprime un catastro visual, y el aura que emerge desde una selva de imágenes interior; así también, un ojo de agua aflora a la superficie desde napas ocultas. ¿Qué otra cosa es el sentido de la vista sino un drama visual? La visión no es meramente una actividad fisiológicosocial, sino también un arte para el cual es preciso educarse. De ello se infiere que del arte de ojos parte un camino del conocimiento revelatorio: un vidente no ve los mismos objetos que un espectador.

A la geografía más inexplorada y más impredecible la ocupa el reino imaginal: desde allí se destilan imágenes que forjan la “realidad”. El ojo es tanto el campo de la batalla como órgano templado para su reconocimiento: del resultado incierto del combate depende el grado de autonomía personal. La expansión del mundo visual siempre ha sido consecuencia del ingreso y exploración en atlas raros o vedados; de las sondas lanzadas hacia lo todavía invisible e inaudible. Aquí centellean las viejas instigaciones del surrealismo, y Guy Debord las ha visto; con ellas desplegó una teoría de la emancipación. Quizás por eso se describía a sí mismo no sólo como un revolucionario profesional sino también como un cineasta.

(Fragmento utilizado para trabajos de promoción de lectura. No tiene fines comerciales. Si desea leer el texto completo puede acceder a este enlace)

Misceláneas

La Broma infinita: sobre la experiencia lectora deportiva

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

El fin de los dirigibles

La calle de los hoteles

Los demasiados libros, o las virtudes del exceso de plástico

Selecciones

…Me salieron que necesitaba una solicitud de pasantías y les dije que, como estaba especificado en mi currículo, yo ya había realizado mis pasantías hace dos años, y que actualmente me encontraba en espera de defender mi tesis final de grado, por lo que la chica que me estaba entrevistando me dijo que así no se podía proceder, que la vacante era exclusivamente para pasantes, entonces faltaba algo, como no cumplía con todos los requisitos, a pesar de que mi síntesis de trabajo estaba acorde con todo lo que ellos estaban buscando, era necesaria la formalidad de la universidad para proceder en conjunto con la transnacional para darme el empleo. Les dije que igual no podía tramitar nada, ya les había explicado que hasta el día de hoy no he podido defender mi tesis porque necesito presentar una carga académica, donde sale reflejado que cumplí con todos los créditos de la carrera, pero que dicha Institución que me niega la defensa es la misma que tiene que otorgarme dichos papeles, pero dada la situación precaria no me lo pueden dar, porque no hay sistema, el personal no está dispuesto a trabajar, no hay condiciones, por lo que me sugieren que haga todo el trabajo de los ordenadores a mano, en fin, les expliqué la situación de manera innecesaria, algo disgustado por tener que justificarme con una persona que vive en el mismo país que yo, por lo que era medio soso ponerla al tanto del estado de las instituciones educativas del país, de la gangrenaria Universidad Central de Venezuela, cuya presencia opresiva volvía a sabotear, una vez más, otra nueva oportunidad laboral. La entrevistadora no sabía qué decirme porque al parecer las selecciones se hacen desde una sede en Costa Rica, desde allá se dan las órdenes, se pagan los sueldos y aquí aparentemente toman una decisión. Hay normas que cumplir, me dijo, los supervisores necesitaban definir todo con formalidad. Cosa comprensible, dije yo, considerando que en este país cada día todo es una informalidad formalizada porque solo así es posible existir sin tomarse la vida tan en serio. La entrevistadora me pregunta extrañada que cómo era posible que haya pasado todo los filtros de selección, ¿primera vez?, es que parece tratarse de un error, yo le dije que esta era la quinta vez que terminaba aquí, en una supuesta entrevista de contratación, pero por el tono de las negativas vi que era una selección de la selección, una vez más. Yo le comenté que tampoco entendía cómo terminé allí, luego de haber postulado casi nueve veces a diferentes cargos, si al final dentro de los requisitos no especifican cuando postulas que es necesario que aquel que presente tiene que tener en cuenta el formalizar un trámite con la universidad, cuando los cargos son de pasantías, le dije, ustedes solo me preguntaron cuándo me graduaba y si tenía conocimientos en la plataforma de canvas, entonces ella me preguntó que cuál era mi fecha estimada de graduación, le dije que por obvias razones no sabía, podía ser a fines de año, podía ser nunca, la universidad no está abierta ni para pedir el baño prestado, pero es que tampoco tienen baño, no exagero. Le dije, sin sentir ni una mínima empatía a la pantalla a quien dirigía mis palabras, que estaba entre una cosa y otra, por la misma universidad y la situación actual, no consigo trabajo o porque no tengo el título o porque no estoy en el proceso de estudio, ser tesista es prácticamente un status de purgatorio, no mamas ni silbas, no puedes ser mono ni ardilla, no eres estudiante, tampoco licenciado, en resumen no eres nada. Sentía que hablaba con una persona abstraída del contexto. Su indiferencia demostraba qué clase de personas necesitan las grandes empresas, tal vez la distancia puede pasar por alto la asertividad, yo por mi parte no la sentí. Su cargo de líder de contratación y selección del departamento de investigación y promoción cultural se quedó reducido al nombre, a un No sé desmotivador que evadía toda clase de confrontación, eso ya no depende de mí, decía, hay que presentar tu caso a la gente de Costa Rica, porque seguro como tú muchos postulantes deben tener el mismo problema ¿De verdad? Y entonces dijo que iba a discutir mi caso, por lo que asumí que eso no se iba a dar, porque la gente de Costa Rica, así como cualquier gente del resto del mundo no puede entender ni le interesa lo que pasa aquí, nuestra incapacidad de aparentar ser formales, porque queriendo somos una parodia, por eso nadie nos toma en serio y nos explotan de todas las formas posibles, porque no tenemos idea del valor de nuestro trabajo, de lo que cuesta construir un conocimiento decente en estas condiciones desquiciadas. Por mucho que desarrolles tu exposición no altera en ninguna forma El Proceso. Él está ahí, como una máquina que genera tareas, que evoca ascensos y angustias. Esta situación tan recurrente en mi vida y en la de muchos lectores desmotivados era una afirmación de que nuestra condición inestable le convenía a todo el mundo. La crisis es hasta cierto punto muy rentable. La burocracia impersonal está en todos lados, y nadie puede ayudarte, tantas pruebas para demostrarnos que siempre te quedas solo. Yo insistí desde el argumento de mis experiencias, la entrevistadora recalcó que igual iba a ver, pero su tono no me dio ninguna esperanza, cosa que me molestó bastante, no por ella sino por la suma de todas las circunstancias. Usé en mis explicaciones la palabra kafkiano dos veces, haciendo énfasis en lo absurdo de los procesos tan largos de selección y la incomunicación de las empresas, que velan por la integración cultural y formación de profesionales y toda esa cháchara que al final parece una formalidad artificial donde, a pesar de tener un “currículo impresionante”, no llevas chance. Ya sin nada que perder me desahogué hablando de los aprendizajes de la universidad. Mencioné los seminarios que hice hace unos años sobre los usos políticos del pasado y la ambigua definición de la cultura, el concepto amargo con que juegan los gobiernos y trasnacionales en la invención hipócrita de discursos friendly sobre la responsabilidad de aportar al folclore y a la historia del país Algo, en “acciones sociales” que sirvan “para el fomento de la cultura”, estas con el fin de perpetuar su control y hacer que los empleados sientan que la servidumbre es un bien mientras se mantengan contentos, esto se llama identidad empresarial, también militancia política, también conformismo, la responsabilidad social está en manos de banqueros, tabacaleras, distribuidoras de licores, milicos y máquinas grises de importación, los vicios, su ética de consumo, son parte de nuestra cultura tercerizada. Echen un vistazo a linkedin, la red social del desempleo positivo, lean todos esos testimonios de frustración edulcorada, usted quiere ver una tristeza chistosa, revise cualquier bolsa de empleo, sin mucha contemplación, para muchos queda morir en un Call Center, hay cosas peores, pero no quiero agobiar más al lector. Me preguntaba realmente quién era la chica que me atendía. Ya me daba lo mismo. Sentía que todo era un monólogo con una máquina, nadie prendió la cámara por “fallas con el internet”. Al terminar la entrevista cerré todo y postulé para otra cosa en otra organización, porque irónicamente, solo nos queda buscar formas menos vergonzosas de vender nuestra alma al diablo. Pero igual fue extraño. Les pedí que se tomaran la delicadeza, cosa que no han hecho en las cuatro oportunidades anteriores, de responderme para sacarme de la incertidumbre, si quedé o no quedé, dentro de un proceso de selección que parece las eliminatorias de la Uefa Champions League. Dije esto y la entrevistadora se rio, eso fue un alivio, ya que el momento incómodo no opacó nuestro sentido del humor, eso me dio un mínimo de esperanza, no de quedar en algo, pero sí de seguir sin problema con mi vida, porque siempre hay trabajo. En este país si no lidias con los rechazos estoicamente estás frito. Aquí la depresión prácticamente es una moda que perpetúa formas de mirar las cosas. Tienes que seguir buscando. Insistir, antes de pensar volarte la tapa de los sesos, porque quién sabe…

Alexander JM Urrieta Solano

“Casi todos los hombres nos aburrimos inconscientemente. El aburrimiento es el fondo de la vida, y el aburrimiento es el que ha inventado los juegos, las distracciones, las novelas y el amor. La niebla de la vida rezuma un dulce aburrimiento, licor agridulce.”

Niebla – Don Miguel de Unamuno

Vida y destino (Fragmento)

por Vasili Grossman

18

Vitia, estoy segura de que mi carta te llegará, a pesar de que estoy detrás de la línea del frente y detrás de las alambradas del gueto judío. Yo no recibiré tu respuesta, puesto que ya no estaré en este mundo. Quiero que sepas lo que han sido mis últimos días; con este pensamiento me será más fácil dejar esta vida.

Es difícil, Vitia, comprender realmente a los hombres… Los alemanes irrumpieron en la ciudad el 7 de julio. En el parque la radio transmitía las noticias de última hora. Salía de la policlínica, después de las consultas, y me detuve a escuchar a la locutora, que leía en ucraniano un boletín sobre los últimos combates. Oí un tiroteo a lo lejos. Luego algunas personas cruzaron corriendo el parque. Seguí mi camino a casa, sin dejar de sorprenderme por no haber oído la señal de alarma aérea. De repente vi un tanque y alguien gritó: « ¡Los alemanes están aquí!».

«No siembre el pánico», le advertí. La víspera había ido a ver al secretario del sóviet de la ciudad y le había planteado la cuestión de la evacuación; él montó en cólera: «Todavía es pronto para hablar de eso; no hemos comenzado siquiera a redactar las listas». En una palabra, los alemanes habían llegado. Aquella noche los vecinos se la pasaron yendo de una habitación a otra; los únicos en mantener la calma éramos los niños y yo. Había tomado una decisión: que me suceda lo que haya de suceder a los demás. Al principio tuve un miedo espantoso; comprendí que no te volvería a ver, y me entraron unas ganas locas de volver a verte, de besarte la frente, los ojos una vez más. Entonces me di cuenta de la suerte que tenía de que estuvieras a salvo.

Me quedé dormida de madrugada y, al despertar, me embargó una terrible melancolía. Estaba en mi habitación, en mi cama, pero me sentí en tierra extraña, perdida, sola. Aquella misma mañana me recordaron lo que había logrado olvidar durante los años de régimen soviético: que yo era judía. Los alemanes pasaban en sus camiones y gritaban: «Juden kaputt!».

Y los vecinos también me lo recordaron más tarde. La mujer del conserje, que se encontraba bajo mi ventana, le decía a una vecina: «Por fin, a Dios gracias, nos libraremos de los judíos». ¿Qué es lo que le pudo llevar a decir eso? Su hijo está casado con una judía; la vieja solía ir a visitarlos y me hablaba después de sus nietos.

Mi vecina de apartamento, una viuda con una hija de seis años llamada Aliónushka, de maravillosos ojos azules (ya te he escrito alguna vez sobre ella), pues bien, esta vecina vino a verme y me dijo:

—Anna Semiónovna, le pido que para la tarde haya retirado las cosas de su habitación, voy a instalarme en ella.

—Muy bien —le respondí—, entonces yo me instalaré en la suya.

—No, usted se instalará en el cuarto trasero de la cocina. Me negué en redondo; allí no había estufa, ni ventana siquiera.

Me fui a la policlínica y, al volver, resultó que me habían forzado la puerta y mis cosas habían sido arrojadas en el interior de aquel cuartucho. Mi vecina me dijo: «Me he quedado su sofá, de todas maneras no cabe en su nuevo cuarto».

Asombroso, se trata de una mujer con estudios, diplomada en una escuela de artes y oficios, y su difunto marido era un hombre bueno y tranquilo, que trabajaba de contable en la Ukoopspilka. «Usted está fuera de la ley», me dijo la mujer como si aquello supusiera un gran provecho para ella. Su pequeña Aliónushka se sentó conmigo toda la tarde y yo le estuve contando cuentos. La niña no quería irse a dormir, de modo que su madre se la llevó en brazos. Así fue la fiesta de inauguración de mi nuevo hogar. Luego, Vítenka, abrieron de nuevo la policlínica. A mí y a otro médico judío nos despidieron. Fui a pedir la mensualidad que no había cobrado pero el nuevo responsable me dijo: «Stalin le pagará lo que usted haya ganado bajo el régimen soviético; escríbale, pues, a Moscú». Una enfermera, Marusia, me abrazó lamentándose con voz queda: «Dios mío, Dios mío, qué va a ser de usted, qué va a ser de todos ustedes». El doctor Tkachev me estrechó la mano. No sé lo que resulta más duro, si la alegría maliciosa de unos o las miradas compasivas de otros, como si estuvieran ante un gato sarnoso, moribundo. Nunca imaginé que me tocaría vivir algo semejante.

Muchas personas me han dejado estupefacta. Y no sólo personas ignorantes, amargadas, analfabetas. He aquí, por ejemplo, un profesor jubilado, de setenta y cinco años, que siempre preguntaba por ti, me pedía que te diera saludos de su parte, y decía hablando de ti: «Es nuestro orgullo». En estos días malditos, al encontrarse conmigo por la calle, no me saludó, me dio la espalda. Luego me enteré de que en una reunión en la Kommandantur había declarado: «Ahora el aire se ha purificado, al fin ha dejado de oler a ajo». ¿Por qué? ¿Por qué ha hecho eso? Esas palabras le ensucian. Y en la misma reunión cuántas calumnias vertidas contra los judíos… Sin embargo, Vítenka, no todos participaron en esa reunión. Muchos rehusaron. Y, ¿sabes?, por mi experiencia de la época zarista siempre había pensado que el antisemitismo estaba ligado al patrioterismo de los hombres de la Liga del Arcángel San Miguel. Pero ahora he constatado que los hombres que claman por liberar a Rusia de los judíos son los mismos que se humillan ante los alemanes y se comportan como deplorables lacayos, estos hombres están dispuestos a vender Rusia por treinta monedas de plata alemanas. Gentes zafias llegadas de los arrabales se apoderan de los apartamentos, las mantas, los vestidos; personas como ellos, con total seguridad, son los que mataban a los médicos durante las revueltas del cólera. Y hay también otros seres, cuya moral se ha atrofiado, seres dispuestos a consentir cualquier crimen con tal que no se sospeche que están en desacuerdo con las autoridades.

Vienen a verme amigos a cada momento para traerme noticias, todos tienen mirada de loco, deliran. Una extraña expresión se ha puesto de moda: «esconder las cosas». Por alguna razón, el escondite del vecino parece más seguro que el propio. Todo eso me recuerda a cierto juego infantil.

Pronto se anunció la creación de un gueto judío; cada persona tenía derecho a llevar consigo quince kilos de objetos personales. En las paredes de las casas fijaron unos pequeños carteles amarillos: «Se ordena a todos los judíos que se trasladen al barrio de Ciudad Vieja antes de las seis de la tarde del 15 de julio de 1941». Para todo aquel que no obedeciese, la pena capital.

Así que, Vítenka, yo también me puse a preparar mis cosas. Cogí una almohada, algo de ropa blanca, la tacita que un día me regalaste, una cuchara, un cuchillo, dos platos. ¿Acaso necesitábamos mucho más? Cogí parte del instrumental médico. Cogí tus cartas, las fotografías de mi madre y del tío David, y también aquella donde sales tú con papá, un pequeño volumen de Pushkin, las Lettres de mon moulin, otro de Maupassant, donde está Une vie, un pequeño diccionario… Cogí Chéjov, el libro aquel donde aparece Una historia trivial y El obispo, y eso es todo: mi cesta estaba llena. Cuántas cartas te he escrito bajo este techo, cuántas noches me he pasado llorando, sí, ahora puedo decírtelo, por mi soledad.

Dije adiós a la casa, al jardincito; me senté algunos minutos bajo el árbol; dije adiós a los vecinos. Hay personas que son realmente extrañas. Dos vecinas, en mi presencia, se pusieron a discutir por mis pertenencias: cuál se quedaría con las sillas, cuál con mi pequeño escritorio; pero, en el momento de la despedida, las dos lloraron. Les pedí a unos vecinos, los Basanko, que si después de la guerra venías a buscarme te lo contaran todo con detalle. Me prometieron que así lo harían. Me conmovió Tóbik, el perro de la casa, que se mostró especialmente cariñoso conmigo la última noche. Si vuelves dale de comer por la ternura dispensada a una vieja judía.

Cuando me disponía a emprender el camino y me preguntaba cómo me las iba a apañar para cargar con mi cesta hasta la Ciudad Vieja, apareció de improviso un antiguo paciente mío llamado Schukin, un hombre sombrío y, creía yo, de corazón duro. Se ofreció a llevarme la cesta, me dio trescientos rublos y me dijo que una vez por semana me llevaría pan a la alambrada. Trabaja en una imprenta; no lo habían llamado a filas debido a una enfermedad ocular. Antes de la guerra había venido a curarse a mi consulta, y si me hubieran propuesto que diera nombres de personas puras y sensibles, habría dado decenas de nombres antes que el suyo. Sabes, Vítenka, después de su visita volví a sentir que era un ser humano. Los perros ya no eran los únicos que mostraban una actitud humana.

Schukin me contó que en la imprenta de la ciudad se estaba imprimiendo un bando: se prohíbe a los judíos andar por las aceras; deben llevar una estrella amarilla de seis puntas cosida en el pecho; no tienen derecho a utilizar el transporte colectivo ni los baños públicos, no pueden acudir a los consultorios médicos ni ir al cine; se les prohíbe comprar mantequilla, huevos, leche, bayas, pan blanco, carne y todas las verduras excepto patatas; las compras en el mercado se autorizan sólo después de las seis de la tarde (cuando los campesinos han abandonado ya el mercado). La Ciudad Vieja será rodeada de alambradas y se prohibirá toda salida, salvo bajo escolta para realizar trabajos forzados. Cualquier ruso que cobije en su casa a un judío será fusilado, de la misma manera que si hubiera escondido a un partisano.

El suegro de Schukin, un viejo campesino procedente de Chudnov, un shtetl cercano a la ciudad, había visto con sus propios ojos cómo los alemanes llevaron en manada hasta el bosque a todos los judíos del lugar, provistos de sus hatillos y maletas; durante todo el día no dejaron de oírse disparos y gritos terribles. Ni un solo judío regresó. Los alemanes, que se alojaban en casa del suegro de Schukin, regresaron bien entrada la noche; estaban borrachos y siguieron bebiendo y cantando hasta la madrugada mientras se repartían broches, anillos, brazaletes delante de las narices del viejo. No sé si se trata de un hecho aislado y fortuito o del presagio de lo que nos depara el futuro.

Qué triste fue, hijo mío, mi camino hacia el gueto medieval. Atravesaba la ciudad donde había trabajado durante veinte años. Primero pasamos por la calle Svechnaya, completamente desértica. Pero cuando llegamos a la calle Nikólskaya vi a cientos de personas, todas ellas dirigiéndose al maldito gueto. La calle se tornó blanca por los hatillos y las almohadas. Los enfermos eran llevados del brazo por sus acompañantes. Al padre del doctor Margulis, paralítico, lo transportaban sobre una manta. Un joven llevaba a una viejecita en brazos, le seguían su mujer e hijos cargando con los hatillos a la espalda. Gordon, un hombre entrado en carnes y que respiraba con dificultad, responsable de una tienda de ultramarinos, se había puesto un abrigo con cuello de piel y el sudor le corría por la cara. Me impresionó especialmente un joven: caminaba sin llevar fardo alguno, con la cabeza erguida, manteniendo ante sí un libro abierto, el rostro sereno y altivo. Pero ¡qué locas y aterrorizadas parecían las personas que estaban a su lado! Avanzábamos por la calzada mientras los habitantes de la ciudad permanecían de pie en las aceras, mirándonos pasar.

Durante un rato anduve al lado de los Margulis y oí los suspiros de compasión de las mujeres. Pero había quien se reía de Gordon y de su abrigo de invierno, aunque te aseguro que el aspecto que presentaba era más espantoso que divertido. Vi muchas caras conocidas. Algunos me hacían un ligero gesto con la cabeza, despidiéndose; otros desviaban la mirada. Me parece que en aquella muchedumbre no había miradas indiferentes; había ojos curiosos, despiadados y, algunas veces, vi ojos anegados de lágrimas.

Yo veía a dos gentíos: uno constituido por los judíos, hombres enfundados en abrigos, con los gorros calados y mujeres con pañuelos en la cabeza, y otro, en las aceras, con ropa de verano. Blusas claras, hombres sin chaquetas, algunos con camisas bordadas a la ucraniana. Parecía incluso que para los judíos que desfilaban por la calle el sol se negara a brillar, como si caminaran a través del frío de una noche de diciembre.

En la entrada del gueto me despedí de mi acompañante y él me señaló el lugar de la alambrada donde nos encontraríamos.

¿Sabes, Vítenka, lo que sentí al hallarme detrás de las alambradas? Esperaba sentir terror. Pero, figúratelo, en realidad me sentí aliviada dentro de aquel redil para ganado. No pienses que es porque tengo alma de esclava. No, no. Me sentía así porque todo el mundo a mi alrededor compartía mi destino. En el gueto ya no estaba obligada a andar por la calzada, como los caballos; la gente no me miraba con odio; y los que me conocían no apartaban los ojos de mí ni evitaban toparse conmigo. En este redil todos llevamos el sello con el que nos han marcado los fascistas, y por esa razón el sello no me quema tanto en el alma. Aquí ya no me siento como una bestia privada de derechos, sino como una mujer desdichada. Y es más fácil de sobrellevar.

Me instalé junto a un colega, el doctor Sperling, en una casita de adobe compuesta por dos cuartuchos. Sperling tiene dos hijas ya adultas y un varón de unos doce años llamado Yura. Muchas veces me quedo contemplando la cara delgaducha de ese niño, sus grandes ojos tristes. Dos veces por equivocación le llamé Vitia y él me corrigió: «No soy Vitia, mi nombre es Yura».

¡Qué diferentes son los hombres entre sí! Sperling, a sus cincuenta y ocho años, rebosa energía. Se las ha arreglado para conseguir colchones, queroseno y una carretada de leña. Por la noche le trajeron a casa un saco de harina y medio de judías. Se alegra de sus éxitos como un jovenzuelo. Ayer colgó en las paredes unos pequeños tapices. «No es nada, no es nada, sobreviviremos —repetía—. Lo más importante es hacerse con reservas de comida y leña.»

Me dijo que era preciso organizar una escuela en el gueto. Me propuso incluso que impartiera clases de francés a Yura y me pagaría un plato de sopa por clase. Estuve conforme.

Fania Borísovna, la gorda mujer de Sperling, suspira: «Estamos perdidos, todo está perdido»; pero eso no quita para que siga de cerca a su hija mayor, Liuba, un ser amable y bondadoso, no vaya a ser que dé a alguien un puñado de judías o una rebanada de pan. La menor, Alia, el ojito derecho de la madre, es un verdadero engendro de Satanás —autoritaria, avara, recelosa—, se pasa el día gritando a su padre y a su hermana. Antes de la guerra vino a hacerles una visita desde Moscú y quedó aquí atrapada.

¡Dios mío, qué miseria por todas partes! ¡Que vengan esos que hablan de las riquezas de los judíos y que afirman que siempre tienen guardado dinero para los malos tiempos, que vengan a la Ciudad Vieja! Aquí están los malos tiempos, peores no puede haberlos. Pero en la Ciudad Vieja no se concentran únicamente los recién mudados con sus quince kilos de equipaje, aquí han vivido siempre artesanos, viejos, obreros, enfermeras… ¡En qué terribles condiciones de hacinamiento viven estas gentes! ¡Y qué clase de comida se llevan a la boca! Si pudieras ver las chozas medio en ruinas, ya casi forman parte de la tierra.

Vítenka, veo aquí a tantas personas malas, codiciosas, deshonestas, capaces de las más pérfidas traiciones. Anda por ahí un hombre espantoso, un tal Epstein, que vino a parar aquí desde alguna ciudad polaca; lleva un brazalete en la manga y acompaña a los alemanes durante los registros, colabora en los interrogatorios, se emborracha con los politsai  ucranianos y lo envían por las casas a extorsionar vodka, dinero, comida. Lo he visto una o dos veces; es un hombre de estatura alta, apuesto, elegante en su traje color crema, incluso la estrella amarilla cosida a su americana parece un crisantemo.

Pero quería contarte otra cosa. Yo nunca me he sentido judía; de niña crecí rodeada de amigas rusas, mis poetas preferidos eran Pushkin y Nekrásov, y la obra de teatro con la que lloré junto a todo el auditorio de la sala, en el Congreso de Médicos Rurales, fue Tío Vania, la producción de Stanislavski. Una vez, Vítenka, cuando era una chiquilla de catorce años, mi familia se disponía a emigrar a América del Sur. Yo le dije a papá: «No abandonaré Rusia, antes preferiría ahogarme». Y no me fui.

Y ahora, en estos días terribles, mi corazón se colma de ternura maternal hacia el pueblo judío. Nunca antes había conocido ese amor. Me recuerda al amor que te tengo a ti, mi querido hijo.

Visito a los enfermos en sus casas. Decenas de personas, ancianos prácticamente ciegos, niños de pecho, mujeres embarazadas, todos viven apretujados en un cuartucho diminuto. Estoy acostumbrada a buscar en los ojos de la gente los síntomas de enfermedades, los glaucomas, las cataratas. Pero ahora ya no puedo mirar así en los ojos de la gente, en sus ojos sólo veo el reflejo del alma. ¡Un alma buena, Vítenka! Un alma buena y triste, mordaz y sentenciada, vencida por la violencia pero, al mismo tiempo, triunfante sobre la violencia. ¡Un alma fuerte, Vitia! Si pudieras ver con qué consideración me preguntan sobre ti las personas ancianas. Con qué afecto me consuelan personas ante las que no me he lamentado de nada, personas cuya situación es peor que la mía.

A veces me parece que no soy yo la que está visitando a un enfermo, sino al contrario, que las personas son amables doctores que curan mi alma. Y de qué manera tan conmovedora me ofrecen por mis cuidados un trozo de pan, una cebolla, un puñado de judías.

Créeme, Vítenka, no son los honorarios por una consulta. Se me saltan las lágrimas cuando un viejo obrero me estrecha la mano, mete en una pequeña bolsa dos o tres patatas y me dice: «Vamos, doctora, vamos, se lo ruego». Hay en esto algo puro, paternal, bueno; pero no puedo transmitírtelo con palabras.

No quiero consolarte diciendo que la vida aquí ha sido fácil para mí, te sorprenderá que mi corazón no se haya desgarrado de dolor. Pero no te atormentes pensando que he padecido hambre. No he pasado hambre ni una sola vez. Tampoco me he sentido sola.

¿Qué puedo decirte de los seres humanos, Vitia? Me sorprenden tanto por sus buenas cualidades como por las malas. Son extraordinariamente diferentes, aunque todos conocen un idéntico destino. Imagínate a un grupo de gente bajo un temporal: la mayoría se afanará por guarecerse de la lluvia, pero eso no significa que todos sean iguales. Incluso en esa tesitura cada cual se protege de la lluvia a su manera…

El doctor Sperling está convencido de que la persecución contra los judíos es temporal y cesará cuando concluya la guerra. Muchos, como él, comparten ese parecer, y he observado que cuanto más optimistas son las personas más ruines y egoístas se vuelven. Si alguien entra mientras están comiendo, Alia y Fania Borísovna esconden enseguida la comida.

Los Sperling me tratan muy bien, tanto más cuanto que yo soy de poco comer y aporto más comida de la que consumo. Pero he decidido marcharme, me resultan desagradables. Estoy buscándome un rinconcito. Cuanta más tristeza hay en un hombre y menor es su esperanza de sobrevivir, mejor, más generoso y bueno es éste.

Los pobres, los hojalateros, los sastres que se saben condenados a morir son más nobles, desprendidos e inteligentes que aquellos que se las ingenian para aprovisionarse de comida. Las maestras jovencitas; Spielberg, el viejo y estrambótico profesor y jugador de ajedrez; las tímidas chicas que trabajan en la biblioteca; el ingeniero Reivich, débil como un niño, que sueña con armar al gueto con granadas de fabricación casera… ¡Qué personas tan admirables, qué poco prácticas, agradables, tristes y buenas!

Me he dado cuenta de que la esperanza casi nunca va ligada a la razón; está privada de sensatez, creo que nace del instinto.

Las personas, Vitia, viven como si les quedaran largos años por delante. Es imposible saber si es estúpido o inteligente, es así y basta. Yo también he acatado esa ley. Dos mujeres procedentes de un shtelt cuentan exactamente lo mismo que contaba mi amigo. Los alemanes están exterminando a todos los judíos del distrito, sin compadecerse de niños o ancianos. Los alemanes y los politsai llegan en vehículos, toman a algunas decenas de hombres para hacerlos trabajar en el campo, les ordenan cavar fosas, y luego, dos o tres días más tarde, los alemanes conducen a todos los judíos hasta esas fosas y fusilan a todos sin excepción. Por doquier, en los alrededores de la ciudad, están surgiendo estos túmulos judíos.

En la casa de al lado vive una chica polaca. Cuenta que en su país las masacres de judíos no se interrumpen ni un instante, son aniquilados del primero al último. Sólo han logrado sobrevivir judíos en algunos guetos de Varsovia, Lodz, Radom. Cuando me he parado a pensarlo, he comprendido perfectamente que no nos han congregado aquí para conservarnos con vida, como bisontes en la reserva del bosque de Biarowieia, sino como ganado que enviarán al matadero.

Conforme al plan, nuestro turno debe de estar previsto para dentro de una o dos semanas. Pero, imagínatelo, aún comprendiendo eso, sigo curando a los enfermos y les digo: «Si se lava el ojo regularmente con esta loción, dentro de dos o tres semanas estará curado». Examino a un viejo que dentro de seis meses o un año podría ser operado de cataratas. Continúo dando clases de francés a Yura, me desmoraliza su pésima pronunciación.

Entretanto los alemanes irrumpen en el gueto y desvalijan, los centinelas se divierten disparando contra los niños detrás de las alambradas y cada vez más gente corrobora que nuestro destino se decidirá el día menos pensado. Y así es, la vida continúa. Hace unos días se celebró incluso una boda. Los rumores se multiplican por decenas. Ahora un vecino me informa, ahogándose de alegría, de que nuestras tropas han tomado la ofensiva y que los alemanes se retiran. O bien circula el rumor de que el gobierno soviético y Churchill han presentado a los alemanes un ultimátum, y que Hitler ha dado la orden de que no se mate a más judíos.

Otras veces dicen que los judíos serán intercambiados por prisioneros de guerra alemanes.

Así, en ningún otro lugar del mundo hay más esperanza que en el gueto. El mundo está lleno de acontecimientos, y todos esos acontecimientos tienen el mismo sentido y el mismo propósito: la salvación de los judíos. ¡Qué riqueza de esperanza! Y la fuente de esa esperanza es sólo una: el instinto de vida que, sin lógica alguna, se resiste al terrible hecho de que todos vamos a perecer sin dejar rastro. Miro a mi alrededor y simplemente no puedo creerlo: ¿es posible que todos nosotros seamos sentenciados a muerte, que estemos a punto de ser ejecutados? Los peluqueros, los zapateros, los sastres, los médicos, los fumistas…, todos siguen trabajando. Se ha abierto incluso una pequeña maternidad, o para ser exactos, algo que se le parece. Se hace la colada y se tiende en cordeles, se prepara la comida, los niños van a la escuela desde el primero de septiembre y las madres preguntan a los maestros sobre las notas de sus hijos.

El viejo Spielberg ha llevado varios libros a encuadernar. Alia Sperling realiza a diario su gimnasia matutina; cada noche, antes de acostarse, se enrolla el cabello en bigudíes; y riñe con su padre por dos retales de tela que quiere para hacerse unos vestidos de verano.

También yo mantengo mi tiempo ocupado de la mañana a la noche. Visito a los enfermos, doy clases, zurzo mi ropa, hago la colada, me preparo para hacer frente al invierno: le pongo relleno de guata a mi abrigo de otoño. Escucho los relatos sobre los terribles castigos que se infligen a los judíos: la mujer de un consultor jurídico que conozco fue golpeada hasta perder el conocimiento por haber comprado un huevo de pato para su hijo; a un niño, el hijo de Sirota, el farmacéutico, le dispararon en el hombro cuando trataba de deslizarse por debajo de la alambrada para recuperar su pelota. Y luego, otra vez, rumores, rumores, rumores…

Lo que ahora te cuento, sin embargo, no es un rumor. Hoy los alemanes vinieron y se llevaron a ochenta jóvenes para trabajar el campo, supuestamente para recoger patatas. Algunos incluso se alegraron imaginando que podrían traer unas pocas patatas para la familia. Pero yo comprendí al instante a qué se referían los alemanes con patatas.

La noche en el gueto es un tiempo aparte, Vitia. Tú sabes, querido hijo, que siempre te he enseñado a decirme la verdad, un hijo siempre debe decir la verdad a su madre. Pero también una madre debe decir la verdad a su hijo. No te imagines, Vítenka, que tu madre es una mujer fuerte. Soy débil. Me da miedo el dolor y tiemblo cuando me siento en el sillón del dentista. De niña me daban miedo los truenos y la oscuridad. Ahora que soy vieja, tengo miedo de las enfermedades, de la soledad; temo que si enfermara no podría trabajar más y me convertiría en una carga para ti y que tú me lo harías sentir. Tenía miedo de la guerra. Ahora, por las noches, Vitia, se apodera de mí un terror que me hiela el corazón. Me espera la muerte. Siento deseos de llamarte, de pedirte ayuda.

Cuando eras pequeño, solías correr a mí en busca de protección. Ahora, en estos momentos de debilidad, quisiera esconder mi cabeza entre tus rodillas para que tú, inteligente y fuerte, me defendieras, me protegieras. No siempre soy fuerte de espíritu, Vitia, soy débil. Pienso a menudo en el suicidio, pero algo me retiene, no sé si es debilidad, fuerza o bien una esperanza absurda…

Pero ya es suficiente. Me estoy durmiendo y comienzo a soñar. A menudo veo a mi madre, hablo con ella. La pasada noche vi en sueños a Sasha Sháposhnikova en la época que vivimos juntas en París. Pero contigo no he soñado ni una sola vez, aunque pienso en ti sin cesar, incluso en los momentos de angustia más terrible. Me despierto y de repente veo el techo, entonces recuerdo que los alemanes han ocupado nuestra tierra, que soy una leprosa, y me parece que no me he despertado sino, al contrario, que me acabo de dormir y estoy soñando.

Pero pasan algunos minutos y oigo a Alia discutir con Liuba sobre a quién le toca ir al pozo por agua, oigo a alguien contar que durante la noche, en la calle de al lado, los alemanes fracturaron el cráneo a un viejo.

Una chica que conozco, alumna del Instituto Técnico de Pedagogía, vino a buscarme para que fuera a examinar a un enfermo. Resulta que la chica escondía a un teniente con una herida en un hombro y un ojo quemado. Un joven dulce, demacrado, con un fuerte acento del Volga. Había pasado por debajo de las alambradas durante la noche y había hallado refugio en el gueto. La herida del ojo no era demasiado grave y pude cortar la supuración. Me habló largo y tendido sobre los combates, la retirada de nuestras tropas; sus historias me deprimieron. Quiere restablecerse cuanto antes y volver, cruzando la línea, al frente. Varios jóvenes tienen la intención de partir con él, uno de ellos fue alumno mío. ¡Ay, Vítenka, si pudiera ir con ellos! Fue un enorme placer ayudar a ese joven: sentí que también yo participaba en la guerra contra el fascismo. Le llevamos patatas, pan, judías, y una anciana le tricotó un par de calcetines de lana.

Hoy se ha vivido un día lleno de dramatismo. Ayer Alia se las ingenió, a través de una conocida rusa, para hacerse con el pasaporte de una joven rusa, muerta en el hospital. Esta noche Alia se irá. Y hoy hemos sabido de boca de un campesino amigo que pasaba cerca del recinto del gueto que los judíos a los que enviaron a recoger patatas están cavando fosas profundas a cuatro kilómetros de la ciudad, cerca del aeródromo, en el camino a Romanovka. Vitia, recuerda ese nombre: allí encontrarás la fosa común donde estará sepultada tu madre.

Incluso Sperling lo ha comprendido. Ha estado pálido todo el día, los labios le temblaban y me ha preguntado, desconcertado: « ¿Hay esperanza de que dejen con vida al personal cualificado?». Se dice, en efecto, que en algunos lugares no han ejecutado a los mejores sastres, zapateros y médicos.

A pesar de todo, esta misma noche, Sperling ha llamado al viejo que repara las estufas y éste le ha habilitado un escondrijo en la pared para la harina y la sal. Yura y yo estuvimos leyendo Lettres de mon moulin. ¿Te acuerdas de cuando leíamos en voz alta mi cuento favorito, «Les vieux», e intercambiábamos miradas, nos echábamos a reír y se nos llenaban los ojos de lágrimas? Después le dicté a Yura las clases que tenía que aprender para pasado mañana. Así debe ser. Pero qué dolor sentí cuando miré la carita triste de mi alumno, sus dedos anotando en la libretita los números de los párrafos de gramática que le había puesto de deberes.

Y cuántos niños hay aquí: ojos maravillosos, cabellos rizados oscuros. Entre ellos habría, probablemente, futuros científicos, físicos, profesores de medicina, músicos, incluso poetas.

Los veo cuando corren a la escuela por la mañana, tienen un aire serio impropio de su edad y unos trágicos ojos desencajados en la cara. A veces comienzan a armar alboroto, se pelean, se ríen a carcajadas, pero entonces, más que producirme alegría, el espanto se adueña de mí.

Dicen que los niños son el futuro, pero ¿qué se puede decir de estos niños? No llegarán a ser músicos ni zapateros ni talladores. Y esta noche me hice una idea clara de cómo este mundo ruidoso, de papás barbudos, atareados, de abuelas refunfuñonas que hornean melindres de miel y cuellos de ganso, el mundo entero de las costumbres nupciales, los proverbios, las celebraciones del sabbat, desaparecerá para siempre bajo tierra, y después de la guerra la vida se reanudará, y nosotros ya no estaremos, nos habremos extinguido al igual que se extinguieron los aztecas.

El campesino que nos trajo la noticia de la preparación de las fosas comunes nos contó que su mujer se había pasado la noche llorando y lamentándose: «Saben coser y fabricar zapatos, curten la piel, reparan relojes, venden medicinas en la farmacia… ¿Qué pasará cuando los hayan matado a todos?».

Con qué claridad me imaginé a alguien, una persona cualquiera, pasando delante de las ruinas y diciendo: « ¿Te acuerdas? Aquí vivía un judío, un reparador de estufas llamado Boruj. Las tardes de los sábados su vieja mujer se sentaba en un banco y, alrededor de ella, los niños jugaban». Y otro diría: «Y allí, bajo el viejo peral, se solía sentar una doctora, no recuerdo su apellido, pero una vez fui a verla para que me curara los ojos. Después del trabajo sacaba una silla de mimbre y se ponía a leer un libro». Así será, Vitia.

Después fue como si un soplo de espanto hubiera atravesado los rostros de las gentes: todos comprendimos que se acercaba el final.

Vítenka, quiero decirte… no, no es eso, no es eso.

Vítenka, termino ya la carta y voy a llevarla al límite del gueto, se la entregaré a mi amigo. No es fácil interrumpir esta carta, ésta es mi última conversación contigo, y cuando la haya entregado me habré apartado de ti definitivamente, nunca sabrás lo que han sido mis últimas horas. Ésta es nuestra última despedida. ¿Qué puedo decirte antes de separarme de ti para siempre? en estos últimos días, como durante toda mi vida, tú has sido mi alegría. Por la noche me acordaba de ti, de la ropa que llevabas de niño, de tus primeros libros; me acordaba de tu primera carta, tu primer día de escuela; todo, me acordaba de todo, desde tus primeros días de vida hasta la más nimia noticia que recibí de ti, el telegrama que recibí el 30 de junio. Cerraba los ojos y me parecía, querido mío, que me protegías del horror que se avecinaba sobre mí. Pero cuando pienso lo que está ocurriendo, me alegro de que no estés a mi lado y que no tengas que conocer este horrible destino.

Vitia, yo siempre he estado sola. Me he pasado noches en blanco llorando de tristeza. Pero nadie lo sabía. Me consolaba la idea de que un día te contaría mi vida. Te contaría por qué tu padre y yo nos separamos, por qué durante todos estos largos años he vivido sola. Pensaba a menudo: « ¡Cuánto se sorprenderá Vitia al saber que su madre ha cometido errores, ha hecho locuras, que era celosa y que inspiraba celos, que su madre era igual que todas las jóvenes!». Pero mi destino es acabar la vida sola, sin haberla compartido contigo. A veces pensaba que no debía vivir lejos de ti, que te quería demasiado, que ese amor me daba derecho a vivir mi vejez junto a ti. A veces pensaba que no debía vivir contigo, que te quería demasiado.

Bueno, en fin… Que seas feliz siempre con aquellos que amas, con los que te rodean, con los que han llegado a estar más cerca de ti que tu madre. Perdóname.

De la calle llegan llantos de mujer, improperios de los policías, y yo, yo miro estas páginas y me parece que me protegen de un mundo espantoso, lleno de sufrimiento.

¿Cómo poner punto final a esta carta? ¿De dónde sacar fuerzas, hijo mío? ¿Existen palabras en este mundo capaces de expresar el amor que te tengo? Te beso, beso tus ojos, tu frente, tu pelo.

Recuerda que el amor de tu madre siempre estará contigo, en los días felices y en los días tristes, nadie tendrá nunca el poder de matarlo.

Vítenka… Ésta es la última línea de la última carta de tu madre. Vive, vive, vive siempre…

MAMÁ.

(Fragmento utilizado para trabajos de promoción de lectura. No tiene fines comerciales)

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En la semana flexible hice la entrega de dos libros de poesía. La obra completa de Konstantino Kavafis y una antología de Andrée Chedid. Quedé con el señor Bondy en vernos por la Plaza Bolívar. Salí más temprano, aprovechando en hacer algunas vueltas. Fui a la farmacia buscando mi suplemento mensual de antihistamínicos. En la cola me puse a leer una página al azar de Chedid, queriendo memorizar algún verso que ya se me iba de las manos.

¿Dónde están las horas simples?/¿La fuente naciente bajo el guijarro,/La lámpara y su poder,/El campo de un verde cierto,/El instante donde acaricio el más tierno de sus rostros?//La angustia martilla las aceras ausentes,/El grito golpea los pozos de la indiferencia./Testigo de las grandes cacerías solitarias/El alma llama a combate;/Necesita el impulso, la gaviota, el trigo desnudo.//Con unas migajas de tiempo entre las manos,/Atormento la vida.

La gente pagaba las medicinas con billetes arrugados de cinco dólares. Una mujer paga la diferencia de una lata de leche con una tarjeta carcomida por las deudas. Tengo que cambiarla, pero en el banco me dicen que no hay plástico, ¿cómo se hace entonces? Ella comenta esto ante la mirada reprochable de la cajera que pasa el punto que está por igual gastado por tanta penetración. A veces nos sentimos urgidos a dar explicaciones que nadie nos ha pedido, como si en la justificación a los demás se aliviara el peso de nuestra miseria.

Recordaba las palabras de nuestro presidente estalinfático: la economía no está dolarizada, solo el comercio, el bolívar es nuestra moneda oficial. En mi corta vida no he conocido mayores aspiraciones en mi moneda (ni en mi futuro), siempre quedan como relleno de pasaje y paisajes, expectativas que no superan la retórica, a merced de los factores externos, al costo especulativo del transporte y el precio de las canillas, a las limosnas precarias que doy a músicos y mendigos en el metro, a los cigarrillos detallados de contrabando que me fumo con placer culposo, a las cosas indispensables de una rutina conducida por ruedas dentadas, ridiculizadas, en fin, por una asociación maligna de ideas.

Una agonía cristiana me obliga siempre a entrar a una iglesia si la veo abierta. Orar es una necesidad primaria, una forma de hacer stream of consciousness en un estado de sitio concebido para lo divino. Me senté en un banco, cerca del púlpito que evoca días de locura religiosa, de un fervor creyente que nunca pasa de moda. Inquieto antes de mi rezo leí unos poemas de Kavafis:

Voluptuosidad (LXXII).

La delicia y el perfume de mi vida es la memoria de esas horas/en que encontré y retuve el placer tal como lo deseaba./Delicias y perfumes de mi vida, para mí que odié/los goces y los amores rutinarios.

Recuerda, cuerpo…(LXXV)

Recuerda, cuerpo, no sólo cuando fuiste amado,/no solamente en qué lechos estuviste/sino también aquellos deseos de ti/que en los ojos brillaron/y temblaron en las voces — y que hicieron/vanos los obstáculos del destino./ Ahora que todos ellos son cosa del pasado/casi parece como si hubiera satisfecho/aquellos deseos— cómo ardían,/recuerda, en los ojos que te contemplaban;/cómo temblaron por ti, en las voces, recuerda, cuerpo.

Doy las gracias por estar vivo y tener salud, dije. A las alegrías que genera el tener la comodidad de poder pensar estas cosas. Pedí por mis padres, mi hermana y mi perro viejo con una catarata en su ojo izquierdo que recrea un galaxia en pequeña escala ocular. Pedí por mis amigos, los pocos que tengo y recuerdo en la extensión de la plegaria, que sus éxitos sean acertados a sus aspiraciones más grandes, que otros puedan exorcizar el demonio de la depresión. Pedí perdón una vez más por mis mentiras recurrentes, mi tendencia a usar los mismos juegos de máscaras. Agradecí la gracia que brinda la indiferencia, sin mucho revuelo ni vanidad se puede trabajar mejor, sin esperanza, concentrado en lo de uno. Como mi vida no es interesante he tenido la libertad de hacer lo que me ha dado la gana. No pude disculparme por eso, por seguir haciendo lo que me plazca no pretendo buscar perdón. Pedí fortaleza y paciencia para las situaciones desquiciadas, le comenté al eco del templo mi preocupación por las estadísticas: en el mundo cada cuarenta segundos una persona se quita la vida.

Me molesta cómo el pesimismo se volvió un negocio rentable en el país. El desarraigo lo empaquetan, los exhiben en grandes vallas publicitarias, la gente expande su dolor como una gripe, a veces de una manera tan frívola que enferma y pudre las neuronas. Para los momentos amargos pedí tener el valor de llorar de alegría porque asimilo que todo fin es inevitable. Pedí que mi optimismo cínico paulatinamente se convirtiera en una esperanza autentica, una que no me eche en cara el pasado. Luego pasé a mis peticiones caprichosas, las que me puedo permitir en mi sagrado egoísmo: un mejor trabajo, encontrar algo más decente que lo que tengo ahora, más apetito y oportunidades carnales, pues toda frustración sexual y económica conducen al desprecio de uno mismo, la mediocridad y la envidia se producen en cuerpos faltos de cariño. Le comenté al eco del templo que cada vez estoy más convencido que detrás de cada muestra de vanidad hay de fondo una tristeza inherente, una que busca reconocerse en otras tristezas ocultas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y fue así que reconocí una vez más la variedad de mi experiencia religiosa, una como las descritas en el libro de William James. Por una costumbre cerré con un padrenuestro, di las gracias y me sentí un poco más tranquilo conmigo. Me persigné y salí a la calle.

En la Esquina San Francisco al frente de la Iglesia, por una de las entradas del Capitolio, un grupo de personas esperaba detrás de una parcela negra la entrada y salida de alguien importante. Varios en el hombrillo de la acera, ubicada en el medio de la Avenida Universidad, a la sombra de una enorme ceiba, usaban sus piernas como apoyo para hacer los retoques finales de unos manuscritos inciertos, releyendo en voz alta, entre dientes, tachando con amargura lo irreparable de la tinta. La espera los ponía a muchos a mirar el vacío y comerse las uñas. Los textos han sido hechos con una caligrafía forzosa, concebidos en un estado de profunda desesperación, de una ortografía tosca donde casi todas las palabras por ausencia de tildes suenan graves.

Las cartas humildes hechas a mano son extensas peticiones personales. Todas las que pude revisar comienzan de la misma manera, sin sangrías, divagando plegarias para ir luego al grano. “Señor diputado, ante todo un cordial saludo revolucionario, siempre agradeciendo a Dios y a este proceso en el cual hemos sido tomados en cuenta”; “Excelentes representantes del nuevo parlamento, les envío un saludo patriótico y revolucionario, no sin antes bendecirlos con la gracia de nuestro señor Jesucristo”; “Estimada licenciada camarada, Dios la bendiga, muy contenta de que estas palabras lleguen a sus manos, gracias al favor de la virgen que desde lo alto protege el legado de nuestro comandante supremo”; “El sueño de Bolívar y Chávez pueden continuar con esta nueva asamblea, dispuesta a escuchar las demandas del pueblo”. Las cartas tenían como remitente nombres y direcciones invisibles. Mis peticiones y las suyas tenían el mismo destino: no llegar a ninguna parte.

Seguí subiendo hasta la Esquina Gradillas. Tenía una llamada perdida del señor Bondy. Llegué a la Plaza y ahí estaba. Un señor vestido de negro, muy raro también, porque no parecía ni joven ni viejo. Nos estrechamos las manos y tomamos asiento en los bancos de granito. Hablamos sobre el tráfico, el retraso y lo engorroso que se ha vuelto conseguir efectivo, el mismo protocolo de personas que no saben qué decirse pero tienen que tratarse.

Oye, muchas gracias por los libros, dijo. Toma, lo que acordamos, la otra parte te la hice por transferencia.

Ahí me llegó la captura, le dije.

Perfecto. Mira, ahora que nos conocemos mejor, apenas, ¿será que me puedes conseguir otros libros de poesía?

Claro, ¿tiene los nombres? Sí vale, aquí te traje una listica. Luego cuando los consigas cuadramos.

La lista estaba escrita en la parte de atrás de una factura vieja. CKR: Corporación Koreana de Repuestos, C.A. En el 2007 el señor Bondy había comprado una Bobina y una Bujía ACDelco por un precio total de 170.000 bolívares. Me pareció una barbaridad caer en cuenta que este año el pasaje, al día de hoy, cuesta 150.000 bolívares. Por muy cercanas que parezcan las cifras escritas, en realidad dan una suma astronómicamente larga y patética. La suma del fracaso de nuestro valor estaba reflejada en esos detalles.

Nota: las piezas eléctricas no tienen garantía. No se devuelve dinero, se cambia mercancía.

Comparto con ustedes la lista de Bondy.

1)Eugenio Montejo – Antología

2) Hanni ossott – El circo roto

3) Miyó Vestrini – Todos los poemas

4) José Watanabe – Lo que queda

5) Antonio Carvajal – Extravagante jerarquía

6) Rafael Dieste – Rojo farol amante

7) Jenaro Talens – Proximidad del silencio

Doblé la factura y la guardé en el bolsillo. Nos dimos de nuevo la mano para despedirnos contra toda medida preventiva. Ya era demasiado tarde. El señor Bondy miró la estatua Ecuestre de Bolívar y dijo: «De modo que no hay nada que hacer», concluyó el general. « Estamos tan fregados, que nuestro mejor gobierno es el peor» ¿Has leído El general en su laberinto, de García Márquez? ¿No lo has leído? Recién la terminé en estos días y esa frase del libro se me quedó grabada. Es una ironía pertinente recitarla justo aquí, en la plaza donde el libertador recibe la cagada diaria de las palomas y los políticos de turno, que son como lo mismo: ratas voladoras. Las novelas históricas me dejan un mal sabor en la boca, me duelen, como todo esto. Por eso leo más poesía. Trato de aprender nuevos versos de memoria pero no lo consigo. Solo me sé uno, y es porque es el poema que me recuerda a una novia que tuve hace años. Recordarlo es una forma se aceptar cuando declamo que todavía la sigo amando, no como antes, pero de otra forma.

¿Va en esa dirección? Le dije. Yo también voy al metro, recíteme en el camino el poema que se sabe, da tiempo de sobra hasta que nos separemos.

Toma el libro de Kavafis, me dijo. Busca el poema de Ítaca. Léelo mientras me escuchas, así compruebas qué tan certera es mi memoria. No recuerdo la página, o tal vez sí, en esa edición creo que esta por la cuarenta y algo o la cincuenta y pico. Busca en el índice Ítaca. Vamos.

Aquí está. Cerca, página cuarenta y seis. Adelante.

“Si vas a emprender el viaje hacia Ítaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento.
A Lestrigones y a Cíclopes,
o al airado Poseidón nunca temas,
no hallarás tales seres en tu ruta
si alto es tu pensamiento y limpia
la emoción de tu espíritu y tu cuerpo.
A Lestrigones y a Cíclopes,
Ni al fiero Poseidón hallarás nunca,
Si no los llevas dentro de tu alma,
Si no es tu alma quien ante ti los pone.

Pide que tu camino sea largo.
Que numerosas sean las mañanas de verano
en que con placer, felizmente
arribes a bahías nunca vistas;
detente en lo emporios de Fenicia
y adquiere hermosas mercancías,
madreperla y coral, y ámbar y ébano,
perfumes deliciosos y diversos,
cuanto puedas invierte en voluptuosos y delicados perfumes;
visita muchas ciudades de Egipto
y con avidez aprende de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en la memoria.
Llegar allí es tu meta.
Más no apresures el viaje.
Mejor que se extienda largos años;
y en tu vejez arribes a la isla
con cuanto hayas ganado en el camino,
sin esperar que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te regaló un hermoso viaje.
Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.

Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca.
Rico en saber y en vida, como has vuelto,
comprendes ya que significan las Ítacas.”

Viste. Seguir amando lo que no tenemos es otra forma de recitar. Adiós viajero.

El señor Bondy desapareció por las escaleras grises con dirección Propatria. Ítaca después de todo tiene más de un sinónimo. Yo volví la mirada a torniquetes y columnas gastadas de la estación. Lo que me queda es solo esta memoria igual de gastada, mi cansancio alejandrino. Seguí mi ruta imprecisa y me perdí de nuevo entre la gente. Ese día no regresé a casa. 

Alexander JM Urrieta Solano