Un Relato polar para Falke

Por una sugerencia asistí con una amiga a un recital de poesía en el Celarg. Un encuentro de poetas que para mi asombro y casualidad, celebraba su quinto aniversario. Oficio Puro se llamaba el grupo, como el poema del Chino. Con un aforo que no llegaba a quince personas, cosa que me dio a entender el poco nivel de convocatoria, y a su vez la precaria situación del país y las dificultades que había para llegar al encuentro. Casi todos los miembros eran personas que pasaban los cincuenta: viejos, porque ahí lo que predominaba era eso. Hablaban de que querían incentivar a recuperar los espacios del Celarg para las nuevas generaciones de artistas.

La cosa es que fui por la iniciativa de otra amiga, con el fin de poder conocer a través de ese evento a un compañero de filosofía que está organizando un movimiento interdisciplinario, el cual por sus propuestas me vi inclinado a participar. Luego de conocernos por fin en persona, antes de que la sesión comenzara, nos comentó a mi amiga y a mi, el mismo asunto de que los viejos necesitaban de que los jóvenes asumieran la batuta de trabajar por el país. La idea es que como grupo interdisciplinario, se nos facilitaran los espacios para que pudiéramos realizar nuestras actividades: charlas, talleres, seminarios, discusiones…debates. Porque bien sabemos que hay mucha gente dispersa por ahí con ganas de trabajar, pero la cosa es dónde reunirnos.

Se dio inicio a la sesión extraordinaria. Nos presentamos. El filósofo planteó su propuesta y la necesidad de crear un grupo conformado por estudiantes de diferentes ramas del saber, con el interés común de generar un conocimiento nuevo con propuestas accesibles que motivaran a otras personas a acercarse a los espacios del Celarg. Cuando llegó mi turno manifesté la urgencia que hay de recuperar espacios y promover que personas de diferentes formas de pensamiento se llegaran, pues las coyunturas exigían un compromiso mayor por parte de los jóvenes, o al menos las personas que tuvieran la intención de formar parte de un cambio significativo.

Se veía que estas reuniones eran íntimas y herméticas, por la actitud confianzuda de los miembros y la calidez con que fuimos recibidos. Todo parecía tranquilo hasta que surgieron las palabras que en todo evento que asisto me da a entender que estoy sumergido en otro paraíso polar. Una participante, cuya profesión era maestra, luego de su agradecimiento y manifiesto de alegría por los años participando en Oficio Puro, en mitad de todo este entusiasmo tras una pausa, mencionó las palabras mágicas: “esto es posible sólo en revolución.” Algo por dentro me revolvía, pero decidí no darle vuelta a sus palabras, porque lo que importaba era el poesía. Yo me encontraba allí por ella.

Luego entre charlas de la constituyente vi que los que estaban reunidos allí apoyaban tal acción desmedida del gobierno, y luego una de las organizadoras mencionó que ella había vivido tiempos históricos y sacó a relucir el trillado 27 de febrero, “un día trágico donde vi que mataron a mucha gente…” Y entonces otra vez el malestar en el estómago, quise mencionar que cuál era la diferencia de lo que estaba pasando ahorita con lo que ocurrió en el Caracazo, porque parece que la fecha del 27 se volvió un fetiche discursivo que se ha usado tanto que resalta un cinismo ingrato y tenaz con el ahora. Y es que termina en una oda a la ceguera y el descaro que oculta aquello que acontece en el ahora, de jactarse y decir que unos hacen historia y otros no. Que hay luchas más importantes que otras. Que hay días donde unos son pueblo y otros no. Que la cuarta era terrible y tal…pero ni de vaina hablan de lo troglodita y asquerosa que es la quinta, ni de vaina hablan de la estrafalaria Corporación Militar que ha tiranizado (de una forma u otra) todas la rutinas de los habitantes del valle, y el resto del país. Y de nuevo esa amputación de la historia que transpiran los espacios polarizados. Obviamente no dije nada, porque lo que me importaba era la poesía. Podía de nuevo pasar estos comentarios por alto. Porque ya uno estaba acostumbrado a los lugares comunes, o cosa peor, asumir con vehemencia esa mala costumbre de calarse estos comentarios fuera de lugar. Pero pasó y listo. La poesía por encima de todas las cosas.

Tuve la oportunidad de presentar mis versos. Luego otros presentaron también sus creaciones e incluso una agrupación musical nos recordó en palabras de otra compañera que la espiritualidad también es política. Idea que me gustó bastante. Compartir versos con otros amantes es un privilegio sin importar tu inclinación política, pues el fin es la poiesis: la creación. He aquí el valor fundamental de la poesía. Luego de tantas reflexiones enriquecedoras y entre tanto compartir, la misma compañera que habló de la espiritualidad, en su éxtasis lanzó un random ¡Viva Chávez!, y como asumirá el lector, mi decepción fue tal que no pude ocultar mi indignación, y en silencio dejé que una rabia diminuta me quemara por dentro. Me pareció tan desubicado semejante consigna endémica de idolatría, que ya rayaba en lo absurdo y lo bochornoso, que para colmo fue respondida con un largo ¡Viva! que me hizo caer en cuenta que yo no pertenecía allí…pero la poesía era lo más importante, y quise rescatar las sabias palabras anteriores, espantando la niebla de aquel comentario final innecesario para un recital de poemas.

Mi amiga y yo nos vimos en silencio y nos dijimos de todo. No quise mirar al filósofo pero algo me decía que él también podía sentir aquella perturbación. Luego hubo un compartir en la terraza del piso seis donde nos encontrábamos, y en la celebración de una rifa me gané un libro que terminé dándoselo a mi acompañante. Los miembros de Oficio Puro sacaron frituras y pasapalos que repartieron entre todos. Una organizadora trajo una botella de guarapo que parecía cocuy con mango y le sirvió un shot en un vasito a cada uno.

En el brindis bohemio, se gritó al unísono:
¡Salud! (Salud… s-a-l-u-d)

¡Viva el oficio puro!
¡Viva!

Viva la poesía!
¡Viva!

¡VIVA CHÁVEZ! … (¿pero qué mierda?, pensé)
¡Viva!

Y miré a mi amiga y al compañero del grupo interdisciplinario, el filósofo, arrimado en la cornisa con vista al Wararia, que había rechazado el guarapo y no estaba brindando con nosotros. Una decepción tirana se había apoderado de mi.

Luego al concluir el compartir pidieron una foto grupal. La cual acepté por el mismo tema de la poesía… mentira, lo había hecho como parte de una cortesía protocolar, pues la poesía ya me valía verga. Entonces la fotógrafa cuadrando su plano, nos pidió que dijéramos Poesía…

¡Poesía! (Poesía…p-o-e-s-í-a)

Al tomar la foto seguida de otra…volvió a gritar:

Viva Chávez….y el grito rebotó en la sala.

Me quité de la foto y aceleré el paso con mi amiga para tomar el ascensor y bajar rápido de aquel sexto piso, no sin antes hacer una despedida a distancia, mientras las puertas del ascensor cerraban con lentitud. En la entrada del Celarg, dimos las gracias por todo y salimos con nuestro premio libro de consolación.

Acompañando a mi amiga a su casa, ya solos, hablamos del chavisteo que empapaba a todo el Celarg y todos los espacios “recuperados por la revolución”; la ciudad estaba polarizada de tal manera que los chavistas tenían sus espacios y la oposición tenía los suyos. Cada uno con su zona de confort y el respaldo de sus intelectuales, que con consentimiento o no, habían ya vendido sus palabras a la causa donde mejor se sentían cómodos. Y eso todo el mundo lo sabe.

No estábamos claros si al final esos viejos apoderados, después de cinco años no se habrán dado cuenta que su fanatismo, que parece estar por encima de la poesía misma, terminaba por espantar a todo aquel que pudiese pensar distinto, y ponía en evidencia el abandono de los espacios y el deterioro de las instituciones que supuestamente velaban por la promoción de la cultura. Por razones obvias, a nadie le interesaba acercarse a un recital donde al final de leer versos, se atribuyera toda la fuerza creativa y el amor que muchos tenemos por las palabras, a un carajo que aparentemente fue toda vaina en la vida, pero que nunca fue un poeta.

Alexander JM Urrieta Solano

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Apuntes sobre el club de la pelea.

“Death seed blind man’s greed
Poets’ starving children bleed
Nothing he’s got he really needs
Twenty first century schizoid man.”

King Crimson – 21st Century Schizoid Man

Para este ensayo tomaremos como punto de partida el estudio de la película Fight Club (El club de la pelea), dirigida por David Fincher en el año 1999. Articulándola con las ideas de Marx, Durkheim, Weber, Simmel y Marcel Mauss, trataremos de darle una explicación sociológica a esta narrativa cinematográfica.

I Sociedad de consumo. Metrópolis y vida mental

La saturación de la sociedad de consumo envuelve al protagonista del filme en una profunda soledad citadina. El personaje asume su condición de hombre absurdo que todos los días está condenado a cumplir las mismas tareas; lo alienan y producen en él una sensación de extrañamiento con el mundo. Una subordinación a los objetos: el fetiche de sus logros como hombre común. Según Marx, “esta dialéctica entre el sujeto (el hombre en sociedad) y el objeto (el mundo material), en el cual los hombres subordinan progresivamente el mundo material a los objetivos de ellas, con lo cual van transformando estos mismos objetivos en necesidades” (Giddens, 1998:61); el insomnio y la desesperación es uno de los tantos síntomas que padece el protagonista de Fight Club, un ser gastado por la rutina de su oficio. “Al alienarse de su propia actividad, entrega el poder sobre esa actividad a un extraño” (Marx, 1974:63).

La mayor parte de los hombres pasa su vida precariamente instalada en habitaciones transitorias y masivamente construidas…El ritmo de la vida individual pierde autonomía y espontaneidad y distinción cuando queda atrapado en una corriente de tránsito y debe marchar de acuerdo con la velocidad del camino…Semáforos que nos dicen cuándo parar y cuando seguir la marcha; parece que manejamos cuando en realidad somos manejados (Van den Haag, 1974:128).

El individuo es el objeto más cuidadosamente fabricado por el sistema capitalista. La cultura occidental parece montada sobre la nostalgia de “uno”, sobre la identidad (Ibañez, 1992). Los individuos se vuelven seres sin importancia colectiva, de ahí quizá la necesidad de definirnos a costa de los demás: de crear desesperadamente un otro que nos defina en los espacios de la metrópolis. La división burocrática del trabajo, en términos de Weber, constituye la “jaula” en que se obliga a vivir a los hombres modernos. La sociedad de consumo sumerge a los individuos al régimen de la rutina mecanizada, que altera la vida mental dentro de las metrópolis. Para el estudio del paradigma de la ciudad, George Simmel se apoya en un sistema de oposiciones, contrastes y conflictos:

En su opinión la ciudad metrópoli, sede de la división del trabajo, la economía de mercado y la compartimentación burocrática, fragmenta al sujeto colectivo. Los valores comunitarios revientan. La metrópoli afecta la vida mental del individuo, cercena su experiencia anímica: lo instala en la weberiana “jaula de hierro” de la cultura objetiva y, en ocasiones, en los intersticios de los mundos paralelos. Como en Durkheim, el advenimiento de la sociedad industrial, ocasiona en el sujeto en tránsito, de lo rural a lo urbano, de lo tradicional a lo moderno, un colapso de personalidad (Cajas, 2009:70).

El individuo está inserto en el colectivo y la deuda por definirse es endémica y grotesca. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror. La libertad se hace costosa a medida que nos vamos adentrando en nosotros mismos. La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación. La ciudad es el espacio ilusorio por excelencia; es una suerte de parque temático que recrea lugares y tiempos que no le pertenecen. Condiciona a sus habitantes a la rutina mecanizada: a la máxima secular de que el tiempo es dinero.

La primera característica de la moderna civilización maquinista es su regularidad temporal. Desde el momento de despertar, el reloj marca el ritmo del día…la reducción del tiempo y el espacio, la normalización de la producción y los productos, la sustitución de la habilidad por el automatismo, y el aumento de la interdependencia colectiva son, en suma, las características esenciales de nuestra civilización maquinista (Mumford, 1974: 71).

Es necesario subrayar que la metrópolis es el terreno genuino de esta cultura que crece más que la personalidad (Simmel, 1974). La ciudad viene a ser la compresión del espacio. Es la síntesis vuelta estructura tangible de todo el discurso moderno, dotado de instituciones que tienen como finalidad amoldarnos y hacernos aptos para vivir en ella. Ajustarnos a un modo de vida racionalizado que está por encima de los impulsos y gustos individuales. Fight Club viene a ser una crítica a la condición esquizofrénica del hombre moderno dentro de la metrópolis, y sus últimas consecuencias.

Las ciudades son, en principio, la sede de la más elevada división económica del trabajo…Las condiciones decisivas de la división del trabajo…obligan al individuo a especializarse en una función de la que no pueda ser fácilmente desplazado por otros. Es decisivo que la vida ciudadana haya reemplazado la lucha contra la naturaleza por la supervivencia, por la lucha interhumana, por la ganancia…Todo esto constituye la transición hacia la individualización de los rasgos mentales y psíquicos, que la ciudad provoca en proporción a su tamaño (Simmel, 1974:114-115).

El protagonista en su condición absurda busca actividades somáticas para soportar el peso de su rutina, pasando de la autoayuda grupal, a la destrucción individual y colectiva. En este mismo orden de ideas, es importante mencionar la ruptura que sufre la cotidianidad del protagonista con la llegada de dos personajes cruciales para toda la trama del filme: Marla Singer, la otredad femenina, objeto de deseo negado y vínculo afectivo con la realidad; y por otra parte está Tyler Durden, un vendedor de jabón que conoce al protagonista en un avión, que viene a ser el antagonista y la representación del antihéroe moderno, el desviado por naturaleza.

II La casa, rincón de la trama.

Son interesantes las alegorías que podemos exponer a partir de una interpretación de los espacios dentro del filme. El protagonista, obsesionado con los productos de una compañía de inmuebles, construye su casa ideal: ilusión de estabilidad dentro de la sociedad de consumo. Un apartamento lujoso repleto de objetos, que luego es consumido por las llamas de un incendio. Este suceso marca un arranque crucial en el desarrollo de la historia, puesto que obliga al protagonista a desplazarse a otro lugar: al espacio de Tyler: una casa abandonada y en ruinas, relación directa que toca el deterioro mental del protagonista y su realidad.

La casa es un cuerpo de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad. La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma (Bachelard, 2010). La Casa de la calle Paper se convierte en el espacio donde se desarrollan los personajes del filme. Esta viene a ser el rincón de universo donde el protagonista construye su ensueño y macera su locura. Todo esto en la medida que propugna su destrucción.

El interior de la casa adquiere un sentido real o imaginario de intimidad, de secreto o de seguridad. Cada rincón de la casa cumple un objetivo en particular donde conviven los personajes: habitaciones, el sótano, la cocina y el jardín. Dentro de sus límites está la posibilidad de construir toda una red de situaciones reales y ficticias. “El espacio adquiere un sentido emocional e incluso racional por una especie de proceso poético a través del cual las extensiones lejanas, vagas y anónimas se llenan de significaciones para nosotros, aquí” (Said, 2010:87).

Dedicamos un segmento especial a la casa puesto que es donde se desarrollan hechos puntuales que nos abren a la psique de los personajes y la continuidad de la historia. La casa, para los personajes, es un espacio que revela hechos y alberga recuerdos. Tenemos por ejemplo el baño: lugar íntimo y pequeño, donde Tyler y el protagonista hablan sobre su pasado. La ausencia del padre los une en un sentimiento común, cosa que explica tal vez la negación a toda figura de autoridad, producto del abandono, que a su vez define la soledad de los personajes, que se buscan y se necesitan mutuamente. Otra escena particular dentro del mismo espacio es la caída del diente del protagonista. Los dientes, se les podría designar como el primer ordenamiento, no siempre de manera visible, pero sí cuando se abre la boca. Los dientes al estar ordenados se traducen en la esencia del poder en general (Canetti, 2010). Que un diente del protagonista se desprenda y se pierda en el lavamanos señala el primer indicio de desorden en la identidad. La sugerencia de inestabilidad dentro del filme puede tocarse desde su extracción dental.

El sótano es uno de los espacios más sugerentes. Es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos (Bachelard, 2010).  En la casa de Tyler cuando llueve el sótano se inunda (se producen lagunas); hay una escena particular donde el protagonista dice: “every time it rained, we had to kill the power”, es decir, cortar la luz.  Todo se hace a oscuras. Lo subterráneo controla fuera de sus dominios. El sótano encuentra una totalidad por la profundidad: por el inconsciente.

III Los que se piensan como grupo

En la actualidad el cuerpo viene a ser un compendio de imágenes.  La inconformidad del protagonista lo lleva a construir una suerte de alter ego, dotado con todas las características que el mismo dentro de la realidad no puede cumplir. Crea un héroe ideal, o en este caso un antihéroe ideal. Desde un otro creado a partir de él, encuentra todos los recursos necesarios para que el mundo sea como él quiere. Produce un desplazamiento de la responsabilidad del yo. En sentido general, es dos veces otro: el hombre corriente preso de sus necesidades materiales; y está el otro, ser que se define por un apetito voraz por el caos.

Hay que prestar atención al discurso que se construye en torno al cuerpo dentro del filme. Diariamente se nos presentan cuerpos esculturales. El cuerpo es maltratado o manipulado en determinados acontecimientos sociales que lo toman estrictamente como objeto (Augé, 2004).

Gran parte de la actividad ritual guarda relación con el cuerpo individual. En algunos casos, este vínculo del cuerpo individual con el cuerpo social se inscribe por el propio cuerpo (circuncisión, excisión, escarificación, etcétera), que significa a la vez la identidad individual y la relación con los demás, precisamente por la relación con los demás (2004:68).

Tomamos por ejemplo todo el conjunto de órdenes que definen al Club de la Pelea: el enfrentamiento de los cuerpos entraman toda una economía del dolor, de liberación y catarsis colectiva. Podemos decir que los rituales constituyen una suerte de Potchland, cuyos elementos fundamentales son el honor, el prestigio, la riqueza y la obligación de devolver estos dones. “La relación del don envuelve tres obligaciones, de dar, de recibir y de devolver” (Mauss, 1971: 204). Esta intersección produce un círculo vicioso de derroche, una competencia agonística, pues está regulada por la ley de exceso y pérdida, recibir implica la obligación de devolver más (Ibañez, 1992). Los dones en el filme son traducidos en golpes y mezcla de sangre. Lastimar y ser lastimado, comprenden un conjunto de prácticas recíprocas que definen al Club, que después experimenta su metamorfosis al momento de definirse como Compañía. Todo esto, sin nunca perder su condición de secta, pues opera de manera subrepticia, y sus relaciones culturales se basan en el secreto y los actos vandálicos nocturnos, que afianzan los lazos de solidaridad mecánica dentro del grupo, usando el término de Durkheim. Estos vínculos de cohesión tienen una estructura agregada o segmentaria, es decir, se componen por grupos de clan que son muy semejantes entre sí por su organización interna: su unidad como un conjunto de ideas y sentimientos comunes (Giddens, 1998).

El hombre rebelde asume su papel como agente de caos, representado directamente en la figura de Tyler, personaje detonante que impulsa al protagonista a crear el Club de la Pelea. El Protagonista actúa como si en él no existiera ningún otro, sin embargo mientras se va desarrollando la película vemos cómo este construye una doble alteridad que le permite transgredir las normas, acto que se traduce en liberación. De ahí radica el poder que produce, y el estado de hipnosis en el que sumerge a todos los miembros del club, ya sea por su obsesión monomaníaca, o por la dominación que puede llegar a producir por su carisma. Carisma que Max Weber define como:

La cualidad de una persona individual considerada como una cualidad extraordinaria…El elemento que determina la efectividad del carisma es el reconocimiento de sus sometidos. Se trata de un reconocimiento libre, nacido de la entrega a una revelación, al culto del héroe, y garantizado por una prueba, que originariamente era siempre un milagro (2012: 121-122).

La primera barrera que hay que superar es la tiranía del cuerpo. Tyler como representación de la ruptura y desarrollo de  la trama, propone la autodestrucción como forma de liberación. La renuncia material como forma de resistencia. Hay que ver la relación simbólica que juega el jabón dentro de los sucesos en el filme. El jabón entendido como un objeto para purificar y limpiar el cuerpo, pero a su vez, un producto cuyos ingredientes también pueden provocar la destrucción: la glicerina como base de la higiene y la dinamita.

El club incrementa en la medida que viola sus propias reglas: “Do not talk about the fight club”. Se piensan como un grupo destinado a propagar el terror: el quiebre definitivo del sistema emprendido por el Proyecto Caos. El grupo opera en lo oculto, dentro de los límites de la casa en la calle Paper. La identidad individual de cada miembro se trasmuta a la identidad de la Compañía de Jabones (Paper Street Soap Company). Todos se piensan y se sienten como parte de una totalidad que auspicia su propia destrucción. Todo basado en su condición clandestina, rasgo característico de una secta.

Se distinguen por la concentración de un escaso número de mandamientos y prohibiciones; también sobre pequeños grupos de prosélitos que se conocen entre sí perfectamente bien. También está concentrada al máximo su disciplina, el reconocimiento y adoración de un Cristo viviente entre ellos (Canetti, 2010: 375).

Bibliografía

  • Augé, Marc. (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Editorial Gedisa, España.
  • Bachelard, Gaston. (2010). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, México.
  • Cajas, Juan. (2009). Los desviados: cartografía urbana y criminalización de la vida cotidana. MA Porrúa librero-editor, México.
  • Canetti, Elias. (2010). Masa y Poder. Alianza Editorial, España.
  • Giddens, Anthony. (1998). Capitalismo y la moderna Teoría Social. Idea Books, España
  • Ibañez, Jesús. (1992). Más allá de la sociología. El grupo de discusión: técnica y crítica. Siglo XXI Editores, España
  • Marx, Karl. (1974). “El trabajo alienado”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Mauss, Marcel. (1971). “Ensayo sobre los dones, razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, Sociología y antropología. Tecnos, Madrid.
  • Mumford, Lewis. (1974) “La rutina mecanizada”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Said, Edward. (2010). Orientalismo. Random House Mondadori, España.
  • Simmel, George. (1974) “Metrópolis y vida mental”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Van den Hagg, Ernest. (1974) “No tenemos medida de la necesidad ni la desesperación”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Weber, Max. (2012). Sociología del poder. Alianza Editorial, España.

Alexander Urrieta Solano

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Los Condenados del Paréntesis

Muchas veces uno expone ciertas ideas que lo comprometen al destierro. La realidad me da argumentos válidos para seguir viendo el futuro con escepticismo. No soporto esa forma imperativa y enfermiza de sujetarnos al pretérito ¿Por qué los viejos insisten tanto en atarnos con la misma soga con la que enrojecieron sus cuellos? No he conocido un pueblo tan nostálgico y avergonzado de su propia historia como el de este país mestizo; tan consecuente en su ejercicio de recordar falsas raíces, pues le sale sencillo imaginarse un país sintético, concebido por los delirios de los vejestorios enfrascados en su vicio de orden y progreso: única alternativa de vida, porque al parecer todo era prosperidad y alegría… “Éramos felices y no lo sabíamos”; si el lamento se esconde en esta irrisoria expresión popular, me atrevo a confirmar más bien que “nunca” fuimos libres de pensar otra felicidad. Éramos, y seremos felices, bajo los efectos somáticos de la sociedad de consumo. Lo más perturbador de todo es la incapacidad de problematizar el presente sin elaborar ningún tipo de reflexión lúcida, lejos de alguna presunción polarizada que propicie la niebla entre los séquitos, que necesitan el respaldo de una voz mayor para poder pensar. Si todo tiempo pasado fue mejor, eso refuerza la idea de un presente insostenible, pues hay una necesidad de alcanzar el porvenir, recuperando eso que quedó atrás. Anhelar no tiene sentido si hay ausencia de movimiento.

Tengo miedo de este letargo insomne que irradian mis contemporáneos. Vivimos en un mundo con poco sentido de lo real. El cinismo y la amnesia esporádica son indispensables para sobrellevar el ritmo escandaloso de la segunda década del milenio; a este paso vamos acelerando nuestra extinción ¿quién se atreve a negar que nosotros procuramos comenzar primero? Hicimos nuestro mejor esfuerzo para tocar el fondo: el monopolio militar y la hegemonía de los pranatos, junto con la ficción del mercado han llevado a este pueblo a la ruina. Creo que nos entregamos deliberadamente al papel del Mejor país del mundo; desde el principio el excremento del diablo logró satisfacer nuestros más insanos caprichos. La obsesión monomaníaca de salir del sub-desarrollo, sin mencionar la invención del otro y el tercer mundo, el proyecto de naciones, empresa y sociedad de castas, la tierrua y la sifrina, adecos y copeyanos, chavistas y opositores… me atrevo a decir que nuestra compleja identidad se concentra en los certámenes de belleza y las marcas de cerveza ¿Acaso fuimos otra cosa? ¿Tiene algún sentido cardinal rendirle culto a Bolívar o a una Arepa? ¿Cómo se piensa un País, desde el tuétano, o el reflejo? Matar a nuestros dioses conlleva toda una épica del desencanto. No podemos desprendernos de nuestras cicatrices culturales, pero si engendrar antihéroes, pues la epopeya se ha quedado corta para saciar nuestras necesidades. Tampoco la corona de Barbie idiota saciará este sentir trágico de país, mucho menos los clasificatorios del mundial. Para los venezolanos, la ingenuidad ha sido siempre nuestra mayor virtud; por la risa hemos aprendido a ocultarlo todo.

La desgracia de esta generación de los noventa fue haber nacido entre un paréntesis, fin de siglo, poco nos convencen los sueños de nuestros padres, y aparte nos decepciona todo ser nacido en el nuevo milenio. Igual no podemos soslayar el uso político que le han dado los poderosos al pasado; las tiranías más grandes no se han ejercido por el control de los fusiles, sino por el dominio de las palabras: la ventaja de poder re-inventar o deformar la historia, a gusto del opresor de turno.

La modernidad ha perfeccionado la creación de engranajes. El autómata estructural se ha convertido en un rasgo connatural: sujetos embrutecidos por el alcohol y la televisión, la industria del odio y el morbo, la soledad virtual y las falsas supremacías morales. No pongo en duda que nosotros por un desfase entre un milenio y otro padezcamos cierta anomalía decadente.  Igual ahora todos somos medidos por la misma vara del mercado, burdas piezas para perpetuar el caos, y sin embargo uno hace el intento de llevar la contraria, igual la contracultura se somete al gasto y al consumo. Empresa inútil, cuando de las contradicciones se produce movimiento vital. La ontología de la felicidad radica es su imposibilidad de conservarse estática. Maldito afán de los machos racionales, que pretenden alargar el instante con cualquier artilugio moderno, que no nos impresione que busquemos agregar más horas al tiempo. La existencia es la brevedad más cuestionada del ser.

Ese gusto de portarnos como hordas. Perros sin dueño. Nos organizamos sólo para despedazar, nunca para crear. Uno predica con el ejemplo, imaginen cuánta pedagogía pública puede ofrecernos el espectáculo de la picota, el desmembramiento del otro, vil ladrón que debe pagar su incomprendida existencia… ¿qué necesidad y desesperación lleva a los hombres a robar? El linchamiento tiene para muchos un sentido práctico y terapéutico, casi orgásmico, donde la rabia se descarga sin penas ni decoro. Se cuenta con la aprobación de una multitud desquiciada que vive a gusto con la violencia. El evento convoca a sus enfermos, los roles se asumen de forma casi premeditada, se improvisa la escena: los que golpean y buscan sangre, los que gritan Desnúdenlo y quémenlo, los voyeristas que graban, pues ahora todo queda registrado para el deleite de nuestra propia miseria…y luego el momento que todos esperan: La apoteosis del fuego: La quema de Judas. Cada grito del condenado en llamas es un demonio que sale por su boca; así la muta inquisidora alcanza su redención. Hay que prestar atención al clímax de la liturgia urbana: un ambiente tenso y excitante; una alegría terrorífica, casi incomprendida, proveniente de un público histérico que sin darse cuenta ha sido poseído por nuevos demonios; sólo falta que todos como grupo vayamos corriendo hacia el abismo, pues hay que concretar nuestra historia en un suicidio colectivo, para que nos recuerden como próceres prematuros. A veces tanta estupidez resulta insoportable. Duélale a quien le duela, los tiranos y malandros también van al cielo. La hipocresía y la mentira habitan en proporciones desiguales, pero existen en cada uno de nosotros. Ese profundo odio por el otro se ha vuelto la sustancia vital del ahora. Este país polar no es una excepción a la regla, es una prueba fehaciente.

No quiero sonar fatalista. Tampoco pretendo hablar con la verdad, no puedo hacerlo, ni quiero nunca jactarme de tenerla. Hay muchas personas que hacen parcela de su verdad y viven tranquilos hasta el fin de sus días, (egoístas innatos, como las bestias polares). Ideal  si no te empeñas en convencer a los demás, sin considerar que eso también es una forma de dominación. No sé cuánto tiempo me tome entender que puedo acercarme a cierta versión de la verdad, en la medida que acepte las infinitas versiones de los demás. Sé que resulta imposible abarcarlo todo, pero me sentiría nefasto si no hiciera por lo menos el intento de contemplar el mundo de otra manera. Pienso que es la virtud subrepticia de los nacidos en un paréntesis, la capacidad de colectar lo mejor de varios mundos, pues toda lógica de vida es divina. Uno quiere su cuerpo en la medida que acepta que no es como el de otros; uno abraza su cuerpo con la misma intensidad que necesita para aferrarse al otro.

Alexander Urrieta Solano

Valle de Caracas, 11 de abril de 2016

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Polarización y negación del otro en Venezuela

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No puedo pretender que el otro piense igual a mí, pero me conformo con saber que piensa algo, que macera ideas: que produce conocimiento. Me desagrada que el sentido común a veces lo utilizamos estrictamente como elemento decorativo, para alardear de que somos cultos y que estamos por encima de otros; un pequeño complejo de superioridad que, sin duda todos padecemos, pero en distintas proporciones.

Pedirle a los venezolanos un poco de lucidez en tiempos decadentes parece ser demasiado. Como ya en varias oportunidades lo he expresado, considero que vivimos en una sociedad saturada, ausente de valores, donde el otro ha pasado a ser el enemigo acérrimo de esta crisis que se conjuga con lamentos individuales y medios de comunicación modernos que han atomizado todo acontecimiento: mensajes e imágenes viniendo de todas direcciones, teniendo como objetivo claro moldear a las masas en un sentido político e histórico: distrayendo e impactando a todo un mundo, un país…una audiencia.

Hablando de forma general, los venezolanos tienen la curiosa costumbre de saltarse las normas mínimas de convivencia, y también algunas máximas. La virtud esconde los complejos, y la insana impotencia de todo lo que (como pueblo) no alcanzamos a ser: quizá una suerte de venezolano moldeado hasta el cansancio con un Manual de Carreño sea el fin de aquellos que hablan de Civilizado-Orden-Progreso… o esa palabra que se usa de forma tan laxa y nociva: Cultura. La estrategia de facilitación para actuar de esa manera, producida por nosotros, tiene al menos dos aristas: Según la primera, nos consideramos seres virtuosos cuando nos referimos a nosotros mismos. Según la segunda, consideramos al otro un ser cuestionable por donde se lo vea. El otro siempre hace cosas reprochables, mientras que uno no. Entonces, cuando uno comete una infracción, uno no está actuando como uno, sino como el otro, por eso es indispensable eliminarlo.

Esta forma de relacionarnos de los venezolanos implica una serie de presupuestos; el primero de ellos dice así: para ser bueno no hay que ser como otro, sino como nosotros; por otra parte, el segundo presupuesto tiene que ver con suprimir al otro, que siempre es malo, esto quiere decir que: si me comporto como el otro, es decir, si me comporto de manera negativa, no debo ser atacado por ello, pues una vez que yo lo elimine a él, nada de él podrá manifestarse en mí, y seguiré siendo tan bueno como siempre.

La consecuencia inmediata de esta manera radical de conducirse es un tipo de sociedad conformada por personas egoístas, centradas en sí mismas, y que de paso, viven al margen de la norma o, mejor dicho, se valen de la norma según su propia conveniencia… Esas personas, en definitiva, actúan como si en ellas no existiera ningún otro. Todo lo ajeno es indiferente. El venezolano no sabe ponerse en el zapato del otro.

El venezolano polarizado es un ser aturdido, confundido por los cambios bruscos de los líderes que idolatra, aferrado a una realidad donde los contrastes son inexistentes, en otras palabras, es un consumidor compulsivo de ideología, incapaz de producir criterio propio de aquello que le rodea. Esta polarización se ha extendido en distintos espacios de la vida cotidiana, donde las más diversas instituciones públicas y privadas (educativas, religiosas, policiales, militares, etc.) así como sectores sociales, se han puesto a favor y en contra de una de dos posiciones: gobierno y oposición, generando un agotador clima de tensión socioemocional, y distintas expresiones de violencia. La realidad de los venezolanos se ha convertido en un drama enervante.

Con la polarización se han multiplicado los estereotipos (el chavista es así y los opositores así, el fiscal de tránsito, la mujer operada, el político, el militar, el sifrino de acá es así y el que viene del barrio así), las descalificaciones, la discriminación y la exclusión a través de referencias a la condición de clase, etnia, raza u otras características grupales o partidistas, comprenden toda una visión del mundo dentro del imaginario de una mente radical, polarizada, que mira el espacio donde se encuentra con extrañeza porque no sabe dónde está.

La Viveza Criolla por ejemplo, es el resultado de una filosofía de vida impuesta por nuestra desconocida carga histórica construida a partir de epopeyas y Estados mágicos. Recordemos que una mentira dicha mil veces se vuelve verdad. Pienso que el individualismo es una condición presente en todas las sociedades capitalistas; el egoísmo no puede ser atribuido a una idiosincrasia perdida en América Latina. Si nuestro egoísmo existe, está para hacernos creer que somos los únicos que padecemos en el mundo, y eso está muy mal, porque nuestra percepción es inútil y limitada. Con una visión tan reducida del mundo ¿cómo aspiramos cambiar la realidad?

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Demasiada televisión inútil vendiéndole ilusiones a la gente, demasiadas cirugías embrutecedoras para los que no soportan aceptarse como son. Buscamos desesperados la identidad y reconocimiento por aquellos que piensen igual que uno. Demasiados “intelectuales” faranduleros haciendo estragos en sus seguidores, que andan buscando más rating que introspección en sus oyentes, nadie promueve a la autocrítica. Hacer un llamado a mirarnos en el espejo es promover al caos. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror, por lo cual la libertad se hace costosa mientras emprendemos ese viaje. 

La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación: la ciudad tiene su propia concepción de ella, y cada individuo (racional-occidental) la asume como la única posible; en esta incongruencia de adaptar nuestras necesidades a un espacio reducido de universo, radica la mayor dificultad de la existencia; incongruencia espacial que nos mantiene sumidos a los límites establecidos de una cartografía urbana, que más allá de los peligros que la definen, son los rasgos opresivos, aquellos que nos mantienen con vida en la jungla de concreto y nos definen como ciudadanos.

La libertad, al igual que la democracia, son palabras que todos conocen pero nadie entiende, por el hecho de que ambas resultan ser ambiguas y por qué no decirlo, banalizadas. Nuestros políticos han sabido cómo lubricar al pueblo por medio de las palabras, porque el pueblo sufre de amnesia esporádica. Con la polarización cada sector se ha aferrado a las palabras dándoles un significado que para el otro No es válido, fuera de orden. Se rechaza automáticamente no por el significado, sino porque proviene del otro lado.

Tenemos el caso de la violencia en Venezuela, por tomar un ejemplo, donde dos visiones del mismo fenómeno a pesar de que buscan el mismo fin no pueden establecer diálogo entre ellas: “Queremos paz”, dice el Gobierno; “No queremos Violencia”, dice la oposición… unos están a favor de la paz y otros en contra de la violencia. Sin duda ambos buscan un fin, pero siempre y cuando no incluya al otro, que busca otra cosa. Resulta hasta tonto caer en este tipo de discusiones, tampoco es la idea.

Nadie sabe quién inició el conflicto entre los dos, pero como queríamos terminar rápido, lo iniciamos nosotros primero… y así funciona el ouroboro de la idiotez venezolana. Una masificación del odio, la verdadera dictadura del pensamiento. La no aceptación de nosotros y al mismo tiempo, la negación del otro, porque no existe: lo maté Yo.

Podemos hacer una gran lista del doble discurso llevado por la polarización política en Venezuela, respaldado por un nacionalismo que no ha hecho otra cosa que marcar las diferencias entre nosotros sobre el tema de: ¿Quién ama más a Venezuela, o ellos o nosotros? (Por tomar otro ejemplo) Se toma como referencia el mismo punto de partida: un amor exacerbado, pero limitado a cuestiones paisajistas y anacrónicas, de un pueblo nostálgico que habla siempre en pretérito. Anhelando cosas que nunca ha tenido, envidiándole los logros al otro, que siempre está mejor que nosotros. Cada uno como individuo legitima y perpetúa la narrativa del fracaso, evitando para nuestra tranquilidad la épica del desencanto: echándole siempre la culpa al Otro de los problemas que acontecen, porque uno hace todo lo puede para sacar a este país adelante (?). Estamos convencidos de nuestra condición irreversible, pero seguimos soñando con cambiar a cuesta de méritos propios, los demás que se jodan.

Uno no puede atribuir la razón a un tipo que te habla con tanta comodidad de una crisis. Los intelectuales hablan siempre desde su burbuja de saberes, nunca atacan a su gente, porque pierden aduladores, por eso he llegado a un punto donde no me los puedo tomar en serio, porque están marcados por la edad, son viejos, y me da tristeza escucharlos y justificar que loro viejo no aprende palabras nuevas, (me pregunto si ese es el destino de todos, llegar a un punto donde no nos interese aprender nada nuevo).

Demasiadas ideas al mismo tiempo… Reflexionar resulta un tormento que atenta contra la felicidad, con tanta información mejor recibir las cosas de otra boca no tan avezada en el asunto, o recibir la visión directa de alguna redacción mediocre proveniente de un medio de comunicación ultra-radical con temáticas frutales, que en vez de informar, lo que promueve es el odio, la homofobia, el machismo, el racismo, la marginalidad, la xenofobia, la idolatría política parasitaria: chasvistoide/bobositora-chabestia/escuálida, ambos grupos cada día se parecen más, pero están tan concentrados en su rabia visceral que ni cuenta se dan.

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Todo se vale, la gente normalmente suele publicar un dilema general que no necesariamente tiene que ver con ellos, simplemente lo hacen para sentirse a gusto compartiendo su miseria con otros que piensen igual. Una amputación del pensamiento. No existen conflictos si todos miramos el mismo color. La juventud venezolana, a la cual por ahora pertenezco, es patética y pusilánime. Los nuevos tiempos vienen pero el detalle es que se van quedando y acumulando los viejos. Todos quieren cambios pero nadie quiere cambiar. Es muy fácil introducir ideas volátiles en mentes en formación, y podemos ver el resultado, una generación vacía, que despotrica el ahora, desconoce el pasado, y se jacta del porvenir pero de una manera casi enfermiza porque ignora por completo su historia: no sabe de dónde viene. En una sociedad polarizada podemos ver líderes nefastos conduciendo a todo un grupo de borregos, que sólo por el hecho de ser jóvenes se creen dueños del mañana. Somos esa generación que dice que todo está en la mierda, pero que no rompe ningún plato, y sin embargo destruimos más de lo que creamos.

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Hay un placer desquiciado por la narrativa del fracaso. Ya no basta con que nos llamen latinos tercermundistas, sino que también entre nosotros nos echamos tierra encima… Lo único que faltaba para exacerbar nuestro estado bélico era tener conflictos con los vecinos, y los tenemos, al parecer: Con Colombia y Esequibo. Ahora buscamos echarle la culpa a toda una nación. Usando los medios para armar fiestas mediáticas, que llegan con total éxito a una audiencia ignorante, que responde siempre de la mejor manera; manera que le interesa a todos estos que nos gobiernan: invocar el oprobio entre los semejantes, distraer a las masas de los verdaderos problemas, de problemas concretos, que tienen que ver con el reconocimiento del uno y del otro.

La Guerra Económica, el acaparamiento, la escasez… todas, ficciones creadas por nosotros mismos. Nosotros llevamos la cuenta de nuestra miseria, no venezolana sino humana; la que contamos día a día y compartimos a unísono, en una soledad rectangular virtual, donde hay comedia y violencia conviviendo en armonía. El sadismo se ha normalizado, y no hay que poner en duda que nuestra idiotez también.

Un bombardeo de imágenes por todos lados. Nuestro ego-centrismo criollo se ha vuelto nuestro principal producto de exportación ¿Por qué como individuos sin importancia colectiva pretendemos que nuestros problemas son los más grandes del mundo? ¿Acaso nos hemos atrevido alguna vez en preguntarnos cómo piensa el otro, sin antes haber armado todo un prejuicio de Él? ¿Te has atrevido a mirar el mundo de otra forma? Preguntas incómodas, porque sabemos que ni el mínimo esfuerzo hacemos, a mí no me interesa que piensa ese Otro; pero sin embargo entra en conflicto con lo mío.

El odio no nos deja pensar. Lo más triste es que nos joden por los lados que desconocemos. El caos necesita de cómplices ignorantes, de autómatas estructurales, de gente resentida por los años. La negatividad con la que cada polo percibe al otro ha funcionado como repelente social para movilizarse políticamente. Hay que cuidarse de lo que dice o hace el otro, a la espera en vigilia del ataque y defensa. Las hazañas bélicas se concretan en la cartografía urbana. Desde cada extremo hay que movilizarse y demostrar la fuerza del grupo, ya sea tomando plazas o esquinas…siempre una lucha que termina en bailoterapia estafadora donde se reclama o se exalta lo que se desconoce.

La Polarización en Venezuela se sostiene a partir de un discurso que va siempre en contraposición al otro: a ese que piensa distinto a mí. La reducción de todas las problemáticas a un planteamiento dicotómico (entre ricos y pobres, chavistas y escuálidos, boliburguesía y burguesía), han re-planteado nuestra cosmovisión de lo que debería ser un país; el escenario de un país divido aparentemente (y de forma casi imperativa) en dos visiones de mundo.

Marchas, contramarchas, toldos y módulos donde vociferan la verdad unicolor; una conscripción de un modo de pensar incuestionable: uni-versal y radical. Las temáticas están diseñadas para que el individuo en su formación de identidad nunca abandone su grupo, y a su vez, evitar todo tipo de encuentros con el otro. El fin de la polarización es perpetuarse a sí misma, haciéndonos pensar que el otro es culpable de todo… ¿Algún radical en su libre voluntad se atreve a decir que ha intentado escuchar o dialogar? Mentira. Aquí nadie se ha tomado la molestia de saber qué piensan los demás.

Lo que más me molesta de este asunto es la aceptación constante de esta problemática, y la obligación de tener que escoger una visión del país: O estás con ellos o con nosotros… Vienen las elecciones, tienes que decidir el futuro del país… pues estamos del lado correcto de la historia. Los extremos no permiten contrastes grises. Para el radical es inaceptable llevarle la contraria, y mucho menos decirle que está equivocado…

En conclusión, pienso que hemos permitido que unos rancios determinen el curso de nuestro destino, y que en los últimos años no hemos hecho otra cosa que definirnos en posturas radicales, evitando por todos los medios contemplarnos en el espejo. Aquí yo no le pido a nadie que sea héroe y olvide todo lo aprendido, lo que sugiero es re-pensar; tarea compleja pero que tampoco es imposible. El problema radica en creer que cambiando la realidad podemos cumplir nuestros sueños, pero nadie nos ha sugerido que lo mejor es cambiar nuestras formas de soñar dentro de la realidad.

Nadie te pide que cambies el mundo, pero sí tu forma de verlo…

 Alexander Urrieta Solano

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Referencias:

– Fotos de las 2 gorras: BBCMundo “Opositores llevan una gorra. Oficialistas otra. Todos los días.” fuente:http://www.bbc.com/…/140829_venezuela_familia_dividida_dp

– Winnie de Pooh: “safely endangered meme viveza criolla” fuente:https://www.facebook.com/bananarepublicofvenezuela

– “En Venezuela no hay racistas…” Fuente: Twitter @ArrobaDanilo

– Sra con franela de chávez: “yo soy chávez” fuente:http://laiguana.tv/images/03_Marzo/11/YO-SOY-CHAVEZ-C.jpg

– Sras opositora: s/t’itulo fuente: http://factormm.com/…/2015/05/MarchaCcs6-150×150.jpg

– dibujo al final: “Polarización en Vzla” fuente:http://conceptodefinicion.de/…/PolarizaciC3B3nVenezuela…

Líneas de vagón

Dicen que el saber es poder, yo diría que más bien es incertidumbre.

Por lo menos vivir en Caracas es una incertidumbre. Creo que todas las ciudades tienen sus formas de enervar a sus habitantes. La ciudad nos asfixia con cualquier cosa… el detalle entonces está en saber cómo respirar sin partirte la tráquea. Al menos siendo intenso uno puede serlo.

Supongo que no puedes compartir mi locura querido amigo, pero si comprenderla.

Verás:
Uno se niega a morir de aburrimiento. Hay días donde prefiero dejarme secar por el sol. Caer en coma etílico. Desmayarme con el mejor orgasmo, de esos que vienen cada tantos días, cuando los pares están de humor y las hormonas hacen bien su trabajo; Mercurio retrógrado es cómplice de mi empresa, de mi afán por volverme loco en esta puta ciudad, tan cara… tan erógena.

Tú de algo tienes que estar seguro, los caraqueños estamos malditos de algún modo. Pobres ricos. El diablo supo criarnos y amarnos a su modo. Dios nos escucha, pero nunca admite que poco se esfuerza, porque él incluso duda de su propia existencia… es una ironía que así se mueva la fábula de la vida, supongo que así funcionan las cosas: en un perfecto caos orbitante.

Uno se pregunta cómo se logra abrazar la distancia. Escupir al piso y perforar los techos del infierno. Una saliva ácida como esa que se macera en nuestra boca es la que necesitamos en estos nuevos tiempos de cólera y estupidez contagiosa. Tiempo difíciles, que ya dentro de nada serán pasado e historia. Aquí estamos condenados al olvido. El instante nos quiere a todos autómatas cocainómanos. Ya el mañana no importa porque ya no existe el hoy. Estamos expuestos al caos inminente. Cavamos nuestra tumba.

No pongo en duda que la soledad es un síntoma que aparece cuando habitas en ciudad. Es como un cáncer que hace metástasis cuando te empiezas a acostumbrar a los muebles, a la televisión por cable, a las comidas instantáneas, a la comodidad permanente, a la servidumbre y los impuestos; lo cotidiano nos mata de forma silenciosa, pero no tenemos que preocuparnos por eso… se supone que es un proceso natural.

Como que todo esto ha sido planeado. Todo se ha hecho a medida de un mandato de los cielos. Digamos que fuerzas poderosas controlan los hilos de nuestro andar…entonces: a la mierda todo. Me pronuncio ante la codicia de los enanos.

Caracas ha estado enferma desde hace tanto tiempo. Cuántas ciudades padecen estados terminales. El mundo se ha vuelto un lugar caótico…tan incongruente, que lo ideal es no perder el tiempo buscándole un sentido. Vivimos en un mundo infestado de tanta información, que por ser tanta, nos da asco acercarnos a ella. El saber pronostica terror. Pocos se atreven a adentrarse en su interior para contemplar la sublime insignificancia del ser. Temo sentir la derrota en mis huesos, nada en este mundo se puede cambiar.

Cada día estoy más convencido de que  Caracas cuenta los días para que el Ávila se lo trague.

La fantasía de por medio calma la irritación producida por el odio. Es por eso que soy de vez en cuando feliz: ridículamente feliz. Saludos de nuevo, querido extraño. El valle a pesar de todo nos
sigue queriendo.

Alexander Urrieta Solano

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El fútbol y otros complejos de inferioridad

Los venezolanos queremos ser más desgraciados que los desgraciados, y los medios de comunicación con su despliegue de discursos petulantes masivos logran siempre su cometido: embrutecer al pueblo. Páginas de “información”, que me atrevería a decir que son más de tetas y farándula política y deportiva. La gente a falta de noticieros televisivos busca el respaldo a través de las redes sociales, porque también el periódico y la radio en este país son un compendio de los más sublimes radicalismos… digamos que las consecuencias por todos lados resultan ser desmotivadoras. Las redes sociales han cristalizado más la polarización en el país, y el criterio en la mayoría de los casos prefiere guardar silencio ante la aberrante búsqueda de pulgares arriba, que sólo sirven para la inflación del ego y la decepción paulatina del contexto país.

Con las redes sociales ahora cualquier idiota puede ser tomado como intelectual, hecho del cual yo, como mísero bloguero (si esa es la categoría donde me tengo que reducir), me resulta imposible escapar. Quizá como muchos pretendo la formación de un discurso con contrastes grises, donde pueda a lo sumo encontrarme con las diversas opiniones del lector. Pero saben, llega un punto donde uno se siente como imbécil por tratar de armar un discurso distinto, que no venga de una oposición boba desquiciada o de una fanaticada ortodoxa chavista. La verdad esta lucha por tener la razón me tiene sin cuidado. No me importa, porque siempre llegamos a un punto donde estamos totalmente equivocados y nadie nos dice nada. El precio de la idiotez de los poderosos, lo terminan pagando aquellos que nada tienen, los que no saben si comerán el día de mañana, ellos no tienen tiempo para las reflexiones, pero nosotros sí, todos aquellos que pueden recibir suficiente oxígeno en el cerebro para cavilar; creo que todos somos capaces de re-pensar. Triste el que no pueda. Pienso que uno desde su enfoque, armando ideas no desde una postura privilegiada pero si lo suficientemente pertinente como para establecer críticas a todo, puede de algún modo esgrimir al monstruo de la inconformidad, atacar con ilusión y rabia al fantasma de las causas perdidas; uno puede chocar el carro como mejor prefiera, pues nada está escrito en piedra, y la libertad de expresión es viable si te sabes expresar con propiedad.

Porque así como muchos venezolanos yo también me siento asqueado por la realidad que vivimos diariamente. Soy un ser humano, y por lo tanto, también mortal, con las mismas necesidades que otros: como-cago-tiro-y me quejo; el costo de la vida ha jodido la existencia de todos por igual. Sin embargo me cuesta sentirme identificado en este mega-relato de Derrota que es muy popular entre los venezolanos, que raras veces ponen en duda la realidad. Cuando no se cuestiona nada empiezan las declaraciones rotundas que más que nauseas provocan lástima, y más sobre todo si se pronuncian en voz alta. Uno puede hacer una recopilación de todas las ridiculeces que habla la gente en la cotidianidad, y tiene suficiente material como para hacer una antología de la idiotez del venezolano. Esa falta de tacto y sentido común, de egoísmo cegador. Pura idolatría partidista, con algo de trastorno consumista. Como si el consumo compulsivo fuese un derecho otorgado por la Divina Providencia, o un mandato estricto de los cielos. Desde cualquier ángulo estamos jodidos.

Imagínense a esas mujeres que andan en la vida con el autoestima por los suelos porque siempre creyeron que eran feas. Vivimos en un mundo donde la mujer tiene que convertirse en una suerte de mujer ficticia, irreal, que lucha contra el tiempo a punta de cirugías y cremas rejuvenecedoras, no olvidemos que “Salud es belleza”, hay que prestar atención al constante bombardeo mediático de aquellos productos que forman parte de nuestro consumo diario. Tanto que llegan a ser miembros de nuestra familia. Cosa terrible dejar que un niño pase más de diez horas viendo un canal de comiquitas, donde ahora gran parte de lo que mira el niño es tele-compra, el niño simplemente es un vaso siendo llenado por la baba ideológica del mercado. Con el paso del tiempo, que no nos extrañe que nuestras nuevas generaciones sean hasta cierto punto carentes de reflexión. Creo que lo mismo pasa con el discurso de la Derrota y el Fracaso. Se ha hecho populoso decir que a los venezolanos nunca nos ha ido bien, que allá afuera existe un mundo donde hay cosas mejores que nosotros, que es la primera vez que la gente sale para buscar la vida mejor… pero yo me pregunto ¿qué coño es la vida mejor? Unos indignados dirán, cualquier cosa que no esa esto, pero igual la respuesta me resulta ambigua todavía. Me molesta que desde las masas siempre hablen por uno; como si uno no tuviera la voluntad ni el suficiente raciocinio como para construir algo diverso y productivo (al menos para mí). En el intento de indagar uno corre el riesgo de ser tildado como comunista, loco, socialista, enfermo… también hippy o chavista, la gente está pendiente de encasillarlo siempre a uno. Hay que darle también nombre a las cosas que no podemos comprender.

Porque ahora cualquier cosa que evoque la izquierda es malo. Pensar distinto es malo. Las reflexiones nos sacan del marco de la cotidianidad caótica, y nos permite abarcar las problemáticas desde muchas vertientes. Pero, quién tiene tiempo para eso… “aquí lo que hay que hacer el tumbar el gobierno” “Aquí lo que hay que hacer es matarlos a todos” “aquí lo que falta es un demócrata preparado” “aquí lo que falta es un empresario que  ponga a producir” “aquí falta alguien de afuera que arregle este desastre”… y podemos seguir con nuestro rancio inventario de humanidad perdida en constantes vicisitudes. Complejos grandes arrastramos desde la colonia, con ese asunto de que hay mejores y peores. El cuento del mestizaje se quedó corto ante tantas desigualdades.

Así nos pasa. La cosa es que nos dijeron que había naciones por encima de nosotros. Recuerdo muchas veces en el colegio, la profesora nos mandaba a repetir que éramos un país sub-desarrollado pero en “vías de desarrollo”; tengo la certeza de que mi maestra no tenía idea del daño que nos estaba haciendo. Creernos menos porque carecemos de ciertas cosas; pensarnos como escoria, despreciar el saber producido en esta tierra, es síntoma de endorracismo: de no aceptación de uno mismo, ni de su cuerpo ni de su mente, desde una plancha de cabello para alisar el pelo malo, hasta las comparaciones con países “históricamente superiores” que lo que hacen es respaldar el hecho de que nosotros no servimos para nada: porque somos latinos, mano de obra para los extranjeros pero bazofia andante en su  propia tierra, ¿alguien me explica tan mutilada contradicción? Sin embargo nuestro estatus nos hace pensar que somos en algunos aspectos superiores a otros. Veamos un ejemplo, en el cual trataremos de hacer un breve análisis de discurso (a modo de aficionado) de un texto extraído de la página humorística: El Chigüire Bipolar, en donde hace comentarios respecto al partido de futbol de Venezuela contra Perú, en el cual salió victorioso por un gol el equipo blanqui-rojo. Definitivamente el fenómeno del futbol como evento globalizador y totalizador embrutece a más de uno, por eso con toda razón es el deporte rey por excelencia:

YA ESTÁ BUENO, ¿OK? LLEVAMOS AÑOS QUE SOLO NOS PASAN COSAS MALAS ¿Y AHORA ESTO? ¿Y CONTRA PERÚ? PRIMERO LAS COLAS, LA INFLACIÓN, LOS CAPTAHUELLAS Y AHORA PASA ESTO… YA YO NO VEO LA LUZ. Deberían llenar el Orinoco de helado de chocolate para que nos llegue a todos los venezolanos y se nos pase la depresión. O liberar el dólar o algo, pero que nos pase algo bueno POR FAVOR. Yo sé que seguimos clasificados, pero igual; me siento triste. Voy a emborracharme de todas formas, pero por tristeza… que es distinto. Mañana igual es viernes, los viernes no se trabaja”.

No sólo perdimos, sino que perdimos contra Perú, algo que al parecer resulta humillante. No es mentira para nadie la forma como se ha construido el estereotipo de los pueblos del sur en nuestra tierra caribeña, como si no faltara que en sistema mundo los latinos seamos la mucama predeterminada o la puta sexy de alguna película de acción norteamericana, para nosotros los peruanos son cotorros, sucios, feos, y el que más me gusta de todos…indios. Porque recordemos toda la carga que trae consigo el indio, asociado de una vez con retraso, o no civilizado. No es casualidad que en la serie popular de Isla Presidencial (por tomar un ejemplo obvio) el personaje de Evo Morales sea uno de los más chistosos de la serie, cumple con todos los requisitos para personificar el retraso de los pueblos: es indio, habla raro, tiene un acento cómico y es, en la mayoría de los casos, un poco tonto, pero lo importante es que nos hace reír. Nos entretiene y nos conmueve. Lo importante en occidente es aprender a reír. Reírnos de nuestras desgracias pero sobretodo, saber reírnos del otro. Cualquiera pensaría que soy un pusilánime, pero mis procesos me han enseñado que todo, de alguna forma u otra, tiene que ver con todo. La civilización funciona como una máquina titánica, máquina que  nunca se mueve de forma inocente. Sentirnos desdichados va más allá que un problema estatal; va incluso más allá de una politiquería infantiloide, o que no se consigan los productos de primera necesidad; o de que nuestros mesías se mueran de hambre, o que la vida de los seres humanos cada día valga menos que nada.

Lo foráneo que ante nuestra mirada viene a ser lo intrínsecamente perfecto. Asumiendo estas posturas que implican una connotación con respecto al marco geopolítico y racial, nos reducimos a la categoría latina, que encima se mezcla con el gentilicio venezolano: una criatura con severos problemas de identidad, que como otras sociedades se cree mejor que unos y peor otros. Más que diferencias, hay que buscar en qué nos parecemos al otro.

Mujeres, culitos, pasión, futbol y cerveza…tampoco olvidemos la arepa. El discurso de identidad que mueve a los venezolanos reducido a un eslogan corporativo. Lo disfrutamos, pero al mismo tiempo se le tiene un profundo desprecio. Una negación de aquello que ha definido lo que somos en el marco popular, que al negarlo lo legitimamos; suena paradójico, pero así funcionan las relaciones humanas. Parece imposible escapar de este círculo vicioso. Ahora que estamos en víspera de la Copa América puedo reafirmar que es un evento que hace brotar los peores sentimientos del hombre, me refiero al futbol como espectáculo somático y distractor. Ahora el destino de la nación está en manos de once jugadores. Si ganamos bien: Venezuela-es-el-mejor-país-del-mundo-cuanto-te-amo-estoy-orgulloso-de-haber-nacido-en-esta-tierra-rica-en-talento…

Pero si pierden pues, el país es una mierda-nunca-nos-pasa-nada-nuevo-maldita-sea-cuándo-nos-pasará-algo-nuevo-por-favor-Dios-mío-te-lo-pido-sálvanos-de-las-tinieblas-porque-aquí-nada-sirve-el-gobierno-acabó-con-todo-nunca-fuimos-felices.

Lo único que nos falta es cortarnos las venas y ambientar nuestra cólera con violines y dolores. Confuso el discurso mediocre del nacionalismo venezolano. Lo único que faltaba eran las motivadoras profesionales (ahora pongo en tela de juicio lo que hace un comunicador social) que por cada victoria de Venezuela harían un performance de desnudos, quizá con la finalidad de enaltecer el sentimiento patrio o el morbo de algunos pajizos. Todo tiene que irse al espectáculo y banalización del cuerpo. Porque quién no se motiva con las caderas de una mujer voluptuosa desnuda; a la gente le gustan los culos y las tetas porque no hablan. El fútbol como intento de reivindicación del patriotismo es un arma de doble filo, porque en la medida que nos une como “hermanos venezolanos” pone en evidencia nuestros altos niveles de ignorancia high class. El show como forma de hacer las cosas no nos lleva a ningún lado. Tampoco poner toda una carga llamada Nación en manos de un equipo que persigue un balón para anotar gol. Es tan desolador como sembrar esperanzas en eventos como el miss Venezuela, “porque después que nos han quitado todo, todavía somos el país de las mujeres más hermosas del universo”… coño, todavía queremos tapar el sol con un dedo.

Si seguimos pensando que todo es joda, quién carajo nos va a tomar en serio. A veces me pregunto para qué coño me formo como ciudadano si al final la decisión la toma el déspota seguido por sus borregos. Yo sé que esto no justifica nada, pero en un país donde la gente le cuesta pensar, difícil le resultará avanzar.  Puedo tener sentimientos encontrados con los escritores de esta página de humor insípido (el chigüire), que de vez en cuando atina en sus entradas. A veces me río bastante (porque siempre es un placer degustar de la ironía propia y ajena), otras veces siento repudio por los redactores de esta página. Es como ir al reino de Musipan, para disfrutar del parque hay aceptar las condiciones de la picota: asumir que la burla andante eres tú. Lo mismo ocurre en cualquier espacio donde se emite cualquier tipo de opinión. Se deja bien claro las influencias políticas, sociales y culturales de los administradores de esta página. El humor es una forma de atacar a través de la ironía, del cinismo y por qué no decirlo, desde el racismo, desde la denigración del otro y la negación de todo aquello distinto. La burla y el chiste son el punto de encuentro para la sedimentación de nuestro sentir trágico de la vida.

Los venezolanos somos payasos en esta vida a quién Dios destinó sufrir. Dudo que seamos las únicas criaturas en la tierra que reniegan la existencia y cada día exijen a través de la burla y el insulto, algo más accesible que la estabilidad y la paz. Una suerte de calidad de vida como la que tienen otros, de esas fantasías contadas desde la televisión por cable y el internet basura. Allá afuera hay un mundo que no se detiene por nada ni por nadie y eso nos frustra. Pensar que somos el país más atípico del mundo, donde lo insólito ocurre, donde la corrupción florece, los ignorantes son reyes, y los profetas escapan en avionetas, pensar que sólo nos pasa a nosotros… es de pajuos, o inocentes tal vez. Disculpen mi actitud lasciva, pero es la mierda con la que uno tiene que lidiar constantemente, la voz del pueblo es la voz del cielo; me pongo a pensar que esos hilos que mueven nuestras acciones están determinados por las presiones sociales, por movimientos parasitarios que idolatran a cualquier farsante que hable con la palabra de Dios, mientras normaliza su erección esperando cogerse al pueblo por donde más le duela; tampoco de esto no está desprovisto el revolucionario que al ponerse sus respectivos atuendos se hace llamar pueblo…hay para todos los gustos. El mundo está gobernado por los estúpidos. Por los violadores, depravados sexuales somos todos.

Vivir de lujos y comodidades, “poder ir a un supermercado y gastar mi plata en lo que me dé la gana”, siempre me salen con ese argumento, del cual nunca he estado en desacuerdo, pero vivir únicamente del consumo, solemos confundir la libertad con cosas tan baladíes como comprarse un teléfono o irse de viaje a Miami, pensamos que desarrollo es sinónimo de primer mundo. La globalización exacerba la superioridad de los países que aparentemente han llegado al fin de su historia, ¿pero qué pasa con los venezolanos? ¿Somos idiotas, somos tercermundista?, o la típica esa de que somos latinos, yo como individuo: ¿cómo puedo asumir que mis procesos son menos que los de otros?, qué afán de reprocharnos con todo lo foráneo, y lo peor de todo es asumir que lo foráneo es intrínsecamente mejor que nosotros ¿no damos la talla en el mercado mundial? ¿Será que somos fracasados por naturaleza?

Uno gracias a la globalización es un espectador pasivo del maravilloso mundo en movimiento, que cada día me resulta más deprimente, donde el gozo viene a ser una imposición. Si la democracia es placer y libre mercado, por lo tanto el socialismo es todo lo contrario (?), pongo en duda lo aprendido en los libros y lo expuesto por los maestros. Siempre en la praxis la gente la caga, pero demasiado; para que la teoría se cumpla necesario es siempre romper ciertas reglas, pisotear gente, destruir ecosistemas, aniquilar saberes, la idea de todo este proceso es reducir la conciencia hasta un odio puntual hacia el otro que por descarte siempre estará en lo errado, y hacia nosotros mismos, los pobres venezolanos, que hasta el día de hoy ignoramos todavía quiénes somos. Pero lo más grave y lamentable de todo este asunto, es que tampoco sabemos qué queremos.

Alexander Urrieta Solano

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La mirada violenta del no nacido

La monotonía los había convertido en autómatas. Se trataban como dos extraños que habían olvidado que se querían. Ella se había acostumbrado al borborigmo y las pastillas para la tensión. Él se volvió inmune al aliento pesticida de su esposa por las mañanas. Les resultaba divertido mirar desde la almohada su pequeño rincón de universo, donde los primeros rayos que entraban en la habitación revelaban las infinitas estrellas de polvo, que iban a parar a libros y adornos, que para limpiarlos salía mejor sumergirlos en agua que pasarles un trapito húmedo. Los caprichos del hogar le maltrataron las manos a ella, ya no tenía tiempo para rejuvenecer ni divertirse como antes. Los trastornos de la ciudad lo volvieron loco a él, con el tiempo aprendió los oficios del hombre común, se obligó a sentirse cómodo en no lugares, a disfrutar de la banalidad y el carnaval asfixiante de Caracas: las tascas el pan con ajo y la cerveza, el eructo y la distorsión del fumador pasivo, el etílico recorriendo el cuerpo, un hígado explotado trabajando por un bienestar insensato.

Ella poco a poco empezó a salir de la casa motivada por la lengua de sus amigas solteronas. Se abrazó a las prácticas esotéricas y los libros de autoayuda; entre quiromantes y coelhismos embrutecedores se ideó una filosofía de vida sintética, contaminada por novelas rosa y tramas vampíricas mediocres. Él se entregó a la fuga y al pay per view; pasaba horas contemplando mujeres voluptuosas inalcanzables, su historial se llenó de notificaciones de facebook y pornografía. Ninguno de los dos encontraba empatía en el otro, y sin embargo el mundo pensaba que todavía se querían con la misma intensidad del primer día. Era un amor de plástico. Pretendían ser jóvenes para ignorar que se estaban poniendo viejos, de que el tiempo se les acababa, que la piel se arrugaba y el sexo ya no tenía velo en este entierro. Se comportaban como carajitos. En intentos de salvación por los domingos subían al Ávila para bajar luego llenos de odio. La costumbre mata amor. Las pistoladas de la experiencia eventualmente se volvieron una realidad. Estaban asqueados de la sombra del otro.

Todo se volvió un círculo vicioso. Ella encontró el sosiego en los brazos de otro hombre. Él recreaba sus fantasías misóginas con muñecas inflables. Eran un par de ciegos que jugaban a hacerse daño, típico de los adultos que se encadenan en sus propios egoísmos. La soledad tomó consideración con los dos. En su desesperación, ella buscó muletilla en charlas de motivación personal dictadas por farsantes que dicen que el universo conspira para que nos vaya bien en la vida ¿Alguien puede concebir semejante mentira? En su resignación, él se escondió en la idiotez de la televisión por cable: los clásicos de fútbol, las series gringas de humor insípido que te indican cuando tienes que reírte, contemplar el reino animal desde un plasma se volvió una suerte de apoteosis para él. En ellos se maceraba la rabia.

Un día de abril, de forma casi inesperada, uno le terminó arrebatando la vida al otro. Qué razones motivan a los hombres a matar, y seguido en un acto cobarde matarse ellos también. Ciertos sofistas afirman que el azar determina estas desgracias. Otros menos doctos, sugieren que el occiso es el producto lógico, de una relación fermentada en ilusiones y molestias irreversibles. Creo que ella simplemente lo que intentó fue reclamar su libertad. Y él, en su complejo de kamikaze le siguió la corriente. En su locura inusitada, terminaron matándome a mí también.

Mis padres Reyes de Indias devorados por un monstruo amable llamado Ciudad. Si yo hubiera nacido me gustaría pensar que las cosas hubiesen sido distintas. De que mi presencia en esta relación hubiese marcado una pauta para evitar quizá esta inminente destrucción. No lo sé. Mi voz fue un susurro que se aferró al olvido. Después de todo, la mirada violenta del no nacido no es otra cosa que un grito absurdo, que se pierde en el vacío.

Alexander Urrieta Solano

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