Figuraciones de la memoria

Escribe que algo queda. En nombrar las cosas nunca hubo un primero. Todo se repite. Lo que varía por supuesto son los errores. La memoria de uno es la memoria de todos, por lo tanto los fracasos siempre son colectivos y la gloria sin duda la virtud de uno solo. Majestuoso. La vida es un juego de ruedas sobre ruedas. Incesante vínculo desastroso. Ruinas circulares. Hay algo en parte azaroso en nuestra forma de decir las cosas, pero más en las miles de formas de callarlas; tenerlas ocultas como si en el secreto se pudiese cotizar algo increíble. Escribe que algo queda. Una palabra que necesita de otra para ser explicada. Un ladrillo sobre otro para levantar un muro de contención con grietas que evidencian todo un compendio de culpas. Silencio. Todo eso que antecede al movimiento, a esa palpitación cardíaca proveniente de los tambores. Percusión de horrores que acusa en un escándalo sostenido al asesino.

Escribir. ¿Tiene esto alguna utilidad? Resulta pertinente encerrarse en los límites confusos de estas palabras, distantes de todo fin, propensas al encierro que proponen los descuidos y las gavetas. Cada texto es un pequeño fragmento de nosotros. Una confesión no está exenta de la burla ni la vergüenza. Intimidad meticulosamente aprobada para exponer al público, o tal vez un disparate accidental que en un principio creímos inconcebible compartir. Una de tantas pistas que dejamos colando en un universo infinito de partículas. Un tributo sutil a la in(existencia).

Se puede hablar de lo mismo siempre pero no de la misma forma. Esto para mí ha sido la inquietud más grande. La forma. La voz. El hilo discursivo con que vamos empatando las cosas, las ideas que no terminan de pensarse por completo. Entonces el argumento es jactarse de poder decir algo a medias, sabiendo en el fondo que nunca lograremos terminar de explicar nada.

Elena. La primera palabra. Tengo que aclarar desde un principio que lo que voy a contarles se trata de una novela inconclusa. Nunca hubo intensiones de terminar nada. La verdad esto bien se puede tratar de una lectura de comienzos, dedicada a lectores de principios, honestos, que saben muy bien que cuando la trama no funciona se puede tomar la opción de abandono sin remordimiento. Para dejar morir un texto lo que sobra son las excusas. Lo que a veces es reprochable tal vez es la tristeza con la que se deja para siempre ciertas cosas.

Ojalá la vida fuese así de sencilla. Donde pudiese marcar mis propias pausas sin llevar a rastra las molestias de aquellas cosas que dejé incompletas. De tener el recurso del abandono siempre presente como un comodín-botiquín de primeros auxilios. ¿Cuántas veces se me hubiese permitido utilizarlo a cuesta de infames y retorcidos pretextos, que ya por pertenecer al pasado ya no vienen al caso? Saco la cuenta. Cuentas, porque nuestro bagaje así no nos guste es plural, retorcido, lleno de lagunas y celuloides en llamas.

Hubiese tenido el privilegio de haber dejado tantas cosas a la mitad, haberme librado de la pesada carga de dar por terminado algo. Insisto que para mí terminar siempre me ha parecido difícil. Cosa distinta a los comienzos, a las sangrías, a ese abismo entre el suspiro y la hoja, ese inhalar profundo que me recuerda que a veces se puede ser bueno reteniendo hasta el polvo nuclear del aire.

Elena. Te había preguntado una vez qué era la memoria. Quería elaborar mis propias definiciones de ella. Pero de forma inconsciente resumía lo que había escuchado y leído en otras partes.

La memoria es un salpicado de islas. La memoria es volver al índice de referencias.

La memoria es un almacén de escombros. La memoria es una pila de cartas ya jugadas.

San Agustín en sus Confesiones define la memoria como el estómago del alma. ¡Qué bicho! ¿¡Cómo llegó a esas conclusiones!?

La memoria es el depósito de los recuerdos, la capacidad de recordar lo que hemos creído haber olvidado. Esa chispa del instante, explosión fugaz. Eso Elena, eso también tiene que ser la memoria: aquel polvo siniestro que deriva de nuestros actos incongruentes.

Olvidar también es una necesidad. El olvido es la memoria descartada. Eso que se escurre por las grietas del cerebro. Olvido. Hay una estricta relación entre una palabra y la otra. Entre eso que ha sido y lo que vendrá, de ese imposible nosotros cuesta arriba. Cada día que pasa con tu ausencia se desvanece un mundo paralelo en donde hubiésemos podido ser felices, ridículamente felices. La virtud de olvidar ciertas palabras es lo que nos permite crear otras nuevas. Conjugar el olvido es parte de la anatomía de la memoria, de sus procesos oscuros de fluidos alquímicos. Hay tantas formas de pensarnos apoyándonos en aquello que pudimos haber sido.

Resumen. Llegaste un mes de junio. Te fuiste en agosto. No podemos medir con exactitud todos los detalles de nuestras alegrías. Basta con dejar un inventario de las frustraciones. Sé que es enfermizo pero admito que me produce cierto tipo de placer.

Yo trabajaba en la librería vasca. Tú en un taller de artes visuales. Nos encontrábamos en la cola para pedir café. Te gustaba el expreso y a mí el marrón claro. Quizá les parezca tonto pero son a partir de los detalles que se entiende la complejidad de las personas. De amigos íntimos a romance índigo. Luego ese lugar común que todos resumen como amor. Luego los desencantos, la antesala de todas las rabias que justifica cualquier crimen.

Ya no tengo palabras para elaborar una historia concisa de aquello que creí tan mío, sólo hablar de las consecuencias.

Cerca del delito ella pudo elegir si quedarse o irse a Barcelona. ¿Cómo se puede anticipar una declaración de fuga a partir de un margen de error? Los accidentes ocurren todo el tiempo. Elena. Cuesta saber hacia dónde van nuestros inventos. De ahí la incertidumbre de no saber hasta dónde llegan nuestras palabras, nuestras ficciones sin finales felices.

Diez días custodié tu cadáver. Hay que ver que se necesita una tolerancia casi visceral para los olores que emana la muerte. Pero si eran los tuyos, ¿por qué habría de perturbarme? Cuesta lidiar con la putrefacción y el desgaste injusto de los cuerpos. Lo cierto es que no soporté demasiado…

No puedo continuar escribiendo porque ya no soporto tu silencio.

He tratado el reelaborar esta historia tantas veces. Insatisfecho, dejando de lado cada detalle que exponga la infamia, y que a su vez logre por su propia cuenta sugerir un giro fabuloso.

Imposible. Mejor es claudicar, huir si se puede.

Alexander JM Urrieta Solano

 

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El brujo del cuervo

Mi primer encuentro con El brujo del cuervo fue en Lima. La contratapa del libro me había llamado la atención pero terminé comprando otro libro cuya prioridad en ese momento era vital. Entre las cosas que me llamaron la atención de aquel libro de bolsillo fue el nombre del autor que no supe pronunciar al principio: Ngũgĩ wa Thiong’o. Después de casi un año ya en Caracas el libro se me volvió a presentar. Por un impulso propiciado por las festividades decembrinas terminé comprándolo. El libro no dejaba de llamarme y me comprometí a leerlo durante el mes de enero.

Cada vez estoy más convencido que los libros a veces nos buscan. Ciertas obras se presentan en nuestra vida para dar sentido a nuestro presente, tal vez con el propósito de hacernos creer que nada se lee por casualidad. No puedo decir que esto sea un absoluto, la experiencia lectora de cada uno es única y diversa, de ahí lo rico y divertido de todo el asunto que envuelve el acto de leer. Para mí los libros han fluido de esa manera. Incluso me ha pasado que sueño con libros que estoy leyendo que ni siquiera he empezado a leer.

La compañía del brujo del cuervo fue hasta cierto punto esclarecedora. No sólo porque su lectura resulta amena desde principio a fin, sino que me resultaba imposible no contrastar la ficción del libro con la realidad triste de mi país. La imaginaria República Libre de Aburiria no dista mucho de la República Bananera de Venezuela. Las similitudes eran un reflejo de las atrocidades que se viven en gobiernos militares y totalitarios, donde la ignorancia se conjuga con el miedo y somete a los habitantes a vivir como poseídos, embrutecidos por la necesidad, la pobreza, la violencia del Estado, la tiranía del pensamiento que de forma injusta suprime a todo aquel que piense distinto.

Thiong’o escribe sobre un país regido bajo de figura asfixiante del Soberano, considerado  por antonomasia como la medida de todas las cosas. Dictador inamovible, que ejerce el poder a capricho y sobre las riendas de todo un pueblo. Tuve ciertos sentimientos encontrados con el libro de Thiong’o. En reseñas que busqué sobre el libro mencionan varias veces que se trata de una obra donde predomina el realismo mágico africano, pero más allá de los elementos fantasiosos que van hilando la obra, junto a una serie de personajes con voces que desde sus perspectivas van construyendo una trama, se trata de una obra que, como el autor lo menciona en voz de su personaje principal, abarca el tema pos-colonial.

El brujo del cuervo expone de forma lúcida y satírica las consecuencias de todo el proceso de colonización en África. A pesar de haber sido un proceso muy distinto a la colonización en América, se pueden encontrar que lo que tienen en común son los hechos históricos que envuelven la destrucción de la memoria: la domesticación del ser. Para dominar al otro lo primero que hay que quitarle es la lengua, la palabra, hacerlo olvidar por completo de dónde viene para manipularlo.

Thiong’o expone a la República de Aburiria como un país enfermo. La estructura del libro se compone de seis partes donde se expone cada síntoma de aquel lugar controlado por fuerzas demoníacas que alteran la aparente normalidad del país. Uno de los que más me desconcertó fue el segundo libro: Demonios de las colas. Por razones extrañas la gente empieza a hacer colas infinitas por toda Aburiria. No era difícil para mi imaginarme la cruda realidad en la que estamos actualmente, el cómo la desidia a modo de embrujo se había apoderado del control de todo.

Durante un tiempo fue como si todo el mundo en Eldares estuviera poseído. Si una persona se paraba a mirar un escaparate, se encontraba de pronto con que se había formado una cola detrás de él. La gente ni siquiera se molestaba en preguntar para qué era la fila; simplemente suponían que tenía que haber una razón para hacerla, y querían su parte de lo que fuera que se distribuyera…De vez en cuando una persona daba origen a una cola sin tener conciencia de haberlo hecho, se marchaba a su casa y al día siguiente se incorporaba a la misma cola, siempre sin saber que él había sido su inocente causa. Sencillamente, las filas tenían vida propia. (Thiong’o; p. 173)

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Cada sociedad cuenta con sus reyezuelos y seguidores parasitarios, respaldados por la indiferencia del mundo y la carga del hombre blanco, que el autor desarrolla con la enfermedad de la blanquitis que padecen algunos personajes: la dificultad de las palabras, el rechazo hacía uno mismo, la ignorancia que suprime todo movimiento hacia adelante. Es una lectura recomendaba. Me agrada que esta novela haya sido mi introducción a la literatura africana donde, así como muchos otros textos escritos desde la periferia, ponen en tela de juicio la corrupción de las sociedades occidentales. La mirada del otro.

El brujo del cuervo me acompañó y seguirá estando conmigo en mis viajes por Caracas, una de las tantas Eldares con su realidad insignificante, donde el caos resulta ser la norma reguladora de todos los días, y a veces es tan aterradora que no hay que pensar dos veces en recurrir a los recursos que promete la magia. En la medida que me iba metiendo en las tramas desarrolladas en más de setecientas páginas, me terminó quedando esa inquietud de desde el inicio plantea el autor sobre el malestar de su pueblo. Fue una ironía sentir que Thiong’o con su realidad africana se había acercado de forma pertinente a la mía.

Invito al lector que se le presente la oportunidad a considerar la historia del Brujo del cuervo. Es un libro que vale la pena revisar así como el resto de la obra de este prolífico autor de Kenia: Ngũgĩ wa Thiong’o.

Esperando que mi casi reseña les haya servido de incentivo para sumergirse en el universo que promete la literatura africana… Hakuna Matata.

Era demasiado tarde para cambiar su historia. Tendría que seguir adelante con la mentira, fueran cuales fueran las consecuencias. A partir de ese momento se atendría a lo que mejor sabía hacer: deformar la verdad, en lugar de decir mentiras rotundas. (Ibíd; p. 561)

Alexander JM Urrieta Solano

 

Un relato polar para Vero y Alejo

Zeta vivía en Altamira. Salí de clase y me animé a visitarla. En un clima de coyuntura, ya montado en el vagón de Plaza Venezuela anunciaron que las estaciones Chacaíto-Chacao-y-Altamira no estaban prestando servició comercial. Terminé bajándome en la estación Miranda y caminé hasta el Centro Plaza. Me encontré con Zeta y luego de divagar sobre lo que íbamos a hacer decidimos matar el tiempo en la Plaza de los Palos Grandes, a pocas cuadras de ahí.

Quise visitar la biblioteca pública de la plaza por primera vez. Al llegar a la entrada vimos que estaba cerrada, entonces decidimos sentarnos en uno de los banquitos que estaban en un segundo nivel de la plaza, donde se podía tener una vista panorámica de ella. Se veía la transversal congestionada por el transporte público y los carros desviados por causa de avenida principal Francisco de Miranda cerrada; la gente tomando café y comiendo torta en el cafetín de la plaza; las colas de la cajas del Excelsior Gama como cualquier día de la semana; transeúntes tirados en las grandes cuadrículas del centro de la plaza conversando y paseando a sus perros. Una lógica donde la rimbombante crisis del país parecía inexistente.

Y aquí comienza nuestra exposición de la infamia. Porque aquí nadie merece el aplauso de nadie. Al menos de los radicales y poseídos que nos han llevado hasta donde estamos, y que han servido de referencia para manifestar estas inquietudes que escribo sin que me quede ningún tipo de remordimiento. Palabras que al final terminan siendo insignificantes. De antemano le aclaro al lector, que no pretendo menospreciar las movilizaciones de la oposición ni la indignación general que impulsa a muchos a protestar por razones más que justificadas; sin embargo, el no estar a favor del gobierno no significa que voy a hacerme la vista gorda del parasitismo y las mentiras construidas de forma inevitable desde que el país se acostumbró a vivir de la polarización, que porque estamos del “lado correcto de la historia” (supuestamente), podemos jactarnos que estamos desprovistos de pobres diablos que sin contemplación, o malvada complicidad, sacan provecho de toda esta situación que vivimos. Nadie se salva, porque el tablero actual no se puede dividir en buenos y malos, sino entre malos y nefastos: bellacos y ladrones…y en un pedazo de cielo triste, los pendejos y soñadores.

En medio de la calle, había tres muchachos pidiendo dinero entre el avance lento de los carros, cada uno con un respectivo pote de salsa tamaño industrial, recolectando fondos para la Resistencia. Con sus franelas de: “Pueblo arrecho hijos de Bolívar”, sin contar claro, las tantas franelas con el estampado de la vestimenta de los militares de la independencia: las pavosas franelitas de Yo soy libertador esparcidas y llevadas con orgullo por el municipio opositor; pero esto es una opinión personal, que cada quién se ponga el andrajo que mejor lo haga sentir. Cada quien en sus convicciones defiende una causa común, pero al final prevalece la convicción personal. Y aquí, en el alboroto de las masas, muchos la pierden, o quizá no la han encontrado todavía.

Vimos que en la plaza se había acercado una señora muy delgada en un estado tétrico de mendicidad, con un frasco en la mano iba pidiendo dinero para comprar comida porque tenía hambre. Y entonces de repente apareció uno de los vigilantes de la plaza diciéndole: “Aquí no se puede pedir dinero”, y la echó de ahí. Qué bolas tiene esta gente, pensé en voz alta, ¿estás viendo eso Zeta? ¿Alguien comprende esta ironía de la realidad país? …y comenzó a florecer dentro de mí el infinito desprecio. Quise gritar desde las alturas: ¿por qué entonces esos mocosos si podían pedir dinero ante la vista altanera de todos? ¡Hipócritas!

Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros, ¿cierto? La prioridad libertaria y el cinismo pueden pasarse por encima las verdaderas necesidades, a nadie le importan los pobres, son sucios, invisibles ante causas más importantes, y una verdadera molestia para aquellos que van a disfrutar de los espacios de la Plaza de los Palos Grandes… y todo esto ante la mirada indiferente de todos, un episodio breve que como empezó, terminó en un instante.

Mientras tanto, el grupito de la resistencia subía al segundo nivel con los potes de salsa llenos de billetes. Se pusieron en un rincón a contar el botín. Luego vi que uno de los muchachos ya con el pote vacío, lo escondió detrás de unos arbustos y cartones justo detrás del banquito donde estábamos Zeta y yo. No podía evitar expresar mi asco entre dientes. Se sentó en el banco vecino, y vimos que la chica que estaba sola desde hace rato, y que había escuchado desde llegamos al banquito todas nuestras imprecaciones, era su pareja de lucha. Me sentí alarmado, y preparándome ante cualquier ataque porque no podía esperar menos de gente tan desagradable y falsa, pero ellos ante el escándalo del dinero nos ignoraron. El muchacho con su faja de billetes, iba contando y de tantos cientos se iba metiendo billetes de quinientos de los nuevos en su bolsillo. Supongo que los héroes que viven de la necesidad y los sentires de otros, pueden darse el lujo de cobrar su arduo trabajo de pedigüeños.

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El lucro justificable de héroes que luchan por la libertad; así los pintan los medios petulantes, los intelectuales polarizados que ante tanta idolatría, pueden descartar (en su inocencia) que tras bastidores, pueden ser (así como los esbirros del régimen) tremendas porquerías generacionales. Los vigilantes de la Plaza de los Palos grandes, trabajan en complicidad con los emisarios de la causa haciendo la vista gorda, pues estos niños eran todo menos mendigos. Se llegaron todos al banquito vecino y vi sus aspectos, sus gestos y el dinero sucio entre sus manos, y entendí que esos carajos no vivían tan mal después de todo ¿A dónde se iba todo ese dinero? En mitad de una molestia, le propuse a Zeta acercarnos a Plaza Altamira, porque quería comprobar con mis propios ojos qué era lo que estaba ocurriendo allí, y conocer a los famosos seres que se hacían llamar los Escuderos. Bajando a la avenida por una de las transversales, veíamos un río de gente caminado en dirección este, buscando la entrada de la estación Miranda que era la próxima que estaba abierta. Yendo en dirección contraria, Zeta y yo llegamos a Plaza Altamira.

No sólo me impactó la tolerancia impuesta a todos los habitantes de Altamira, sino la decisión permisiva y alcahueta del alcalde, que bajo cordones amarillos y el resguardo de la policía de Chacao, habían establecido los límites del patio de recreo de los escuderos, porque eso no podía definirse como otra cosa: un patio dantesco, donde la juventud y la mediocridad jugaban juntos a la Resistencia. Asumiendo su rol belicoso, de mucha televisión, videojuegos y arrechera, respaldado por esas voces que inflaban esas ínfulas guerreras, con el calificativo de héroes y promotores de la libertad.

Quise darle la vuelta completa a la plaza para sentir la energía del deterioro del país, comprobar a flor de piel los verdaderos logros de la Revolución, el despilfarro de tantas vidas, embrutecidas por estas ganas de matarse y vivir la experiencia de estar frente al otro y destrozarlo sin contemplación. La Plaza Altamira se había vuelto un escenario que rayaba en la marginalidad y el oprobio. Pilas de botellas convertidas en bombas, potes de aceite de carro, bancos destrozados, placas robadas, los espacios rayados con mensajes claros para evidenciar el vandalismo y la imbecilidad: Caracas Loca era el grafiti que definía todo este campamento improvisado. Lo curioso, destacaba Zeta, era que las flores de la plaza estaban intactas, pues los cruzados no podían hacer nada con ellas.

A orillas del obelisco, los héroes fumaban mariguana y bebían caña. Todos en medio del éxtasis fraternal hablaban de adrenalina y acción, cobardía como señal de burla, y esa bravuconería que nos define como venezolanos resteados, que se sienten los seres más lacras del universo. Diversión sólo para criaturas recias y valientes, que convivían y aceptaban sus posturas medievales, en un ambiente donde todo se toleraba porque todos pensaban igual. Creo que lo único que podía parecerse a la gesta independentista de la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, era la supremacía del garrote y el bochinche, la improvisación y el vandalismo maquillado por aquellos que veían esto como lo más hermoso del mundo. Una señora, asumiendo su rol de profeta Isaías: “voz que grita en el desierto”, con un afiche del Sagrado Corazón de Jesús en una mano, y la bandera de Primero Justicia en la otra, golpeaba el suelo con su asta y vociferaba: “Dios mío queremos Paz. Paz… señor, protégenos del mal”. Unos guarimberos tirados en una loma la mandaban a callar. Cada loco en su rol fino dentro de la parodia. Todos encolerizados por los poderosos. El fin justifica los medios. Tenía que vivirlo para sentirlo y contarlo.

Como una esponja absorbía las energías de aquel ambiente desquiciado. Y entonces caminando con Zeta sentimos el roce de un carajo que al pasarnos por el lado, estaba sin camisa y en su mano ensangrentada llevaba un martillo. En mitad de nuestro circuito, veíamos el circo de atrocidades con otros ojos, y entonces sentí miedo, mucho miedo, porque sabía que tampoco pertenecía allí, y por un momento sentí que tal temor me delataría entre tantos seres poseídos por un extraño sentir. Temí por mi vida y la de Zeta. Veía carajos con fajas de billetes en mano, con equipos de protección desde el más rudimentario hasta el más estrambótico y costoso. Entre tanta agitación, una náusea me hizo perder los estribos, y el dolor en el pecho era síntoma de una rabia que no podía controlar. Temía por mi vida, porque no apoyaba nada de lo que estaba viendo, sentí pena y asco por todos los presentes. Y entre mí decía: sigan revolcándose en su propia mierda, hijos de libertadores. ¿Estudiantes? Había de todo menos eso. Mercenarios y faranduleros, bestias amaestradas que dudo que tuviesen algo en los sesos, más que el odio de tanto años, privados de ver el mundo de una forma distinta, sin oportunidades de conocer nada nuevo. Sentí lástima por todo. Padre, no nos perdones, porque sí sabemos lo que hacemos, pensé. El legado de los milicos logró esparcir su podredumbre en toda una generación completa, con un éxito irrefutable. Gracias políticos, por condenar a todo un país al abismo. Quiero que esto sea una memoria de un venezolano en decadencia. No pretendo que tanta gente comparta este sentir trágico conmigo. Ese es mi problema.

Vi que se acumulaba una turba en mitad de la avenida, y al divisar al horizonte en dirección oeste donde corrían todos, sólo pude divisar la delgada línea amarilla que marcaba el límite del patio y la cola de carros acumulados moviéndose al son de los pitos y el desvío. No vi presencia de Guardias Nacionales ni de Policías Bolivarianos, ni tanquetas ni ballenas. Veía a lo lejos la horda de guarimberos corriendo pero yendo a ninguna parte. Entonces comprendí que estaba presenciando un ensayo de la montonera, mientras otros los grababan y tomaban fotos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Los locales alrededor estaban abiertos y los empleados los miraban como parte de una costumbre tenaz, pues me imagino que cuando se ladillan los libertadores, estos se meten en los locales a consumir. No encontraba sentido en nada. Era todo tan falso y ridículo. Estaban los espectadores restantes de la marcha que había culminado horas antes; voyeristas, padres y representantes, fanáticos cristianos con sus creativos letreros de Dios está con nosotros: Dios nos protege: Dios cubre con su manto a este bravo pueblo… Un contraste poético con los escudos improvisados con estampados de cruces y respectivos insultos al régimen, que calaban en lo que para muchos era una cruzada contemporánea: una guerra santa justificada y bien financiada. Que no te incomoden estas palabras lector. Yo sólo escribo lo que vi. Mis palabras se quedaron cortas ante tanto paroxismo de idiotez.

Luego de dar la vuelta completa a la plaza nos regresamos por donde vinimos. Llegamos al Centro Plaza, y alterado le propuse a Zeta entrar a una librería del centro comercial. Un cambio de ambiente radical. Nos separamos para revisar los estantes. Y frente a tantos títulos de maestros y voces antiguas, las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, la debilidad se apoderó de mi cuerpo. Un llanto insostenible de rabia. Rabia acumulada de años, por ver tanto deterioro y desperdicio de talentos. Y entonces me sentí ínfimo y miserable. Y empatando todas las piezas del día acepté que nos merecíamos lo que teníamos. Declaración tan injusta, incómoda, y después de descargar mi dolor, quise descartar si era cierto o no. Pensé en todas las versiones de amigos que quiero y estimo que todos los días exponen su vida por creer en la posibilidad de un país mejor, marchando y siendo reprimidos brutalmente por la higiene social de la Corporación Militar, sólo por aspirar vivir en un país donde la gente no se odie hasta el agotamiento por pensar distinto. A mi mente entraron las miles de mentalidades que asistían a las marchas, y comprendí que esos escuderos eran el resultado lógico de una enfermedad que todos padecíamos, pero que ellos ya no tenían miedo de ocultar, porque el precio de la vida les daba igual, condenados a cometer acciones insensatas, y poner en evidencia el tremendo mal que se había acomodado en este pueblo para quedarse quién sabe hasta cuándo.

Hago el molesto contraste que tristemente los medios de comunicación (con posturas fijas e incuestionables) no promueven para evitar posturas críticas, ante el lucro del propio espectáculo que ellos mismos promueven con sus reportajes panfletarios (tan parecidos a lo que hace este gobierno de mierda), con la sutil excusa de decir que informan a la población encerrada en sus burbujas existenciales, que no se expone a los riesgos de la calle, pero que sin duda son repetidoras de la tragicomedia de todos los días. Donde encontrar espacios grises y oscuros, es lo que genera un verdadero desconcierto, pero que sin duda, nos abre las puertas a un cuestionamiento que profundiza más los problemas, pero que a la larga nos hace más reflexivos y libres del engaño. Usted si cree en una lucha, ejecútela, pero no sea cómplice de la mediocridad. Pues aquí la tiranía que hay que superar primero, es la impuesta por el pensamiento polar. Ver las cosas de otra forma no nos hace enemigos, sino que amplía nuestros horizontes. Son a través de estos pequeños detalles, donde encuentro ese camino que se aproxima y en ocasiones fugaces, se parece a eso que todos llaman libertad.

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Alexander JM Urrieta Solano

Un Relato polar para Falke

Por una sugerencia asistí con una amiga a un recital de poesía en el Celarg. Un encuentro de poetas que para mi asombro y casualidad, celebraba su quinto aniversario. Oficio Puro se llamaba el grupo, como el poema del Chino. Con un aforo que no llegaba a quince personas, cosa que me dio a entender el poco nivel de convocatoria, y a su vez la precaria situación del país y las dificultades que había para llegar al encuentro. Casi todos los miembros eran personas que pasaban los cincuenta: viejos, porque ahí lo que predominaba era eso. Hablaban de que querían incentivar a recuperar los espacios del Celarg para las nuevas generaciones de artistas.

La cosa es que fui por la iniciativa de otra amiga, con el fin de poder conocer a través de ese evento a un compañero de filosofía que está organizando un movimiento interdisciplinario, el cual por sus propuestas me vi inclinado a participar. Luego de conocernos por fin en persona, antes de que la sesión comenzara, nos comentó a mi amiga y a mi, el mismo asunto de que los viejos necesitaban de que los jóvenes asumieran la batuta de trabajar por el país. La idea es que como grupo interdisciplinario, se nos facilitaran los espacios para que pudiéramos realizar nuestras actividades: charlas, talleres, seminarios, discusiones…debates. Porque bien sabemos que hay mucha gente dispersa por ahí con ganas de trabajar, pero la cosa es dónde reunirnos.

Se dio inicio a la sesión extraordinaria. Nos presentamos. El filósofo planteó su propuesta y la necesidad de crear un grupo conformado por estudiantes de diferentes ramas del saber, con el interés común de generar un conocimiento nuevo con propuestas accesibles que motivaran a otras personas a acercarse a los espacios del Celarg. Cuando llegó mi turno manifesté la urgencia que hay de recuperar espacios y promover que personas de diferentes formas de pensamiento se llegaran, pues las coyunturas exigían un compromiso mayor por parte de los jóvenes, o al menos las personas que tuvieran la intención de formar parte de un cambio significativo.

Se veía que estas reuniones eran íntimas y herméticas, por la actitud confianzuda de los miembros y la calidez con que fuimos recibidos. Todo parecía tranquilo hasta que surgieron las palabras que en todo evento que asisto me da a entender que estoy sumergido en otro paraíso polar. Una participante, cuya profesión era maestra, luego de su agradecimiento y manifiesto de alegría por los años participando en Oficio Puro, en mitad de todo este entusiasmo tras una pausa, mencionó las palabras mágicas: “esto es posible sólo en revolución.” Algo por dentro me revolvía, pero decidí no darle vuelta a sus palabras, porque lo que importaba era el poesía. Yo me encontraba allí por ella.

Luego entre charlas de la constituyente vi que los que estaban reunidos allí apoyaban tal acción desmedida del gobierno, y luego una de las organizadoras mencionó que ella había vivido tiempos históricos y sacó a relucir el trillado 27 de febrero, “un día trágico donde vi que mataron a mucha gente…” Y entonces otra vez el malestar en el estómago, quise mencionar que cuál era la diferencia de lo que estaba pasando ahorita con lo que ocurrió en el Caracazo, porque parece que la fecha del 27 se volvió un fetiche discursivo que se ha usado tanto que resalta un cinismo ingrato y tenaz con el ahora. Y es que termina en una oda a la ceguera y el descaro que oculta aquello que acontece en el ahora, de jactarse y decir que unos hacen historia y otros no. Que hay luchas más importantes que otras. Que hay días donde unos son pueblo y otros no. Que la cuarta era terrible y tal…pero ni de vaina hablan de lo troglodita y asquerosa que es la quinta, ni de vaina hablan de la estrafalaria Corporación Militar que ha tiranizado (de una forma u otra) todas la rutinas de los habitantes del valle, y el resto del país. Y de nuevo esa amputación de la historia que transpiran los espacios polarizados. Obviamente no dije nada, porque lo que me importaba era la poesía. Podía de nuevo pasar estos comentarios por alto. Porque ya uno estaba acostumbrado a los lugares comunes, o cosa peor, asumir con vehemencia esa mala costumbre de calarse estos comentarios fuera de lugar. Pero pasó y listo. La poesía por encima de todas las cosas.

Tuve la oportunidad de presentar mis versos. Luego otros presentaron también sus creaciones e incluso una agrupación musical nos recordó en palabras de otra compañera que la espiritualidad también es política. Idea que me gustó bastante. Compartir versos con otros amantes es un privilegio sin importar tu inclinación política, pues el fin es la poiesis: la creación. He aquí el valor fundamental de la poesía. Luego de tantas reflexiones enriquecedoras y entre tanto compartir, la misma compañera que habló de la espiritualidad, en su éxtasis lanzó un random ¡Viva Chávez!, y como asumirá el lector, mi decepción fue tal que no pude ocultar mi indignación, y en silencio dejé que una rabia diminuta me quemara por dentro. Me pareció tan desubicado semejante consigna endémica de idolatría, que ya rayaba en lo absurdo y lo bochornoso, que para colmo fue respondida con un largo ¡Viva! que me hizo caer en cuenta que yo no pertenecía allí…pero la poesía era lo más importante, y quise rescatar las sabias palabras anteriores, espantando la niebla de aquel comentario final innecesario para un recital de poemas.

Mi amiga y yo nos vimos en silencio y nos dijimos de todo. No quise mirar al filósofo pero algo me decía que él también podía sentir aquella perturbación. Luego hubo un compartir en la terraza del piso seis donde nos encontrábamos, y en la celebración de una rifa me gané un libro que terminé dándoselo a mi acompañante. Los miembros de Oficio Puro sacaron frituras y pasapalos que repartieron entre todos. Una organizadora trajo una botella de guarapo que parecía cocuy con mango y le sirvió un shot en un vasito a cada uno.

En el brindis bohemio, se gritó al unísono:
¡Salud! (Salud… s-a-l-u-d)

¡Viva el oficio puro!
¡Viva!

Viva la poesía!
¡Viva!

¡VIVA CHÁVEZ! … (¿pero qué mierda?, pensé)
¡Viva!

Y miré a mi amiga y al compañero del grupo interdisciplinario, el filósofo, arrimado en la cornisa con vista al Wararia, que había rechazado el guarapo y no estaba brindando con nosotros. Una decepción tirana se había apoderado de mi.

Luego al concluir el compartir pidieron una foto grupal. La cual acepté por el mismo tema de la poesía… mentira, lo había hecho como parte de una cortesía protocolar, pues la poesía ya me valía verga. Entonces la fotógrafa cuadrando su plano, nos pidió que dijéramos Poesía…

¡Poesía! (Poesía…p-o-e-s-í-a)

Al tomar la foto seguida de otra…volvió a gritar:

Viva Chávez….y el grito rebotó en la sala.

Me quité de la foto y aceleré el paso con mi amiga para tomar el ascensor y bajar rápido de aquel sexto piso, no sin antes hacer una despedida a distancia, mientras las puertas del ascensor cerraban con lentitud. En la entrada del Celarg, dimos las gracias por todo y salimos con nuestro premio libro de consolación.

Acompañando a mi amiga a su casa, ya solos, hablamos del chavisteo que empapaba a todo el Celarg y todos los espacios “recuperados por la revolución”; la ciudad estaba polarizada de tal manera que los chavistas tenían sus espacios y la oposición tenía los suyos. Cada uno con su zona de confort y el respaldo de sus intelectuales, que con consentimiento o no, habían ya vendido sus palabras a la causa donde mejor se sentían cómodos. Y eso todo el mundo lo sabe.

No estábamos claros si al final esos viejos apoderados, después de cinco años no se habrán dado cuenta que su fanatismo, que parece estar por encima de la poesía misma, terminaba por espantar a todo aquel que pudiese pensar distinto, y ponía en evidencia el abandono de los espacios y el deterioro de las instituciones que supuestamente velaban por la promoción de la cultura. Por razones obvias, a nadie le interesaba acercarse a un recital donde al final de leer versos, se atribuyera toda la fuerza creativa y el amor que muchos tenemos por las palabras, a un carajo que aparentemente fue toda vaina en la vida, pero que nunca fue un poeta.

Alexander JM Urrieta Solano

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Relato Etnográfico: experiencia en el mercado de Corotos

El Bachiller inocente (Apuntes a modo de introducción)

Para mi proyecto etnográfico tenía pensado observar el mercado de corotos que se hace los domingos en la sede de Acción Democrática, en El Paraíso. Hacer un recorrido breve, de proporciones reflexivas, sobre la relación que tenemos los occidentales con los objetos.  Debo admitir que la propuesta de salir a campo es una formalización del movimiento. Asumir una postura: un rol de investigador, cuya presencia altera también la cotidianidad de otras personas. La memoria juega un papel importante dentro del registro de aquello que se observa. Es un constante intercambio donde las personas te van dejando cosas, datos, palabras, detalles importantes para nuestro hacer etnográfico, o en mi caso particular, experimentos literarios, con cierto sustento científico de orden antropológico y sociológico.

¿Cómo justificar la validez de un estudio etnográfico? Además de un breve respaldo teórico, el escrito dependerá de la experiencia del investigador.  El aspecto no verbal de la cultura envuelve lo que reclama el silencio, lo que antecede al movimiento. El aspirante a esta forma de entender al otro, el etnógrafo, debe entender en primera instancia que sólo se llega a un aproximado de las cosas. Entrelazar diversas interpretaciones a partir de nuestro filtro particular. Es preciso llevar entonces un diario para llevar un registro de lo que se percibe (considerando que, el acto de escribir puede provocar consecuencias en el espacio, y también pérdida de información). La escritura forma parte de un ejercicio disciplinario y un acto de composición. Ambas cuestiones, se correlacionan en una poética de la observación e interpretación.

El orden del coroto

Coroto es una voz de origen indígena, que designa una suerte de recipiente proveniente del fruto del árbol del totumo (Crescentia cujete). Más adelante, la palabra vino a usarse para designar todo tipo de cosas o asuntos como forma de auxilio (Pérez, 2011). Luego la misma palabra en la búsqueda de su orden etimológico fue relacionada con un célebre pintor francés llamado Camille Corot. En resumidas cuentas, la palabra en la actualidad sirve para designar objetos: artículos de segunda mano, porque la palabra puede pasar de sustantivo concreto a un adjetivo calificativo, o en el menos común de los casos hasta uno peyorativo.

El Mercado: Lugar y no Lugar

Asistí cuatro domingos seguidos al Mercado de los Corotos, guiado por el interés de conocer las dinámicas de una venta de productos usados. La sede principal de Acción Democrática es un espacio que se presta para hacer diversas actividades durante la semana. Los días miércoles por ejemplo, hacen un mercado de alimentos fijo, donde venden carnes y hortalizas a precios (relativamente) económicos. También se organizan desde fiestas de cumpleaños, hasta conciertos de rock, pero estos son eventos esporádicos.

El Mercado de Corotos es un espacio que evoca al recuerdo drásticamente. El espacio público, en un primer sentido, es el espacio institucional en el que se elabora la opinión pública y se propicia el debate (Augé, 2004). La Casa de Acción Democrática es, en primera instancia, un lugar, puesto que en él se expresa la identidad, la relación y la historia de los diferentes sujetos que hacen vida en ella; por otra parte, este espacio también es un no lugar, en la medida que no expresa nada, es decir, que no se realizan intercambios de identidad y significación, sino que más bien se puede convertir en mero espacio transitorio: de estadía temporal. Entonces podemos decir que el mercado es tanto Lugar como No Lugar.

De los cuatro días que fui al mercado el primero me dediqué a hacer un ejercicio de observación. Luego el resto de los días me propuse conversar con diferentes vendedores del mercado, hice mi tanteo con casi trece vendedores, de los cuales sólo tres personas me dieron la información que en mi tanteo inocente, creía estar buscando. Entendí que no todos están dispuestos a conversar, si acaso no hay venta concretada no hay palabras que valgan, así sean por mera curiosidad. Me costó mucho. Mi proceder fue improvisado y en ciertos casos torpe e insuficiente. A falta de grabadora me aferré a mis escritos en el diario de campo: mi único registro posible, sustentado en la palabra.

Para los occidentales, los objetos se van devaluando en la medida que surgen otros que lo reemplacen, pues así funciona la lógica de la innovación dentro de las sociedades de consumo. Entre mis dilemas sobre la etnografía, puse en duda la viabilidad de este espacio. No obstante conservé en pequeñas dosis mi esperanza.

El primer domingo, luego de una observación de casi dos horas me dispuse a elaborar un inventario, puesto que consideré crucial destacar qué tipo de artículos conforman o entran dentro de la categoría totalizadora del coroto. Durante los cuatro domingos que asistí, formulé mi propia tipología del coroto. Considerándome un neófito en asuntos etnográficos elaboré un inventario de los corotos comunes en orden de prioridades: ropa, calzado, juguetes, utensilios de cocina, componentes electrónicos, herramientas, platos y figuras de cerámica y vidrio, adornos de madera y porcelana, material de papelería, enciclopedias, textos escolares (los libros literarios son escasos o casi inexistentes), bisutería y cosméticos.

El segundo domingo, luego de haber adquirido un diccionario de latín-español pude establecer una conversación con el vendedor Rubén Gonzales, (mi primer informante). Vendía pantalones, películas, correas y artículos deportivos. En una cesta tenía un conjunto de libros que parecían ser tomados al azar, puesto que no abarcaban un tópico en particular: iban de manuales de ortografía a folletos del derecho civil, y novelas cortas de esas que formaron parte de un inventario escolar: Casas muertas, Pedro Páramo, un libro forrado con un papel contact de Mickey mouse que al abrirlo titulaba El lobo estepario. El libro que compré pertenecía a su hijo: “Se lo pidieron para el bachillerato y nunca lo usó. Terminó el colegio y se puso a estudiar derecho y se desentendió de los libros”. No entendí qué relación había entre una cosa y la otra, admito que me hizo ruido lo inusual que es entrar en la carrera de derecho y desentenderse del latín, pero eso no venía al caso. Aproveché el comentario sobre el hijo para preguntarle la procedencia de sus corotos: “Hay unos que son míos y otras cosas que no, ropa que ya no me queda o que pasó de moda; estas de acá por ejemplo (señalando los artículos deportivos), eran de un sobrino mío de Puerto Ordaz que se fue del país. Para mi suerte las ideas fluyeron solas, y sin preguntarle me contó los motivos de montar un tarantín: “La cosa está difícil, ya uno no le queda otra que ponerse a buscar corotos que sirvan para vender, no es mucho pero algo es algo…ese libro que te estás llevando es un regalo…barato te lo dejé”. ¿Y le ha ido bien?, le pregunté: “más o menos, la clave está en tener algo que la gente necesite, no te puedo decir si es bueno o malo eso, porque mira tú, hay domingos donde no vendo nada de nada, pero hay otros donde te puedes encontrar con un cliente (como tú) que encuentre en tu puesto algo que andaba buscando desde hace tiempo”. ¿Entonces es una cuestión azarosa?, pregunté de nuevo: “casi siempre, el que busca encuentra, yo pienso que es cuestión de suerte, aunque no te creas, hacer la venta es difícil, porque sabes, al final son corotos y mucha gente va pendiente de que le regalen las vainas, y eso no es así”.

Podemos separar las relaciones del mercado en dos tipos de personas (tomando en cuenta que no son sólo las únicas): En los que van al mercado para adquirir corotos, y los que van al mercado para deshacerse de ellos. Es un asunto que se basa en el intercambio, no sólo monetario, pues aquí se manejan (a veces) las dinámicas del trueque, siempre y cuando los corotos a intercambiar sean equiparables en escala de intereses y funciones, y cuando no resultan tan evidentes se recurre al equivalente de los precios en contraste con el mercado imperante. No obstante, está el recurso del regateo: pues siempre se puede conseguir bajar la oferta de quien ofrece sus corotos.

El tercer domingo, luego de la adquisición de una baraja española, establecí conversaciones con la señora Mariela Echenique y su vecina de tarantín Miroslava Azorla, que para no desfavorecerla en su negocio, también le compré un folletín turístico con un mapa de la ciudad Caracas y un par de bolígrafos paper mate. Convencido de que no botaba mis riales me consolé en los fines académicos. Seguí con mis experimentos. La señora Mariela era una psicóloga egresada del pedagógico de Caracas, ya jubilada aprovechaba sus días de ocio para vender lazos y torta de pan que ella misma hacía con su hija, Camila, estudiante de comunicación social en la Santa María: “Después de la muerte de mi marido quedamos solas y bueno, lo que queda es vender lo que queda de él, ocupa espacio en la casa, y si tengo la oportunidad de salir y ganarme alguito está bien, además esta crisis nos obliga a todos a sacar ganancias de lo que sea, pero en lo personal disfruto vender más tortas que ropa de viejo”. Era demasiado contenido para unas preguntas vagas, tenía que aprovechar que contaba con tres informantes potenciales; traté de buscarle conversación a Camila pero ella cedió poco (por no decir que estaba poco interesada), iba a venía, como suelen hacer las chicas que se saben importantes y guapas. No quise dar crédito a mis prejuicios, puesto que no podía evitar sentirme atraído por la hija de Mariela. Por suerte se fue un rato largo, y pude seguir con mi empresa etnográfica ¿Las cosas de su marido no le han provocado nostalgia?, pregunté: “Al principio es duro, pero las cosas ya no son de él, no son de nadie porque ya no está…a veces pega sabes, un día quieres vender todo y otro día no quieres vender nada, pero sabes, las cosas materiales no duran, uno se muere y son los vivos los que tienen que lidiar con los corotos. Mi hija no estaba de acuerdo, pero luego terminó asumiendo que las cosas en la casa eran un estorbo insoportable”. El duelo vive en los corotos, dije sin pensar: “El polvo hijo, el polvo se pone a vivir en los corotos, ya no tengo tiempo para la limpiar y ordenar, estoy cansada, ya poco a poco las cosas se las irán llevando…siempre hay alguien interesado, siempre hijo”.

La señora Miroslava era ama de casa, casada y con dos hijos que después de graduarse se fueron del país. Ella vendía su ropa y calzado que por los años ya no tenía oportunidad de ponerse: “Tú dices que eso no importa, pero cuando pasan los años te das cuenta de lo anticuada que son las cosas que compramos; yo en los ochenta me ponía esta ropa pero ahora me da pena andar con eso, estoy vieja. Eso ahora lo compran las chamas a si de tu edad, y como de la edad de Camila”. La moda es cíclica, usted se puede poner lo que quiera, le dije. Vi que en su puesto tenía en una esquina una pila de libros (otra vez de orden escolar, más un libro manualesco de sudokus y una guía turística de Elizabeth Kline del año 98). En mi inconformidad con las propuestas literarias que tenía le pregunté si tenía más libros: “Tengo más libros, pero no los puedo traer todos porque pesan mucho. Tú te imaginas, tendría que además de traer esta maleta donde me traigo la ropa, traerme otra para los libros. Los libros pesan y son molestos cuando nadie los compra, luego llueve, se te mojan y se ponen feos, por eso me quedo con la ropa, con el sol se vuelve a secar y no pasa nada, es muy raro que traigan libros, si alguien me ayudara podría traer más, tampoco son rentables, a muy poca gente le gusta leer, yo me quedo con mi ropa vieja”. Evidentemente tenía razón, no fue hasta ese momento que consideré las dificultades logísticas de mover los corotos de un lado a otro.

De los cuatro días que fui al mercado el último domingo fue el menos fructífero, puesto que un palo de agua hizo que el mercado cerrara sus puertas más temprano. Aproveché la circunstancia para elaborar en mi cuaderno unos apuntes finales sobre la casa de Acción Democrática, pero sinceramente no hice nada. No hablé con nadie ese último día, aunque estaba dispuesto a volver a contactarme con algunos de los tres informantes anteriores pero por la lluvia habían dejado el espacio temprano. Tampoco los vi. Lo inesperado nos obliga a forzar nuestro análisis, la falta de tiempo y experiencia nos facilitan las vías para concluir, de alguna forma u otra. Sin embargo uno está sometido a lidiar con resultados escuetos que bien nos llevarán a conclusiones no del todo alentadoras. Aunque siempre se abre la posibilidad de volver, pues toda investigación se cierra ante la apertura de una nueva. Me comprometí a mí mismo volver todos los domingos, por el simple hecho de estar rodeado de recuerdos. Un comentario que para un relato etnográfico está demás, pero que sin duda dice más que cualquier registro o cita académica. Siempre queda algo por decir.

Los objetos evocan recuerdos, hay cierta intimidad concentrada en ellos. Ya no podemos hablar del objeto como tal sino cómo el objeto nos hace sentir, he ahí el dilema que envuelve estos espacios. El mercado de corotos ya de por sí evoca nostalgia. No podía evitar quedarme en un puesto viendo la cantidad de cosas que me trasladaron a la infancia: juguetes noventeros. Recuerdo con mucha alegría un puesto donde estaban vendiendo una cartuchera llena de tazos; otro puesto estaba vendiendo un Nintendo 64; otro vendía un castillo y barco pirata de Fisher Price; un tarantín distante vendía dvds de Kurosawa y la trilogía de Star Wars en VHS…puras reliquias (y fetiches) de la cultura occidental. Sin duda este trabajo con ínfulas etnográficas fue un ejercicio de regresión constante: era un sujeto que en sus intenciones de ver sujetos, terminaba sucumbiendo ante los objetos y el recuerdo.

Alexander Urrieta Solano

Bibliografía

  • Pérez, Francisco Javier (2011): Diccionario histórico del español de Venezuela. Caracas: Bid & Co. Editor
  • Augé, Marc (2004): ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Gedisa.

“En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo.”

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Alejo Carpentier – El Reino de este Mundo