El planetario

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El recurso del método.

Identificar estrellas es un conocimiento indispensable para orientarse en la oscuridad. Muy conveniente para invocar situaciones de la nada, puntuales o abstractas. Parece que hay una confusión entre estabilidad general y dolarización de la economía, por ejemplo, Neoliberalismo rojo y Plan País. Corporación militar y Capitalismo popular. El rebranding revolucionario, con nuevos patrocinadores de la viveza criolla forestal, ha traído fanáticos religiosos montando templos para domesticar bestias y formar ejércitos de salvación momentánea; estoy harto de los evangélicos, esconden su miseria moral con faldas largas y corbatas que no combinan con su manera de vivir, vendedores de lavadoras viejas, dios detergente líquido, suavizante para todo tipo de trapo y mancha, y la biblia, depende de donde la compres, el único material bibliográfico que hay que leer para entenderlo todo y decirle a otros cómo se tiene que vivir. Tiene mucho sentido, pero en el fondo es aburrido cuando quieres justificar en versículos la inteligencia media y los prejuicios.

Hemos sido muy tolerantes con la intolerancia, por temor a ser tildados de intolerantes, cuando no pendejos o indiferentes. Hemos puesto nuestro grano de arena en el desvalijamiento y alcahueteo de la corrupción,  consorcios mineros con nómina indígena y milica que auspician el ecocidio a cambio de oro azul, impostores de vocación, quiromantes financieros, brujos de la propaganda, eruditos de la economía extranjera aplicada a regiones incongruentes, empresarios de la fe, movimientos kamikazes estudiantiles, cerebros destruidos por actualizaciones curriculares y la pérdida de visión de sus cualidades, fracasados laborales, juventudes depresivas, adultos infantilizados reproduciéndose como conejos porque desean ser padres y ser eternos, gurúes del consumo y el coaching ontológico, descarte y ampliaciones del slogan de la Soberanía y la Libertad, términos y condiciones que sean compatibles con la democracia y los intereses personales.

Cambian las palabras solo para perfeccionar las promesas y alargar las mentiras, alguna que otra inversión para llenar bolsillos de ladrones, dejando como prioridad última la conciencia (y que de clase, si ya nadie le interesa la clase, todos queremos dinero y que nos chupen la intimidad en la oscuridad).

Hay una guerra declarada contra el oído y el cerebro en la era del entretenimiento.

El éxito del hombre mediocre está en llegar a su casa después del trabajo y quemarse frente a la pantalla, pagando suscripciones para darle sentido a su vida, igualando sus gustos con los de todo el mundo, atrapado en esa pesadilla que producen los ansiolíticos, las horas pico, el zapping, la comida rápida, el insomnio y la fibra óptica.

Creo que ya entiendo de qué va la Broma Infinita, el meollo de su trama demencial: ¿Se puede dominar a la población por medio del entretenimiento, embrutecerla hasta hacerla una sola masa discreta, que pueda mantenerse quieta viendo miles de pantallas a la vez sin pensar nada más que en su placer individual mientras todo se desmorona? Sí.

El nuevo mundo feliz es donde los políticos, las estrellas artificiales, los estadistas y magnates del big data, pueden dejar que la opinión pública se destruya a sí misma sin llegar a nada, debatiendo sobre las tendencias más triviales, mientras el status quo sea toda una ola de acontecimientos cuya duración equivalga a un estado de whatsapp: veinticuatro horas. Del Super Bowl sacaremos estadísticas de cuántas toneladas de alitas de pollo se comen potenciales americanos promedio durante un partido, o cuántas personas escribieron la palabra Bunny desde su móvil para gastar el recurso ciudadano de poder expresarse, creyéndose parte del mundo, de otra fiesta de la Western Kulture Inc., sopesando las probabilidades de que cuando se acabe el chavismo, el capitalismo, el orden global o lo que sea, nos caiga como una plaga egipcia la pandemia total que nos obligue a perder toda esperanza en nosotros mismos, la poca que nos queda, cotizada en una moneda con el rostro de nuestro padre supremo Bolívar Simio, que ya no vale nada, pero que sigue siendo la referencia y modelo a seguir, pues su voluntad define nuestro trágico destino, que insiste en sobrellevar la realidad como una epopeya y un instinto de hipocondríaco. Sería muy triste pero hermoso que todo terminara así, aquí. Salir de una situación kafkiana para morirnos de gripe mientras bandeamos una bandera azulada de OMS, que junto a la ONU y otras entidades que ya convertidas en aberraciones extremas de la patafísica, en sus objetivos de desarrollo sostenible, promoviendo su guía de vagos para salvar el mundo, erradicarán en los próximos años la miseria y la pobreza en su totalidad. Estos planes quiméricos no aplican para ciertos lugares, pues no todos los lugares son parte de la humanidad y no todos los lugares tienen garantías de soluciones dentro de ese proyecto temático que es la humanidad.

El mundo ya no es importante, lo que importa es el nosotros, pero más que eso el Yo. Narcisos colectivos, podridos de soledad. Insisto, el mundo ya no es importante, el país menos. Un día se habla de la Tercera Guerra Mundial, sucesión de imágenes por segundo de algo lejano donde muere gente y hacemos de todo un enorme chiste que se vuelve la versión bola de nieve que se hilvana con las angustias generales, que con una actualización del muro se olvida; al otro día se muere un basquetbolista que le sobraba tanta plata para morirse en un helicóptero, y por un instante, durante la tendencia de la muerte todos son expertos de la materia hasta que la noticia deja de tener importancia para recibir otra, y así, se mueren en un incendio continental millones de especies y el mundo se lamenta, asesinan a un líder carismático con descargas explosivas, la fiesta es interminable, violaciones de niños simultáneas y paralelas a condecoraciones a otros niños con infancias más felices, feminicidios sin importancia, la selfie oportuna del político de nuestro agrado, fingiendo su vida tranquila costeada por sus seguidores pobres, derrames petroleros, linchamientos virtuales y pruebas nucleares, uso de juguetes que destruyen corales y condenan a poblados enteros a nacer y morir en la enfermedad, el deleite del poder, la virtud de sobrevivir y decidir quién se queda y se va…

Las inmensas desgracias y las pequeñas alegrías forman parte del mismo segmento del entretenimiento.

La ironía y el sentido de vivir están concentrados en la burla de aquellas cosas que no entendemos o que no nos interesan. La felicidad es asegurada en los lugares donde podamos evitar los conflictos compartiendo con aquellos que piensen igual a nosotros. Esa comodidad es suficiente para hacernos personas sin criterio, con pensamientos más homogéneos y radicales, cualidad eximia de la idiotez, que mueve a pueblos enteros a destruir la poca memoria que puede retener en sus libros escolares y monumentos, en sus calles deterioradas cuyo tránsito por el descuido se vuelven peligrosas.

No es sencillo explicar de una manera breve y concisa lo que pasa en Venezuela, menos explicar lo que pasa en el mundo. Lo que puede hacerse, mínimamente, es dejar en alguna parte un testimonio compartido de la pesadilla común, pero también la más personal, por lo que no tiene que interesarle a nadie.

En medio de la oscuridad aprendo a identificar estrellas. Por medio de un ejercicio de mnemotecnia las ubico en sus respectivas constelaciones. Algo parecido hacemos con las ideas, y a pesar de nuestros esfuerzos logramos apenas decir algo, muy distante de lo que pensábamos en un principio.

Alexander JM Urrieta Solano

El Cuaderno de Blas Coll (Fragmentos)

En un remate de libros que nadie quería encontré por un precio absurdo “El cuaderno de Blas Coll”, del caraqueño Eugenio Montejo.

Siempre en los encargos que me ha tocado hacer para otros este autor es muy difícil de conseguir. Pasé mucho tiempo buscando sus poemas para un cliente, y nunca me imaginé encontrarme con este libro que para mayor asombro estaba firmado por el autor: “A Irama y Carlos Tortilero, con el viejo afecto y la amistad de Eugenio Montejo, Caracas, 30.III.1981”. Hay una extrañeza dentro de esos libros que el azar nos pone en nuestra ruta y que están dedicados a otras personas. Uno lleva en sus manos un artículo que parece venir de un relevo fantasmal, de un inmenso descuido, o simplemente un olvido. El libro vive un proceso de transmigración de alma, el azar lo conduce a su siguiente lector potencial.

La voz heterónima de Blas Coll adentra al lector en las reflexiones de un tipógrafo rural, que durante se estadía en Puerto Malo, se encaminó en la empresa del diseño de un nuevo lenguaje, una nueva forma de nombrar las cosas. En una parte hace mención del día que inventó la vocal @, “cuya pronunciación exacta nos es por desgracia desconocida”. El cuaderno es un ejercicio de transcripción fallido que deja en el lector un tremendo enigma sobre nuestro idioma, cada más esotérico, difícil, e incompresible.

El cuaderno comprende una serie de inquietudes sobre nuestra forma de comunicarnos, y el lenguaje como el paisaje en donde nacen y se dan las cosas. Blas Coll, deja en hojas de plátano y márgenes su mensaje fragmentario y algebraico.

Antes de entregar el Libro, con mucho dolor, al cliente que solicitó mis servicios, hice unas notas apresuradas de lo que más me gustó en mi cuaderno de espiral. El libro puede leerse en un viaje caluroso de metro. Tal vez no lo vuelva a ver:

La palabra del hombre tiende en secreto a una extensión máxima de dos sílabas, aunque su ideal expresivo sea siempre la unidad monosilábica. Una sola sílaba traduce cabalmente el esfuerzo de un paso sobre la tierra. Se corresponde con la distancia imaginaria a que nos situamos de todo objeto, hecho o acción. Pero debemos conceder que se juzgue más natural servirse no sólo de un pie, sino de ambos, es decir, que se procure emplear el mayor movimiento posible sin repetición: sístole y diástole del corazón humano. Al nombrar una cosa con tres sílabas ya estamos añadiendo un paso de más que fatiga la imaginación.

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Me río de los políticos que quieren ordenar las cosas de los hombres sin tocar su lenguaje. Tratan de ignorar adrede que las falacias de sus leyes es de índole lingüística más que jurídica.

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Una conversación -reza otro de sus fragmentos- plantea un movimiento verbal parecido al de una partida de ajedrez, de modo que es fácil señalar, al primer movimiento de los labios, si se está en presencia de un gran maestro o de un mero aficionado.

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No veo por qué el sustantivo verbal no ha de ser siempre el mismo que la primera persona de indicativo del verbo del cual derive: Un pienso, en vez de un pensamiento, pues no decimos un soñamiento sino sueño. Así también: un miro (por una mirada), un sufro (por un sufrimiento), etc.

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Cada lengua concibe una idea diferente de Dios. La forma de su representación, por abstracta que sea, no se desliga nunca de las letras con que la palabra Dios se escribe en esa lengua. Quien niega esta verdad, niega el poder mágico de las letras, y la forma en que estas operan sobre la imaginación de los hombres.

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Muchos se proclaman ateos ahora que Dios ha dejado de ser una moda. Nadie teme, a estas alturas del mundo, ser acusado de hereje, a no ser que se trate de las nuevas religiones políticas, sobre las cuales nada diremos por ahora. Y sin embargo, si lo miro bien, creo que el único hereje verdadero de estos tiempos soy yo. Al anunciar una lengua nueva, anuncio también, y todos lo saben, dioses inéditos.

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Los hombres son fatalmente conservadores, no hay más que verlos cómo reaccionan ante el lenguaje. En todo tiempo se hallan prestos a demoler el mundo, para rehacerlo de cabo a rabo, aunque ello no sea más que engendro de su hastío metafísico. La lengua muestra, en cambio, con cuánta comodidad se adecúan a la indolencia de antiguas formas. “Pueden meterse con todo, pero no toquen lenguaje”, decía el terrible Voltaire.

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En un enunciado de cualquier lengua debe leerse la posibilidad expresiva más adecuada entre pensamiento y palabra, por lo que toda frase es una tentativa siempre perfectible. Es lo que tengo por expresión abierta, probada por la corrección y conveniencia del uso diario. Si algo puede ser dicho de un modo más conciso y eufónico, esta segunda fórmula se impone más naturalmente sobre toda otra menos perfecta, y ha de preferirse hasta que no se halle equivalente más eficaz. Se comprende así por qué los poetas, y no los académicos, son los mineros del idioma.

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Toda frase debe reproducir en su construcción, tanto como sea posible, la forma de gravitación de los astros que conocemos. El sujeto debe rotar como el sol.

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Un pensamiento es tanto más verdadero si lo que expresa puede ser representado sin palabras en nuestra conciencia. El hábito verbal le agrega un peso tal a toda idea, que casi nos es imposible salir de las palabras para pensar. Y, sin embargo, el ajedrecista puede concebir una variada serie de movimientos de formulaciones no verbales, del mismo modo que el músico concibe una estructura puramente tonal. Se me da así clara la diferencia entre prosa y poesía, siempre confusamente planteada. Prosa es toda representación de conceptos; poesía, en cambio, es imagen pura, acecho de la palabra desde la zona de nuestra mente no contaminada aún de verbalidad

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El cambio más importante en nuestra vida, del cual dependen casi todos los otros, será posible cuando dispongamos de una lengua que estimule el conocimiento no sólo por medio de ella, sino especialmente liberándonos de sus formas. Que el lenguaje sea el pensamiento, pero que nuestro pensamiento no desdeñe otras vías no implicadas en los hábitos lingüísticos y por ello más allá de este, tal como suele darse en algunos sistemas especializados: matemáticas, lógica simbólica, etc. Siendo que estos sistemas se hallan hoy suficientemente difundidos, sorprende que su influencia en los hábitos del pensamiento cotidiano aparezca tan reducida.

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El infierno debería ser esdrújulo.

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Los refranes y decires anónimos, hermosos y sintéticos, son las botellas que arroja al mar cada idioma de tiempo en tiempo.

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La estructura de la oración debería de variar con el transcurso del día, para señalarnos del modo más preciso el registro del tiempo. No conviene hablar por la mañana del mismo modo que lo hacemos por la noche.

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Recortes de red social II

Registros de un huésped.

Crónica para Cangrejo (28 de febrero)

Me remito a la versión breve y perturbadora de mi padre. Una amiga cuenta que su Tía en Cabudare se encontró después de mucho tiempo con una señora que le limpiaba la casa. Hay saludos y extrañamiento: «Hola vale, ¿cómo estás? Tanto tiempo, ¿Qué pasó contigo? » – «Bueno nada, estaba perdida pero ahora estoy aquí. Cuando lo necesite puedo pasar y limpiarle la casa como antes» – «Está bien, en cualquier momento la llamo y cuadramos». A los días la señora de manera inusitada se aparece en casa de la Tía. «Pero si yo no te he llamado, además tampoco tengo como pagarle» – «Estoy aquí para ayudarla como le había dicho, por el dinero no se preocupe». La señora se ha puesto a limpiar la casa de la Tía. Pasan las horas y en eso se hacen las cuatro de la tarde y la señora ha terminado pero no se ha ido sino que se queda viendo televisión en la sala de lo más tranquila. La Tía inquieta le dice que ya es tarde y que después de las cinco ya no hay transporte para volver. La señora le dice que tiene razón que va a salir a ver si puede tomar el transporte, «en caso de que no encuentre me regreso para acá». Pasó el rato y como era esperarse (o no) la señora regresó a la casa. «No encontré transporte, me vine a quedar». En vista de esa situación la Tía y su esposo le preparan una cama para que pase la noche. Aquí en el relato se presenta una laguna, a la pareja les pegó el sueño y se durmieron. A la mañana siguiente la pareja despierta y ven que la señora los había mudado. Durante la noche según algunos testimonios confusos llegó un camión a la entrada de la casa con dos hombres, sombras que entraban y salían de la casa llevando cosas en medio de la oscuridad. Lo que al final quedó fue una casa vacía, la confianza desvalijada de un par de ancianos sin derecho a prórroga, y un retrato sutil de la miseria humana típica de este país.

Crónica para Cangrejo II (19 de marzo)

Venezuela después del apagón es un retrato decepcionante que vale la pena compartir. No puedo decir que luego de todo este episodio de malestar provocado por otro malestar me haya generado alguna expectativa de que algo mejorara. Aquí se puede vivir tranquilo sin expectativas porque aquel que no tiene expectativas es menos propenso a las decepciones que nacen cuando se tienen altas expectativas. Es claro que nada pasó, por suerte no me generé ninguna expectativa, no obstante vivo decepcionado porque antes me había creado grandes expectativas que llegaron incluso a darme cierto alivio esperanzador, porque en la vida uno no puede vivir sólo de realidades sino también de ilusiones, por muy mediocre que suene esto se trata de una verdad incómoda, nuestra vida es un compendio de mediocridades e ilusiones que en conjunto monstruoso nos plantan en la decepción más grande, que es la conciencia de seguir aquí, jugando a estar vivos, insistiendo en legados de milicos muertos. Hay una imagen desagradable del apagón que nunca me voy a poder quitar de encima. Un recuerdo insignificante para adornar la memoria revolucionaria. Ese día jueves, cuando estaba tratando de regresarme a mi casa, la noche me agarró por la altura de Bellas Artes. El regreso era agitado y desesperante, se trataba quizá de la marcha más honesta en la que todos, sin importar lo que pudiésemos creer o defender, estábamos juntos en masa moviéndonos hacía alguna parte, obligados a unirnos por una causa estúpida, porque aquí ya se hizo costumbre movilizarse por cuanta cosa hay de estúpida. Se trataba de la prueba empírica más aberrante de la igualdad, la evidencia de nuestra banalidad como país, de que no estamos preparados para lidiar con nada, y que el motor más poderoso de este proceso es las indiferencia y el miedo. Por la altura de la Hoyada, en la esquina los Chorros ya no se podía ver nada. El terror se había apoderado de mí. El hampa se aprovechaba de toda esa confusión para robar a los desprevenidos. Por instinto nadie quería quedarse solo. Ya llegando a Capitolio me esperaba lo peor. Por el Palacio de las Academias el caos estaba en su máxima expresión. Las únicas guías eran las sombras, provocadas por los destellos de luces intermitentes de los carros. Entonces allí estaba, en medio de toda esa oscuridad, al final lo único que podía verse era la llama soberbia del Cuartel de la Montaña. El terror de aquella escena me hizo sentir una rabia incomprendida y exagerada, sin darme cuenta me había convertido en otra sombra más dentro del todo, un sombra cuya opinión era irrelevante. Así se siente vivir en Venezuela. Pero eso ya no importa. Yo solo pienso en la Patria Grande, en que soy una pieza joven fundamental de algún proceso kafkiano, intentado llegar a alguna parte, ignorando todo principio y fin, sometido a las fuerzas de mi pequeñez. Lo que más puede dolerme son las formas en las que hemos perfeccionado nuestras maneras de perder el tiempo. Un oficio de entusiastas y tiranos individuales. El respaldo de que la Revolución de la conciencia crece y da frutos inesperados, sorpresas provenientes de la oscuridad. No habrá tiempo mejor para nosotros que este, el único posible.

Apuntes para Falke: el mercado (15 de abril)

Como todos los domingos me di una vuelta por el mercado de los corotos que hacen en los espacios de la sede principal del partido Acción Democrática, la Casa del Pueblo, ubicada en El Paraíso, un lugar repleto de nostalgia donde la basura de unos resulta ser el tesoro de otros. Espacio destinado a festividades, mercado andino itinerante, y alguna que otra celebración de militancia donde se vocifera sin asco las palabras Pueblo, Libertad, Democracia y otras tantas peroratas que alimentan el recurso de la imaginación de los hombres, un lugar de promesas donde se juega con los sueños de la gente. En los días sin importancia la Casa del Pueblo sirve como arena para ancianos que invierten su tiempo en partidas eternas de dominó. Atravesando el patio hay una parte techada con ventiladores colgantes que más que aire reparten una suciedad de años. Siempre al caminar por ahí me provoca una congestión nasal que es tolerable mientras encuentre algún coroto de interés. En medio de ese lugar hay un podio de madera con el logo del partido que se utiliza para todos los eventos donde resulta indispensable que alguien se pronuncie ante las multitudes. No le había prestado mucha atención al lema del partido, hasta que leí en el podio y pude detallar que faltaba una letra, la letra “y”, entonces el mensaje curvilíneo decía: “Por una Venezuela libre _ de los venezolanos”. Un pequeño detalle que carece de importancia, el descuido de las palabras, por no decir de todo un enunciado, que al final resulta convertirse en una forma de vida, una ley incuestionable que se impone desde las tinieblas letras, un descuido que refleja la realidad del país, donde pocos se toman la molestia de leer, porque esa actividad de resistencia requiere de un esfuerzo que no todos están dispuestos a tomar, mirar de otra forma es un trabajo doloroso pero necesario en tiempos tan difíciles y mediocres como estos. Resulta irónico que en los detalles más nimios se marque el destino trágico de todos. Tampoco hay consuelo en la corrección. El lema del partido con la letra que falta tiene un significado más inverosímil que el otro, una quimera discursiva que raya en el insulto de la inteligencia. En esa ausencia de letra es más cómodo vivir, porque es claro que Venezuela sería otra cosa sin los venezolanos. No puedo reprocharle nada a quien esté de acuerdo con eso. Yo he sentido asco de mi propia gente en la medida que siento asco de mi mismo. Y es algo terrible. El contraste del mensaje con el ambiente de abandono, los corotos regados en sábanas y tarantines improvisados, esa necesidad de buscar lucro en aquellas cosas inservibles eran síntomas de un presagio. Era el diagnóstico de una enfermedad personal. La radiografía de un país que no tiene noción de lo que fue ni mucho menos de lo que será, y que concluye que puede ser libre cuando por fin se libere de lo que aparentemente es.

Pa’la otra jorobado (16 de abril)

El incendio de la Catedral de Notre Dame ahora se trata de una “pérdida para la humanidad”, “un fragmento de la humanidad”. Se quemó la Catedral, “una tragedia para la humanidad”. Ahora todos se muestran interesados porque es la “Historia de la Humanidad” la que se “ha perdido”. Y ahora los conmovidos son todos, incluso los que no formamos parte interesante de esa “humanidad”, incluso esos que aceptan que otros determinen cuando algo amerita ser tildado de “humanidad”. Ahora es la Historia de todos, por un instante, una vez más. Lo más terrible de este asunto es tener la certeza que este evento la semana que viene perderá vigencia para ser reemplazado por otro, porque en el fondo no nos importa. Así de irritante es el siglo de la hiperinformación. La velocidad de los eventos no tiene concesiones ni siquiera con las cosas “sagradas”. La hipocresía si es una cualidad clara de la Humanidad. Es curioso como ante tantos sucesos que ocurren a diario, en su mayoría terribles, devastadores, invisibles ante el totalitarismo insano de los medios de comunicación, de constantes destrucciones y pérdidas irremediables (a diferencia de la corona de Cristo), hayamos aprendido a diferenciar los casos que son de la Humanidad y los que sencillamente no lo son. Cuando a Europa le duele algo nos tiene que doler a todos. Expresar estas cosas bien puede caer muy mal, pero negarlas es de cínicos.

Apuntes para Falke II: Zerópolis (7 de mayo)

Caminar Caracas forma parte de una gimnasia de la decepción.
Fui a la Catedral de Caracas porque quería ver “La última cena” incompleta de Michelena. Una referencia precaria de nuestra realidad impregnada en las paredes de un templo. Llegué y sólo estaba abierta la parte de la capilla, pero entre rejas se podía ver todo el inmenso espacio a oscuras cerrado al público. Pregunté por qué estaba cerrado y me dijeron que ahora la Catedral no puede abrir todos los días porque se tenía «que ahorrar la luz de los bombillos, porque reponerlos sale muy costoso y no hay fondos para pagarlos». Qué tristeza, pensé. ¿Qué queda para el resto de las Iglesias? ¿Qué queda para el resto de Caracas? Por mucho entusiasmo que podamos tener al andar, los espacios sólo reflejan la derrota y el descuido de sus habitantes, la ingratitud de los rostros cansados, sometidos a un proceso monstruoso de humillaciones, producto de una mecánica de la soledad, de gestiones deportivas colectivas donde la regla es determinar cuánto tiempo hemos perdido lidiando con alguna banalidad, banalidad que luego contamos a nuestros conocidos como parte de nuestra épica urbana, nuestra narrativa personal de frustraciones y fracasos. Hay que aceptar una rutina donde no existe la planificación, la improvisación es nuestro método de primera necesidad. Uno puede diagnosticar las enfermedades de una Ciudad por sus esquinas rotas, sus calles y locales cerrados, sus estatuas y plazas amputadas por el olvido y el vandalismo de años, símbolos confusos impuestos que promueven la desmemoria y el delirio. La ciudad sugiere pequeños oasis para que la gente se distraiga mientras evade su tristeza y la confunde en una mofa, en una diversión breve porque aparentar es más sensato que aceptar la realidad incómoda de todos los días: que para llegar a todo nicho de placer hay que atravesar calles repletas de basura y respirar un aire de mierda, de sincera humanidad, de justicia social, palabras de las cuales se jactan muchos fanáticos cínicos, militantes conformistas. En anuncios revolucionarios gigantes se irrita la mirada de los transeúntes: vallas de odio que promueven amor, ministerios de burocracia, murales mutantes, toldos, consignas, bulla obligatoria, turbas unicolores, poblaciones armadas y colas infinitas, toda una feria de vanidades y abandono. El esfuerzo siempre ha consistido en producir imágenes eficaces y violentas. Hemos aprendido que la cotidianidad es una eterna guerra contra enemigos invisibles, el día a día es una adaptación absurda de nuestra lucha por seguir existiendo sin perder los estribos. Caracas es un reflejo molesto de una ciudad que aspiró siempre ser otra cosa.

Apuntes para Falke II: Escaleras (19 de junio)

Hoy en la estación de Plaza Venezuela vi algo que me dejó bien trastornado. Saliendo del vagón en dirección Propatria fui llevado por la inercia típica de la multitud a las escaleras. Mucha gente. Ya uno se acostumbra al verdadero olor de la humanidad: sudor y mierda. La opción es que no existe opción, sólo alternativas revolucionarias, las únicas posibles, las más terribles porque siempre logran, de forma asombrosa, decepcionarnos. Subía con lentitud. Vi que la gente se empezó a arrimar dejando despejado el lado izquierdo de las escaleras. Arriba, un hombre se ha salido de su silla de ruedas para bajar las escaleras a mano, arrastrándose de escalón en escalón. Lo seguía detrás un muchacho que cargaba la silla de ruedas. Mientras iba bajando la silla dejaba en cada escalón un rastro de jeringas y baquelitas. Regresé por donde había empezado. Recogí cada pieza que iba cayendo y se las di al hombre que las metió en su bolso tricolor colgando en la silla de ruedas. En el fondo los parlantes anunciaban con una voz femenina que a partir de la fecha “x” el sistema metro va a cobrar. Algo irónico, como si el metro en todo su sistema nefasto no le cobrara suficiente a sus usuarios. Hay que ver de qué manera nos han puesto a arrastrarnos hacia el vacío. ¿Qué diferencia son unos cuantos bolívares, cuando el precio más duro que pagamos en este país es nuestro insignificante, devaluado y asqueroso tiempo?

Línea de San Ruperto, un relato para Michel (24 de octubre)

En la camionetica para ir a la Universidad un señor venía hablando con una señora sobre la crisis política. Que este gobierno acabó con «todo lo bello que teníamos como país», los valores, la cultura y todas esas cosas abstractas que siempre nos dicen que se han perdido, y que nadie sabe dónde coño están.

El señor hablaba muy duro, lo que hacía que sus comentarios fueran más molestos, porque aparte que a nadie le interesa tu postura personal de la crisis en una camionetica, tampoco eran pertinentes ni constructivas las cosas que decía. Eran las ranciedades típicas de los adultos, de esos que parece que el cerebro no les da para más, como si la crisis la llevaran por dentro y la negaran ofendiendo a los demás. Eso lo comprobé más adelante.

La señora asentía y le respondía al señor cosas incomprensibles, y el señor la motivaba diciéndole: «usted sí sabe bastante, la felicito, me atrevo a decirle que sabe mucho, si quiere le hablo en términos económicos para que nadie me entienda, soy un egresado de la Universidad Central». Se ríe y sigue hablando, la señora hace una sonrisa de alguien que ha perdido su prótesis dental. Yo iba como siempre, tarde a alguna parte, y trataba de concentrarme en mi lectura.

El señor le preguntó a la señora si leía, y ella le decía que no tanto por problemas de la vista. El señor decía que él se consideraba un «lector empedernido», que había leído mucho y que en su casa habían demasiados libros. Le empezó a hacer un test a la señora: «¿Ha leído a Dostoyeski: El Jugador, Cumbres borroscosas, El Principito, Cien Años de Soledad? El Gabo, he leído casi todo lo del Gabo, Vargas Llosa también, claro… ¿Ha leído El Extranjero?, ¿El túnel? Todas esas joyas de la literatura…Ya los jóvenes no leen nada, son flojos, todo eso se perdió, ahora todo es el celular y reggaetón».

Por la altura de la Iglesia San Pedro se montó un señor y la conversación de literatura había cambiado de nuevo por la crisis. «Esta ciudad horrible, sucia, eso es culpa de la alcaldesa», dijo el señor lector, a lo que el otro señor recién llegado gritó un No sostenido y asertivo. Se metió en la conversación: «En la avenida Urdaneta hay treinta y ocho edificios invadidos, y todos respaldados por la Alcaldesa de Caracas»

«Esa alcaldesa», dijo el primer señor, «aparte de periquera, lesbiana…Bueno, lo de lesbiana se lo Perdono porque Yo no soy homofóbico». «Esas cosas igual se ven muy mal en una mujer», dijo la anciana. «Ellos siempre promueven lo malo».

Gracias por aclarar a todos sus puntos de vista, señores Pajúos. ¿Cuántos sujetos como estos andan todavía existiendo en esta ciudad, en este mundo asqueroso?

Al bajarme en Las Tres Gracias recordé una cita de Gabriel Zaid que me dio algo de alivio: “La medida de la lectura no debe ser el número de libros leídos, sino el estado en que nos dejan”. No importa lo que hayas leído, lo imbécil no te lo quitan ni las mejores joyas de la literatura, ni mucho menos un egreso de la Universidad Central.

Sin título (11 de noviembre)

Me encantan tus memes, pero tus opiniones políticas son una mierda. Igual te sigo teniendo como amigo.

Hay una cosa que no entiendo. Esos venezolanos (por meterme exclusivamente con mi gente) en condición de inmigrantes que desde su marginalidad hablan con tanta propiedad de políticas exteriores, pero lo único que saben hacer (porque el cerebro no les da para otra cosa) es satanizar lo que ellos entienden por izquierda, (como una forma de explicarse a ellos mismos algo desde un trauma, una opinión visceral que inspira lástima y hasta da pena ajena) , pero lo que es peor, lo contraponen con eso que, a cosa de no saber cómo llamarla, no es para ellos izquierda, y algo que es mucho peor, lo que para ellos se trata en su lógica de algo que está bien: “El consumismo es libertad”, “Democracia es lo que entiendo está bien”, “el determinismo social es lo justo”, “el aborto no debería ser gratuito porque eso lo pago con mis impuestos”, “el pobre es pobre porque quiere”, “La educación no debería ser gratuita, lo privado es mejor”…(usted lector ya se va haciendo la lista de comentarios en su memoria, si acaso tiene alguna).

Este venezolano no sabe conversar. No le interesa contrastar la banalidad de su vida con otras distintas a la de él, es demasiado feliz porque puede despotricar su tierra y la de otros sin que le quede nada por dentro. Son nuestro mejor producto de exportación. Expertos en cualquier materia que se acomode a sus terrenos. Todo lo que no le parezca es comunista, todo reclamo social es de izquierda, todo lo distinto parece entrar en una cajita feliz de inconformidades, y así viven tranquilos, insultando a todo el mundo. Su desmemoria la equilibran con su incapacidad de asimilar que el mundo donde viven no es una batalla minimalista entre socialistas y capitalistas. A estas alturas, y con tanta información y opiniones circulando, hay que ser demasiado idiota para creer que el mundo se puede reducir así.Somos demasiado tolerantes con la gente que se enorgullece de ser intolerante. Basta que ocurra algún evento polémico en alguna parte para que estas personas salgan a la luz con sus “opiniones constructivas” del panorama. Uno por respeto atiende y lee sus comentarios y lamenta que el paso del tiempo no les haya enseñado nada.

Comparto la cita de un compañero, cuyas palabras me dieron un alivio de que todavía hay personas que tienen la lucidez necesaria para estos momentos tan caóticos: “La gente en Latinoamérica se rebela contra el poder sea de derecha o de izquierda. Ojalá veamos los contextos con una visión periférica y así podremos entender la ira de la gente en la región, sin tanto fanatismo ramplón.”

Sin título (13 de noviembre)

En resumen: ¿Quién quiere asumir la responsabilidad de un grupo de gente que al perder la paciencia esperando a su artista termina arrojando sus zapatos a la tarima en señal de protesta, y que encima termina aplastándose y matando a unas cuantas personas? ¿Les parece justo que el “artista trap del año” tenga que pagar el costo elevado de su público?, ¿o será que los creadores del artista tienen que asumir por igual los frutos de su siembra? Tal vez lo mejor será olvidar el suceso, así como se supera cualquier atrocidad en este país. Mejor así.

¿Día del estudiante? (21 de noviembre)

El día del estudiante pasó a ser parte de otra celebración fetiche de nuestro calendario litúrgico. Hoy después de ser parte de otro espectáculo que no llevó a nada, pude ver que el día que celebran con tanta pomposidad mediocre es el día donde la universidad está más sola. Abandonada, a merced de una inmensidad que nadie quiere terminar de aceptar como la verdadera evidencia de la derrota. Una ironía, que parece que los movimientos estudiantiles pueden soslayar sin ningún tipo de problema.

Tal vez el acto de protesta exonera requisitos como la personalidad y la inteligencia individual. Es tan difícil tener un criterio propio en medio de un país donde se condena toda diferencia ajena a lo polarizado. Vi dentro de la marcha personas muy comprometidas, gente muy empática con la lucha, pero subordinadas a figuras que se esfuerzan más en quedar como celebridades destacadas y personalistas, como rudas piezas mandadas a hacer desde los partidos políticos que tanto daño le han hecho al país, jugando con las promesas de las personas que a pesar de tanta mala racha siguen creyendo en ellos. Vi muchas discusiones entre los mismos líderes. Era la misma fragmentación que producen los intereses y los caprichos personales. La gente comentaba estas incongruencias en la marcha, que prácticamente fue una procesión que culminó en la entrada de Bimbolandia.

Lo que resultaba más molesto es que en el país se celebraban dos versiones del día del estudiante. En Plaza Venezuela, estaba una gran fiesta con filas de autobuses estacionados, y allí estaba toda esa marea de jóvenes traídos de muchas partes con sus franelas rojas, con sus propias versiones del futuro, posando en la fuente activa de la plaza, mientras unas cornetas ponían música a todo volumen diciendo que hoy era un día de celebración porque estaban los estudiantes que luchaban por la paz. ¿Qué paz era esa?

En la Universidad Central, en Plaza del Rectorado, había otra fiesta, de banderas y gritos que justificaban los hechos del pasado, yo me pregunto hasta qué punto los venezolanos, al menos los que se jactan de ser estudiantes, usan el argumento del pasado para justificar la incompetencia del presente.

¿Qué se supone, según la versión del gobierno y la oposición, es ser estudiante? Creo que para ambos somos lo que con propiedad llaman unos pendejos generacionales. Se esperan grandes cosas de nosotros.

Las redes eran otra cosa, una versión hiperbólica de lo que en realidad estaba pasando. Las redes estaban encendidas exaltando una figura abstracta, casi idílica, de un Estudiante que difícilmente estudia, pero que constantemente se ve comprometido a luchar, se le exige que haga algo: el tomar protagonismo en eso que de manera irrisoria llamamos el futuro. Una serie de cargas sobre ese imbécil que si no participa en la vida política y descuida lo que realmente lo hace ser estudiante, lo convierte en un ser invisible, que viéndolo de esta manera tan descarnada, tal vez diste mucho de lo que muchas personas esperan de nosotros. Como siempre, solemos decepcionar a más de uno.

Pero mañana la fiesta sigue, y de seguro la universidad estará llena, porque la celebración también ofrece su circo de consuelo, para que tampoco nos sintamos tan mal, mientras nos ofrezcan la comida de un comedor que ahora solo sirve comida de manera exclusiva e itinerante, porque también se nos olvidó que no hay que esperar a cierta fecha lunar para ver que las cosas funcionen de vez en cuando, y que aparte tengamos que sentir una clase de orgullo por ello… Entonces, luego de estas incómodas conjeturas, me pregunto de nuevo: ¿qué se supone es ser un estudiante?

Fin de semestre sin novedades (3 de diciembre)

Todos los finales de semestre acaban siempre con una anécdota deprimente. Este oficialmente es para mí el penúltimo. El malestar personal y la empatía hacia mis compañeros me trasmiten otro malestar parecido pero elevado a la ene. Es algo triste decirlo pero sus problemas también son mis problemas. Es como una acción en cadena.

Los números no dicen nada de las personas, sus posturas y silencios sí. Esa es la lección más importante. Hay quienes deberían tener la decencia mínima de admitir que no sirven para ciertas cosas. No me interesa lidiar con personas cuyo afán esté en sacar buenas notas, y quedar bien con los maestros en su sentido jalabolista, mientras se olvidan del resto del mundo, y olvidan los principios de lo que es un trabajo en equipo. Creo que esos temas hay que superarlos como el bachillerato, la cuarta república y la gran Venezuela. Hay personas que pretenden liderar cuando apenas son capaces de liderarse a ellas mismas. Esto es una apreciación general que me da la experiencia de la universidad. Incluso hasta la vida real resulta ser hasta más grata, porque al menos no esconde su ruindad natural, que es la rutina. La Escuela es un simulacro de pequeñas proporciones.

Ayer un compañero fue a solicitar su kardex en la oficina de control de estudios de la Facultad. La visita fue bastante breve. La respuesta ante su solicitud fue esta: «Olvídate de eso»; mientras tanto los movimientos estudiantiles hacían el recorrido guiado a los nuevo ingreso por la Universidad, recorrido encabezado por unas personas que a convenio de los mismos partidos eran llamados “los imparciales”, porque la muta política, sin personalidad, necesita etiquetar a las personas, porque el mundo se divide entre moluscos y mariscos.

El recorrido, anclado a nuestras tradiciones más elementales, difícilmente genera alguna inquietud. Lo que resulta irónico son los hechos simultáneos: por una parte la exaltación de la universidad en un lenguaje romance, que pierde su encanto durante el curso de la carrera, que no está mal, grave es mantener ese romance imposible con los espacios que nunca fueron nuestros; y por el otro lado el desgaste en su estado puro, de quien ya no es nuevo y tiene que “olvidarse de eso”, porque ya todo ese culto al monumento solo es parte del protocolo de iniciación a la decepción. ¿Con qué motivaciones uno puede seguir estudiando? Ante este panorama lo mejor es que nos indiquen dónde queda la salida y agilizar la huida lo más pronto posible.

Mi compañero indignado hacía los contrastes de los eventos del día. Le parecía, con bastantes razones, alarmante que todo el mundo estuviese preocupado por figurar en la captación de los nuevo ingreso, y que nadie estuviera pendiente de problemas tan puntuales, como el que alguien no pueda sacar su kardex, y que la respuesta de las entidades competentes sea: «Olvídate de eso»; otra cosa peor está en que no hay una respuesta agradable que puedas darle a un nuevo ingreso cuando te pregunta dónde quedan los baños. A uno se lo come la vergüenza por dentro.

Cuando expresas una queja, tienes que incluso sentirte mal, nadie puede darte un respaldo, porque tú tampoco respaldas el movimiento, y uno piensa que solo bastaba con ser estudiante para sentir que alguien te representa sin ninguna clase de distinción. Entonces te haces enemigo de la institución que te repudia por reclamar y de aquellos que te dicen que te van a representar, mientras no los cuestiones bajo ningún concepto. Supongo que la política nunca será lo mío, cada vez la entiendo menos.

Comparto un cita de un ensayo de Thoreau: “Desobediencia civil”, en donde me tomé la libertad de cambiar las palabras Gobierno y Estado por Universidad. Aunque en este punto todo viene a ser como lo mismo, todos por igual nos han dejado morir:

“Si la injusticia forma parte de la necesaria fricción de la máquina de [la universidad], dejadla así, dejadla. Quizás desaparezca con el tiempo; lo que si es cierto es que la máquina acabará por romperse. Si la injusticia tiene un muelle o una polea o una cuerda o una manivela exclusivamente para ella, entonces tal vez debáis considerar si el remedio no será peor que la enfermedad; pero si es de tal naturaleza que os obliga a ser agentes de la injusticia, entonces, os digo, quebrantad la ley. Que vuestra vida sea un freno que detenga la máquina. Lo que tengo hacer es asegurarme de que no me presto a hacer el daño que yo mismo condeno.

En cuanto a adoptar los medios que [la universidad] aporta para remediar el mal, yo no conozco tales medios. Requieren demasiado tiempo y se invertiría toda la vida. Tengo otros asuntos que atender. No vine al mundo para hacer de él un buen lugar para vivir, sino vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal.”

La máquina de contenido (10 de diciembre)

Un amigo me manda un anuncio de trabajo. Redactores creativos de diversos temas: productores de plástico, ideas bajas en calorías y sintáxis, nada de exigencias para el lector. Cuatro mil palabras por un dólar. El anuncio era exclusivo para personas de Venezuela. «Preferred qualifications». Eso me molestó bastante.

«Native Spanish Speakers: no experience needed». Es claro que las únicas personas que se necesitan para esta clase de trabajo son venezolanos. Sacando la cuenta, cuatro mil palabras llegan a ser casi diez cuartillas de contenido. ¿De qué?, piensa cualquier cosa. No importa el tema del que tengas que escribir, es demasiado. Primero se ve la devaluación y la poca seriedad con que se asume el ejercicio de escribir, que no hay que tomárselo en serio.

Viéndolo así no es la gran cosa, cualquiera puede hacerlo, no hay exigencias para escribir sobre una banalidad y mandarla al hiperespacio, así no sepas qué decir, igual puede llegar a personas que apenas sepan leer. Claro que tampoco hay créditos. «Lots of work aviable». La segunda cuestión es más deprimente, y es que el venezolano no sabe el valor de su trabajo, no tiene idea de cómo ponerle un precio a su tiempo, algo que es irrecuperable, y que aquí resulta ser la medida de cambio para todas nuestras transacciones.

Todos sacan jugo de la misma situación. El sub-sub-sub-contratado dispuesto a servir, porque incluso, llegaría a producir a un ritmo endemoniado más de lo que haría en un horario normal de trabajo bajo sueldo mínimo ¿Pero a qué precio?. Y encima hay que agradecer porque esta forma posmoderna de trabajo resulta ser una arista de la ayuda humanitaria que aceptamos sin mucho escándalo. «Nos toman en cuenta».

El freelancer no es un emprendedor de nada (el cree que lo es), tampoco es dueño de su tiempo, simplemente es su propio esclavo y opresor. Nueve de cada diez enfermedades del ahora son producto del estrés y la irritación de las pantallas. Hay que conformarse con las compensaciones mínimas de esos esfuerzos demenciales. Te sientes mejor cuando mides la desgracia de otros. Luego ves a generaciones de personas agotadas, tragando series y consumiendo lo que pueden, como si se tratara de un lujo el poder costearse la fibra óptica.
Aprovecho en anotar en mi cuaderno algo sobre la “Sociedad del cansancio”, de Byung Chul-Han, que no me hace sentir mejor:

“La sociedad disciplinaria de Foucault, que consta de hospitales, psiquiátricos, cárceles, cuarteles y fábricas, ya no se corresponde con la sociedad de hoy en día. En su lugar se ha establecido desde hace tiempo otra completamente diferente, a saber: una sociedad de gimnasios, torres de oficinas, bancos, aviones, grandes centros comerciales y laboratorios genéticos. La sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento. Tampoco sus habitantes se llaman ya «sujetos de obediencia», sino «sujetos de rendimiento». Estos sujetos son emprendedores de sí mismos.

La sociedad de rendimiento se desprende progresivamente de la negatividad. Justo la creciente desregularización acaba con ella. La sociedad de rendimiento se caracteriza por el verbo modal positivo poder (können) sin límites. Su plural afirmativo y colectivo «Yes, we can» expresa precisamente su carácter de positividad. Los proyectos, las iniciativas y la motivación reemplazan la prohibición, el mandato y la ley. A la sociedad disciplinaria todavía la rige el no. Su negatividad genera locos y criminales. La sociedad de rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados.”

La máquina de contenido II: El Samizdat (27 de diciembre)

Recordar para olvidar lo que nos conviene forma parte de una terapia de sanación. En una charla con unos amigos sobre la novela de David Foster Wallace: La Broma Infinita (Infinite Jest), estuvimos conversando el contexto en que transcurre la trama: una serie de Años subsidiados para el mantenimiento de un Estado Ecologista Totalitario llamado ONAN, que en la novela es la unión entre Estados Unidos, Canadá y México. La época en que transcurren las historias: El Año de la Ropa Interior para Adultos Depend. Esto es gracioso porque la Broma de Wallace nos llevó a conversar sobre nuestro contexto Venezuela, y nos pusimos a pensar que nosotros como país hemos vivido grandes periodos subsidiados gracias a la magia del rentismo.

El Estado Mágico nos convenció a largo plazo que podíamos ahorrarnos hasta la molestia de pensar, sobre todo pensar para ejercitar la memoria. Todo este asunto del Cesarismo, El Bolívar Dream, y la Gran Venezuela no fueron más que conspiraciones de mercadeo para domesticar el espíritu de la nación, que para muchos intelectuales consideraban enfermo y contraproducente, y que solo formando ciudadanos podíamos salir de ese trance de pesadilla que muchos llaman el Tercer mundo, un concepto que a estas alturas resulta de mal gusto porque solo sirve para destacar aspectos peyorativos de nuestra identidad. Hay que empeñar el culo para hablar de soberanía, esto también disgusta mucho a los que se consideran revolucionarios, o quieren hacerse la idea de que lo son o llegaron a serlo alguna vez. Nadie puede juzgar ni decirle a otros cómo tienen que vivir sus mentiras.

Duele aceptar que la libertad es un paquete que cuenta con suscripciones de pago. Ciertos productos nos sugieren un demo que después nos hace sentir peor que antes de haberlos consumido. En eso consiste el placer: el deseo de entretenimiento.

Los tiempos subsidiados son como el calendario de la Revolución Francesa, es decir que podemos inventar los meses y eventos que queramos, teniendo como única referencia el Recuerdo. Los tiempos son nuestros, nadie puede decirnos lo contrario. El orden no está del todo claro, depende del lector ordenarlos:

-El Año donde empezó el apocalisis local: el deslave de Vargas.
-El Año de la constitución pluricultural, vamos a poner el adjetivo Bolivariano porque ajá. Las Patentes.
-El Año de Oderbrecht.
-El Año del dólar a 4,30.
-El Año del paro petrolero.
-El Año de la polarización en su versión más primitiva (Ellos y nosotros).
-El Año del juicio popular a la Estatua de Cristóbal Colón.
-El Año que ganamos el certamen Miss Universo y fuimos considerados en el libro de Record Guinness como el país más feliz del mundo.
-El Año del Blackberry y las carpeticas Cadivi.
-El Año que Cerati se vino a morir aquí.
-El Año de la muerte de Chávez.
-El Año del fin del mundo, que fue antes del Año de la muerte de Chávez (Supuestamente).
-El Año del demonio de las colas.
-El Año de las ladronas de cabello.
-El Año de los puertos aduaneros llenos de comida podrida.
-El Año de Ay se robaron los reales otra vez. No tenemos pruebas pero tampoco dudas.

-El Año de las lentejas multiuso.
-El Año de las mafias de los consejos comunales y las utopías solipsistas conuqueras.
-El Año de los apagones y la Cosiata de las iguanas imperiales.

-El Año de la ayuda humanitaria, que consistió en una inflación meteórica de la moneda seguida de grandes cargamentos de chupetas para soportar los ratos amargos cuando el sueldo no te alcanzara para una mierda.
-El Año de los puestos de Cocadas y aparición de los cereales gringos y cerveza Corona.

-El Año en que la región de América Latina volvió a donde había empezado porque acordó que los monstruos que lo hacían sufrir eran los monstruos que a fin de cuenta lo hacían feliz. Alguna rabia de vez en cuando. Ya la (hipotética) juventud: el futuro, no puede pensar en la jubilación porque no la ven (difícilmente ven un mañana), y esto es algo que los adultos ni las grandes empresas les interesa entender.

-El Año de la hiperproletarización del mundo laboral venezolano.
-El Año del Ministerio de la Suprema Felicidad.
-El Año de los barriletes de menta.
-El Año de No vamos a seguir cobrando el metro ni tampoco vamos a invertir en él. (Así nadie se puede quejar de un servicio, porque no le cuesta).

-El Año que se atomizó el tema del aborto porque los conservadores recién se enteraron de que era una práctica que tenía mucho tiempo haciéndose, como la pedofilia y la trata de personas no consideradas humanas, y decidieron combatirla desde el recurso legislativo para prohibirla.

-El Año que internet fagocitó el periodismo, el pensamiento crítico y la política local, y la verdad se concentró en la opinión pública tribalista y xenofóbica.
-El Año de la minería ecológica y el instituto decolonial.

Este año, por ejemplo, fue:
-El Año del Cese de usurpación, la estafa de los Mantuanos y la Corporación militar que cambió ecosistema por coltán, guarimbas por Food Trucks.

Nadie puede ser tan cínico como para decir que no hubo ninguna transición considerable. Sí la hubo. Más pronto que nunca pasamos al siguiente nivel:

-El Año de la bodegonización de la vida y la expansión de los BRICS.

Una vez más, nuestra independencia la administran otros.

Recordar otros tiempos subsidiados nos ayuda a ubicarnos en lo complejo que ha sido la Revolución como Broma y su insistencia profunda a no cambiar de modelo bajo ningún sentido. Ahora sin mucho floro ya no se habla de Guerra Económica sino de Dolarización Chavista: “De recuperación”. El Socialismo parece una práctica deportiva llena de prórrogas y tiempos muertos, que nunca acepta sus fallas, su tramposería vital. Resulta más molesto reconocer que ningún sistema es compatible con el software de la democracia. El detalle aquí es que del sueño se sale al despertar sudando. Todos sabemos que si quitan los subsidios la revolución deja de existir. Estamos a la expectativa de algo que no sabemos pueda llegar a ser el país, pero mientras tanto esperemos al final de la época:

-El Año que Disney adquirió los derechos para trasmitir en 1080p todas las temporadas de Aló Presidente en su diversas plataformas streaming. Incluida una serie especial de Bolívar donde es homosexual y asesina cristianos. Gore, apto para todo público.

El subsidio carece de ética.

La última parada: el templo del cuerpo (31 de diciembre)

¿Se puede desarrollar una ética kamikaze en la Venezuela actual? Me refiero a dedicar la vida al servicio y la disciplina, así como estar consciente todos los días que estamos propensos a morir en cualquier momento, de que este día puede ser el último y que no deberíamos tener miedo. Esto es un ejercicio de pura estética, un oficio de construcción. La partida de muchos amigos y el fracaso por la independencia de mi país ante las potencias extranjeras me hicieron caer en cuenta que la esperanza es lo último que se pierde. La indiferencia también es otro estímulo para vivir.

Eso de creerse distinto es el lugar común de la distinción, que cada vez es más igualitaria y poco receptiva. Esto lo puede anteceder la depresión o el desquiciamiento sistemático, la fiebre y la toma de analgésicos para los dolores musculares y alguno que otro trastorno cerebral. Vivimos encerrados en comunidades imaginadas que hacemos llamar países. Vivimos una era de usuarios, cada vez más cínica y distanciada de las posibles soluciones a nuestros problemas en la vida real, la que cuesta porque hay que soportarla huyendo a otra vida configurada para nuestro entretenimiento.

Nos llenamos de deseos infernales que en esta inmutabilidad no vamos a ser capaces de cumplir. Compartir aspiraciones no es lo mismo que buscar cumplirlas. Nos llenamos la boca diciendo que nuestro espacio tiene suficientes virtudes para esconder incontables defectos, descartando la historia, el respeto a la memoria y ese culto a la amnesia, que cuenta con el patrocinio del entretenimiento globalizado: all you can eat. La distinción aterra, debe ser por eso que nos fascina el efecto dopante que propicia la costumbre, y nos hacemos esa idea de felicidad en rutinas de mierda, superándonos de maneras egoístas en una carrera repleta de enfermos emprendedores. Gran cosa. Esto claro, es una exageración.

La identidad propia es confusa. Eso me hizo pensar mucho que la vida se hace menos pesada cuando caemos en cuenta que nadie piensa tanto en nosotros como creemos que supuestamente lo hacen. No somos tan importantes como llegamos a creer en una modesta ceguera. Hay quienes hacen mucho alarde de su vida porque precisamente ese alarde es lo único que tienen. Eso da mucha lástima, porque la vanidad de la exposición solo es un estado constante de soledad espacial, un tipo de soledad que parece solo poder expresarse mediante ese alarde, esa llamada de atención tan superficial de selfie y desnudez virtual. Esto puede sonar cruel, pero tanto alarde da pena, y eso viene a ser mucho más cruel que darse cuenta de eso. Total, igual eso no tiene que ser nuestro problema. La mayoría de las personas en su mayoría no tienen realmente una vida interesante, son vidas guiadas por el aburrimiento que no sabe en qué palo ahorcarse. Hay personas que solo vinieron a este mundo a posar. No somos parte de tantos elencos como creíamos en un principio, el error es insistir en una creencia que no lleva a ninguna parte, como creerse el ombligo del mundo, de un parcializado y reducido mundo de nociones, muy pequeñas pero suficientes como para creernos la gran cosa, como si eso fuese la garantía de algo eterno, como si la tendencia nos diera de comer. Son pocos los agraciados que pueden vivir de eso, de su imagen. Hemos llegado a confundir de manera corrosiva el narcisismo con el amor propio. No es lo mismo. Esa exaltación del Yo ha empobrecido nuestra capacidad de mirar y escuchar al otro. Uno no asimila el horror hasta que se da cuenta que es uno mismo la raíz de las pesadillas. Cuesta mucho concentrarse con tanta irritación de notificaciones vibrantes y aparatos de litio.

Hay un apocalipsis personal que ya no vale la pena contar, sino soportarlo en grupo, con las personas que amamos, las únicas que valen la pena. El consumo de datos nos ofrece pequeños acercamientos a la felicidad. La Tecnocracia es la nueva Teocracia. Las religiones parece que han olvidado la finalidad de su existir, han permitido que sus fanáticos y burócratas vendan las doctrinas como productos de línea blanca, como si la fuerza centrífuga de las lavadoras nos pudiera llevar a un estado de transcendencia donde podamos sentir la presencia mezquina de Dios. Hay más milagros cumplidos en un agencia de viajes que en un espacio alquilado a medio tiempo, que de día es una tienda de cosméticos y de noche se vuelve una casa de oración, donde todos bailan y actúan como epilépticos que expulsan el mal de su cuerpo, incluso llevando una ropa incómoda, como si lo divino nos exigiera etiqueta para no hacernos sentir tan ridículos al depositar nuestra fe en el rezo y el diezmo (justo y necesario). Los cristianos insisten que la biblia nos dice que amemos a nuestro prójimo como a nosotros mismos, pero nunca nos dijeron Ámate. Hay promesas más gratas en los programas políticos que en los panfletos protestantes. Ambos se lucran de la miseria de las ilusiones. Ambos parecen exigirte un cambio radical de tu rutina que encima te hace sentir que todo lo que pudiste llegar a ser es aborrecible para ese nuevo Tú que ellos te dicen tienes que ser. Reformar no necesariamente es olvidar. No hay salvación sana ni gratuita, si esperamos hallarla en un grupo de liberación guiado por pastores y dementes entonces, tampoco nos pueden extrañar las bajezas de los vicios de otros, o en como otras personas crían a sus hijos o dirigen sus decisiones sin importar mucho el daño que puedan causar a los demás, porque son estas mismas personas que creen que todo está mal excepto ellos. Todo parece tan irónico cuando enlistamos ejemplos reales de gente que se esfuerza por ser normal y le dice a otros cómo tienen que ser normales. Si lo vemos de esa forma, tampoco nos debería sorprender el terrorismo del suicidio. Es comprensible que la gente pierda las esperanzas y se canse de seguir en este mundo. Pensar en la insignificancia me hizo se sentir muy bien, pero lleno de nuevas preguntas.

Hemos aprendido muchas formas de perder el tiempo sin sacar provecho de tales pérdidas. La comodidad más terrible es la que se tiene en lugares donde estás tan seguro de ti mismo porque todos piensan igual a ti, nadie va a contradecirte. En donde nadie piensa distinto la realidad disimula acercarse a la libertad, a la dictadura de las mayorías, la de los iguales, eso me da una noción pero no me explica por completo el país que vivimos, lleno de contradicciones que parecen no sugerirle inquietudes a muchos, y eso viene a ser lo más preocupante.

Hay mucha infelicidad concentrada en el esfuerzo por aparentar con los demás que eres feliz. La modernidad parece una gran conspiración en contra de la contemplación. Eso cuesta aceptarlo, cuando estamos tan metidos en nuestro narcisismo no tenemos ningún interés por lo que sucede en el mundo, tampoco tienes la obligación de tener intereses sobre el mundo, no importa en realidad si tienes algún tipo de interés distinto a la exaltación de ti mismo. La cosa es convencerte de que tu vida es interesante como para no sentir interés mínimo por otras cosas. No somos más que huéspedes que firman y después se van. Hay que tratar de dejar este mundo mejor que como lo encontramos. Dejo este templo del cuerpo sin sentirme bendecido. Agradezco por un año más en la tierra. Ya no tengo más espacio en la hoja. Listo.

Alexander JM Urrieta Solano

Recortes de red social I

“Ser otro es vivir. Ni sentir es posible si hoy se siente igual que ayer: sentir hoy lo mismo que ayer no es sentir, es recordar hoy lo que se sintió ayer, ser hoy el cadáver vivo de lo que ayer fue la vida perdida.”

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Fernando Pessoa – Desasosiegos

Alto Prado

Cuando uno de tus mejores amigos se quita la vida el impacto puede tardar en llegar. No me refiero al suceso sino a la reacción que tenemos ante el suceso. Nunca llegamos a conocer en realidad a las personas, ni ellas tampoco llegan a conocernos en una mayor complejidad. Tampoco nosotros somos capaces de conocernos en una medida clara, por lo que anticipar un suicidio es prácticamente imposible, en algunos casos.

Una oración como: “Gustavo se mató puede dislocar porque cada vez que volvemos a ella parece siempre decirnos algo distinto. Caer en cuenta que todavía se está vivo y sufriendo, que sólo en ese estado de trance que es vivir podemos ver abismados lo que realmente puede ser el mundo. Tan indiferente a nuestra existencia.

Volver al sitio de trabajo después de un trauma cuesta más de lo que uno se imagina, pensaba en mi silla giratoria. El escritorio es un laboratorio teratológico. Se tiene que lidiar de una manera vergonzosa con la disyuntiva de lo monstruoso y lo mediocre. Para hacernos una idea basta primero con ordenar y diagnosticar el desastre acumulado de meses y años. Las distracciones más pequeñas impiden darle un orden claro a nuestra vida.

Mi temor se aferraba en la idea íntima del suicidio, un tipo de suicidio que no tenía que ver con salir eyectado al espacio de forma deliberada, un suicidio no tan cercano pero sí relacionado al de Gustavo.

Hay un tipo de suicidio que consiste en la asimilación, que es tal vez el único que podemos encarar, tomar precauciones útiles ante él, cuando no menos disparatadas, no para evitarlo sino para soportarlo en la rutina de los días que nos toca afrontar con cierto grado de miedo. Esa forma de suicidio que es el tener que vivir después de fracasar. Allí está el epicentro del caos, el horror, la pesadilla de lidiar con nosotros mismos. Nuestros mayores temores presentes en cada página, en ese ritual pugilístico de la escritura. Las formas exageradas de retomar algo doloroso.

Voces sin importancia rebotan en las paredes de mi encierro. Como que sólo podemos tener un registro de las cosas que nos parecen urgentes. Pero qué pasa cuando eso que nos parece urgente lo sigue siendo de una forma repetitiva y dolorosa, algo así como el suicidio de Gustavo, que no podemos soltar porque sólo esa idea urgente es la que nos hace seguir escribiendo a un pulso distinto que no sabe de mejoras ni estancamientos. Que insiste en eso que tanto nos divierte de manera incomprendida y sádica. Lo urgente es obsesivo si lo volvemos a plasmar en la hoja una y otra vez.

Hay que concentrar nuestras energías cerebrales en todo lo que nos obsesiona, aquello que nos roba el sueño de los ojos y obliga a escribir a ciegas en la intemperie, en la tortura del insomnio y el duelo. A veces, pensaba en mi silla giratoria, quería tener la iniciativa de pensar en otra cosa que no fuese eso tan urgente, pero el suicidio de Gustavo era la constante que distraía todas mis empresas. Entonces el laboratorio de horrores arrojaba otra clase de resultados inesperados. No sabía si en mi intento de hacer otra cosa estaba condenado a la repetición. Volver por donde había empezado. Toda forma siniestra parte de una angustia especial.

Eso era lo más grande que había que aceptar, pensaba en mi silla giratoria, la obsesión que conduce a la enfermedad, un tipo de enfermedad derivado de la falta de sueño y desesperación. La ciencia de las enfermedades es la más poética de todas las ciencias, decía esto Gustavo. Los días nuevos se me presentaban como un desafío para una nueva maniobra elemental. Había diseñado mi propia fenomenología del fracaso. Una filosofía de la experiencia sustentada de forma exclusiva en la derrota personal.

Cada texto si lo tomamos con suma seriedad es un manual de instrucciones, un fragmento de memorias a la disposición del lector para que este lo recree, decía esto Gustavo. Los textos son ese juego eterno sometido a la precariedad del olvido, dependen de lecturas para seguir existiendo. Cuesta demasiado expresarse en un solo bloque, no puedo concebir otra manera de hacerlo, pensaba en mi silla giratoria. Cada trama impone cruelmente su propia estructura ósea. El cuerpo plagiario artesanal tiene quizá un rasgo original, su estética, nada más. Igual todo esfuerzo estético ha dejado de valer la pena. Si se trata de algo medio hecho o ligeramente mediocre pasa sin pena ni gloria por algo ridículo.

El texto en su contenido retrata una cartografía humana del pensamiento, decía Gustavo algunas veces, cuando nos dedicábamos a pasearnos horas y horas en ferias itinerantes, marcando libros, regateando obras maestras con comerciantes ruines y libreros. Otras veces robando, que era la forma más hermosa de adquirir un libro, pues era el trofeo que otorgaba el riesgo. Algunos libros, quizá los mejores, son los ventanales supremos que tenemos que encontrar por misterioso azar para dar una luminosidad desoladora a nuestra oscuridad. Subrayo luminosidad desoladora porque esa unión de palabras fascinaba de forma incontenible a Gustavo.

¿Qué texto desolador se hace su espacio en la calidez infernal y horrorosa de su tiempo? ¿Qué debe tener un texto para dejarnos perplejos?, me preguntaba en mi silla giratoria. Ahora nada nos parece asombroso. Y sin embargo lo más idiota nos conmueve. Todo es un refrito de lo bueno, pero a alguien que le apasione el oficio de la construcción no tiene por qué interesarle eso, al contrario, debe ignorar todos los comentarios de la banalidad de una época y seguir concentrado en su actividad de alto grado, decía Gustavo. Son fruslerías que sirven como pretexto para desmotivar y fomentar la flojera entre nuestros contemporáneos. Nadie se atreve a levantar algo grande porque la excusa es que ya todo está prácticamente hecho. Eso explica el auge de lo mediocre en este país de borregos y fanáticos, el culto a la sensiblería. Una fábrica de sueños Disney es más lucrativa que una exposición de horrores.

Qué duro es aceptar una narrativa de decepciones, pensaba en mi silla giratoria. Gustavo no sólo era mi compañero de investigaciones literarias y recorridos etílicos urbanos, era también un socio inestable con quien podía conversar acerca de mis patéticas inestabilidades.

Había conocido a Gustavo cuando repartía de forma gratuita pasquines de una red anarquista llamada El Libertario. Los anarquistas proponían una salida suiza de combate para poder superar ese molesto concepto del Estado. Pero era claro que no podías aplicar un anarquismo suizo disfrazado de latinoamericano, así como tampoco podías hablar de socialismo escandinavo para explicar la complejidad de nuestro país al norte del sur. Era muy sencillo mezclar realidades distintas, desde el centro a la periferia, porque esa actividad de extrapolar, hacer malabares de conceptos, vociferar la ignorancia para aplacar la ignorancia, era el hobby principal de los jóvenes de este país, que ya no sabíamos si vivíamos en el anarquismo o el zoocialismo, si era una cagada de la extrema izquierda o la extrema derecha. Al final éramos puras ideas de muertos, codicia de batracios y enanos. Generaciones perdidas en espirales de fibra óptica y revoluciones por minuto.

Nos resultaba (y nos resulta todavía) fácil imaginarnos el fin de todas las cosas, pero cómo nos cuesta imaginarnos una realidad distinta a esta, pensaba en mi silla giratoria. Cuando nos conocimos Gustavo me había ofrecido un ejemplar de La conquista del pan de Kropotkin, el cuál rechacé a cambio de un libro de Papini de cuentos titulado Palabras y sangre. Era claro que nuestros gustos literarios eran distintos.

Gustavo sabía pero no admitía la utopía escurridiza que sugerían las narrativas de nuestro tiempo. La excusa siempre puede ser que uno es sumamente joven y de pocas lecturas (poco experimentado), pero es lamentable cuando ves a personas mayores con excusas parecidas, que ponen en duda muchas cosas pero sobre todo la inteligencia propia, porque a veces llegamos a admirar a ciertas figuras por lo que dijeron o escribieron alguna vez, y luego después de un tiempo las vuelves a escuchar o leer y la fascinación de un principio se vuelve una especie de repulsión casi asesina.

Los adultos nos han engañado, ahora y que depende de nosotros recuperar el país, decía Gustavo entre moretones y escupideras de sangre. Toda una épica del desencanto. Mientras más crecidas veíamos a nuestras figuras de acción mayores eran los caprichos que conducían hacía la estupidez y la frustración. A pesar de tantas lecturas y experiencias no podemos dar ningún tipo de consenso a nuestras antiguas figuras de acción, que todavía sueñan desde una mentalidad infantiloide, y convencen a muchos de que basta sólo enlistar deseos y aferrarse a los delirios de mesías y escapularios. A la mayoría los años les pasan por encima sin cambiarlos en absolutamente nada: somos viles víctimas de un estruendo de cascos.

La salvación de Gustavo, y quizá la mía, lejos de todas estas ideologías rancias fue la estricta relación visceral con la poesía. También el consuelo de estudiar juntos en la escuela de sociología, en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales. Ver clases con Gustavo generó entre nosotros una suerte de intimidad intelectual enfermiza, una complicidad adicional a nuestros íntimos procesos autodestructivos. Caracas no nos permitía ser jóvenes de otra manera. Nuestras conclusiones estaban mediadas por la ciudad que nos tocó de forma irreductible vivir (y sufrir), así como las visiones precarias del futuro, que por todo lo acontecido nunca existió. El futuro y la libertad son recursos indispensables de la imaginación.

Caracas fue para nuestras investigaciones el escenario ideal de una trama suicida. Una ciudad que reprochaba su pasado en el esplendor de lo que llegó a ser alguna vez. En sus ruinas de parque temático, en sus escaleras, en sus paréntesis y comas, en sus muros agrietados por la agitación, el disturbio y el descuido, recreaba eventos que ya no le pertenecían. El derroche evidente en sus esquinas y locales cerrados, en sus edificios y calles oscuras invadidas por la incertidumbre, por el sosiego embrutecedor que dejaron las promesas y la retórica. Legado apocalíptico nos dejaron las coreografías intensas de lavadoras y taladros petroleros en movimiento. Caracas daba la impresión desquiciante de estar siempre naciendo de nuevo. Una ciudad enferma, estancada en la nostalgia de lo que nunca podrá ser jamás. Caracas era el espacio carnavalesco por excelencia para la fundición de toda clase de sentidos, así Gustavo, así nosotros.

Nuestra labor detectivesca y libertaria, además de buscar pistas de maestros antiguos, consistía también en enterrarlos en todos los lugares posibles. Nos propusimos no sólo abrir una línea de trabajo literario, sino que además nos dedicamos a esconder bajo tierra y escombro incontables libros por la ciudad como parte de un oficio entusiasta. Excavadores empedernidos. Sembrar recuerdos y fijar paradas, decía Gustavo, con pala en mano y cigarro en boca caminamos por terrenos baldíos desde Parque Central hasta Parque Caiza.

Enterrábamos los libros porque carecíamos de un almacén decente para mantenerlos a salvo. Tenía la expectativa de que luego una vez abierta nuestra librería real los pudiésemos ofrecer al público. Al carecer de espacio enterrar libros era una tarea sucia pero provisional, como todo lo que se hacía en este país. Esconder libros en su mayoría robados que la tierra conservaría para evitar su devaluación exponencial, mantenerlos ocultos de la tirana inflación meteórica.

Era preciso elaborar un soundtrack para nuestras acciones, orquestar nuestra fantasía rocambolesca, nuestras ínfulas de grandeza, de que en actos insensatos nos podíamos perpetuar en las cosas. Las descargas de la banda punk Eskorbuto: Mucha policía, poca diversión, Cerebros destruidos, mis canciones favoritas del disco Maldito País, y seguido en modo aleatorio la ópera del Barbero de Sevilla, el Adagio un poco mosso de Beethoven, fueron referencias para equilibrar nuestro oficio librero acabatrapo. La música era la forma de salvación de todas nuestras pesadillas, pensaba en mi silla giratoria. No tenía ningún sentido nuestro trabajo, la verdad tampoco importaba mucho lo que podía pensar la gente.

En la escuela éramos un par detestable. Ahora sólo soy un idiota detestable. Nuestra praxis política era un afán de recrear una parodia. Este el sueño de los héroes, nuestro sacar en cara el mañana, decía Gustavo. Nuestra diversión orbitaba en la piromanía y el mar. Varias veces nos entretuvimos quemando montañas de libros de autoayuda y ejemplares de El Principito, convenciendo a estudiantes confusos que en el fuego y el ska estaba el sentido de la vida, que bailar alrededor del caos era una terapia de redención: lo esencial es todo eso que aterra y nos encandila los ojos. Queríamos llevar todo al extremo. Mientras me balanceaba en una hamaca a las orillas de una playa en Unare, pasando los demonios de la resaca, Gustavo aprendió a hacer nudos marinos. Meditó de manera silenciosa la eficacia de una soga.

A Gustavo lo encontraron ahorcado en la terraza de su casa en Alto Prado. El suicidio, como todos, ocurrió en una hora imprecisa. Los cuerpos forenses al llegar a la escena hicieron una revisión exhaustiva de la casa en Alto Prado, que consistía en interrogatorios a los vecinos y el saqueo de bienes materiales que nadie volvería a reclamar. ¿Cuáles eran los bienes de Gustavo?, sus libros sobre materialismo histórico, su franela de los Tiburones de la Guaira, equipo que lastimosamente no vio ni verá ganar. Sus novelas rusas de resurrección y filosofía griega, su colección personal de textos de García Bacca publicados por la Universidad Central de Venezuela. Su petaca de acero inoxidable para el ron, el cocuy, el vodka, o el aguardiente. Los poemarios de Ludovico Silva: el poeta más lacra de nuestro tiempo, y Sor Juana Inés de la Cruz: hombres necios.

Recuerdo que varias veces caminando por Sabana Grande Gustavo me preguntaba: ¿Dónde aprendió tanto Sor Juana Inés?, y yo le respondía que de sus encierros con Dios y de sus escapes por el mundo. Era claro que se masturbaba fantaseando con el propio Cristo, decía Gustavo. Una experiencia religiosa la dotaba de versos poderosos, pensaba en mi silla giratoria. Una experiencia así también la puede provocar el contacto de una cuerda con el cuello, un pie en el piso y otro pie en el vacío, a solo un paso de sumergirse en la nada, el instante le da un valor ingrato a toda clase de fuga.

Días después del entierro de Gustavo en el Cementerio del Este tuve que ir por petición de su madre a lidiar con la monstruosidad que había dejado su hijo. Al parecer yo era el único capacitado para ordenar y examinar todos los escritos relacionados con la (excesiva y minuciosa) investigación y documentación personal. Incontables pilas de libros me reprochaban las tareas pendientes. Bocetos y dibujos en bolígrafo me sometían a una labor casi arqueológica de levantar hechos imposibles.

La casa de Alto Prado estaba bajo los efectos siniestros del suicidio de Gustavo. Las personas que rondaban la casa también estaban bajo la sombra del suceso. Se movían de un lado a otro, como espectros agitados por el parentesco y la locura. Yo también estaba bajo la impresión del suicidio de Gustavo. La expresión que todos podíamos demostrar en la inmensidad de esa casa, construida por los padres ingenieros de Gustavo, con el fin de destinar ese espacio al habitar de la máxima felicidad posible de todos, era el asombro de una ruina de proporciones arquitectónicas molesta. En cada pasillo un eco insistía en un dolor sostenido. No sólo estaba el olor de libros viejos y cosas guardadas en cofres, vitrinas y gavetas, sino el olor mismo del encierro y de la muerte.

Tanta tristeza gris como la niebla. Ordenar y examinar. Era algo que hubiese querido él, decía la madre de Gustavo, que continuaras con aquello que habían emprendido juntos. Algo que hubiese querido él. Cinco palabras que formaban un deseo desagradable. ¿Algo que hubiese querido él? Realmente no lo sé.

Era ya una incomodidad dolorosa para mí sentarme en el escritorio de trabajo de Gustavo. Ordenar y examinar los escritos relacionados con nuestra investigación acerca de la identidad lectora caraqueña. Una investigación que se trataba de un trabajo inédito en la escuela de sociología, que exigía el más alto grado de concentración y calibración, porque toda labor innovadora promovía una destrucción paulatina del cuerpo, así Gustavo.

Mi mayor malestar fue encarar entre confusión y lágrimas la monstruosidad de mi amigo. En medio del desorden tenía la sensación de estar asfixiándome a la orilla de un río.

Es lamentable que sean siempre esas personas que quisimos tanto por su talento y cuya cercanía era tan amena y especial, aquellas en las que descansaban nuestras esperanzas, las primeras en irse, las que tienen el valor descarado de matarse. Comprendí que muchos en un momento determinado son aniquilados por la monstruosidad de sus vidas. Uno puede decidir lidiar con ella, asumiendo que incluso tal monstruosidad nos amenace y haga de nosotros algo más terrible. No existen garantías de lo que podamos llegar a construir. Los costos de construcción son elevados y demenciales. Todos tenemos un punto decisivo en nuestra vida en la que podemos evadir o acometer y terminar nuestra monstruosidad, asumirla como una obra de arte escandalosa que sólo podemos afrontar en un desamparo absoluto, solos, y en donde todo está en nuestra contra.

Rabia espumosa. Gustavo me había dejado con sus Pobres Gentes y Noches Blancas. Me había dejado el pelero. Ahora me tenía que debatir solo con la monstruosidad que habíamos emprendido juntos, una empresa intelectual de construcción que no podía ejecutar nadie más que nosotros, porque muchos tenían esos deseos de construir algo pero no todos estaban capacitados para construir. Ya en una ausencia donde la desgracia era impeorable buscaba la empatía del suicidio. Me parecía digno de valor que alguien de forma violenta decidiera irse de este mundo estúpido. Pensándolo fríamente en mi silla giratoria me pareció que ahora podía estar mejor, que fue la decisión más sensata que pudo haber tomado. Sé que esto resulta descarnado, pero me alivia pensar así.

Sólo quedan reflexiones póstumas del suicidio de Gustavo. La vida por muy caótica que fuera tenía que seguir. En esa casa de Alto Prado hice un recorrido inquieto de los espacios vacíos de un criminal cuya tesis violenta nunca retrocedió ante nada. Era parte de mi duelo convertir esa desgracia en una obra, reconstruir los hechos de la manera más egoísta posible, asumiendo un estado de agotamiento mayor, una forma desesperada de conservar a mi querido amigo en las tinieblas letras, en el éxtasis del recuerdo.

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Alexander JM Urrieta Solano

Proyecciones meteorológicas

La ONU será una de las promotoras oficiales de la Tercera (y definitiva) Guerra Mundial.

El fin será establecer el sueño de la Industria de los recursos humanos: un Estado ultra-ecologista totalitario global, cuyo fundamento estará en que debemos apoyarnos en una lucha común, creada por nosotros mismos, la basura humana, inhabilitada para encarar el horror.

Necesitamos patrocinadores de moda, gurúes del entretenimiento que nos digan cómo tenemos que pensar de la manera más positiva posible. En medio de tanta incomodidad y pesadilla queda el refugio de la lucha por la preservación del oído y el cerebro.

Nuestra idea de la Libertad se trata de un acuerdo de censuras. Que aceptamos como cuando instalamos un programa: sin leer los términos y condiciones porque es demasiado extenso. La libertad es un postulado de la imaginación para evadir nuestras carencias individuales.

El discurso del desarrollo, el consumismo y libre mercado hay que llevarlos hasta que el cinismo por arte de magia sintáctica pueda justificar hasta las acciones más ruines, tanto en los países donde todo es maravillosamente ordenado (y nos fascinan porque nos hace sentir inferiores en nuestra amarga realidad), como en los países incapaces de gobernarse solos. No perdamos el tiempo enlistando los fracasos. Todos nos llevaríamos un reconocimiento por méritos al esfuerzo: dejar este mundo peor que como lo encontramos.

Se necesitan intervenciones absolutas para garantizar el bienestar de la humanidad, todos encaminados en una sola dirección: acabar con las diferencias. Hitler siempre fue para la humanidad el verdadero mesías de la cultura occidental. A diferencia del Cristo, hay evidencias claras de que existió en la historia un teutónico con ínfulas de sadismo.

La aniquilación de la crítica. Una política repugnante que poco a poco hemos ido aceptando con la inocencia de una criatura cuya imaginación fue diseñada por Walt Disney. Sin una capacidad de pensar situaciones más complejas que las que se venden todos los días en las pantallas, en las parodias para disfrutar mientras se eyacula y libera dopamina, porque reflejan algo oscuro de nosotros pero que no tienen nada que ver con lo que acontece en el ahora, la vida artificial que sugieren los anaqueles brillantes, plástico y circuitería innecesaria. Estas son las fronteras donde reposan las esperanzas.

El logro del progreso humano, la virtud de su estupidez, radica en su capacidad de superar en conjunto todas las distopías que tanto le aterraban en el pasado. Un pasado que no le interesa porque su contemplación se pierde en la infinita línea de novedades de ensamblaje.

La velocidad no permite dedicarle el tiempo adecuado a las cosas que pueden resultar vitales para entender lo que acontece todos los días. Estas inquietudes también son el resultado de un cinismo escandaloso, porque en el fondo, muy en fondo, poco nos interesa el porvenir de la humanidad, mucho menos la humanidad trivial de un país, que asumió hace rato su existir en la nostalgia.

Tenemos que estar enfocados en nosotros mismos, y eso tal vez resulta ser lo más molesto, cuando sabemos aparte que no le importamos a nadie.

Pero no se preocupe, siga en la suyo. Sea feliz y tenga muchos hijos.

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La isla, mi ciudad

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“La actualidad no tiene esperanza, y la actualidad no tiene futuro: el futuro será exactamente de nuevo una actualidad.

Estaba tan asustada que había permanecido todavía más quieta dentro de mí. Pues me parecía que finalmente iba a tener que sentir.”

Clarice Lispector

Estaba muy cansada del trabajo. Creo que una de las cosas que se me hace más difícil es mantener la compostura. Transmitir esa mirada tranquila frente a las personas que me quieren.

Quiero dar la impresión de que siempre conservo la calma y que soy fuerte, que puedo maniobrar en cualquier tipo de situación extrema. Aunque en realidad, son más las veces que me desmorono por dentro que las que puedo demostrar al exterior con franqueza.

Siempre sucede algo, como que al final de cierto punto, algún percance o situación trivial nos termina quebrando, y una se pone a llorar a cántaros en alguna soledad de vagón de metro, regresando de algún sitio agitado. En medio de los ruidos molestos y ese ambiente de asfixia general de roedores humanos, de personas agotadas como yo, con las mismas ganas de volver a sus casas. Tomar la ducha fría, si por suerte se tiene agua.

Vivir en Caracas me ha servido para refinar un tipo de silencio que me hace sentir distinta.

Me cuesta darme a entender. A veces para economizar palabras cambio algunas emociones por signos. Un ejercicio que cuando no es absurdo es indispensable para combatir el aburrimiento. Es como si se tratara de un juego personal, una especie de trama donde registro un lenguaje esotérico que me sirve para lidiar con mis rabias y tristezas, de sentirme siempre otra, de que me haya acostumbrado a sentirme cada vez más irreal.

Toda mi vida aprendí a verme con otros ojos. Y esto lo fui comprendiendo cuando empecé a sentir esos cambios toscos en mi cuerpo. Y ese ritual familiar donde cada miembro cercano empieza a decirte cómo tienes que asumir esas transformaciones. Esa obligación de tener que siempre ser linda, de llamar la atención a los hombres, como si en algún punto pasara de ser una niña a una valla publicitaria que pide una atención desenfrenada. Atención que a estas alturas de mi vida no me interesa.

Hay una especie dolor general que he sentido en mi generación. Es como si en la ciudad solo hubiese aprendido a tener miedo de todo lo que no soy

Me molesta a veces que muchos hombres, que corresponden a una muestra de interés, se disocien de la idea de que una mujer lea entre líneas. Quizá no he tenido la mejor de las suertes. Prácticamente he podido hacer una lista sobre las cualidades innatas de hombres que solo viven para ser modelos de lo que nunca se tiene que ser. La lectura no es un requisito, pero ayuda a descartar ciertas cosas y nos ahorra tiempo. Un amigo siempre me comenta que los hombres no sirven para nada. Ellos asumieron un compromiso para el cual ni siquiera fueron llamados.

Al comentar estas cosas siempre sale el comentario falaz de que soy feminista y que ese odio hacia los hombres no me hace una mujer accesible. Todos se van por los argumentos más fáciles de llevar. Sin escatimar esfuerzos en la inteligencia. Porque los hombres cuando piensan en estas cosas llevan todo pretexto a la potestad de mi vagina, y aparecen los contrastes de la cultura general, de las lecciones aprendidas en una pedagogía de guerra de los sexos y chistes de mal gusto, adjuntos de revistas y sopa de letras.

Están los extremos de que por mi condición pensante o soy rígida, o termino montada en un pedestal, porque mi aspiración más grande es tener a un hombre que me trate como una dama, algo que desde pequeños nos enseñaron, pero ¿acaso alguien simplemente no puede aprender a respetar al otro, sin conflictuarse por las distinciones? Esa idea me genera en primera instancia un imán de atracción.

Para desgracia de mi género, o de todas las grandes historias de las ideas que incluyen al género, los radicalismos establecen siempre las mejores definiciones en la masa ignorante. También con el tiempo me he dejado de mortificar por debatir con personas que sé que no tienen el mínimo interés por debatir, solo imponer su postura como si se tratara de una marca de refresco, postura política o creencia religiosa.

Muchas personas en su mayoría no están en la disposición de escuchar, sino que están concentradas en elaborar una respuesta mientras no escuchan. Responden en función de lo que le están diciendo, y de eso que apenas han retenido pero no comprendido, hacen de la comunicación un ejercicio que mortifica hasta las piedras.

Esas discusiones sobre mi condición femenina me tienen sin cuidado. Después de todo, una es la que tiene que ver cómo no permite que la sigan histerizando en esta ciudad, en este país, en este mundo, que gira en su propio eje y se apoya de un filoso falo, que por cuestiones alegóricas lo llaman en las mitologías como el Atlas. Otro hombre más.

Resulta todavía sorprendente para algunos hombres que una mujer lea, y que sobre todo escriba, con algunas deficiencias, todas las cosas que piensa. Este mundo de adultos y televisoras nos ha metido en la cabeza que las mujeres en primera instancia no piensan. Sobreviven gracias a su frivolidad y su insana batalla contra el tiempo, porque además tengo la obligación de mantenerme joven a los ojos de Dios y del resto de los hombres no tan dioses.

Pero es entendible. Estas prácticas son atribuidas a los hombres, porque nos han enseñado que nosotras no hacemos esas cosas, nuestras capacidades han sido direccionadas de otra manera. Como que sí. Al final esas mismas barreras de estereotipos nos dictaron lo que el mundo siempre ha sido.

Pasan los años y veo a las que por un tiempo fueron mis compañeras tan dependientes de sus parejas y sus oficios depresivos, sometidas en diversos grados a esa norma horrenda de tener que ser mujer, enfocadas en demostrar que son lindas y que aparte de eso son más felices que otras. Amigas que a pesar de tanta preparación no están satisfechas consigo mismas, no pueden concebir otra manera de mirar su cuerpo, ni mucho menos extender nuevos horizontes, porque pareciera que esa mirada masculina con la que se miden solo despierta rencillas entre ellas y nosotras, ante la broma que expresa un mundo donde tenemos que prostituirnos (de alguna manera) para que puedan tomarnos en serio.

Mientras se trata de vivir sin sosiegos, a nuestro alrededor pareciera que nunca dejamos de darle insinuaciones al mundo, plagado de malicia y lujurias.

Sobran los enfermos. Los hombres comunes e irrespetuosos, que parecen cortados de la misma tela embarrada en mierda, que pretenden que por cualquier cosa banal tenemos que abrirle las piernas, o tolerar con silencio e impotencia sus groserías al caminar por las calles.

¿Cuántas veces me he sentido violada por los relieves y las miradas de otros?

¿Cuántas veces sentí la traición de mis compañeras cuando en un consenso de vivencias una tiene que asumir la culpa de sus miserias? Aceptar que las cosas nos ocurren por ser tan putas.

Ante cualquier amenaza como mujer siempre tendré la culpa: porque estaba sola, porque nadie me mandó a estar en el lugar equivocado, todos juzgan de una forma tan severa las vidas que desconocen. Evidenciar cualquier error es una forma de ser tan vulnerable en estos tiempos de imágenes e hipocresía.

No quiero reducir estas molestias a la dificultad de ser mujer, pero si la de resaltar la idea de tener que existir en un mundo así y tener que ser mujer. No es lo mismo. Cada quien ha interpretado su reivindicación de la manera más viable posible. Muchos no entienden que el feminismo es uno de los tantos resultados lógicos de tantas luchas contra la diferencia que ha tenido la humanidad.

Todas las otredades han tenido que actuar de manera radical y desesperada porque el orden del mundo es tan sádico que no hubo ni hay otra manera de hacer las cosas. Esas reducciones de los esfuerzos por parte de las personas que adoran generalizar me indigna como ser humano. Críticas provenientes de seres insignificantes que no entienden el valor que tiene la palabra Lucha. No tengo que hacer de mi vagina una bandera cuando en toda mi esencia puedo establecer una completa batalla por mi gente. Mi dignidad, maldita sea.

Qué importante es aprender a reconocer los monstruos de las rutinas y la infancia. Eso es algo que Caracas me ha enseñado de la manera más hostil.

A veces cuesta aceptar que muchas de las experiencias giran en la mera idea causal de haber sido mujer. Y una tiene que aceptar esta tristeza de ser otra sin cuestionamiento porque en cualquier momento alguien te condecora con el título de loca, de que te falta sexo y aventuras, de que cada veintiocho días tengo que avergonzarme porque me sangra la raja.

Una no tiene que conformarse con las vacilaciones del mundo que solo te quiere meter el pene-paquete de que somos el País de las mujeres bellas. Como si solo bastara ese consuelo de reconocimiento tan superficial, de ser la Barbie idiota de mis círculos familiares y amigos, objeto de deseo y culto, pero propensa a que ante cualquier arranque de fobia pueda terminar flotando en el Guaire.

No puedo evitar pensar cuántos siglos de locura se evidencian en mi cuerpo, en mis palabras, en estas inquietudes amargas de sentirme sustancia y estar tan calmada ante tanto bochorno global, de esculturas célebres deportivas y descerebradas por la industria.

La ciudad es violenta de tantas maneras. Mi identidad es la de una máquina de asalto, una máquina de follar, hacer hijos y de propuestas carnales.

A pesar de los esfuerzos y esta sororidad que puedo compartir con todas mis amigas y extrañas, cada quien en su soledad asume una existencia vital como si se tratara de una isla. Somos un cúmulo de islas, de memorias comunes.

Estamos atrapados en esta ciudad invisible que pareciera estar gobernada por las apariencias y los crímenes. Aspiramos un aire más consistente para tener mejores ideas.

A falta de algo que ya no existe, Caracas siempre está surgiendo como banco de arena que exhibe sus ruinas, y que siempre permanece igual, indiferente a nuestros movimientos.

En ruinas como yo. Que existe con orgullo visceral, en este cuerpo mío.

Alexander JM Urrieta Solano