Un relato polar para Vero y Alejo

Zeta vivía en Altamira. Salí de clase y me animé a visitarla. En un clima de coyuntura, ya montado en el vagón de Plaza Venezuela anunciaron que las estaciones Chacaíto-Chacao-y-Altamira no estaban prestando servició comercial. Terminé bajándome en la estación Miranda y caminé hasta el Centro Plaza. Me encontré con Zeta y luego de divagar sobre lo que íbamos a hacer decidimos matar el tiempo en la Plaza de los Palos Grandes, a pocas cuadras de ahí.

Quise visitar la biblioteca pública de la plaza por primera vez. Al llegar a la entrada vimos que estaba cerrada, entonces decidimos sentarnos en uno de los banquitos que estaban en un segundo nivel de la plaza, donde se podía tener una vista panorámica de ella. Se veía la transversal congestionada por el transporte público y los carros desviados por causa de avenida principal Francisco de Miranda cerrada; la gente tomando café y comiendo torta en el cafetín de la plaza; las colas de la cajas del Excelsior Gama como cualquier día de la semana; transeúntes tirados en las grandes cuadrículas del centro de la plaza conversando y paseando a sus perros. Una lógica donde la rimbombante crisis del país parecía inexistente.

Y aquí comienza nuestra exposición de la infamia. Porque aquí nadie merece el aplauso de nadie. Al menos de los radicales y poseídos que nos han llevado hasta donde estamos, y que han servido de referencia para manifestar estas inquietudes que escribo sin que me quede ningún tipo de remordimiento. Palabras que al final terminan siendo insignificantes. De antemano le aclaro al lector, que no pretendo menospreciar las movilizaciones de la oposición ni la indignación general que impulsa a muchos a protestar por razones más que justificadas; sin embargo, el no estar a favor del gobierno no significa que voy a hacerme la vista gorda del parasitismo y las mentiras construidas de forma inevitable desde que el país se acostumbró a vivir de la polarización, que porque estamos del “lado correcto de la historia” (supuestamente), podemos jactarnos que estamos desprovistos de pobres diablos que sin contemplación, o malvada complicidad, sacan provecho de toda esta situación que vivimos. Nadie se salva, porque el tablero actual no se puede dividir en buenos y malos, sino entre malos y nefastos: bellacos y ladrones…y en un pedazo de cielo triste, los pendejos y soñadores.

En medio de la calle, había tres muchachos pidiendo dinero entre el avance lento de los carros, cada uno con un respectivo pote de salsa tamaño industrial, recolectando fondos para la Resistencia. Con sus franelas de: “Pueblo arrecho hijos de Bolívar”, sin contar claro, las tantas franelas con el estampado de la vestimenta de los militares de la independencia: las pavosas franelitas de Yo soy libertador esparcidas y llevadas con orgullo por el municipio opositor; pero esto es una opinión personal, que cada quién se ponga el andrajo que mejor lo haga sentir. Cada quien en sus convicciones defiende una causa común, pero al final prevalece la convicción personal. Y aquí, en el alboroto de las masas, muchos la pierden, o quizá no la han encontrado todavía.

Vimos que en la plaza se había acercado una señora muy delgada en un estado tétrico de mendicidad, con un frasco en la mano iba pidiendo dinero para comprar comida porque tenía hambre. Y entonces de repente apareció uno de los vigilantes de la plaza diciéndole: “Aquí no se puede pedir dinero”, y la echó de ahí. Qué bolas tiene esta gente, pensé en voz alta, ¿estás viendo eso Zeta? ¿Alguien comprende esta ironía de la realidad país? …y comenzó a florecer dentro de mí el infinito desprecio. Quise gritar desde las alturas: ¿por qué entonces esos mocosos si podían pedir dinero ante la vista altanera de todos? ¡Hipócritas!

Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros, ¿cierto? La prioridad libertaria y el cinismo pueden pasarse por encima las verdaderas necesidades, a nadie le importan los pobres, son sucios, invisibles ante causas más importantes, y una verdadera molestia para aquellos que van a disfrutar de los espacios de la Plaza de los Palos Grandes… y todo esto ante la mirada indiferente de todos, un episodio breve que como empezó, terminó en un instante.

Mientras tanto, el grupito de la resistencia subía al segundo nivel con los potes de salsa llenos de billetes. Se pusieron en un rincón a contar el botín. Luego vi que uno de los muchachos ya con el pote vacío, lo escondió detrás de unos arbustos y cartones justo detrás del banquito donde estábamos Zeta y yo. No podía evitar expresar mi asco entre dientes. Se sentó en el banco vecino, y vimos que la chica que estaba sola desde hace rato, y que había escuchado desde llegamos al banquito todas nuestras imprecaciones, era su pareja de lucha. Me sentí alarmado, y preparándome ante cualquier ataque porque no podía esperar menos de gente tan desagradable y falsa, pero ellos ante el escándalo del dinero nos ignoraron. El muchacho con su faja de billetes, iba contando y de tantos cientos se iba metiendo billetes de quinientos de los nuevos en su bolsillo. Supongo que los héroes que viven de la necesidad y los sentires de otros, pueden darse el lujo de cobrar su arduo trabajo de pedigüeños.

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El lucro justificable de héroes que luchan por la libertad; así los pintan los medios petulantes, los intelectuales polarizados que ante tanta idolatría, pueden descartar (en su inocencia) que tras bastidores, pueden ser (así como los esbirros del régimen) tremendas porquerías generacionales. Los vigilantes de la Plaza de los Palos grandes, trabajan en complicidad con los emisarios de la causa haciendo la vista gorda, pues estos niños eran todo menos mendigos. Se llegaron todos al banquito vecino y vi sus aspectos, sus gestos y el dinero sucio entre sus manos, y entendí que esos carajos no vivían tan mal después de todo ¿A dónde se iba todo ese dinero? En mitad de una molestia, le propuse a Zeta acercarnos a Plaza Altamira, porque quería comprobar con mis propios ojos qué era lo que estaba ocurriendo allí, y conocer a los famosos seres que se hacían llamar los Escuderos. Bajando a la avenida por una de las transversales, veíamos un río de gente caminado en dirección este, buscando la entrada de la estación Miranda que era la próxima que estaba abierta. Yendo en dirección contraria, Zeta y yo llegamos a Plaza Altamira.

No sólo me impactó la tolerancia impuesta a todos los habitantes de Altamira, sino la decisión permisiva y alcahueta del alcalde, que bajo cordones amarillos y el resguardo de la policía de Chacao, habían establecido los límites del patio de recreo de los escuderos, porque eso no podía definirse como otra cosa: un patio dantesco, donde la juventud y la mediocridad jugaban juntos a la Resistencia. Asumiendo su rol belicoso, de mucha televisión, videojuegos y arrechera, respaldado por esas voces que inflaban esas ínfulas guerreras, con el calificativo de héroes y promotores de la libertad.

Quise darle la vuelta completa a la plaza para sentir la energía del deterioro del país, comprobar a flor de piel los verdaderos logros de la Revolución, el despilfarro de tantas vidas, embrutecidas por estas ganas de matarse y vivir la experiencia de estar frente al otro y destrozarlo sin contemplación. La Plaza Altamira se había vuelto un escenario que rayaba en la marginalidad y el oprobio. Pilas de botellas convertidas en bombas, potes de aceite de carro, bancos destrozados, placas robadas, los espacios rayados con mensajes claros para evidenciar el vandalismo y la imbecilidad: Caracas Loca era el grafiti que definía todo este campamento improvisado. Lo curioso, destacaba Zeta, era que las flores de la plaza estaban intactas, pues los cruzados no podían hacer nada con ellas.

A orillas del obelisco, los héroes fumaban mariguana y bebían caña. Todos en medio del éxtasis fraternal hablaban de adrenalina y acción, cobardía como señal de burla, y esa bravuconería que nos define como venezolanos resteados, que se sienten los seres más lacras del universo. Diversión sólo para criaturas recias y valientes, que convivían y aceptaban sus posturas medievales, en un ambiente donde todo se toleraba porque todos pensaban igual. Creo que lo único que podía parecerse a la gesta independentista de la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, era la supremacía del garrote y el bochinche, la improvisación y el vandalismo maquillado por aquellos que veían esto como lo más hermoso del mundo. Una señora, asumiendo su rol de profeta Isaías: “voz que grita en el desierto”, con un afiche del Sagrado Corazón de Jesús en una mano, y la bandera de Primero Justicia en la otra, golpeaba el suelo con su asta y vociferaba: “Dios mío queremos Paz. Paz… señor, protégenos del mal”. Unos guarimberos tirados en una loma la mandaban a callar. Cada loco en su rol fino dentro de la parodia. Todos encolerizados por los poderosos. El fin justifica los medios. Tenía que vivirlo para sentirlo y contarlo.

Como una esponja absorbía las energías de aquel ambiente desquiciado. Y entonces caminando con Zeta sentimos el roce de un carajo que al pasarnos por el lado, estaba sin camisa y en su mano ensangrentada llevaba un martillo. En mitad de nuestro circuito, veíamos el circo de atrocidades con otros ojos, y entonces sentí miedo, mucho miedo, porque sabía que tampoco pertenecía allí, y por un momento sentí que tal temor me delataría entre tantos seres poseídos por un extraño sentir. Temí por mi vida y la de Zeta. Veía carajos con fajas de billetes en mano, con equipos de protección desde el más rudimentario hasta el más estrambótico y costoso. Entre tanta agitación, una náusea me hizo perder los estribos, y el dolor en el pecho era síntoma de una rabia que no podía controlar. Temía por mi vida, porque no apoyaba nada de lo que estaba viendo, sentí pena y asco por todos los presentes. Y entre mí decía: sigan revolcándose en su propia mierda, hijos de libertadores. ¿Estudiantes? Había de todo menos eso. Mercenarios y faranduleros, bestias amaestradas que dudo que tuviesen algo en los sesos, más que el odio de tanto años, privados de ver el mundo de una forma distinta, sin oportunidades de conocer nada nuevo. Sentí lástima por todo. Padre, no nos perdones, porque sí sabemos lo que hacemos, pensé. El legado de los milicos logró esparcir su podredumbre en toda una generación completa, con un éxito irrefutable. Gracias políticos, por condenar a todo un país al abismo. Quiero que esto sea una memoria de un venezolano en decadencia. No pretendo que tanta gente comparta este sentir trágico conmigo. Ese es mi problema.

Vi que se acumulaba una turba en mitad de la avenida, y al divisar al horizonte en dirección oeste donde corrían todos, sólo pude divisar la delgada línea amarilla que marcaba el límite del patio y la cola de carros acumulados moviéndose al son de los pitos y el desvío. No vi presencia de Guardias Nacionales ni de Policías Bolivarianos, ni tanquetas ni ballenas. Veía a lo lejos la horda de guarimberos corriendo pero yendo a ninguna parte. Entonces comprendí que estaba presenciando un ensayo de la montonera, mientras otros los grababan y tomaban fotos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Los locales alrededor estaban abiertos y los empleados los miraban como parte de una costumbre tenaz, pues me imagino que cuando se ladillan los libertadores, estos se meten en los locales a consumir. No encontraba sentido en nada. Era todo tan falso y ridículo. Estaban los espectadores restantes de la marcha que había culminado horas antes; voyeristas, padres y representantes, fanáticos cristianos con sus creativos letreros de Dios está con nosotros: Dios nos protege: Dios cubre con su manto a este bravo pueblo… Un contraste poético con los escudos improvisados con estampados de cruces y respectivos insultos al régimen, que calaban en lo que para muchos era una cruzada contemporánea: una guerra santa justificada y bien financiada. Que no te incomoden estas palabras lector. Yo sólo escribo lo que vi. Mis palabras se quedaron cortas ante tanto paroxismo de idiotez.

Luego de dar la vuelta completa a la plaza nos regresamos por donde vinimos. Llegamos al Centro Plaza, y alterado le propuse a Zeta entrar a una librería del centro comercial. Un cambio de ambiente radical. Nos separamos para revisar los estantes. Y frente a tantos títulos de maestros y voces antiguas, las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, la debilidad se apoderó de mi cuerpo. Un llanto insostenible de rabia. Rabia acumulada de años, por ver tanto deterioro y desperdicio de talentos. Y entonces me sentí ínfimo y miserable. Y empatando todas las piezas del día acepté que nos merecíamos lo que teníamos. Declaración tan injusta, incómoda, y después de descargar mi dolor, quise descartar si era cierto o no. Pensé en todas las versiones de amigos que quiero y estimo que todos los días exponen su vida por creer en la posibilidad de un país mejor, marchando y siendo reprimidos brutalmente por la higiene social de la Corporación Militar, sólo por aspirar vivir en un país donde la gente no se odie hasta el agotamiento por pensar distinto. A mi mente entraron las miles de mentalidades que asistían a las marchas, y comprendí que esos escuderos eran el resultado lógico de una enfermedad que todos padecíamos, pero que ellos ya no tenían miedo de ocultar, porque el precio de la vida les daba igual, condenados a cometer acciones insensatas, y poner en evidencia el tremendo mal que se había acomodado en este pueblo para quedarse quién sabe hasta cuándo.

Hago el molesto contraste que tristemente los medios de comunicación (con posturas fijas e incuestionables) no promueven para evitar posturas críticas, ante el lucro del propio espectáculo que ellos mismos promueven con sus reportajes panfletarios (tan parecidos a lo que hace este gobierno de mierda), con la sutil excusa de decir que informan a la población encerrada en sus burbujas existenciales, que no se expone a los riesgos de la calle, pero que sin duda son repetidoras de la tragicomedia de todos los días. Donde encontrar espacios grises y oscuros, es lo que genera un verdadero desconcierto, pero que sin duda, nos abre las puertas a un cuestionamiento que profundiza más los problemas, pero que a la larga nos hace más reflexivos y libres del engaño. Usted si cree en una lucha, ejecútela, pero no sea cómplice de la mediocridad. Pues aquí la tiranía que hay que superar primero, es la impuesta por el pensamiento polar. Ver las cosas de otra forma no nos hace enemigos, sino que amplía nuestros horizontes. Son a través de estos pequeños detalles, donde encuentro ese camino que se aproxima y en ocasiones fugaces, se parece a eso que todos llaman libertad.

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Alexander JM Urrieta Solano

Un Relato polar para Falke

Por una sugerencia asistí con una amiga a un recital de poesía en el Celarg. Un encuentro de poetas que para mi asombro y casualidad, celebraba su quinto aniversario. Oficio Puro se llamaba el grupo, como el poema del Chino. Con un aforo que no llegaba a quince personas, cosa que me dio a entender el poco nivel de convocatoria, y a su vez la precaria situación del país y las dificultades que había para llegar al encuentro. Casi todos los miembros eran personas que pasaban los cincuenta: viejos, porque ahí lo que predominaba era eso. Hablaban de que querían incentivar a recuperar los espacios del Celarg para las nuevas generaciones de artistas.

La cosa es que fui por la iniciativa de otra amiga, con el fin de poder conocer a través de ese evento a un compañero de filosofía que está organizando un movimiento interdisciplinario, el cual por sus propuestas me vi inclinado a participar. Luego de conocernos por fin en persona, antes de que la sesión comenzara, nos comentó a mi amiga y a mi, el mismo asunto de que los viejos necesitaban de que los jóvenes asumieran la batuta de trabajar por el país. La idea es que como grupo interdisciplinario, se nos facilitaran los espacios para que pudiéramos realizar nuestras actividades: charlas, talleres, seminarios, discusiones…debates. Porque bien sabemos que hay mucha gente dispersa por ahí con ganas de trabajar, pero la cosa es dónde reunirnos.

Se dio inicio a la sesión extraordinaria. Nos presentamos. El filósofo planteó su propuesta y la necesidad de crear un grupo conformado por estudiantes de diferentes ramas del saber, con el interés común de generar un conocimiento nuevo con propuestas accesibles que motivaran a otras personas a acercarse a los espacios del Celarg. Cuando llegó mi turno manifesté la urgencia que hay de recuperar espacios y promover que personas de diferentes formas de pensamiento se llegaran, pues las coyunturas exigían un compromiso mayor por parte de los jóvenes, o al menos las personas que tuvieran la intención de formar parte de un cambio significativo.

Se veía que estas reuniones eran íntimas y herméticas, por la actitud confianzuda de los miembros y la calidez con que fuimos recibidos. Todo parecía tranquilo hasta que surgieron las palabras que en todo evento que asisto me da a entender que estoy sumergido en otro paraíso polar. Una participante, cuya profesión era maestra, luego de su agradecimiento y manifiesto de alegría por los años participando en Oficio Puro, en mitad de todo este entusiasmo tras una pausa, mencionó las palabras mágicas: “esto es posible sólo en revolución.” Algo por dentro me revolvía, pero decidí no darle vuelta a sus palabras, porque lo que importaba era el poesía. Yo me encontraba allí por ella.

Luego entre charlas de la constituyente vi que los que estaban reunidos allí apoyaban tal acción desmedida del gobierno, y luego una de las organizadoras mencionó que ella había vivido tiempos históricos y sacó a relucir el trillado 27 de febrero, “un día trágico donde vi que mataron a mucha gente…” Y entonces otra vez el malestar en el estómago, quise mencionar que cuál era la diferencia de lo que estaba pasando ahorita con lo que ocurrió en el Caracazo, porque parece que la fecha del 27 se volvió un fetiche discursivo que se ha usado tanto que resalta un cinismo ingrato y tenaz con el ahora. Y es que termina en una oda a la ceguera y el descaro que oculta aquello que acontece en el ahora, de jactarse y decir que unos hacen historia y otros no. Que hay luchas más importantes que otras. Que hay días donde unos son pueblo y otros no. Que la cuarta era terrible y tal…pero ni de vaina hablan de lo troglodita y asquerosa que es la quinta, ni de vaina hablan de la estrafalaria Corporación Militar que ha tiranizado (de una forma u otra) todas la rutinas de los habitantes del valle, y el resto del país. Y de nuevo esa amputación de la historia que transpiran los espacios polarizados. Obviamente no dije nada, porque lo que me importaba era la poesía. Podía de nuevo pasar estos comentarios por alto. Porque ya uno estaba acostumbrado a los lugares comunes, o cosa peor, asumir con vehemencia esa mala costumbre de calarse estos comentarios fuera de lugar. Pero pasó y listo. La poesía por encima de todas las cosas.

Tuve la oportunidad de presentar mis versos. Luego otros presentaron también sus creaciones e incluso una agrupación musical nos recordó en palabras de otra compañera que la espiritualidad también es política. Idea que me gustó bastante. Compartir versos con otros amantes es un privilegio sin importar tu inclinación política, pues el fin es la poiesis: la creación. He aquí el valor fundamental de la poesía. Luego de tantas reflexiones enriquecedoras y entre tanto compartir, la misma compañera que habló de la espiritualidad, en su éxtasis lanzó un random ¡Viva Chávez!, y como asumirá el lector, mi decepción fue tal que no pude ocultar mi indignación, y en silencio dejé que una rabia diminuta me quemara por dentro. Me pareció tan desubicado semejante consigna endémica de idolatría, que ya rayaba en lo absurdo y lo bochornoso, que para colmo fue respondida con un largo ¡Viva! que me hizo caer en cuenta que yo no pertenecía allí…pero la poesía era lo más importante, y quise rescatar las sabias palabras anteriores, espantando la niebla de aquel comentario final innecesario para un recital de poemas.

Mi amiga y yo nos vimos en silencio y nos dijimos de todo. No quise mirar al filósofo pero algo me decía que él también podía sentir aquella perturbación. Luego hubo un compartir en la terraza del piso seis donde nos encontrábamos, y en la celebración de una rifa me gané un libro que terminé dándoselo a mi acompañante. Los miembros de Oficio Puro sacaron frituras y pasapalos que repartieron entre todos. Una organizadora trajo una botella de guarapo que parecía cocuy con mango y le sirvió un shot en un vasito a cada uno.

En el brindis bohemio, se gritó al unísono:
¡Salud! (Salud… s-a-l-u-d)

¡Viva el oficio puro!
¡Viva!

Viva la poesía!
¡Viva!

¡VIVA CHÁVEZ! … (¿pero qué mierda?, pensé)
¡Viva!

Y miré a mi amiga y al compañero del grupo interdisciplinario, el filósofo, arrimado en la cornisa con vista al Wararia, que había rechazado el guarapo y no estaba brindando con nosotros. Una decepción tirana se había apoderado de mi.

Luego al concluir el compartir pidieron una foto grupal. La cual acepté por el mismo tema de la poesía… mentira, lo había hecho como parte de una cortesía protocolar, pues la poesía ya me valía verga. Entonces la fotógrafa cuadrando su plano, nos pidió que dijéramos Poesía…

¡Poesía! (Poesía…p-o-e-s-í-a)

Al tomar la foto seguida de otra…volvió a gritar:

Viva Chávez….y el grito rebotó en la sala.

Me quité de la foto y aceleré el paso con mi amiga para tomar el ascensor y bajar rápido de aquel sexto piso, no sin antes hacer una despedida a distancia, mientras las puertas del ascensor cerraban con lentitud. En la entrada del Celarg, dimos las gracias por todo y salimos con nuestro premio libro de consolación.

Acompañando a mi amiga a su casa, ya solos, hablamos del chavisteo que empapaba a todo el Celarg y todos los espacios “recuperados por la revolución”; la ciudad estaba polarizada de tal manera que los chavistas tenían sus espacios y la oposición tenía los suyos. Cada uno con su zona de confort y el respaldo de sus intelectuales, que con consentimiento o no, habían ya vendido sus palabras a la causa donde mejor se sentían cómodos. Y eso todo el mundo lo sabe.

No estábamos claros si al final esos viejos apoderados, después de cinco años no se habrán dado cuenta que su fanatismo, que parece estar por encima de la poesía misma, terminaba por espantar a todo aquel que pudiese pensar distinto, y ponía en evidencia el abandono de los espacios y el deterioro de las instituciones que supuestamente velaban por la promoción de la cultura. Por razones obvias, a nadie le interesaba acercarse a un recital donde al final de leer versos, se atribuyera toda la fuerza creativa y el amor que muchos tenemos por las palabras, a un carajo que aparentemente fue toda vaina en la vida, pero que nunca fue un poeta.

Alexander JM Urrieta Solano

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Relato Etnográfico: experiencia en el mercado de Corotos

El Bachiller inocente (Apuntes a modo de introducción)

Para mi proyecto etnográfico tenía pensado observar el mercado de corotos que se hace los domingos en la sede de Acción Democrática, en El Paraíso. Hacer un recorrido breve, de proporciones reflexivas, sobre la relación que tenemos los occidentales con los objetos.  Debo admitir que la propuesta de salir a campo es una formalización del movimiento. Asumir una postura: un rol de investigador, cuya presencia altera también la cotidianidad de otras personas. La memoria juega un papel importante dentro del registro de aquello que se observa. Es un constante intercambio donde las personas te van dejando cosas, datos, palabras, detalles importantes para nuestro hacer etnográfico, o en mi caso particular, experimentos literarios, con cierto sustento científico de orden antropológico y sociológico.

¿Cómo justificar la validez de un estudio etnográfico? Además de un breve respaldo teórico, el escrito dependerá de la experiencia del investigador.  El aspecto no verbal de la cultura envuelve lo que reclama el silencio, lo que antecede al movimiento. El aspirante a esta forma de entender al otro, el etnógrafo, debe entender en primera instancia que sólo se llega a un aproximado de las cosas. Entrelazar diversas interpretaciones a partir de nuestro filtro particular. Es preciso llevar entonces un diario para llevar un registro de lo que se percibe (considerando que, el acto de escribir puede provocar consecuencias en el espacio, y también pérdida de información). La escritura forma parte de un ejercicio disciplinario y un acto de composición. Ambas cuestiones, se correlacionan en una poética de la observación e interpretación.

El orden del coroto

Coroto es una voz de origen indígena, que designa una suerte de recipiente proveniente del fruto del árbol del totumo (Crescentia cujete). Más adelante, la palabra vino a usarse para designar todo tipo de cosas o asuntos como forma de auxilio (Pérez, 2011). Luego la misma palabra en la búsqueda de su orden etimológico fue relacionada con un célebre pintor francés llamado Camille Corot. En resumidas cuentas, la palabra en la actualidad sirve para designar objetos: artículos de segunda mano, porque la palabra puede pasar de sustantivo concreto a un adjetivo calificativo, o en el menos común de los casos hasta uno peyorativo.

El Mercado: Lugar y no Lugar

Asistí cuatro domingos seguidos al Mercado de los Corotos, guiado por el interés de conocer las dinámicas de una venta de productos usados. La sede principal de Acción Democrática es un espacio que se presta para hacer diversas actividades durante la semana. Los días miércoles por ejemplo, hacen un mercado de alimentos fijo, donde venden carnes y hortalizas a precios (relativamente) económicos. También se organizan desde fiestas de cumpleaños, hasta conciertos de rock, pero estos son eventos esporádicos.

El Mercado de Corotos es un espacio que evoca al recuerdo drásticamente. El espacio público, en un primer sentido, es el espacio institucional en el que se elabora la opinión pública y se propicia el debate (Augé, 2004). La Casa de Acción Democrática es, en primera instancia, un lugar, puesto que en él se expresa la identidad, la relación y la historia de los diferentes sujetos que hacen vida en ella; por otra parte, este espacio también es un no lugar, en la medida que no expresa nada, es decir, que no se realizan intercambios de identidad y significación, sino que más bien se puede convertir en mero espacio transitorio: de estadía temporal. Entonces podemos decir que el mercado es tanto Lugar como No Lugar.

De los cuatro días que fui al mercado el primero me dediqué a hacer un ejercicio de observación. Luego el resto de los días me propuse conversar con diferentes vendedores del mercado, hice mi tanteo con casi trece vendedores, de los cuales sólo tres personas me dieron la información que en mi tanteo inocente, creía estar buscando. Entendí que no todos están dispuestos a conversar, si acaso no hay venta concretada no hay palabras que valgan, así sean por mera curiosidad. Me costó mucho. Mi proceder fue improvisado y en ciertos casos torpe e insuficiente. A falta de grabadora me aferré a mis escritos en el diario de campo: mi único registro posible, sustentado en la palabra.

Para los occidentales, los objetos se van devaluando en la medida que surgen otros que lo reemplacen, pues así funciona la lógica de la innovación dentro de las sociedades de consumo. Entre mis dilemas sobre la etnografía, puse en duda la viabilidad de este espacio. No obstante conservé en pequeñas dosis mi esperanza.

El primer domingo, luego de una observación de casi dos horas me dispuse a elaborar un inventario, puesto que consideré crucial destacar qué tipo de artículos conforman o entran dentro de la categoría totalizadora del coroto. Durante los cuatro domingos que asistí, formulé mi propia tipología del coroto. Considerándome un neófito en asuntos etnográficos elaboré un inventario de los corotos comunes en orden de prioridades: ropa, calzado, juguetes, utensilios de cocina, componentes electrónicos, herramientas, platos y figuras de cerámica y vidrio, adornos de madera y porcelana, material de papelería, enciclopedias, textos escolares (los libros literarios son escasos o casi inexistentes), bisutería y cosméticos.

El segundo domingo, luego de haber adquirido un diccionario de latín-español pude establecer una conversación con el vendedor Rubén Gonzales, (mi primer informante). Vendía pantalones, películas, correas y artículos deportivos. En una cesta tenía un conjunto de libros que parecían ser tomados al azar, puesto que no abarcaban un tópico en particular: iban de manuales de ortografía a folletos del derecho civil, y novelas cortas de esas que formaron parte de un inventario escolar: Casas muertas, Pedro Páramo, un libro forrado con un papel contact de Mickey mouse que al abrirlo titulaba El lobo estepario. El libro que compré pertenecía a su hijo: “Se lo pidieron para el bachillerato y nunca lo usó. Terminó el colegio y se puso a estudiar derecho y se desentendió de los libros”. No entendí qué relación había entre una cosa y la otra, admito que me hizo ruido lo inusual que es entrar en la carrera de derecho y desentenderse del latín, pero eso no venía al caso. Aproveché el comentario sobre el hijo para preguntarle la procedencia de sus corotos: “Hay unos que son míos y otras cosas que no, ropa que ya no me queda o que pasó de moda; estas de acá por ejemplo (señalando los artículos deportivos), eran de un sobrino mío de Puerto Ordaz que se fue del país. Para mi suerte las ideas fluyeron solas, y sin preguntarle me contó los motivos de montar un tarantín: “La cosa está difícil, ya uno no le queda otra que ponerse a buscar corotos que sirvan para vender, no es mucho pero algo es algo…ese libro que te estás llevando es un regalo…barato te lo dejé”. ¿Y le ha ido bien?, le pregunté: “más o menos, la clave está en tener algo que la gente necesite, no te puedo decir si es bueno o malo eso, porque mira tú, hay domingos donde no vendo nada de nada, pero hay otros donde te puedes encontrar con un cliente (como tú) que encuentre en tu puesto algo que andaba buscando desde hace tiempo”. ¿Entonces es una cuestión azarosa?, pregunté de nuevo: “casi siempre, el que busca encuentra, yo pienso que es cuestión de suerte, aunque no te creas, hacer la venta es difícil, porque sabes, al final son corotos y mucha gente va pendiente de que le regalen las vainas, y eso no es así”.

Podemos separar las relaciones del mercado en dos tipos de personas (tomando en cuenta que no son sólo las únicas): En los que van al mercado para adquirir corotos, y los que van al mercado para deshacerse de ellos. Es un asunto que se basa en el intercambio, no sólo monetario, pues aquí se manejan (a veces) las dinámicas del trueque, siempre y cuando los corotos a intercambiar sean equiparables en escala de intereses y funciones, y cuando no resultan tan evidentes se recurre al equivalente de los precios en contraste con el mercado imperante. No obstante, está el recurso del regateo: pues siempre se puede conseguir bajar la oferta de quien ofrece sus corotos.

El tercer domingo, luego de la adquisición de una baraja española, establecí conversaciones con la señora Mariela Echenique y su vecina de tarantín Miroslava Azorla, que para no desfavorecerla en su negocio, también le compré un folletín turístico con un mapa de la ciudad Caracas y un par de bolígrafos paper mate. Convencido de que no botaba mis riales me consolé en los fines académicos. Seguí con mis experimentos. La señora Mariela era una psicóloga egresada del pedagógico de Caracas, ya jubilada aprovechaba sus días de ocio para vender lazos y torta de pan que ella misma hacía con su hija, Camila, estudiante de comunicación social en la Santa María: “Después de la muerte de mi marido quedamos solas y bueno, lo que queda es vender lo que queda de él, ocupa espacio en la casa, y si tengo la oportunidad de salir y ganarme alguito está bien, además esta crisis nos obliga a todos a sacar ganancias de lo que sea, pero en lo personal disfruto vender más tortas que ropa de viejo”. Era demasiado contenido para unas preguntas vagas, tenía que aprovechar que contaba con tres informantes potenciales; traté de buscarle conversación a Camila pero ella cedió poco (por no decir que estaba poco interesada), iba a venía, como suelen hacer las chicas que se saben importantes y guapas. No quise dar crédito a mis prejuicios, puesto que no podía evitar sentirme atraído por la hija de Mariela. Por suerte se fue un rato largo, y pude seguir con mi empresa etnográfica ¿Las cosas de su marido no le han provocado nostalgia?, pregunté: “Al principio es duro, pero las cosas ya no son de él, no son de nadie porque ya no está…a veces pega sabes, un día quieres vender todo y otro día no quieres vender nada, pero sabes, las cosas materiales no duran, uno se muere y son los vivos los que tienen que lidiar con los corotos. Mi hija no estaba de acuerdo, pero luego terminó asumiendo que las cosas en la casa eran un estorbo insoportable”. El duelo vive en los corotos, dije sin pensar: “El polvo hijo, el polvo se pone a vivir en los corotos, ya no tengo tiempo para la limpiar y ordenar, estoy cansada, ya poco a poco las cosas se las irán llevando…siempre hay alguien interesado, siempre hijo”.

La señora Miroslava era ama de casa, casada y con dos hijos que después de graduarse se fueron del país. Ella vendía su ropa y calzado que por los años ya no tenía oportunidad de ponerse: “Tú dices que eso no importa, pero cuando pasan los años te das cuenta de lo anticuada que son las cosas que compramos; yo en los ochenta me ponía esta ropa pero ahora me da pena andar con eso, estoy vieja. Eso ahora lo compran las chamas a si de tu edad, y como de la edad de Camila”. La moda es cíclica, usted se puede poner lo que quiera, le dije. Vi que en su puesto tenía en una esquina una pila de libros (otra vez de orden escolar, más un libro manualesco de sudokus y una guía turística de Elizabeth Kline del año 98). En mi inconformidad con las propuestas literarias que tenía le pregunté si tenía más libros: “Tengo más libros, pero no los puedo traer todos porque pesan mucho. Tú te imaginas, tendría que además de traer esta maleta donde me traigo la ropa, traerme otra para los libros. Los libros pesan y son molestos cuando nadie los compra, luego llueve, se te mojan y se ponen feos, por eso me quedo con la ropa, con el sol se vuelve a secar y no pasa nada, es muy raro que traigan libros, si alguien me ayudara podría traer más, tampoco son rentables, a muy poca gente le gusta leer, yo me quedo con mi ropa vieja”. Evidentemente tenía razón, no fue hasta ese momento que consideré las dificultades logísticas de mover los corotos de un lado a otro.

De los cuatro días que fui al mercado el último domingo fue el menos fructífero, puesto que un palo de agua hizo que el mercado cerrara sus puertas más temprano. Aproveché la circunstancia para elaborar en mi cuaderno unos apuntes finales sobre la casa de Acción Democrática, pero sinceramente no hice nada. No hablé con nadie ese último día, aunque estaba dispuesto a volver a contactarme con algunos de los tres informantes anteriores pero por la lluvia habían dejado el espacio temprano. Tampoco los vi. Lo inesperado nos obliga a forzar nuestro análisis, la falta de tiempo y experiencia nos facilitan las vías para concluir, de alguna forma u otra. Sin embargo uno está sometido a lidiar con resultados escuetos que bien nos llevarán a conclusiones no del todo alentadoras. Aunque siempre se abre la posibilidad de volver, pues toda investigación se cierra ante la apertura de una nueva. Me comprometí a mí mismo volver todos los domingos, por el simple hecho de estar rodeado de recuerdos. Un comentario que para un relato etnográfico está demás, pero que sin duda dice más que cualquier registro o cita académica. Siempre queda algo por decir.

Los objetos evocan recuerdos, hay cierta intimidad concentrada en ellos. Ya no podemos hablar del objeto como tal sino cómo el objeto nos hace sentir, he ahí el dilema que envuelve estos espacios. El mercado de corotos ya de por sí evoca nostalgia. No podía evitar quedarme en un puesto viendo la cantidad de cosas que me trasladaron a la infancia: juguetes noventeros. Recuerdo con mucha alegría un puesto donde estaban vendiendo una cartuchera llena de tazos; otro puesto estaba vendiendo un Nintendo 64; otro vendía un castillo y barco pirata de Fisher Price; un tarantín distante vendía dvds de Kurosawa y la trilogía de Star Wars en VHS…puras reliquias (y fetiches) de la cultura occidental. Sin duda este trabajo con ínfulas etnográficas fue un ejercicio de regresión constante: era un sujeto que en sus intenciones de ver sujetos, terminaba sucumbiendo ante los objetos y el recuerdo.

Alexander Urrieta Solano

Bibliografía

  • Pérez, Francisco Javier (2011): Diccionario histórico del español de Venezuela. Caracas: Bid & Co. Editor
  • Augé, Marc (2004): ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Gedisa.

“En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.”

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Alejo Carpentier – El Reino de este Mundo

Apuntes para un taller

I

El blog es una especie de taller donde plasmamos cosas que dejan de pertenecernos. Un ejercicio virtual para no salir de la rutina; publicar nos hace sentir que al menos se hace algo con el ocio. Igual no importa. Hay tantas cosas que ahora todas parecen ser determinadas por el azar. Uno trata de darle una explicación cósmica a cualquier cosa que nos resulte trascendental en nuestro día a día. Rutina mecanizada y drástica, vamos justificando las dichas, como tratando de sobrellevar las lagunas que provoca el instante.

Uno escribe siempre pensando en un potencial lector, un otro distante, desconocido o tal vez cercano. Se supone que todo forma parte de un entrenamiento, letra y pulso, no olvidemos que el músculo más fuerte del cuerpo es la lengua… qué tanto practicamos, de qué forma hacemos uso de las palabras. Yo me pregunto: ¿Somos de esos pueblos condenados a vivir de la nostalgia, o la repetición laudatoria? Acaso es un rasgo absoluto. Entonces, re-inventar todo resulta un imperativo forzoso. Empresa titánica la de impensarnos fuera de toda narrativa de fracaso. Como que hay que estar a la par del mundo en constante movimiento: pretender que descubrimos el agua tibia, cuando ahora todo gira en función de una economía del plagio.

Leí una vez que las grandes ideas se escribieron en el siglo XIX, lo que ahora vemos es un refrito de lo pensado, el reciclaje de la originalidad, que se codea con la ignorancia y el mal gusto de las masas esquizofrénicas, que viven en la sublime amnesia que produce el porvenir. Por suerte lo fantástico se alimenta de la inagotable imaginación de los seres humanos. Imaginación, punto de partida, matriz de los hechos, macrocosmo del proceso creativo. Y yo que nunca he escrito un cuento dejo a la voz pública el registro de mi derrota. Escribir por escribir cumple sus funciones terapéuticas.

II

Pienso que esta ciudad dentro de sus ínfulas de ser única, se asemeja a cualquier otra ciudad del resto del mundo, ¿o es que el deterioro sólo se encuentra en el bajo “tercer” mundo? ¿Hasta cuándo asumir las mentiras del hombre blanco? ¿Hasta cuándo creernos plenos borregos en esta dictadura de pensamiento? Naciones soberbias encerradas en su propia exaltación. Occidente es un pandemónium de bestias y dioses, pues cada pueblo tiene lo suyo. Las ciudades en occidente, todas, son un espacio destinado a la aculturación. A esa soledad de apartamento que asfixia. Se vive del pipazo y la arcilla, la compañía de los libros y el reproductor eterno, del disco eterno, que narra la vida breve, fugaz y estática… Rincón de universo es el cuarto de uno. Lentamente se vuelve una jaula de hierro, y vamos repitiendo los conjuros para poco a poco ir desapareciendo.

III

Casi siempre olvidamos la conclusión. Todo sucede tan rápido que no hay momento para reflexiones más extensas, pues por los momentos uno está convencido de haberlo dicho todo: aparentemente todo. Instantes fugaces como orgasmos, el lugar común que nos recuerda lo mucho que uno desea su cuerpo, y lo mucho que necesita estrecharlo con otro. No quiero tampoco caer es discusiones corporales. El fin nos obliga a postergar estas ideas para otro momento. Debo seguir trabajando en ellas. Siempre queda algo por decir (?)

Alexander Urrieta Solano

Corporación militar

La unión cívico militar: oración pedante y nociva que sólo puede provenir de mentes bélicas y enfermas de poder. La gran estafa del “neoliberalismo rojo”, auspiciado por milicos que no sienten vergüenza de salir a la calle con su disfraz de aceituna verde, insultándonos con su Guardia del Pueblo, y el pavoso Honor es su divisa. Van destruyendo todo lo que tocan, patrocinando su monopolio de la violencia y el respaldo de un legado contradictorio, que sólo les sirve como retahíla para sacar provecho de la necesidad ajena; engañan en resguardo de sus intereses egoístas. El estado supo engendrar a sus parásitos. Los dotó de armas y dinero. Ahora tienen bancos personales, enormes camionetas, sucursales privadas, restaurantes, espacios “recuperados”, quintas y centros comerciales. Ni el honor ni la expiación más grande puede renunciar a tanto lujo ingrato. El milico empresario acumula su fortuna abusando de las necesidades de los que son más… aplicando su único método: el pragmatismo troglodita, el control del hambre y la miseria.

La unión cívico militar demuestra que las balas son mayor prioridad que las palabras, puesto que son veloces e invisibles. Y estos anfibios condecorados, que les cuesta caminar por tanto medallero y mérito encima, no se conforman con vivir bien, al contrario, como que disfrutan saturar a sus oprimidos con sus trastornos e ínfulas de grandeza. Propagan su odio por la radio y la televisión, como si todos formáramos parte de esta acumulación de odio; igual pienso que todos somos cómplices de este embrutecimiento colectivo, (cada quien en lo suyo debe asumir su barranco: su enfermedad individual)… Cuánto dinero y tiempo desperdiciado en un culto al pasado, lleno de vagas hazañas, una necesidad compulsiva de destacar glorias ficticias. Este repudio que siento por los milicos quedará por siempre cristalizado, difícil será olvidar tanto mal rato, y puedo asumir que para muchos otros también lo será. Sus fechorías se ocultan en el relato invariable bolivariano, que en cada gobierno de turno ha sido el argumento de dominación por excelencia. Sin embargo, ya ni la epopeya sirve para esconder el despilfarro de codicia y estupidez de este país ignorante de su historia. Bolívar y toda esta tradición de alabanzas y gracias hacia los militares se ha vuelto un obstáculo molesto y desagradable.

Es preciso replantearnos esa sugerencia enervante del Gendarme necesario ¿Acaso un país necesita de tantos milicos? ¿Vale la pena invertir la vida en seguir órdenes sin pensar por uno mismo? ¿El orden se garantiza en las armas? Puras políticas pensadas desde la fantasía democrática/revolucionaria, y me atrevo a decir que esta torpeza es histórica, pues todos hemos pecado bajo el yugo asfixiante de los héroes libertarios, que cada día se hacen más sintéticos y moldeables. Que nos nos sorprenda que Bolívar, así como el oro negro, hayan sido nuestros mejores productos de exportación ¿A costa de qué seguimos divagando en lo mismo? Un culto patético cuyas últimas consecuencias se ven reflejadas en esta asquerosa definición de unión cívico militar, en la gran estafa de la independencia y el estado mágico-soberano. Y esta muletilla discursiva es tan terrible, que tanto chavistas como opositores la necesitan para subsistir, pues al parecer ha sido por la lucha absurda y la exclusión que se ha ido improvisando este país de grandes riquezas y mujeres hermosas, (me falto decir que polarizado también). Considero pertinente elaborar estas interrogantes: ¿La tradición milica está arraigada a nuestra identidad, así como el humor rancio y ese complejo de negarnos a nosotros mismos? La frustración de no poder ser como otros “mejores y superiores” la estamos pagando caro. En la tiranía del pensamiento resulta imposible ver las cosas de otra manera. ¿Es posible tocar más fondo? ¿Qué clase de sádicos controlan este país? ¿Qué tipo de egoísmo se macera en cada uno de nosotros?

Alexander Urrieta Solano

Apuntes sobre el club de la pelea.

“Death seed blind man’s greed
Poets’ starving children bleed
Nothing he’s got he really needs
Twenty first century schizoid man.”

King Crimson – 21st Century Schizoid Man

Para este ensayo tomaremos como punto de partida el estudio de la película Fight Club (El club de la pelea), dirigida por David Fincher en el año 1999. Articulándola con las ideas de Marx, Durkheim, Weber, Simmel y Marcel Mauss, trataremos de darle una explicación sociológica a esta narrativa cinematográfica.

I Sociedad de consumo. Metrópolis y vida mental

La saturación de la sociedad de consumo envuelve al protagonista del filme en una profunda soledad citadina. El personaje asume su condición de hombre absurdo que todos los días está condenado a cumplir las mismas tareas; lo alienan y producen en él una sensación de extrañamiento con el mundo. Una subordinación a los objetos: el fetiche de sus logros como hombre común. Según Marx, “esta dialéctica entre el sujeto (el hombre en sociedad) y el objeto (el mundo material), en el cual los hombres subordinan progresivamente el mundo material a los objetivos de ellas, con lo cual van transformando estos mismos objetivos en necesidades” (Giddens, 1998:61); el insomnio y la desesperación es uno de los tantos síntomas que padece el protagonista de Fight Club, un ser gastado por la rutina de su oficio. “Al alienarse de su propia actividad, entrega el poder sobre esa actividad a un extraño” (Marx, 1974:63).

La mayor parte de los hombres pasa su vida precariamente instalada en habitaciones transitorias y masivamente construidas…El ritmo de la vida individual pierde autonomía y espontaneidad y distinción cuando queda atrapado en una corriente de tránsito y debe marchar de acuerdo con la velocidad del camino…Semáforos que nos dicen cuándo parar y cuando seguir la marcha; parece que manejamos cuando en realidad somos manejados (Van den Haag, 1974:128).

El individuo es el objeto más cuidadosamente fabricado por el sistema capitalista. La cultura occidental parece montada sobre la nostalgia de “uno”, sobre la identidad (Ibañez, 1992). Los individuos se vuelven seres sin importancia colectiva, de ahí quizá la necesidad de definirnos a costa de los demás: de crear desesperadamente un otro que nos defina en los espacios de la metrópolis. La división burocrática del trabajo, en términos de Weber, constituye la “jaula” en que se obliga a vivir a los hombres modernos. La sociedad de consumo sumerge a los individuos al régimen de la rutina mecanizada, que altera la vida mental dentro de las metrópolis. Para el estudio del paradigma de la ciudad, George Simmel se apoya en un sistema de oposiciones, contrastes y conflictos:

En su opinión la ciudad metrópoli, sede de la división del trabajo, la economía de mercado y la compartimentación burocrática, fragmenta al sujeto colectivo. Los valores comunitarios revientan. La metrópoli afecta la vida mental del individuo, cercena su experiencia anímica: lo instala en la weberiana “jaula de hierro” de la cultura objetiva y, en ocasiones, en los intersticios de los mundos paralelos. Como en Durkheim, el advenimiento de la sociedad industrial, ocasiona en el sujeto en tránsito, de lo rural a lo urbano, de lo tradicional a lo moderno, un colapso de personalidad (Cajas, 2009:70).

El individuo está inserto en el colectivo y la deuda por definirse es endémica y grotesca. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror. La libertad se hace costosa a medida que nos vamos adentrando en nosotros mismos. La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación. La ciudad es el espacio ilusorio por excelencia; es una suerte de parque temático que recrea lugares y tiempos que no le pertenecen. Condiciona a sus habitantes a la rutina mecanizada: a la máxima secular de que el tiempo es dinero.

La primera característica de la moderna civilización maquinista es su regularidad temporal. Desde el momento de despertar, el reloj marca el ritmo del día…la reducción del tiempo y el espacio, la normalización de la producción y los productos, la sustitución de la habilidad por el automatismo, y el aumento de la interdependencia colectiva son, en suma, las características esenciales de nuestra civilización maquinista (Mumford, 1974: 71).

Es necesario subrayar que la metrópolis es el terreno genuino de esta cultura que crece más que la personalidad (Simmel, 1974). La ciudad viene a ser la compresión del espacio. Es la síntesis vuelta estructura tangible de todo el discurso moderno, dotado de instituciones que tienen como finalidad amoldarnos y hacernos aptos para vivir en ella. Ajustarnos a un modo de vida racionalizado que está por encima de los impulsos y gustos individuales. Fight Club viene a ser una crítica a la condición esquizofrénica del hombre moderno dentro de la metrópolis, y sus últimas consecuencias.

Las ciudades son, en principio, la sede de la más elevada división económica del trabajo…Las condiciones decisivas de la división del trabajo…obligan al individuo a especializarse en una función de la que no pueda ser fácilmente desplazado por otros. Es decisivo que la vida ciudadana haya reemplazado la lucha contra la naturaleza por la supervivencia, por la lucha interhumana, por la ganancia…Todo esto constituye la transición hacia la individualización de los rasgos mentales y psíquicos, que la ciudad provoca en proporción a su tamaño (Simmel, 1974:114-115).

El protagonista en su condición absurda busca actividades somáticas para soportar el peso de su rutina, pasando de la autoayuda grupal, a la destrucción individual y colectiva. En este mismo orden de ideas, es importante mencionar la ruptura que sufre la cotidianidad del protagonista con la llegada de dos personajes cruciales para toda la trama del filme: Marla Singer, la otredad femenina, objeto de deseo negado y vínculo afectivo con la realidad; y por otra parte está Tyler Durden, un vendedor de jabón que conoce al protagonista en un avión, que viene a ser el antagonista y la representación del antihéroe moderno, el desviado por naturaleza.

II La casa, rincón de la trama.

Son interesantes las alegorías que podemos exponer a partir de una interpretación de los espacios dentro del filme. El protagonista, obsesionado con los productos de una compañía de inmuebles, construye su casa ideal: ilusión de estabilidad dentro de la sociedad de consumo. Un apartamento lujoso repleto de objetos, que luego es consumido por las llamas de un incendio. Este suceso marca un arranque crucial en el desarrollo de la historia, puesto que obliga al protagonista a desplazarse a otro lugar: al espacio de Tyler: una casa abandonada y en ruinas, relación directa que toca el deterioro mental del protagonista y su realidad.

La casa es un cuerpo de imágenes que dan al hombre razones o ilusiones de estabilidad. La casa es, más aún que el paisaje, un estado del alma (Bachelard, 2010). La Casa de la calle Paper se convierte en el espacio donde se desarrollan los personajes del filme. Esta viene a ser el rincón de universo donde el protagonista construye su ensueño y macera su locura. Todo esto en la medida que propugna su destrucción.

El interior de la casa adquiere un sentido real o imaginario de intimidad, de secreto o de seguridad. Cada rincón de la casa cumple un objetivo en particular donde conviven los personajes: habitaciones, el sótano, la cocina y el jardín. Dentro de sus límites está la posibilidad de construir toda una red de situaciones reales y ficticias. “El espacio adquiere un sentido emocional e incluso racional por una especie de proceso poético a través del cual las extensiones lejanas, vagas y anónimas se llenan de significaciones para nosotros, aquí” (Said, 2010:87).

Dedicamos un segmento especial a la casa puesto que es donde se desarrollan hechos puntuales que nos abren a la psique de los personajes y la continuidad de la historia. La casa, para los personajes, es un espacio que revela hechos y alberga recuerdos. Tenemos por ejemplo el baño: lugar íntimo y pequeño, donde Tyler y el protagonista hablan sobre su pasado. La ausencia del padre los une en un sentimiento común, cosa que explica tal vez la negación a toda figura de autoridad, producto del abandono, que a su vez define la soledad de los personajes, que se buscan y se necesitan mutuamente. Otra escena particular dentro del mismo espacio es la caída del diente del protagonista. Los dientes, se les podría designar como el primer ordenamiento, no siempre de manera visible, pero sí cuando se abre la boca. Los dientes al estar ordenados se traducen en la esencia del poder en general (Canetti, 2010). Que un diente del protagonista se desprenda y se pierda en el lavamanos señala el primer indicio de desorden en la identidad. La sugerencia de inestabilidad dentro del filme puede tocarse desde su extracción dental.

El sótano es uno de los espacios más sugerentes. Es ante todo el ser oscuro de la casa, el ser que participa de los poderes subterráneos (Bachelard, 2010).  En la casa de Tyler cuando llueve el sótano se inunda (se producen lagunas); hay una escena particular donde el protagonista dice: “every time it rained, we had to kill the power”, es decir, cortar la luz.  Todo se hace a oscuras. Lo subterráneo controla fuera de sus dominios. El sótano encuentra una totalidad por la profundidad: por el inconsciente.

III Los que se piensan como grupo

En la actualidad el cuerpo viene a ser un compendio de imágenes.  La inconformidad del protagonista lo lleva a construir una suerte de alter ego, dotado con todas las características que el mismo dentro de la realidad no puede cumplir. Crea un héroe ideal, o en este caso un antihéroe ideal. Desde un otro creado a partir de él, encuentra todos los recursos necesarios para que el mundo sea como él quiere. Produce un desplazamiento de la responsabilidad del yo. En sentido general, es dos veces otro: el hombre corriente preso de sus necesidades materiales; y está el otro, ser que se define por un apetito voraz por el caos.

Hay que prestar atención al discurso que se construye en torno al cuerpo dentro del filme. Diariamente se nos presentan cuerpos esculturales. El cuerpo es maltratado o manipulado en determinados acontecimientos sociales que lo toman estrictamente como objeto (Augé, 2004).

Gran parte de la actividad ritual guarda relación con el cuerpo individual. En algunos casos, este vínculo del cuerpo individual con el cuerpo social se inscribe por el propio cuerpo (circuncisión, excisión, escarificación, etcétera), que significa a la vez la identidad individual y la relación con los demás, precisamente por la relación con los demás (2004:68).

Tomamos por ejemplo todo el conjunto de órdenes que definen al Club de la Pelea: el enfrentamiento de los cuerpos entraman toda una economía del dolor, de liberación y catarsis colectiva. Podemos decir que los rituales constituyen una suerte de Potchland, cuyos elementos fundamentales son el honor, el prestigio, la riqueza y la obligación de devolver estos dones. “La relación del don envuelve tres obligaciones, de dar, de recibir y de devolver” (Mauss, 1971: 204). Esta intersección produce un círculo vicioso de derroche, una competencia agonística, pues está regulada por la ley de exceso y pérdida, recibir implica la obligación de devolver más (Ibañez, 1992). Los dones en el filme son traducidos en golpes y mezcla de sangre. Lastimar y ser lastimado, comprenden un conjunto de prácticas recíprocas que definen al Club, que después experimenta su metamorfosis al momento de definirse como Compañía. Todo esto, sin nunca perder su condición de secta, pues opera de manera subrepticia, y sus relaciones culturales se basan en el secreto y los actos vandálicos nocturnos, que afianzan los lazos de solidaridad mecánica dentro del grupo, usando el término de Durkheim. Estos vínculos de cohesión tienen una estructura agregada o segmentaria, es decir, se componen por grupos de clan que son muy semejantes entre sí por su organización interna: su unidad como un conjunto de ideas y sentimientos comunes (Giddens, 1998).

El hombre rebelde asume su papel como agente de caos, representado directamente en la figura de Tyler, personaje detonante que impulsa al protagonista a crear el Club de la Pelea. El Protagonista actúa como si en él no existiera ningún otro, sin embargo mientras se va desarrollando la película vemos cómo este construye una doble alteridad que le permite transgredir las normas, acto que se traduce en liberación. De ahí radica el poder que produce, y el estado de hipnosis en el que sumerge a todos los miembros del club, ya sea por su obsesión monomaníaca, o por la dominación que puede llegar a producir por su carisma. Carisma que Max Weber define como:

La cualidad de una persona individual considerada como una cualidad extraordinaria…El elemento que determina la efectividad del carisma es el reconocimiento de sus sometidos. Se trata de un reconocimiento libre, nacido de la entrega a una revelación, al culto del héroe, y garantizado por una prueba, que originariamente era siempre un milagro (2012: 121-122).

La primera barrera que hay que superar es la tiranía del cuerpo. Tyler como representación de la ruptura y desarrollo de  la trama, propone la autodestrucción como forma de liberación. La renuncia material como forma de resistencia. Hay que ver la relación simbólica que juega el jabón dentro de los sucesos en el filme. El jabón entendido como un objeto para purificar y limpiar el cuerpo, pero a su vez, un producto cuyos ingredientes también pueden provocar la destrucción: la glicerina como base de la higiene y la dinamita.

El club incrementa en la medida que viola sus propias reglas: “Do not talk about the fight club”. Se piensan como un grupo destinado a propagar el terror: el quiebre definitivo del sistema emprendido por el Proyecto Caos. El grupo opera en lo oculto, dentro de los límites de la casa en la calle Paper. La identidad individual de cada miembro se trasmuta a la identidad de la Compañía de Jabones (Paper Street Soap Company). Todos se piensan y se sienten como parte de una totalidad que auspicia su propia destrucción. Todo basado en su condición clandestina, rasgo característico de una secta.

Se distinguen por la concentración de un escaso número de mandamientos y prohibiciones; también sobre pequeños grupos de prosélitos que se conocen entre sí perfectamente bien. También está concentrada al máximo su disciplina, el reconocimiento y adoración de un Cristo viviente entre ellos (Canetti, 2010: 375).

Bibliografía

  • Augé, Marc. (2004). ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Editorial Gedisa, España.
  • Bachelard, Gaston. (2010). La poética del espacio. Fondo de Cultura Económica, México.
  • Cajas, Juan. (2009). Los desviados: cartografía urbana y criminalización de la vida cotidana. MA Porrúa librero-editor, México.
  • Canetti, Elias. (2010). Masa y Poder. Alianza Editorial, España.
  • Giddens, Anthony. (1998). Capitalismo y la moderna Teoría Social. Idea Books, España
  • Ibañez, Jesús. (1992). Más allá de la sociología. El grupo de discusión: técnica y crítica. Siglo XXI Editores, España
  • Marx, Karl. (1974). “El trabajo alienado”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Mauss, Marcel. (1971). “Ensayo sobre los dones, razón y forma del cambio en las sociedades primitivas”, Sociología y antropología. Tecnos, Madrid.
  • Mumford, Lewis. (1974) “La rutina mecanizada”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Said, Edward. (2010). Orientalismo. Random House Mondadori, España.
  • Simmel, George. (1974) “Metrópolis y vida mental”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Van den Hagg, Ernest. (1974) “No tenemos medida de la necesidad ni la desesperación”, La soledad del hombre. Cuarta edición: Monte Ávila editores, Caracas.
  • Weber, Max. (2012). Sociología del poder. Alianza Editorial, España.

Alexander Urrieta Solano

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