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Las casualidades no existen. El recuerdo tiene la función de un gatillo explosivo. Las personas que nos piensan siempre quedan en un reflejo. Se accionan cuando uno menos lo piensa, se accionan en una imagen cualquiera. Las noticias del otro llegan a velocidades insensatas. La distancia puede obviar el pesar del pensamiento. Una persona que pesa fuerte en el cuerpo se queda, es lo único que puedo decir con propiedad. Se acomoda el recuerdo de alguien en nosotros, como una costra en la piel. Toma el espacio a nuestro consentimiento, total uno permite lo que desea. Por eso ciertas enfermedades son sanas, porque alivian el cuerpo.

Un maestro inmenso me dijo que lo ideal era escribir sobre nuestras obsesiones. Lo mío era lo irremediable, lo que ya no estaba. Revisaba en mis gavetas como un enfermo con esa expectativa de hallar algo que me llenara, algo que ya no tenía conmigo. Comprendí que las personas que ya no se pueden tocar las puedes tener en objetos-recuerdo; cosa tonta pero eficaz, cuando no cuentas con paliativos todo se vale, así sea el detalle de eso que nos hizo llorar y reír al mismo tiempo. Es importante admitir que la enfermedad es innata, única para uno mismo. Nada de reproches, esto es un asunto personal. Alguien entra en el cuerpo de uno y se queda, la ausencia es lo de menos, lo que duele es el olvido, sentir que no servimos para el otro. Cierro una idea repetida tantas veces hasta el cansancio.

Todas estas pequeñas cosas valen cada segundo. Me arrepiento un instante por seguir adelante. Es un remedio lamentable. Practico como puedo. La lectura también es una enfermedad. Escribir es algo peor, es un ejercicio que puede prescindir de los méritos, uno ya no sabe para quién escribe. Total, ¿quién rayos nos lee?, tal vez no lleguemos a la persona que queremos, a ese objetivo cronometrado, al que detona estas palabras que de forma desesperada tratan de dejar algo, al menos un mensaje de Te extraño profundamente en el alma, quizás. Dirán muchas veces que ya no tengo remedio, que no tenemos remedio, pero somos un grupo de gente que se hunde en las mismas arenas movedizas. Pero sin embargo es una bendición estar enfermo. Un ser rebelde es aquel que se encuentra informado. No sé, ignorar es una garantía de ser feliz.

Se escribe a una musa de manera ingrata, sin fines de lucro. A ella tal vez ya no le importen mis palabras. Es algo comprensible, tal vez nunca he tenido la fuerza suficiente para redactar urgencias, debo estar tan decepcionado como para publicar mi desnudez. No me jacto de ser grande, pero admito que cada vez que escribo para ella me inflo de valor absurdo, pues no soy más que una mancha en la hoja, un punto y aparte. La historia sigue adelante. Ella en su vida y yo en la mía. Nadie puede entender una historia ajena. Eso tan íntimo viene a ser la reliquia personal de la felicidad.

He mejorado en cada cosa que escribo (creo yo). Es claro que siempre te he escrito. Aprendí que dejarse llevar es una forma de ser libre, pero cuando uno recuerda los posibles porvenires uno se llena de ansiedad y tristeza, pero no queda más que anhelar en silencio, pues nadie entiende esto salvo nosotros, salvo yo solo, porque admito que recuerdo de forma constante como si ya me hubiesen olvidado. Escribo mejor, o es lo que me dice el paso del tiempo. La práctica, la soledad, sirven como garantía al fin de estas ideas, es un ejercicio muscular, de oficio elástico de atleta condenado al fracaso. Igual no puedo acostumbrarme a las ausencias, me cuesta muchísimo, pero no tengo de otra. No sólo por ti, sino por todos lo que se van sin avisar, de un día para otro. Vivo en una ciudad de despedidas. Redacto como un loco un diagnóstico de país. Estar enamorado de algo fijo carece de importancia, ya nadie está interesado en seres pasionales, vale verga la nostalgia. Todos queremos cambios pero nadie quiere cambiar. Entonces, de manera rotunda y apocalíptica, concluyo que nos merecemos lo que tenemos.

Feliz fin de país, donde sea que te encuentres.

Alexander JM Urrieta Solano

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Addenda para fin de país

Querido lector:
Un gran escritor es el amigo y benefactor de sus lectores.

Macaulay

La conjura de los necios – John Kennedy Toole.

 

Lo ideal es compartir el texto y dejarlo morir ante lo incierto del público. En la inmensidad de la información siempre estará seguro para bien o para mal. Soy promotor de la idea de que todos los conocidos que escriben algo deben ser leídos por todos. Sus ideas son urgentes, así me parezcan dispares o poco elocuentes, ameritan siempre su debida atención. Apoyar a tus semejantes es una forma de sembrar entusiasmo. Creo en las virtudes de la difusión, porque siento que es una forma de alentar a mis amistades a seguir trabajando en un oficio tan difícil como el de escribir.

No todos nacemos para esto. Pero eso no implica que se deba dejar de lado tal ejercicio del cuerpo. Admito que no puedo soslayar mis dudas ni tampoco mis inseguridades, por estas mismas razones lo sigo intentando, de una manera casi forzosa e incluso hasta ingrata. Total, a mi nadie me dijo que yo era bueno para esto. Por otra parte, he aprendido con el tiempo que no se puede esperar opiniones sinceras de otros escritores. Siempre está una envidia, una lástima, un desprecio de por medio, ya sea porque uno no lo hace bien o lo hace extremadamente bien; en este caso existe una admiración clandestina, que se resguarda en el balbuceo y las críticas plásticas, que al final nunca son del todo reales porque son más reservadas que puntuales. Uno lo siente, y lo sabe porque en más de una ocasión lo ha hecho. De cualquier forma, las dos son lamentables.

Es triste sentir que se escribe mediocremente, y que de igual forma amistades te compartan como parte de un protocolo liberador. Pero es mucho más triste, sentir que se logra decir algo por un instante, compartirlo con alguien a la espera de una opinión y no recibir nada. Entonces no se sabe si lo escrito está bueno o no sirve. El silencio es una forma versátil de juzgar. Me ha sorprendido que las opiniones que he recibido de mis escritos han venido de los lugares menos esperados, cosa distinta a los lugares donde mi obviedad termina en una especie de sala de espera, que tiene la peculiaridad de no poder ser reprochable, porque nadie está obligado a leer nuestras petulancias, ni tampoco a emitir opiniones acerca de ellas; esto igual no quita la necesidad de buscar sugerencias.

Comprendí luego de tantos textos que pasan sin pena ni gloria que escribir es un oficio donde no existen los amigos. Es una actividad solitaria, profundamente íntima y personal. En el caso más estricto, disciplinaria y enervante. La prioridad mayor aquí es el lector, y ese lector puede ser de cualquier parte. Me gusta pensar que la gente que más me detesta es la que más me lee. Anónimos enemigos que desprecian en secreto. Conocidos silenciosos, de esos que te saludan pero nunca comentan nada de lo que haces. Esas personas detestables tienen que ser la prioridad junto con aquellos lectores pacientes y potenciales, aquellos que uno con desespero trata de atraer como un imán a nuestra mirada.

Para saber quiénes son buenos escritores hay que tener precisado a todos esos que consideramos pésimos, pues hay que tener referentes de lo que debemos evitar ser; del otro lado tener presente a los grandes maestros, que debemos plagiar hasta el cansancio con la mayor rigurosidad posible. Esto que digo no es ninguna novedad, está escrito en la Biblia, unos de los libros más importantes de la Western Culture Inc.

En el Evangelio de San Lucas, capítulo VI, versículo 40, este dice: El discípulo no es sobre su maestro, mas cualquiera que fuera como el maestro será perfecto. Esto es palabra de Dios. Te alabamos escritor.

Es sabroso hablar mal de los demás. Para mi un mal escritor es aquel que no logra darse a entender. Digo esto no por otros, sino más que todo por mí; admito que me cuesta mucho darme a entender, a veces ni yo mismo sé lo que estoy diciendo. Pero nunca está de más intentarlo. Puedo aceptar que para algunos lectores exigentes yo forme parte de esa calaña de escribidores rancios. Es muy probable que lo sea; prefiero no discutir eso con nadie, tengo todas las de perder. El lector siempre tendrá la razón, así no la tenga; es lo justo, todos cometemos errores alguna vez y a cada rato. Mis palabras no pueden saciar todas las lenguas. La verdad, es muy difícil saber si las palabras de uno logran satisfacer los apetitos de algún lector.

¡Qué cosa tan delicada es el lector! Un mal escritor no piensa en estas cosas porque está tan enfocado en sí mismo, que sólo escribe para su propia vanidad y es evidente cuando se expone a los demás, carece de voz propia y sentido del estilo. Son de esas estirpes que le dan más peso a la bajada de una musa que al esfuerzo cotidiano. Son terribles lectores, eso queda más que claro. Conozco muchos contemporáneos que se empluman porque han publicado libros, los invitan a foros, son licenciados y compartidos en prestigiosos medios, pero hay un detalle mínimo, muy puntual e insignificante: no saben todavía cómo llegarle a la gente. Publicar no garantiza ser leído, y mucho menos ser entendido.

Existen tantas ventajas para pasar desapercibido. Mientras un texto no sea leído no presentará ningún problema. En estos niveles desconcertantes de fluyo de información es mejor ir por lo seguro, descartar todas las propuestas posibles, inclinarse a las recomendaciones de viejos amigos y entidades sagradas. Todavía necesitamos del respaldo de los ancianos, las celebridades que todavía les cuesta mucho usar las redes sociales, desconocidos por los nuevos lectores adictos a las pantallas.

Me he encontrado con gente que me pregunta por qué insisto en escribir y compartir ideas ante públicos grandes donde son pocos los que se toman la molestia de leer. Para mí es lo mismo que tomarme fotos desnudo, compartir cualquier registro escandaloso de mi vida; el detalle está que esta desnudez, a diferencia de un selfie instantáneo, es que no pretende retratar una felicidad, me resulta imposible, sería hipócrita de mi parte. Me repugna esa gente que trata de aparentar una vida que no tiene, o al contrario, quizá sea esa la vida que desea: una vida estática, frívola y banal, de esas que tanto patentan los falsos sueños de la televisión basura. No veo la diferencia entre mis escritos y un video itinerante de perros. Mis publicaciones también son un reflejo falso, tan falso y semejante al de cualquiera. Lo curioso es que tal vez al creer que todo entra en el mismo saco no provoque cierta empatía. Pero esta es la virtud de la revolución horizontal. Aquí todos somos iguales.

Consumimos lo que nos conviene. A mí particularmente me gustan los cuerpos, la figura humana siempre (y más después de la pubertad) me ha provocado intrigas y constantes disputas internas. Lo que no pertenece a uno resulta siempre un plato tentador. Digo estas cosas con la propiedad de un antropófago.

La velocidad virtual abre paso a la imposibilidad y la frustración. Deseos de tragarse el mundo desde un encierro. No tenemos de otra, ante tanta calamidad lo mejor es morbosear en silencio. Devorarse a los otros calladamente. Leer a una distancia prudencial. Toda publicación es una exaltación al ego. Un corpúsculo para el alivio de nuestra atención sin importancia. Nada más. Una búsqueda desesperada de un atento lector, que luego de haber sido amable y haber dado tantas vueltas en un mismo sitio no termine, en un ajuste de cuentas repentino, decepcionado con nosotros.

Alexander JM Urrieta Solano.

 

 

Figuraciones de la memoria

Escribe que algo queda. En nombrar las cosas nunca hubo un primero. Todo se repite. Lo que varía por supuesto son los errores. La memoria de uno es la memoria de todos, por lo tanto los fracasos siempre son colectivos y la gloria sin duda la virtud de uno solo. Majestuoso. La vida es un juego de ruedas sobre ruedas. Incesante vínculo desastroso. Ruinas circulares. Hay algo en parte azaroso en nuestra forma de decir las cosas, pero más en las miles de formas de callarlas; tenerlas ocultas como si en el secreto se pudiese cotizar algo increíble. Escribe que algo queda. Una palabra que necesita de otra para ser explicada. Un ladrillo sobre otro para levantar un muro de contención con grietas que evidencian todo un compendio de culpas. Silencio. Todo eso que antecede al movimiento, a esa palpitación cardíaca proveniente de los tambores. Percusión de horrores que acusa en un escándalo sostenido al asesino.

Escribir. ¿Tiene esto alguna utilidad? Resulta pertinente encerrarse en los límites confusos de estas palabras, distantes de todo fin, propensas al encierro que proponen los descuidos y las gavetas. Cada texto es un pequeño fragmento de nosotros. Una confesión no está exenta de la burla ni la vergüenza. Intimidad meticulosamente aprobada para exponer al público, o tal vez un disparate accidental que en un principio creímos inconcebible compartir. Una de tantas pistas que dejamos colando en un universo infinito de partículas. Un tributo sutil a la in(existencia).

Se puede hablar de lo mismo siempre pero no de la misma forma. Esto para mí ha sido la inquietud más grande. La forma. La voz. El hilo discursivo con que vamos empatando las cosas, las ideas que no terminan de pensarse por completo. Entonces el argumento es jactarse de poder decir algo a medias, sabiendo en el fondo que nunca lograremos terminar de explicar nada.

Elena. La primera palabra. Tengo que aclarar desde un principio que lo que voy a contarles se trata de una novela inconclusa. Nunca hubo intensiones de terminar nada. La verdad esto bien se puede tratar de una lectura de comienzos, dedicada a lectores de principios, honestos, que saben muy bien que cuando la trama no funciona se puede tomar la opción de abandono sin remordimiento. Para dejar morir un texto lo que sobra son las excusas. Lo que a veces es reprochable tal vez es la tristeza con la que se deja para siempre ciertas cosas.

Ojalá la vida fuese así de sencilla. Donde pudiese marcar mis propias pausas sin llevar a rastra las molestias de aquellas cosas que dejé incompletas. De tener el recurso del abandono siempre presente como un comodín-botiquín de primeros auxilios. ¿Cuántas veces se me hubiese permitido utilizarlo a cuesta de infames y retorcidos pretextos, que ya por pertenecer al pasado ya no vienen al caso? Saco la cuenta. Cuentas, porque nuestro bagaje así no nos guste es plural, retorcido, lleno de lagunas y celuloides en llamas.

Hubiese tenido el privilegio de haber dejado tantas cosas a la mitad, haberme librado de la pesada carga de dar por terminado algo. Insisto que para mí terminar siempre me ha parecido difícil. Cosa distinta a los comienzos, a las sangrías, a ese abismo entre el suspiro y la hoja, ese inhalar profundo que me recuerda que a veces se puede ser bueno reteniendo hasta el polvo nuclear del aire.

Elena. Te había preguntado una vez qué era la memoria. Quería elaborar mis propias definiciones de ella. Pero de forma inconsciente resumía lo que había escuchado y leído en otras partes.

La memoria es un salpicado de islas. La memoria es volver al índice de referencias.

La memoria es un almacén de escombros. La memoria es una pila de cartas ya jugadas.

San Agustín en sus Confesiones define la memoria como el estómago del alma. ¡Qué bicho! ¿¡Cómo llegó a esas conclusiones!?

La memoria es el depósito de los recuerdos, la capacidad de recordar lo que hemos creído haber olvidado. Esa chispa del instante, explosión fugaz. Eso Elena, eso también tiene que ser la memoria: aquel polvo siniestro que deriva de nuestros actos incongruentes.

Olvidar también es una necesidad. El olvido es la memoria descartada. Eso que se escurre por las grietas del cerebro. Olvido. Hay una estricta relación entre una palabra y la otra. Entre eso que ha sido y lo que vendrá, de ese imposible nosotros cuesta arriba. Cada día que pasa con tu ausencia se desvanece un mundo paralelo en donde hubiésemos podido ser felices, ridículamente felices. La virtud de olvidar ciertas palabras es lo que nos permite crear otras nuevas. Conjugar el olvido es parte de la anatomía de la memoria, de sus procesos oscuros de fluidos alquímicos. Hay tantas formas de pensarnos apoyándonos en aquello que pudimos haber sido.

Resumen. Llegaste un mes de junio. Te fuiste en agosto. No podemos medir con exactitud todos los detalles de nuestras alegrías. Basta con dejar un inventario de las frustraciones. Sé que es enfermizo pero admito que me produce cierto tipo de placer.

Yo trabajaba en la librería vasca. Tú en un taller de artes visuales. Nos encontrábamos en la cola para pedir café. Te gustaba el expreso y a mí el marrón claro. Quizá les parezca tonto pero son a partir de los detalles que se entiende la complejidad de las personas. De amigos íntimos a romance índigo. Luego ese lugar común que todos resumen como amor. Luego los desencantos, la antesala de todas las rabias que justifica cualquier crimen.

Ya no tengo palabras para elaborar una historia concisa de aquello que creí tan mío, sólo hablar de las consecuencias.

Cerca del delito ella pudo elegir si quedarse o irse a Barcelona. ¿Cómo se puede anticipar una declaración de fuga a partir de un margen de error? Los accidentes ocurren todo el tiempo. Elena. Cuesta saber hacia dónde van nuestros inventos. De ahí la incertidumbre de no saber hasta dónde llegan nuestras palabras, nuestras ficciones sin finales felices.

Diez días custodié tu cadáver. Hay que ver que se necesita una tolerancia casi visceral para los olores que emana la muerte. Pero si eran los tuyos, ¿por qué habría de perturbarme? Cuesta lidiar con la putrefacción y el desgaste injusto de los cuerpos. Lo cierto es que no soporté demasiado…

No puedo continuar escribiendo porque ya no soporto tu silencio.

He tratado el reelaborar esta historia tantas veces. Insatisfecho, dejando de lado cada detalle que exponga la infamia, y que a su vez logre por su propia cuenta sugerir un giro fabuloso.

Imposible. Mejor es claudicar, huir si se puede.

Alexander JM Urrieta Solano

 

El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano

 

Un relato polar para Vero y Alejo

Zeta vivía en Altamira. Salí de clase y me animé a visitarla. En un clima de coyuntura, ya montado en el vagón de Plaza Venezuela anunciaron que las estaciones Chacaíto-Chacao-y-Altamira no estaban prestando servició comercial. Terminé bajándome en la estación Miranda y caminé hasta el Centro Plaza. Me encontré con Zeta y luego de divagar sobre lo que íbamos a hacer decidimos matar el tiempo en la Plaza de los Palos Grandes, a pocas cuadras de ahí.

Quise visitar la biblioteca pública de la plaza por primera vez. Al llegar a la entrada vimos que estaba cerrada, entonces decidimos sentarnos en uno de los banquitos que estaban en un segundo nivel de la plaza, donde se podía tener una vista panorámica de ella. Se veía la transversal congestionada por el transporte público y los carros desviados por causa de avenida principal Francisco de Miranda cerrada; la gente tomando café y comiendo torta en el cafetín de la plaza; las colas de la cajas del Excelsior Gama como cualquier día de la semana; transeúntes tirados en las grandes cuadrículas del centro de la plaza conversando y paseando a sus perros. Una lógica donde la rimbombante crisis del país parecía inexistente.

Y aquí comienza nuestra exposición de la infamia. Porque aquí nadie merece el aplauso de nadie. Al menos de los radicales y poseídos que nos han llevado hasta donde estamos, y que han servido de referencia para manifestar estas inquietudes que escribo sin que me quede ningún tipo de remordimiento. Palabras que al final terminan siendo insignificantes. De antemano le aclaro al lector, que no pretendo menospreciar las movilizaciones de la oposición ni la indignación general que impulsa a muchos a protestar por razones más que justificadas; sin embargo, el no estar a favor del gobierno no significa que voy a hacerme la vista gorda del parasitismo y las mentiras construidas de forma inevitable desde que el país se acostumbró a vivir de la polarización, que porque estamos del “lado correcto de la historia” (supuestamente), podemos jactarnos que estamos desprovistos de pobres diablos que sin contemplación, o malvada complicidad, sacan provecho de toda esta situación que vivimos. Nadie se salva, porque el tablero actual no se puede dividir en buenos y malos, sino entre malos y nefastos: bellacos y ladrones…y en un pedazo de cielo triste, los pendejos y soñadores.

En medio de la calle, había tres muchachos pidiendo dinero entre el avance lento de los carros, cada uno con un respectivo pote de salsa tamaño industrial, recolectando fondos para la Resistencia. Con sus franelas de: “Pueblo arrecho hijos de Bolívar”, sin contar claro, las tantas franelas con el estampado de la vestimenta de los militares de la independencia: las pavosas franelitas de Yo soy libertador esparcidas y llevadas con orgullo por el municipio opositor; pero esto es una opinión personal, que cada quién se ponga el andrajo que mejor lo haga sentir. Cada quien en sus convicciones defiende una causa común, pero al final prevalece la convicción personal. Y aquí, en el alboroto de las masas, muchos la pierden, o quizá no la han encontrado todavía.

Vimos que en la plaza se había acercado una señora muy delgada en un estado tétrico de mendicidad, con un frasco en la mano iba pidiendo dinero para comprar comida porque tenía hambre. Y entonces de repente apareció uno de los vigilantes de la plaza diciéndole: “Aquí no se puede pedir dinero”, y la echó de ahí. Qué bolas tiene esta gente, pensé en voz alta, ¿estás viendo eso Zeta? ¿Alguien comprende esta ironía de la realidad país? …y comenzó a florecer dentro de mí el infinito desprecio. Quise gritar desde las alturas: ¿por qué entonces esos mocosos si podían pedir dinero ante la vista altanera de todos? ¡Hipócritas!

Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros, ¿cierto? La prioridad libertaria y el cinismo pueden pasarse por encima las verdaderas necesidades, a nadie le importan los pobres, son sucios, invisibles ante causas más importantes, y una verdadera molestia para aquellos que van a disfrutar de los espacios de la Plaza de los Palos Grandes… y todo esto ante la mirada indiferente de todos, un episodio breve que como empezó, terminó en un instante.

Mientras tanto, el grupito de la resistencia subía al segundo nivel con los potes de salsa llenos de billetes. Se pusieron en un rincón a contar el botín. Luego vi que uno de los muchachos ya con el pote vacío, lo escondió detrás de unos arbustos y cartones justo detrás del banquito donde estábamos Zeta y yo. No podía evitar expresar mi asco entre dientes. Se sentó en el banco vecino, y vimos que la chica que estaba sola desde hace rato, y que había escuchado desde llegamos al banquito todas nuestras imprecaciones, era su pareja de lucha. Me sentí alarmado, y preparándome ante cualquier ataque porque no podía esperar menos de gente tan desagradable y falsa, pero ellos ante el escándalo del dinero nos ignoraron. El muchacho con su faja de billetes, iba contando y de tantos cientos se iba metiendo billetes de quinientos de los nuevos en su bolsillo. Supongo que los héroes que viven de la necesidad y los sentires de otros, pueden darse el lujo de cobrar su arduo trabajo de pedigüeños.

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El lucro justificable de héroes que luchan por la libertad; así los pintan los medios petulantes, los intelectuales polarizados que ante tanta idolatría, pueden descartar (en su inocencia) que tras bastidores, pueden ser (así como los esbirros del régimen) tremendas porquerías generacionales. Los vigilantes de la Plaza de los Palos grandes, trabajan en complicidad con los emisarios de la causa haciendo la vista gorda, pues estos niños eran todo menos mendigos. Se llegaron todos al banquito vecino y vi sus aspectos, sus gestos y el dinero sucio entre sus manos, y entendí que esos carajos no vivían tan mal después de todo ¿A dónde se iba todo ese dinero? En mitad de una molestia, le propuse a Zeta acercarnos a Plaza Altamira, porque quería comprobar con mis propios ojos qué era lo que estaba ocurriendo allí, y conocer a los famosos seres que se hacían llamar los Escuderos. Bajando a la avenida por una de las transversales, veíamos un río de gente caminado en dirección este, buscando la entrada de la estación Miranda que era la próxima que estaba abierta. Yendo en dirección contraria, Zeta y yo llegamos a Plaza Altamira.

No sólo me impactó la tolerancia impuesta a todos los habitantes de Altamira, sino la decisión permisiva y alcahueta del alcalde, que bajo cordones amarillos y el resguardo de la policía de Chacao, habían establecido los límites del patio de recreo de los escuderos, porque eso no podía definirse como otra cosa: un patio dantesco, donde la juventud y la mediocridad jugaban juntos a la Resistencia. Asumiendo su rol belicoso, de mucha televisión, videojuegos y arrechera, respaldado por esas voces que inflaban esas ínfulas guerreras, con el calificativo de héroes y promotores de la libertad.

Quise darle la vuelta completa a la plaza para sentir la energía del deterioro del país, comprobar a flor de piel los verdaderos logros de la Revolución, el despilfarro de tantas vidas, embrutecidas por estas ganas de matarse y vivir la experiencia de estar frente al otro y destrozarlo sin contemplación. La Plaza Altamira se había vuelto un escenario que rayaba en la marginalidad y el oprobio. Pilas de botellas convertidas en bombas, potes de aceite de carro, bancos destrozados, placas robadas, los espacios rayados con mensajes claros para evidenciar el vandalismo y la imbecilidad: Caracas Loca era el grafiti que definía todo este campamento improvisado. Lo curioso, destacaba Zeta, era que las flores de la plaza estaban intactas, pues los cruzados no podían hacer nada con ellas.

A orillas del obelisco, los héroes fumaban mariguana y bebían caña. Todos en medio del éxtasis fraternal hablaban de adrenalina y acción, cobardía como señal de burla, y esa bravuconería que nos define como venezolanos resteados, que se sienten los seres más lacras del universo. Diversión sólo para criaturas recias y valientes, que convivían y aceptaban sus posturas medievales, en un ambiente donde todo se toleraba porque todos pensaban igual. Creo que lo único que podía parecerse a la gesta independentista de la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, era la supremacía del garrote y el bochinche, la improvisación y el vandalismo maquillado por aquellos que veían esto como lo más hermoso del mundo. Una señora, asumiendo su rol de profeta Isaías: “voz que grita en el desierto”, con un afiche del Sagrado Corazón de Jesús en una mano, y la bandera de Primero Justicia en la otra, golpeaba el suelo con su asta y vociferaba: “Dios mío queremos Paz. Paz… señor, protégenos del mal”. Unos guarimberos tirados en una loma la mandaban a callar. Cada loco en su rol fino dentro de la parodia. Todos encolerizados por los poderosos. El fin justifica los medios. Tenía que vivirlo para sentirlo y contarlo.

Como una esponja absorbía las energías de aquel ambiente desquiciado. Y entonces caminando con Zeta sentimos el roce de un carajo que al pasarnos por el lado, estaba sin camisa y en su mano ensangrentada llevaba un martillo. En mitad de nuestro circuito, veíamos el circo de atrocidades con otros ojos, y entonces sentí miedo, mucho miedo, porque sabía que tampoco pertenecía allí, y por un momento sentí que tal temor me delataría entre tantos seres poseídos por un extraño sentir. Temí por mi vida y la de Zeta. Veía carajos con fajas de billetes en mano, con equipos de protección desde el más rudimentario hasta el más estrambótico y costoso. Entre tanta agitación, una náusea me hizo perder los estribos, y el dolor en el pecho era síntoma de una rabia que no podía controlar. Temía por mi vida, porque no apoyaba nada de lo que estaba viendo, sentí pena y asco por todos los presentes. Y entre mí decía: sigan revolcándose en su propia mierda, hijos de libertadores. ¿Estudiantes? Había de todo menos eso. Mercenarios y faranduleros, bestias amaestradas que dudo que tuviesen algo en los sesos, más que el odio de tanto años, privados de ver el mundo de una forma distinta, sin oportunidades de conocer nada nuevo. Sentí lástima por todo. Padre, no nos perdones, porque sí sabemos lo que hacemos, pensé. El legado de los milicos logró esparcir su podredumbre en toda una generación completa, con un éxito irrefutable. Gracias políticos, por condenar a todo un país al abismo. Quiero que esto sea una memoria de un venezolano en decadencia. No pretendo que tanta gente comparta este sentir trágico conmigo. Ese es mi problema.

Vi que se acumulaba una turba en mitad de la avenida, y al divisar al horizonte en dirección oeste donde corrían todos, sólo pude divisar la delgada línea amarilla que marcaba el límite del patio y la cola de carros acumulados moviéndose al son de los pitos y el desvío. No vi presencia de Guardias Nacionales ni de Policías Bolivarianos, ni tanquetas ni ballenas. Veía a lo lejos la horda de guarimberos corriendo pero yendo a ninguna parte. Entonces comprendí que estaba presenciando un ensayo de la montonera, mientras otros los grababan y tomaban fotos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Los locales alrededor estaban abiertos y los empleados los miraban como parte de una costumbre tenaz, pues me imagino que cuando se ladillan los libertadores, estos se meten en los locales a consumir. No encontraba sentido en nada. Era todo tan falso y ridículo. Estaban los espectadores restantes de la marcha que había culminado horas antes; voyeristas, padres y representantes, fanáticos cristianos con sus creativos letreros de Dios está con nosotros: Dios nos protege: Dios cubre con su manto a este bravo pueblo… Un contraste poético con los escudos improvisados con estampados de cruces y respectivos insultos al régimen, que calaban en lo que para muchos era una cruzada contemporánea: una guerra santa justificada y bien financiada. Que no te incomoden estas palabras lector. Yo sólo escribo lo que vi. Mis palabras se quedaron cortas ante tanto paroxismo de idiotez.

Luego de dar la vuelta completa a la plaza nos regresamos por donde vinimos. Llegamos al Centro Plaza, y alterado le propuse a Zeta entrar a una librería del centro comercial. Un cambio de ambiente radical. Nos separamos para revisar los estantes. Y frente a tantos títulos de maestros y voces antiguas, las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, la debilidad se apoderó de mi cuerpo. Un llanto insostenible de rabia. Rabia acumulada de años, por ver tanto deterioro y desperdicio de talentos. Y entonces me sentí ínfimo y miserable. Y empatando todas las piezas del día acepté que nos merecíamos lo que teníamos. Declaración tan injusta, incómoda, y después de descargar mi dolor, quise descartar si era cierto o no. Pensé en todas las versiones de amigos que quiero y estimo que todos los días exponen su vida por creer en la posibilidad de un país mejor, marchando y siendo reprimidos brutalmente por la higiene social de la Corporación Militar, sólo por aspirar vivir en un país donde la gente no se odie hasta el agotamiento por pensar distinto. A mi mente entraron las miles de mentalidades que asistían a las marchas, y comprendí que esos escuderos eran el resultado lógico de una enfermedad que todos padecíamos, pero que ellos ya no tenían miedo de ocultar, porque el precio de la vida les daba igual, condenados a cometer acciones insensatas, y poner en evidencia el tremendo mal que se había acomodado en este pueblo para quedarse quién sabe hasta cuándo.

Hago el molesto contraste que tristemente los medios de comunicación (con posturas fijas e incuestionables) no promueven para evitar posturas críticas, ante el lucro del propio espectáculo que ellos mismos promueven con sus reportajes panfletarios (tan parecidos a lo que hace este gobierno de mierda), con la sutil excusa de decir que informan a la población encerrada en sus burbujas existenciales, que no se expone a los riesgos de la calle, pero que sin duda son repetidoras de la tragicomedia de todos los días. Donde encontrar espacios grises y oscuros, es lo que genera un verdadero desconcierto, pero que sin duda, nos abre las puertas a un cuestionamiento que profundiza más los problemas, pero que a la larga nos hace más reflexivos y libres del engaño. Usted si cree en una lucha, ejecútela, pero no sea cómplice de la mediocridad. Pues aquí la tiranía que hay que superar primero, es la impuesta por el pensamiento polar. Ver las cosas de otra forma no nos hace enemigos, sino que amplía nuestros horizontes. Son a través de estos pequeños detalles, donde encuentro ese camino que se aproxima y en ocasiones fugaces, se parece a eso que todos llaman libertad.

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Alexander JM Urrieta Solano