Un relato polar para Vero y Alejo

Zeta vivía en Altamira. Salí de clase y me animé a visitarla. En un clima de coyuntura, ya montado en el vagón de Plaza Venezuela anunciaron que las estaciones Chacaíto-Chacao-y-Altamira no estaban prestando servició comercial. Terminé bajándome en la estación Miranda y caminé hasta el Centro Plaza. Me encontré con Zeta y luego de divagar sobre lo que íbamos a hacer decidimos matar el tiempo en la Plaza de los Palos Grandes, a pocas cuadras de ahí.

Quise visitar la biblioteca pública de la plaza por primera vez. Al llegar a la entrada vimos que estaba cerrada, entonces decidimos sentarnos en uno de los banquitos que estaban en un segundo nivel de la plaza, donde se podía tener una vista panorámica de ella. Se veía la transversal congestionada por el transporte público y los carros desviados por causa de avenida principal Francisco de Miranda cerrada; la gente tomando café y comiendo torta en el cafetín de la plaza; las colas de la cajas del Excelsior Gama como cualquier día de la semana; transeúntes tirados en las grandes cuadrículas del centro de la plaza conversando y paseando a sus perros. Una lógica donde la rimbombante crisis del país parecía inexistente.

Y aquí comienza nuestra exposición de la infamia. Porque aquí nadie merece el aplauso de nadie. Al menos de los radicales y poseídos que nos han llevado hasta donde estamos, y que han servido de referencia para manifestar estas inquietudes que escribo sin que me quede ningún tipo de remordimiento. Palabras que al final terminan siendo insignificantes. De antemano le aclaro al lector, que no pretendo menospreciar las movilizaciones de la oposición ni la indignación general que impulsa a muchos a protestar por razones más que justificadas; sin embargo, el no estar a favor del gobierno no significa que voy a hacerme la vista gorda del parasitismo y las mentiras construidas de forma inevitable desde que el país se acostumbró a vivir de la polarización, que porque estamos del “lado correcto de la historia” (supuestamente), podemos jactarnos que estamos desprovistos de pobres diablos que sin contemplación, o malvada complicidad, sacan provecho de toda esta situación que vivimos. Nadie se salva, porque el tablero actual no se puede dividir en buenos y malos, sino entre malos y nefastos: bellacos y ladrones…y en un pedazo de cielo triste, los pendejos y soñadores.

En medio de la calle, había tres muchachos pidiendo dinero entre el avance lento de los carros, cada uno con un respectivo pote de salsa tamaño industrial, recolectando fondos para la Resistencia. Con sus franelas de: “Pueblo arrecho hijos de Bolívar”, sin contar claro, las tantas franelas con el estampado de la vestimenta de los militares de la independencia: las pavosas franelitas de Yo soy libertador esparcidas y llevadas con orgullo por el municipio opositor; pero esto es una opinión personal, que cada quién se ponga el andrajo que mejor lo haga sentir. Cada quien en sus convicciones defiende una causa común, pero al final prevalece la convicción personal. Y aquí, en el alboroto de las masas, muchos la pierden, o quizá no la han encontrado todavía.

Vimos que en la plaza se había acercado una señora muy delgada en un estado tétrico de mendicidad, con un frasco en la mano iba pidiendo dinero para comprar comida porque tenía hambre. Y entonces de repente apareció uno de los vigilantes de la plaza diciéndole: “Aquí no se puede pedir dinero”, y la echó de ahí. Qué bolas tiene esta gente, pensé en voz alta, ¿estás viendo eso Zeta? ¿Alguien comprende esta ironía de la realidad país? …y comenzó a florecer dentro de mí el infinito desprecio. Quise gritar desde las alturas: ¿por qué entonces esos mocosos si podían pedir dinero ante la vista altanera de todos? ¡Hipócritas!

Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros, ¿cierto? La prioridad libertaria y el cinismo pueden pasarse por encima las verdaderas necesidades, a nadie le importan los pobres, son sucios, invisibles ante causas más importantes, y una verdadera molestia para aquellos que van a disfrutar de los espacios de la Plaza de los Palos Grandes… y todo esto ante la mirada indiferente de todos, un episodio breve que como empezó, terminó en un instante.

Mientras tanto, el grupito de la resistencia subía al segundo nivel con los potes de salsa llenos de billetes. Se pusieron en un rincón a contar el botín. Luego vi que uno de los muchachos ya con el pote vacío, lo escondió detrás de unos arbustos y cartones justo detrás del banquito donde estábamos Zeta y yo. No podía evitar expresar mi asco entre dientes. Se sentó en el banco vecino, y vimos que la chica que estaba sola desde hace rato, y que había escuchado desde llegamos al banquito todas nuestras imprecaciones, era su pareja de lucha. Me sentí alarmado, y preparándome ante cualquier ataque porque no podía esperar menos de gente tan desagradable y falsa, pero ellos ante el escándalo del dinero nos ignoraron. El muchacho con su faja de billetes, iba contando y de tantos cientos se iba metiendo billetes de quinientos de los nuevos en su bolsillo. Supongo que los héroes que viven de la necesidad y los sentires de otros, pueden darse el lujo de cobrar su arduo trabajo de pedigüeños.

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El lucro justificable de héroes que luchan por la libertad; así los pintan los medios petulantes, los intelectuales polarizados que ante tanta idolatría, pueden descartar (en su inocencia) que tras bastidores, pueden ser (así como los esbirros del régimen) tremendas porquerías generacionales. Los vigilantes de la Plaza de los Palos grandes, trabajan en complicidad con los emisarios de la causa haciendo la vista gorda, pues estos niños eran todo menos mendigos. Se llegaron todos al banquito vecino y vi sus aspectos, sus gestos y el dinero sucio entre sus manos, y entendí que esos carajos no vivían tan mal después de todo ¿A dónde se iba todo ese dinero? En mitad de una molestia, le propuse a Zeta acercarnos a Plaza Altamira, porque quería comprobar con mis propios ojos qué era lo que estaba ocurriendo allí, y conocer a los famosos seres que se hacían llamar los Escuderos. Bajando a la avenida por una de las transversales, veíamos un río de gente caminado en dirección este, buscando la entrada de la estación Miranda que era la próxima que estaba abierta. Yendo en dirección contraria, Zeta y yo llegamos a Plaza Altamira.

No sólo me impactó la tolerancia impuesta a todos los habitantes de Altamira, sino la decisión permisiva y alcahueta del alcalde, que bajo cordones amarillos y el resguardo de la policía de Chacao, habían establecido los límites del patio de recreo de los escuderos, porque eso no podía definirse como otra cosa: un patio dantesco, donde la juventud y la mediocridad jugaban juntos a la Resistencia. Asumiendo su rol belicoso, de mucha televisión, videojuegos y arrechera, respaldado por esas voces que inflaban esas ínfulas guerreras, con el calificativo de héroes y promotores de la libertad.

Quise darle la vuelta completa a la plaza para sentir la energía del deterioro del país, comprobar a flor de piel los verdaderos logros de la Revolución, el despilfarro de tantas vidas, embrutecidas por estas ganas de matarse y vivir la experiencia de estar frente al otro y destrozarlo sin contemplación. La Plaza Altamira se había vuelto un escenario que rayaba en la marginalidad y el oprobio. Pilas de botellas convertidas en bombas, potes de aceite de carro, bancos destrozados, placas robadas, los espacios rayados con mensajes claros para evidenciar el vandalismo y la imbecilidad: Caracas Loca era el grafiti que definía todo este campamento improvisado. Lo curioso, destacaba Zeta, era que las flores de la plaza estaban intactas, pues los cruzados no podían hacer nada con ellas.

A orillas del obelisco, los héroes fumaban mariguana y bebían caña. Todos en medio del éxtasis fraternal hablaban de adrenalina y acción, cobardía como señal de burla, y esa bravuconería que nos define como venezolanos resteados, que se sienten los seres más lacras del universo. Diversión sólo para criaturas recias y valientes, que convivían y aceptaban sus posturas medievales, en un ambiente donde todo se toleraba porque todos pensaban igual. Creo que lo único que podía parecerse a la gesta independentista de la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, era la supremacía del garrote y el bochinche, la improvisación y el vandalismo maquillado por aquellos que veían esto como lo más hermoso del mundo. Una señora, asumiendo su rol de profeta Isaías: “voz que grita en el desierto”, con un afiche del Sagrado Corazón de Jesús en una mano, y la bandera de Primero Justicia en la otra, golpeaba el suelo con su asta y vociferaba: “Dios mío queremos Paz. Paz… señor, protégenos del mal”. Unos guarimberos tirados en una loma la mandaban a callar. Cada loco en su rol fino dentro de la parodia. Todos encolerizados por los poderosos. El fin justifica los medios. Tenía que vivirlo para sentirlo y contarlo.

Como una esponja absorbía las energías de aquel ambiente desquiciado. Y entonces caminando con Zeta sentimos el roce de un carajo que al pasarnos por el lado, estaba sin camisa y en su mano ensangrentada llevaba un martillo. En mitad de nuestro circuito, veíamos el circo de atrocidades con otros ojos, y entonces sentí miedo, mucho miedo, porque sabía que tampoco pertenecía allí, y por un momento sentí que tal temor me delataría entre tantos seres poseídos por un extraño sentir. Temí por mi vida y la de Zeta. Veía carajos con fajas de billetes en mano, con equipos de protección desde el más rudimentario hasta el más estrambótico y costoso. Entre tanta agitación, una náusea me hizo perder los estribos, y el dolor en el pecho era síntoma de una rabia que no podía controlar. Temía por mi vida, porque no apoyaba nada de lo que estaba viendo, sentí pena y asco por todos los presentes. Y entre mí decía: sigan revolcándose en su propia mierda, hijos de libertadores. ¿Estudiantes? Había de todo menos eso. Mercenarios y faranduleros, bestias amaestradas que dudo que tuviesen algo en los sesos, más que el odio de tanto años, privados de ver el mundo de una forma distinta, sin oportunidades de conocer nada nuevo. Sentí lástima por todo. Padre, no nos perdones, porque sí sabemos lo que hacemos, pensé. El legado de los milicos logró esparcir su podredumbre en toda una generación completa, con un éxito irrefutable. Gracias políticos, por condenar a todo un país al abismo. Quiero que esto sea una memoria de un venezolano en decadencia. No pretendo que tanta gente comparta este sentir trágico conmigo. Ese es mi problema.

Vi que se acumulaba una turba en mitad de la avenida, y al divisar al horizonte en dirección oeste donde corrían todos, sólo pude divisar la delgada línea amarilla que marcaba el límite del patio y la cola de carros acumulados moviéndose al son de los pitos y el desvío. No vi presencia de Guardias Nacionales ni de Policías Bolivarianos, ni tanquetas ni ballenas. Veía a lo lejos la horda de guarimberos corriendo pero yendo a ninguna parte. Entonces comprendí que estaba presenciando un ensayo de la montonera, mientras otros los grababan y tomaban fotos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Los locales alrededor estaban abiertos y los empleados los miraban como parte de una costumbre tenaz, pues me imagino que cuando se ladillan los libertadores, estos se meten en los locales a consumir. No encontraba sentido en nada. Era todo tan falso y ridículo. Estaban los espectadores restantes de la marcha que había culminado horas antes; voyeristas, padres y representantes, fanáticos cristianos con sus creativos letreros de Dios está con nosotros: Dios nos protege: Dios cubre con su manto a este bravo pueblo… Un contraste poético con los escudos improvisados con estampados de cruces y respectivos insultos al régimen, que calaban en lo que para muchos era una cruzada contemporánea: una guerra santa justificada y bien financiada. Que no te incomoden estas palabras lector. Yo sólo escribo lo que vi. Mis palabras se quedaron cortas ante tanto paroxismo de idiotez.

Luego de dar la vuelta completa a la plaza nos regresamos por donde vinimos. Llegamos al Centro Plaza, y alterado le propuse a Zeta entrar a una librería del centro comercial. Un cambio de ambiente radical. Nos separamos para revisar los estantes. Y frente a tantos títulos de maestros y voces antiguas, las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, la debilidad se apoderó de mi cuerpo. Un llanto insostenible de rabia. Rabia acumulada de años, por ver tanto deterioro y desperdicio de talentos. Y entonces me sentí ínfimo y miserable. Y empatando todas las piezas del día acepté que nos merecíamos lo que teníamos. Declaración tan injusta, incómoda, y después de descargar mi dolor, quise descartar si era cierto o no. Pensé en todas las versiones de amigos que quiero y estimo que todos los días exponen su vida por creer en la posibilidad de un país mejor, marchando y siendo reprimidos brutalmente por la higiene social de la Corporación Militar, sólo por aspirar vivir en un país donde la gente no se odie hasta el agotamiento por pensar distinto. A mi mente entraron las miles de mentalidades que asistían a las marchas, y comprendí que esos escuderos eran el resultado lógico de una enfermedad que todos padecíamos, pero que ellos ya no tenían miedo de ocultar, porque el precio de la vida les daba igual, condenados a cometer acciones insensatas, y poner en evidencia el tremendo mal que se había acomodado en este pueblo para quedarse quién sabe hasta cuándo.

Hago el molesto contraste que tristemente los medios de comunicación (con posturas fijas e incuestionables) no promueven para evitar posturas críticas, ante el lucro del propio espectáculo que ellos mismos promueven con sus reportajes panfletarios (tan parecidos a lo que hace este gobierno de mierda), con la sutil excusa de decir que informan a la población encerrada en sus burbujas existenciales, que no se expone a los riesgos de la calle, pero que sin duda son repetidoras de la tragicomedia de todos los días. Donde encontrar espacios grises y oscuros, es lo que genera un verdadero desconcierto, pero que sin duda, nos abre las puertas a un cuestionamiento que profundiza más los problemas, pero que a la larga nos hace más reflexivos y libres del engaño. Usted si cree en una lucha, ejecútela, pero no sea cómplice de la mediocridad. Pues aquí la tiranía que hay que superar primero, es la impuesta por el pensamiento polar. Ver las cosas de otra forma no nos hace enemigos, sino que amplía nuestros horizontes. Son a través de estos pequeños detalles, donde encuentro ese camino que se aproxima y en ocasiones fugaces, se parece a eso que todos llaman libertad.

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Alexander JM Urrieta Solano

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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