Un relato polar para Vero y Alejo

Zeta vivía en Altamira. Salí de clase y me animé a visitarla. En un clima de coyuntura, ya montado en el vagón de Plaza Venezuela anunciaron que las estaciones Chacaíto-Chacao-y-Altamira no estaban prestando servició comercial. Terminé bajándome en la estación Miranda y caminé hasta el Centro Plaza. Me encontré con Zeta y luego de divagar sobre lo que íbamos a hacer decidimos matar el tiempo en la Plaza de los Palos Grandes, a pocas cuadras de ahí.

Quise visitar la biblioteca pública de la plaza por primera vez. Al llegar a la entrada vimos que estaba cerrada, entonces decidimos sentarnos en uno de los banquitos que estaban en un segundo nivel de la plaza, donde se podía tener una vista panorámica de ella. Se veía la transversal congestionada por el transporte público y los carros desviados por causa de avenida principal Francisco de Miranda cerrada; la gente tomando café y comiendo torta en el cafetín de la plaza; las colas de la cajas del Excelsior Gama como cualquier día de la semana; transeúntes tirados en las grandes cuadrículas del centro de la plaza conversando y paseando a sus perros. Una lógica donde la rimbombante crisis del país parecía inexistente.

Y aquí comienza nuestra exposición de la infamia. Porque aquí nadie merece el aplauso de nadie. Al menos de los radicales y poseídos que nos han llevado hasta donde estamos, y que han servido de referencia para manifestar estas inquietudes que escribo sin que me quede ningún tipo de remordimiento. Palabras que al final terminan siendo insignificantes. De antemano le aclaro al lector, que no pretendo menospreciar las movilizaciones de la oposición ni la indignación general que impulsa a muchos a protestar por razones más que justificadas; sin embargo, el no estar a favor del gobierno no significa que voy a hacerme la vista gorda del parasitismo y las mentiras construidas de forma inevitable desde que el país se acostumbró a vivir de la polarización, que porque estamos del “lado correcto de la historia” (supuestamente), podemos jactarnos que estamos desprovistos de pobres diablos que sin contemplación, o malvada complicidad, sacan provecho de toda esta situación que vivimos. Nadie se salva, porque el tablero actual no se puede dividir en buenos y malos, sino entre malos y nefastos: bellacos y ladrones…y en un pedazo de cielo triste, los pendejos y soñadores.

En medio de la calle, había tres muchachos pidiendo dinero entre el avance lento de los carros, cada uno con un respectivo pote de salsa tamaño industrial, recolectando fondos para la Resistencia. Con sus franelas de: “Pueblo arrecho hijos de Bolívar”, sin contar claro, las tantas franelas con el estampado de la vestimenta de los militares de la independencia: las pavosas franelitas de Yo soy libertador esparcidas y llevadas con orgullo por el municipio opositor; pero esto es una opinión personal, que cada quién se ponga el andrajo que mejor lo haga sentir. Cada quien en sus convicciones defiende una causa común, pero al final prevalece la convicción personal. Y aquí, en el alboroto de las masas, muchos la pierden, o quizá no la han encontrado todavía.

Vimos que en la plaza se había acercado una señora muy delgada en un estado tétrico de mendicidad, con un frasco en la mano iba pidiendo dinero para comprar comida porque tenía hambre. Y entonces de repente apareció uno de los vigilantes de la plaza diciéndole: “Aquí no se puede pedir dinero”, y la echó de ahí. Qué bolas tiene esta gente, pensé en voz alta, ¿estás viendo eso Zeta? ¿Alguien comprende esta ironía de la realidad país? …y comenzó a florecer dentro de mí el infinito desprecio. Quise gritar desde las alturas: ¿por qué entonces esos mocosos si podían pedir dinero ante la vista altanera de todos? ¡Hipócritas!

Todos los animales son iguales pero unos son más iguales que otros, ¿cierto? La prioridad libertaria y el cinismo pueden pasarse por encima las verdaderas necesidades, a nadie le importan los pobres, son sucios, invisibles ante causas más importantes, y una verdadera molestia para aquellos que van a disfrutar de los espacios de la Plaza de los Palos Grandes… y todo esto ante la mirada indiferente de todos, un episodio breve que como empezó, terminó en un instante.

Mientras tanto, el grupito de la resistencia subía al segundo nivel con los potes de salsa llenos de billetes. Se pusieron en un rincón a contar el botín. Luego vi que uno de los muchachos ya con el pote vacío, lo escondió detrás de unos arbustos y cartones justo detrás del banquito donde estábamos Zeta y yo. No podía evitar expresar mi asco entre dientes. Se sentó en el banco vecino, y vimos que la chica que estaba sola desde hace rato, y que había escuchado desde llegamos al banquito todas nuestras imprecaciones, era su pareja de lucha. Me sentí alarmado, y preparándome ante cualquier ataque porque no podía esperar menos de gente tan desagradable y falsa, pero ellos ante el escándalo del dinero nos ignoraron. El muchacho con su faja de billetes, iba contando y de tantos cientos se iba metiendo billetes de quinientos de los nuevos en su bolsillo. Supongo que los héroes que viven de la necesidad y los sentires de otros, pueden darse el lujo de cobrar su arduo trabajo de pedigüeños.

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El lucro justificable de héroes que luchan por la libertad; así los pintan los medios petulantes, los intelectuales polarizados que ante tanta idolatría, pueden descartar (en su inocencia) que tras bastidores, pueden ser (así como los esbirros del régimen) tremendas porquerías generacionales. Los vigilantes de la Plaza de los Palos grandes, trabajan en complicidad con los emisarios de la causa haciendo la vista gorda, pues estos niños eran todo menos mendigos. Se llegaron todos al banquito vecino y vi sus aspectos, sus gestos y el dinero sucio entre sus manos, y entendí que esos carajos no vivían tan mal después de todo ¿A dónde se iba todo ese dinero? En mitad de una molestia, le propuse a Zeta acercarnos a Plaza Altamira, porque quería comprobar con mis propios ojos qué era lo que estaba ocurriendo allí, y conocer a los famosos seres que se hacían llamar los Escuderos. Bajando a la avenida por una de las transversales, veíamos un río de gente caminado en dirección este, buscando la entrada de la estación Miranda que era la próxima que estaba abierta. Yendo en dirección contraria, Zeta y yo llegamos a Plaza Altamira.

No sólo me impactó la tolerancia impuesta a todos los habitantes de Altamira, sino la decisión permisiva y alcahueta del alcalde, que bajo cordones amarillos y el resguardo de la policía de Chacao, habían establecido los límites del patio de recreo de los escuderos, porque eso no podía definirse como otra cosa: un patio dantesco, donde la juventud y la mediocridad jugaban juntos a la Resistencia. Asumiendo su rol belicoso, de mucha televisión, videojuegos y arrechera, respaldado por esas voces que inflaban esas ínfulas guerreras, con el calificativo de héroes y promotores de la libertad.

Quise darle la vuelta completa a la plaza para sentir la energía del deterioro del país, comprobar a flor de piel los verdaderos logros de la Revolución, el despilfarro de tantas vidas, embrutecidas por estas ganas de matarse y vivir la experiencia de estar frente al otro y destrozarlo sin contemplación. La Plaza Altamira se había vuelto un escenario que rayaba en la marginalidad y el oprobio. Pilas de botellas convertidas en bombas, potes de aceite de carro, bancos destrozados, placas robadas, los espacios rayados con mensajes claros para evidenciar el vandalismo y la imbecilidad: Caracas Loca era el grafiti que definía todo este campamento improvisado. Lo curioso, destacaba Zeta, era que las flores de la plaza estaban intactas, pues los cruzados no podían hacer nada con ellas.

A orillas del obelisco, los héroes fumaban mariguana y bebían caña. Todos en medio del éxtasis fraternal hablaban de adrenalina y acción, cobardía como señal de burla, y esa bravuconería que nos define como venezolanos resteados, que se sienten los seres más lacras del universo. Diversión sólo para criaturas recias y valientes, que convivían y aceptaban sus posturas medievales, en un ambiente donde todo se toleraba porque todos pensaban igual. Creo que lo único que podía parecerse a la gesta independentista de la que tanto se llenan la boca nuestros políticos, era la supremacía del garrote y el bochinche, la improvisación y el vandalismo maquillado por aquellos que veían esto como lo más hermoso del mundo. Una señora, asumiendo su rol de profeta Isaías: “voz que grita en el desierto”, con un afiche del Sagrado Corazón de Jesús en una mano, y la bandera de Primero Justicia en la otra, golpeaba el suelo con su asta y vociferaba: “Dios mío queremos Paz. Paz… señor, protégenos del mal”. Unos guarimberos tirados en una loma la mandaban a callar. Cada loco en su rol fino dentro de la parodia. Todos encolerizados por los poderosos. El fin justifica los medios. Tenía que vivirlo para sentirlo y contarlo.

Como una esponja absorbía las energías de aquel ambiente desquiciado. Y entonces caminando con Zeta sentimos el roce de un carajo que al pasarnos por el lado, estaba sin camisa y en su mano ensangrentada llevaba un martillo. En mitad de nuestro circuito, veíamos el circo de atrocidades con otros ojos, y entonces sentí miedo, mucho miedo, porque sabía que tampoco pertenecía allí, y por un momento sentí que tal temor me delataría entre tantos seres poseídos por un extraño sentir. Temí por mi vida y la de Zeta. Veía carajos con fajas de billetes en mano, con equipos de protección desde el más rudimentario hasta el más estrambótico y costoso. Entre tanta agitación, una náusea me hizo perder los estribos, y el dolor en el pecho era síntoma de una rabia que no podía controlar. Temía por mi vida, porque no apoyaba nada de lo que estaba viendo, sentí pena y asco por todos los presentes. Y entre mí decía: sigan revolcándose en su propia mierda, hijos de libertadores. ¿Estudiantes? Había de todo menos eso. Mercenarios y faranduleros, bestias amaestradas que dudo que tuviesen algo en los sesos, más que el odio de tanto años, privados de ver el mundo de una forma distinta, sin oportunidades de conocer nada nuevo. Sentí lástima por todo. Padre, no nos perdones, porque sí sabemos lo que hacemos, pensé. El legado de los milicos logró esparcir su podredumbre en toda una generación completa, con un éxito irrefutable. Gracias políticos, por condenar a todo un país al abismo. Quiero que esto sea una memoria de un venezolano en decadencia. No pretendo que tanta gente comparta este sentir trágico conmigo. Ese es mi problema.

Vi que se acumulaba una turba en mitad de la avenida, y al divisar al horizonte en dirección oeste donde corrían todos, sólo pude divisar la delgada línea amarilla que marcaba el límite del patio y la cola de carros acumulados moviéndose al son de los pitos y el desvío. No vi presencia de Guardias Nacionales ni de Policías Bolivarianos, ni tanquetas ni ballenas. Veía a lo lejos la horda de guarimberos corriendo pero yendo a ninguna parte. Entonces comprendí que estaba presenciando un ensayo de la montonera, mientras otros los grababan y tomaban fotos. No entendía nada de lo que estaba ocurriendo. Los locales alrededor estaban abiertos y los empleados los miraban como parte de una costumbre tenaz, pues me imagino que cuando se ladillan los libertadores, estos se meten en los locales a consumir. No encontraba sentido en nada. Era todo tan falso y ridículo. Estaban los espectadores restantes de la marcha que había culminado horas antes; voyeristas, padres y representantes, fanáticos cristianos con sus creativos letreros de Dios está con nosotros: Dios nos protege: Dios cubre con su manto a este bravo pueblo… Un contraste poético con los escudos improvisados con estampados de cruces y respectivos insultos al régimen, que calaban en lo que para muchos era una cruzada contemporánea: una guerra santa justificada y bien financiada. Que no te incomoden estas palabras lector. Yo sólo escribo lo que vi. Mis palabras se quedaron cortas ante tanto paroxismo de idiotez.

Luego de dar la vuelta completa a la plaza nos regresamos por donde vinimos. Llegamos al Centro Plaza, y alterado le propuse a Zeta entrar a una librería del centro comercial. Un cambio de ambiente radical. Nos separamos para revisar los estantes. Y frente a tantos títulos de maestros y voces antiguas, las lágrimas comenzaron a brotar por mis ojos, la debilidad se apoderó de mi cuerpo. Un llanto insostenible de rabia. Rabia acumulada de años, por ver tanto deterioro y desperdicio de talentos. Y entonces me sentí ínfimo y miserable. Y empatando todas las piezas del día acepté que nos merecíamos lo que teníamos. Declaración tan injusta, incómoda, y después de descargar mi dolor, quise descartar si era cierto o no. Pensé en todas las versiones de amigos que quiero y estimo que todos los días exponen su vida por creer en la posibilidad de un país mejor, marchando y siendo reprimidos brutalmente por la higiene social de la Corporación Militar, sólo por aspirar vivir en un país donde la gente no se odie hasta el agotamiento por pensar distinto. A mi mente entraron las miles de mentalidades que asistían a las marchas, y comprendí que esos escuderos eran el resultado lógico de una enfermedad que todos padecíamos, pero que ellos ya no tenían miedo de ocultar, porque el precio de la vida les daba igual, condenados a cometer acciones insensatas, y poner en evidencia el tremendo mal que se había acomodado en este pueblo para quedarse quién sabe hasta cuándo.

Hago el molesto contraste que tristemente los medios de comunicación (con posturas fijas e incuestionables) no promueven para evitar posturas críticas, ante el lucro del propio espectáculo que ellos mismos promueven con sus reportajes panfletarios (tan parecidos a lo que hace este gobierno de mierda), con la sutil excusa de decir que informan a la población encerrada en sus burbujas existenciales, que no se expone a los riesgos de la calle, pero que sin duda son repetidoras de la tragicomedia de todos los días. Donde encontrar espacios grises y oscuros, es lo que genera un verdadero desconcierto, pero que sin duda, nos abre las puertas a un cuestionamiento que profundiza más los problemas, pero que a la larga nos hace más reflexivos y libres del engaño. Usted si cree en una lucha, ejecútela, pero no sea cómplice de la mediocridad. Pues aquí la tiranía que hay que superar primero, es la impuesta por el pensamiento polar. Ver las cosas de otra forma no nos hace enemigos, sino que amplía nuestros horizontes. Son a través de estos pequeños detalles, donde encuentro ese camino que se aproxima y en ocasiones fugaces, se parece a eso que todos llaman libertad.

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Alexander JM Urrieta Solano

Corporación militar

La unión cívico militar: oración pedante y nociva que sólo puede provenir de mentes bélicas y enfermas de poder. La gran estafa del “neoliberalismo rojo”, auspiciado por milicos que no sienten vergüenza de salir a la calle con su disfraz de aceituna verde, insultándonos con su Guardia del Pueblo, y el pavoso Honor es su divisa. Van destruyendo todo lo que tocan, patrocinando su monopolio de la violencia y el respaldo de un legado contradictorio, que sólo les sirve como retahíla para sacar provecho de la necesidad ajena; engañan en resguardo de sus intereses egoístas. El estado supo engendrar a sus parásitos. Los dotó de armas y dinero. Ahora tienen bancos personales, enormes camionetas, sucursales privadas, restaurantes, espacios “recuperados”, quintas y centros comerciales. Ni el honor ni la expiación más grande puede renunciar a tanto lujo ingrato. El milico empresario acumula su fortuna abusando de las necesidades de los que son más… aplicando su único método: el pragmatismo troglodita, el control del hambre y la miseria.

La unión cívico militar demuestra que las balas son mayor prioridad que las palabras, puesto que son veloces e invisibles. Y estos anfibios condecorados, que les cuesta caminar por tanto medallero y mérito encima, no se conforman con vivir bien, al contrario, como que disfrutan saturar a sus oprimidos con sus trastornos e ínfulas de grandeza. Propagan su odio por la radio y la televisión, como si todos formáramos parte de esta acumulación de odio; igual pienso que todos somos cómplices de este embrutecimiento colectivo, (cada quien en lo suyo debe asumir su barranco: su enfermedad individual)… Cuánto dinero y tiempo desperdiciado en un culto al pasado, lleno de vagas hazañas, una necesidad compulsiva de destacar glorias ficticias. Este repudio que siento por los milicos quedará por siempre cristalizado, difícil será olvidar tanto mal rato, y puedo asumir que para muchos otros también lo será. Sus fechorías se ocultan en el relato invariable bolivariano, que en cada gobierno de turno ha sido el argumento de dominación por excelencia. Sin embargo, ya ni la epopeya sirve para esconder el despilfarro de codicia y estupidez de este país ignorante de su historia. Bolívar y toda esta tradición de alabanzas y gracias hacia los militares se ha vuelto un obstáculo molesto y desagradable.

Es preciso replantearnos esa sugerencia enervante del Gendarme necesario ¿Acaso un país necesita de tantos milicos? ¿Vale la pena invertir la vida en seguir órdenes sin pensar por uno mismo? ¿El orden se garantiza en las armas? Puras políticas pensadas desde la fantasía democrática/revolucionaria, y me atrevo a decir que esta torpeza es histórica, pues todos hemos pecado bajo el yugo asfixiante de los héroes libertarios, que cada día se hacen más sintéticos y moldeables. Que nos nos sorprenda que Bolívar, así como el oro negro, hayan sido nuestros mejores productos de exportación ¿A costa de qué seguimos divagando en lo mismo? Un culto patético cuyas últimas consecuencias se ven reflejadas en esta asquerosa definición de unión cívico militar, en la gran estafa de la independencia y el estado mágico-soberano. Y esta muletilla discursiva es tan terrible, que tanto chavistas como opositores la necesitan para subsistir, pues al parecer ha sido por la lucha absurda y la exclusión que se ha ido improvisando este país de grandes riquezas y mujeres hermosas, (me falto decir que polarizado también). Considero pertinente elaborar estas interrogantes: ¿La tradición milica está arraigada a nuestra identidad, así como el humor rancio y ese complejo de negarnos a nosotros mismos? La frustración de no poder ser como otros “mejores y superiores” la estamos pagando caro. En la tiranía del pensamiento resulta imposible ver las cosas de otra manera. ¿Es posible tocar más fondo? ¿Qué clase de sádicos controlan este país? ¿Qué tipo de egoísmo se macera en cada uno de nosotros?

Alexander Urrieta Solano

Fin de semestre

En este país nadie respeta el tiempo de los demás. Ya terminando el semestre caigo en cuenta de que nuestra energía se concentra en aprobar y buscar el visto bueno del maestro inquisidor, que a su vez pretende exigir algo que nunca le ha dado a sus alumnos; y esta relación es mutua y nociva; aprender es un hecho circunstancial de todo este régimen desquiciado que se hace llamar Educación Superior. Pensé que ese trauma se había quedado en el colegio, pero ahora veo que lo que se aprende en la cuna jamás se vomita. A falta de guía y pasión no tiene ningún sentido estudiar por convicción. Saturar no es enseñar, por eso ciertos trabajos finales resultan un dolor de cabeza y una pérdida de tiempo; lo único que queda es la presión de cumplir asignaturas, y en el fondo de la olla el sadismo de nuestro sistema educativo: que no sirve para absolutamente nada. La universidad no ha hecho otra cosa que producir piezas desechables, ¿alguien se ha preguntado alguna vez, si se considera un ser irremplazable? Bajo estos términos decadentes tenemos que abrir más espacio a las dudas. No podemos ser la medida de todas las cosas, ni mucho menos tapar el sol con un dedo.

La Universidad Central de Venezuela se ha convertido en un gran barco pirata. Un espacio de tránsito donde parece que el último fin es conseguir un papel que nos de legitimidad en la calle. El título parece que es lo único que vale, ya no importan las personas. Me entristece saber que la mediocridad gobierna de forma déspota en todos los rincones del país. Meter el dedo en la llaga también me condena al destierro, y sin duda a la desaprobación de mis semejantes, pero no me importa, pues he aprendido a expresar ciertas molestias mucho mejor que algunos de ellos. Por primera vez me jacto de mi arrechera.

Todo desmotiva, puesto que resulta difícil asumir que el respeto también se ha perdido. Que no nos extrañe ver tantos egresados acéfalos, la mugre que producen las pisadas de la fiesta en el Aula Magna también amerita ser probada, y cuestionada. Ante esta situación tan preocupante, me pregunto qué queda para nosotros, meros bachilleres a mitad de una carrera marginada, porque nuestra cultura meritocrática nos ha forzado a estudiar carreras que eleven nuestro estatus económico, ya que es preferible evitar todo aquello que despierte desencanto, o bombee mayor cantidad de sangre al cerebro. Eso justifica el país que tenemos (?). La formación de sociólogo me ha llevado a caminos oscuros pero esclarecedores, no obstante temo que esta condición que padezco sea irreversible. Saturar no es enseñar, es algo que he aprendido de mis maestros, al menos de los que se toman enserio su oficio. He aprendido tanto de los buenos como de los malos, sobre todo de los nefastos, pues son el vivo ejemplo de lo que reina en este país próspero de grandes riquezas y mujeres hermosas…pónganme de nuevo la cancioncita de Venezuela mientras me seco las lágrimas, porque ahora hasta el mínimo grado de lucidez parece un chiste.

Por lo menos en mi escuela hay mucha gente que sobra; la idiotez cuando se vuelve una moda, no hay elecciones partidistas que valgan, ella siempre estará allí. Igual esta prestigiosa casa de estudio ahora se encuentra cómoda y golosa bajo una buena sombra: administrada por charlatanes de cuarta y payasos de quinta. Y esta desidia es contagiosa, ahora más que nunca tenemos que estar atentos al destilado del “Cambio/Revolucionario”. Se critica el deterioro de la institución, pero nadie cuestiona el proceso embrutecedor en el que estamos sumergidos gracias a ella. Porque ahora pensar distinto parece un lujo que nos margina y nos distancia de la multitud: desagradable motor de los cambios. Es fácil sentirse cómodo en un país artificial donde reciclar ideas gastadas es la única forma de ser aceptado: soñar con la democracia petulante de los viejos dinosaurios, o el rancio socialismo del siglo XXI, que ya nadie sabe hacia dónde nos está llevando. Vivo ejemplo lo siento en mi casa de estudio, donde los líderes estudiantiles ejercen gestiones para el deleite de sus prosélitos; igual siempre podemos escoger un bando contrario, que en su ilusión de ejercer política, nos hace sentir propietarios de la verdad. Y al final el estudio sólo es un burdo oficio en segundo plano, que poco a poco iremos olvidando, cuando las ínfulas de doctor y licenciado nos hagan creer que estamos listos para comernos el mundo.

Disculpen esta descarga sin filtro pero… qué pegadera de huevo ha sido este semestre. En solidaridad con mis colegas irremplazables que todavía siguen oponiendo resistencia, ofrezco estas palabras. Sine ira, et studio.

Alexander Urrieta Solano

Intelecto Polarizado

(El país es cómo lo vemos nosotros: una punta roma para intelectuales opositores)

En la Venezuela Polarizada de hoy… Estamos ante el típico intelectual que usa la política para hacer comedia y no la comedia para hacer política, como creo debería ser (?). Estamos ante el típico intelectual que profesa sus más profundos resentimientos (e inclinaciones políticas) frente a un público adulador, que responde al unísono: “sabias reflexiones…pero qué hombre tan honesto e inteligente” “Un verdadero venezolano” “Habla desde la pura verdad”. Estamos ante el típico intelectual, que usa su poder de difusión para reproducir y legitimar lo que tanto critica…En la medida que despotrica se va convirtiendo en lo que más odia; pero estos artífices del saber y del humor, a lo mejor se escudan en la idea de que “todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros”; si lo vemos de este modo, entonces sus ideas son completamente válidas e irrisorias, pero entonces me pregunto si desde el podio donde los venezolanos tienen montado a estos hombres de méritos y fama, acaso recuerdan de dónde vienen, o se pregunta de vez cuando quiénes son. El endiosamiento de su pueblo los obliga a ser perfectos hasta en días de pedantería.

El típico intelectual, con el rasgo divino que caracteriza a toda celebridad, tiene la potestad, e incluso hasta el lujo, de crear sus propias matrices de opinión, tener la capacidad de manipular a los demás: de convencer en la medida que produce empatía, y decir con sus propias palabras cómo nos sentimos todos, porque esa es otra, la autoridad puede generalizarlo todo, pues sus palabras son absolutas; tal es el caso de un hombre con poder, que logra sin ningún inconveniente, establecer una barrera clara entre lo que Somos nosotros y lo que desgraciadamente son Ellos (a modo de chiste, claro): mientras no seamos como Ellos estamos bien. Hombres osados, pero convencidos de su verdad ¿Cuál es la intención de estos preclaros venezolanos, que en entrevistas de radio y presentaciones multitudinarias hablan de ciudadanía, ilustración, ética, orden y progreso, mientras usan la palabra cultura a su favor, de la manera más banal posible? ¿Un complejo colonial inusitado? ¿Auspician sin saber la polarización y la idiotez colectiva? ¿Acaso buscan elevar su rating en la medida que anulan la conciencia crítica, porque detestan que alguien venga y les recuerde lo poco que saben y lo mucho que ignoran? ¿Qué tipo de ideas transformadoras invaden a estos hombres tan inteligentes y respetados, que hablan de tiranía y libertad de expresión desde una cuenta de twitter o una plaza repleta de borregos desesperados por cambiar? ¿Será que cuando uno transciende y se acomoda en la memoria de un pueblo nos podemos dar el lujo de ser demagogos, e incluso hasta estúpidos, porque al final lo que buscamos es hacer reír a los demás? (el pueblo no necesita pensar, pues para algo tiene a sus preclaros), seguro que con todo lo que han aprendido les basta para seguir siendo autoridades en este país mediocre, donde al parecer cualquier criatura de Dios puede ser lo que sea…lo importante es tener un bando y defender la “libertad”, ¿de culto o pensamiento?

¡Mírennos, somos un pueblo ignorante dispuesto a Cambiar!

¡Trabajemos con los mismos puntos de vista para preservar, pues el futuro está en el pasado!

¡Les vamos a demostrar que con un montón de lo mismo marcaremos la diferencia!

Pienso que un buen comediante (intelectual) es aquel que critica en la medida que nos pone a todos en ridículo, porque a veces entramos en cuestionamiento más por la risa que por la reflexión, y más en este país “alegre y bonchón” donde al parecer la introspección no sirve para absolutamente nada, porque es más sencillo echarnos la culpa y decir que somos un pueblo mestizo. Este país está lleno de intelectuales petulantes y faranduleros, que hablan de unión y progreso pero sólo para aquellos que den visto bueno a sus comentarios, sin importar lo nocivo y nefasto de sus discursos; no importa si se siembra odio, o si se exalta un rimbombante endorracismo imperial, al final todo es comedia, y se supone que nos tenemos que reír todos (?). Si estos señores son la máxima referencia del sano intelecto y meritocracia adquirida entonces, ¿qué se supone que somos nosotros? Cualquier vaina, dirán ellos, cualquier cosa, diremos nosotros. Son mis palabras en contra de los hombres más inteligentes de Venezuela, de los tipos con títulos y doctorados, que comentan desde un programa radial mañanero que el problema de este pueblo “es la cultura del venezolano”, “que no somos como los demás”. Una sabiduría domesticada al servicio de los intereses del sistema, no existe un mínimo esfuerzo por ver el mundo de otro modo. Los problemas radican quizá en nuestra manera de compararnos con el resto del mundo, ¿todavía hay necesidad de legitimar el discurso del Desarrollo, o el nefasto caso del Tercer mundo, o la incómoda viveza criolla? ¿Vivimos en el país más ambiguo del mundo? ¿Aquí hubo edad media? Lo aterrador de todo este asunto, es que hasta los saberes y formas de ver el mundo son impuestos; y digamos que la visión “normal” de las cosas resulta ser siempre la forma más escueta y tonta de las miles que existen. El mérito se gana, pero gran parte del tiempo se paga, por ahí vemos la estafa del sistema educativo. Supongo que la meritocracia descarta cualquier opinión válida proveniente del anonimato virtual ¿Quién soy yo para hablar tanta paja?

Gracias, intelectuales polarizados, deberían existir más hombres como ustedes, tan claros y lúcidos de su contexto actual…tan claros de su papel en la historia. Por personas como ustedes sé, que el país va por el buen camino, y que nunca nada de esto va a cambiar; la prueba está en los comentarios de la gente que aprueba y comparte cada creación de su autoría, deben sentirse inmortales e incluso hasta inmaculados; mientras la gente siga pagando y adorando, no tienen por qué re-plantearse nada, salvo algo para el crecimiento personal; comprendan intelectuales polarizados que la diferencia forma parte de un todo, y sin embargo, ustedes han convertido la otredad en un chiste exclusivo y destructivo, un argumento no-válido para el porvenir, un ejemplo de lo que no debe ser ni hacerse. “La voz del pueblo, es la voz del cielo”. El primer paso para poner en ridículo a los demás, es ponernos en ridículo a nosotros mismos.

Alexander Urrieta Solano

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¡Cuidado con la Fridamanía!

Fiel a la doctrina marxista, miembro del Partido Comunista, y enemiga número uno de las sociedades capitalistas, Frida Kahlo jamás hubiera imaginado convertirse en un producto comercial. A seis décadas de su muerte, mentes mercantilistas han transformado su imagen en un objeto del culto y espectáculo.

Aquel que no reconozca la genialidad de su pintura autobiográfica está destinado a congraciarse con sus intentos inagotables en la lucha contra la adversidad. Quizás porque la existencia del hombre acaba por restarle valor a sus conquistas y atesora las dificultades superadas en el camino. Y en el caso de Frida, haberse sometido a 33 operaciones, soportado la infidelidad de Diego Rivera quien la engañó con su hermana Cristina; resignarse a ser una mujer estéril, aceptar su incapacidad motriz derivada de la polio… “Todos estos aspectos despiertan y trastocan la sensibilidad del ser humano. Cada uno fue aprovechado y publicitado de tal manera que Kahlo se posicionó  en la sociedad moderna como un personaje cercano. De allí no resulta extraño ver su rostro, frases y pinturas estampadas, sobre todo tipo de accesorios”, comenta el profesor y crítico de arte Gabino Matos para referirse al fenómeno de la Fridamanía que se desató en la época de los 90.

Diez años más tarde, la oficina de correos de Estados Unidos vendía estampillas con la efigie creadora nacida en Coyoacán. Impresionada por su forma de vestir –esa que le permitía esconder una pierna deforme–, la diseñadora Elsa Schiaparelli creó una indumentaria tehuana para las damas parisinas.

En 2002, Hollywood llevaba la historia de la pintora mexicana a la gran pantalla. Madonna y Jennifer López anhelaron el protagónico  que encarnó Salma Hayek, en la cinta nominada a seis premios Óscar (el filme recibió la estatuilla dorada a mejor maquillaje y mejor banda sonora, además de un BAFTA y un Globo de oro).

Hasta la marca Converse ideó cinco modelos de zapatos con su firma, fotografías y expresiones más conocidas: “Pies para que tengo si tengo alas para volar”, fue una de las consignas impresas sobre una suela entre 2008 y 2010. La cerveza dominicana Bohemia aprovechó, incluso, su gusto por las “chelas” y lanzó al mercado una edición limitada de botellas que celebraron el centenario de la creadora.

Magdalena Carmen Frieda Kahlo Calderón ha sido la musa de Kenzo, Calvin Klein y Jean Paul  Gaultier. Atavíos y vestimenta inspirados en la hija del fotógrafo alemán Wilhem Kahlo, han recorrido pasarelas del fashion week en Nueva York y Paris. La dos veces esposa del muralista Diego Rivera conquisto las ondas hertzianas influenciando al vocalista de Red Hot Chilli Peppers quien compuso para ella el tema de Scar Tissue.

Viva la vida (1954) –el último lienzo que pintó la artista– da nombre al sencillo y penúltimo álbum de Coldplay. Joaquin Sabina, Marta Sánchez y Ricardo Arjona hacen mención de la pintora en algunas de sus composiciones musicales. En la oscuridad, de la intérprete mexicana Belinda, evoca en una producción audiovisual los trajes y el estilo de Frida.

En las tablas, la actriz venezolana Prakriti Maduro interpretó a la pintora autodidacta. “Frida se convirtió en una extraña maravilla para el arte contemporáneo que jamás pudo encasillar su trabajo. Negó a toda costa ser catalogada como una artista surrealista y no admitió vinculación con el arte pop… Su obra rompió los cánones de la pintura tradicional, siendo un portento que Picasso vaticinó al poco tiempo de conocerla: ‘Ni tú ni yo somos capaces de pintar una cara como las de Frida Kahlo’, reseñó en una misiva al muralista mexicano”, apunta Matos.

“Espero una salida feliz y espero no volver jamás”, escribió por última vez en su diario. A 61* años de su partida  el arte de Frida representa su vida y su vida una batalla de infortunios que coloreó la desgracia.

Jessica Morón – El Universal, domingo 13 de julio de 2014

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Bocetos sin filtro

La descripción de un espacio que puedo llamar mío, que puedo sentirlo como mi rincón de universo, saberme mío y sólo mío, en esta soledad geométrica, de complejo residencial, de ascensores y bajantes, escalera y planta baja.

Es una ilusión, como la que brinda la tarjeta de crédito. Maldito invento: disponer de dinero que no se tiene. No debe extrañarme nada entonces. Vivimos en un mundo de espejismos y máscaras. De engaño y contradicción. Suspendidos en la nada. Según los locos que estudian, el origen ya no existe. Repetición. Repetición. Todo tiene que ver con la repetición. Con la producción en masa. Con la satisfacción instantánea. A veces temo volverme un bicho raro, de esos que dejan de pensar por cuenta propia, y se mueven con la torpeza de unos hilos dirigiendo sus acciones. Hay temor al olvido, a pesar de que el recuerdo me resulte pesado. Estoy algo confundido, debe ser el somnífero. Resistirse al sueño, provoca rayas en la visión, distorsión por todos lados. Confusión y alegría. No importa. Da igual si estas ideas no se entienden, después de todo esto se supone que es un ejercicio. Una prueba.

A nivel de la noche, aparece un dialogo distante. Se renueva. Al alcance de las manos, las imágenes van cobrando vida. Todo un lujo escribir desde la nada. Desde la burbuja, desde la prisión de conjunto residencial. Para escribir con agilidad, hay que ejercitar el músculo todos los días. Jugar con el tiempo, entretenerse quitando y amando. Esconderse en un modo de locura sutil, de esos que acalambran las piernas, que nos hace mansos y tiernos; digamos que condescendientes también. Sin embargo igual creo que somos hipócritas, urracas parlantes, que juegan a ser cuervos de paz. Animales de carroña, falsos diletantes. Que mi condena sea la vida, pues ya mi dicha está reservada en la muerte. Ella me espera contando los días. Pero todavía no me lleva.

Hay que macerar la concentración. La valiosa lección de observar. Escudo sortija y espada, afinación y entonación, cacofonía deísmo y dequeísmo. Fumando cigarro se retiene la desesperación, por eso es el peor de los vicios inventados por el diablo, perdón, por el hombre.

Naturaleza sembrada de terror y menudencia. A esta ciudad he venido a parar. Voces tenebrosas deambulan por la oreja, cuchichean y me hablan en palíndromos: la ruta natural, ese, atar a la rata. Todo es acogedora confusión. Creo que me estoy quedando ciego.

El estado de gracia es paciencia y por qué no decir, virtud de los que pretenden escribir poesía. Si a la larga me rompo un hueso no será por ustedes, querida audiencia. Audiencia necesitada de locos que narren sus experiencias a vox populi, con la potestad de elogiar y despotricar… así funciona la industria del espectáculo ¿no?

Unos contemplan el mundo desde un rectángulo que sobrevive a punta de litio… la apoteosis provocada por un safari o un viaje por el mar. Caos porque otros son teatro ejercido en tablas de destrucción. Desigualdad hay en todos lados. Todos los animales son iguales, pero unos son más irreales que otros. Venimos de lo mismo, pero somos diferentes… así nos enseñan a comprender el mundo. Improviso entre botellas y pastillas, polvo de rata y taurina. Pienso en ella sin recelo, mientras degusto la vida que todavía me queda. Lo ojos se cierran porque me entrego a la borrachera…es una pena que en los sueños no se pueda escribir.

Alexander Urrieta Solano

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Bailoterapias y otras estafas

Cortarme el cabello para solidarizarme con una celebridad política sería como robarme el performance de los seres que lo hacen por el cáncer; aunque viene a ser casi lo mismo. Si dejo claro que mi protesta no busca más que el espectáculo mediático, el reconocimiento de otros para ser tildado de Héroe Nacional que lucha sin cesar por la “libertad” y  la “democracia” (ambas palabras difusas), pensaría que hago las cosas bien, que doy el ejemplo desde mi gastado título de “futuro del país”. La demagogia es la especialidad de nuestros políticos. Las bailoterapias masivas organizadas, el populismo absurdo, la afrenta constante en las redes sociales que ponen en evidencia la ranciedad de la gran mayoría de las personas, el racismo de ambos discursos que lanzan una campaña de unión pero sólo para los que estén de acuerdo con ellos.

Uno puede estar bien si elige estar inclinado religiosamente a un bando. Claro, todo esto si nos reducimos a una mera situación binaria entre chavistoides-bobositores (si se me permiten estas categorías discriminatorias) que van por la vida reclamando los derechos que desconocen pero desde su patético micro-universo de saberes. La polarización no ha hecho más que engendrar una militancia parasitaria mediocre, irreflexiva, sin aspiraciones a ningún tipo de cambio salvo el alcance o preservación de los poderes en una minoría elitista. Partidos políticos que ante cualquier leva en masa buscan armar un buen show para la perpetuación de la guerrilla mediática y la carnavalización de los hechos por el lente internacional, porque al final lo que importa es entretener y tener algún drama que poner, y más sobre todo, si tiene que ver con la desgracia ajena: la crisis de un pueblo que vive “en las garras de una dictadura militar castro-comunista-chavista que priva el derecho a la libertad de expresión” (Entonces qué es esto que escribo)…Las ideas bien pueden ser un obstáculo para la acción. A veces pienso que los venezolanos somos tan ridículos que pretendemos ser una excepción a la regla, como si estuviéramos en una tangente, como si el país estuviera alejado de todo el plano del sistema mundo. En nuestra vicisitud somos egoístas, y creo que quizá se deba a esa incapacidad de reconocimiento del otro; el otro que viene a ser eso contrario a nosotros.

Cada día estoy más convencido: la democracia es una estafa; la dictadura de la mayoría nos ha traído hasta los confines de una suerte de heterofobia (miedo a lo diverso), una radicalización hasta en la forma de pensar y de actuar. No está de más decir que uno como individuo sin importancia colectiva no escapa de esta problemática. Uno es racista todo el tiempo, uno desprecia al otro constantemente: “Porque es tierruo” “porque es chavista” “porque es un escuálido” “porque es comunista” “porque es socialista” “porque es negro” “es marginal” “es un burguesito” “es un alienado” “es un enchufado”…y podemos seguir. Es por esa razón que no volverán ni van a llegar tampoco. El gobierno se mantiene por la estupidez se sus oponentes, por la falta de sentido. Porque no podemos negar que el discurso opositor ha florecido y se ha acrecentado dentro de este marco de desprecio al otro. Discurso que busca chocar ante el populoso chavismo que reivindica al pobre: a ese “ignorante de los barrios que se conforma con un kilo de pollo, que se conforma haciendo una cola a cambio de nada”. Niños, estamos haciendo las cosas mal. No puedo ser chavista, y mucho menos puedo ser opositor. Opositor enfermo, lleno de odio, producto lógico de una división que ya va para dos décadas, con un desprecio exacerbado al otro. Sé que no son la mayoría, pero desgraciadamente son la minoría que mueve a la gente reseca de esperanza. Ellos son tan hipócritas como aquellos seres que nos gobiernan.

Esto resulta un tema delicado que tiende a ser tomado de forma laxa por aquellos gremios de intelectuales, que desde su postura definida suelen ser extremistas en sus declaraciones. El tinte político vuelve obtuso a más de uno, no importa la postura, porque la crítica va siempre para el otro, el del bando contrario. Porque hasta eso se reduce la visión de los venezolanos, a una confrontación con el que piense distinto ¿Cuánto nos falta para alcanzar la lucidez?  Nunca he escuchado un programa de radio donde se haga autocrítica, es más fácil escuchar a uno de esos estafadores declarando desde su autoridad de élite que “vivimos en la edad media o en la edad de piedra”, porque al parecer escogen seguir mareando al pueblo antes que hacerlo entrar en reflexión: limitarnos a la ignorancia del preclaro licenciado que habla y opina sabiamente sobre la situación del país. Es más fácil sembrar odio que introspección. Es más fácil reproducir nuestro endorracismo (discriminación de uno mismo), es más fácil reírnos y asumir nuestro rol de inferioridad; es agradable compararnos con otros para justificar nuestra patética existencia: que si la democracia gringa, que si el anarquismo suizo, la dictadura cubana, el socialismo soviético, Europa es otra cosa, por allá todo funciona y es mejor. Hay una fascinación por extrapolar realidades. Es un complejo típico de criaturas colonizadas, que todavía están sumidas a los vaivenes de un modelo hegemónico, porque no debemos olvidar que todavía somos parte de este mundo que eventualmente se va a la mierda.

Podemos exceder la cuartilla para dar razones válidas por las que la oposición venezolana en materia discursiva no sirve para nada. La polarización ha bloqueado los mecanismos para luchar con el sentido común. Las deidades políticas que viven recluidas, el uso de la figura femenina católica como modelo predeterminado para la manipulación de aquellos borregos que quieren cambio pero que no quieren cambiar. El balurdo discurso mítico: “¿dónde está el país de las mujeres hermosas y las grandes riquezas con bellos paisajes?” ”La diáspora venezolana” “El mito del progreso” “pueblo libre y soberano”… Por favor, hasta cuándo vamos a seguir teniendo como referencia estos galimatías de antaño. Este falso nacionalismo que lo único que hace es embrutecer a la gente y desviarla de problemáticas concretas. Ya tenemos un rato largo viviendo a costa de estos relatos exóticos. Nos hemos acostumbrado a vivir de ilusión. Ya nuestros mesías no saben en qué palo ahorcarse.

¿A quién le importa todo esto? Pues a muy pocos.

Uno decide cómo chocar el carro. Así uno se puede jactar de decir por lo menos que hace algo por el país. Unos van a bailoterapias colectivas a tomarse selfies, para subir las ventas de helados y Nestea para luchar con el calor, junto con el negocio sin fines de lucro de gorritas con la bandera de Venezuela para estar uniformados y hacer bulto en la lucha por la paz y la democracia… yo simplemente me quejo. No estoy desprovisto de ser tildado de apátrida o indiferente. Igual eso nunca me ha importado, porque a ese otro al que me dirijo jamás se tomará la molestia de leer esta crítica. El anda en sus asuntos de guarimbero/revolucionario. Depende de cómo lo veas. Los enfoques determinan nuestra realidad.

Después de todo, una de las virtudes de la libertad de expresión es que cualquier vaina se vuelve tendencia. El país se puede caer en pedazos, la gente puede morir de hambre, morir de balas, morir de cola, de indiferencia o idiotez. Aquí todo se vale. Si hay tiempo para los rituales satánicos con lápices, totalmente válido que las actrices se rapen el pelo; es una forma de rebeldía donde el tema del Cabello es atacado por la oposición venezolana con muy poca creatividad. Sin embargo el mensaje llega, pero es como si te explicaran la gracia de un chiste.

Alexander Urrieta Solano