Fin de semestre

En este país nadie respeta el tiempo de los demás. Ya terminando el semestre caigo en cuenta de que nuestra energía se concentra en aprobar y buscar el visto bueno del maestro inquisidor, que a su vez pretende exigir algo que nunca le ha dado a sus alumnos; y esta relación es mutua y nociva; aprender es un hecho circunstancial de todo este régimen desquiciado que se hace llamar Educación Superior. Pensé que ese trauma se había quedado en el colegio, pero ahora veo que lo que se aprende en la cuna jamás se vomita. A falta de guía y pasión no tiene ningún sentido estudiar por convicción. Saturar no es enseñar, por eso ciertos trabajos finales resultan un dolor de cabeza y una pérdida de tiempo; lo único que queda es la presión de cumplir asignaturas, y en el fondo de la olla el sadismo de nuestro sistema educativo: que no sirve para absolutamente nada. La universidad no ha hecho otra cosa que producir piezas desechables, ¿alguien se ha preguntado alguna vez, si se considera un ser irremplazable? Bajo estos términos decadentes tenemos que abrir más espacio a las dudas. No podemos ser la medida de todas las cosas, ni mucho menos tapar el sol con un dedo.

La Universidad Central de Venezuela se ha convertido en un gran barco pirata. Un espacio de tránsito donde parece que el último fin es conseguir un papel que nos de legitimidad en la calle. El título parece que es lo único que vale, ya no importan las personas. Me entristece saber que la mediocridad gobierna de forma déspota en todos los rincones del país. Meter el dedo en la llaga también me condena al destierro, y sin duda a la desaprobación de mis semejantes, pero no me importa, pues he aprendido a expresar ciertas molestias mucho mejor que algunos de ellos. Por primera vez me jacto de mi arrechera.

Todo desmotiva, puesto que resulta difícil asumir que el respeto también se ha perdido. Que no nos extrañe ver tantos egresados acéfalos, la mugre que producen las pisadas de la fiesta en el Aula Magna también amerita ser probada, y cuestionada. Ante esta situación tan preocupante, me pregunto qué queda para nosotros, meros bachilleres a mitad de una carrera marginada, porque nuestra cultura meritocrática nos ha forzado a estudiar carreras que eleven nuestro estatus económico, ya que es preferible evitar todo aquello que despierte desencanto, o bombee mayor cantidad de sangre al cerebro. Eso justifica el país que tenemos (?). La formación de sociólogo me ha llevado a caminos oscuros pero esclarecedores, no obstante temo que esta condición que padezco sea irreversible. Saturar no es enseñar, es algo que he aprendido de mis maestros, al menos de los que se toman enserio su oficio. He aprendido tanto de los buenos como de los malos, sobre todo de los nefastos, pues son el vivo ejemplo de lo que reina en este país próspero de grandes riquezas y mujeres hermosas…pónganme de nuevo la cancioncita de Venezuela mientras me seco las lágrimas, porque ahora hasta el mínimo grado de lucidez parece un chiste.

Por lo menos en mi escuela hay mucha gente que sobra; la idiotez cuando se vuelve una moda, no hay elecciones partidistas que valgan, ella siempre estará allí. Igual esta prestigiosa casa de estudio ahora se encuentra cómoda y golosa bajo una buena sombra: administrada por charlatanes de cuarta y payasos de quinta. Y esta desidia es contagiosa, ahora más que nunca tenemos que estar atentos al destilado del “Cambio/Revolucionario”. Se critica el deterioro de la institución, pero nadie cuestiona el proceso embrutecedor en el que estamos sumergidos gracias a ella. Porque ahora pensar distinto parece un lujo que nos margina y nos distancia de la multitud: desagradable motor de los cambios. Es fácil sentirse cómodo en un país artificial donde reciclar ideas gastadas es la única forma de ser aceptado: soñar con la democracia petulante de los viejos dinosaurios, o el rancio socialismo del siglo XXI, que ya nadie sabe hacia dónde nos está llevando. Vivo ejemplo lo siento en mi casa de estudio, donde los líderes estudiantiles ejercen gestiones para el deleite de sus prosélitos; igual siempre podemos escoger un bando contrario, que en su ilusión de ejercer política, nos hace sentir propietarios de la verdad. Y al final el estudio sólo es un burdo oficio en segundo plano, que poco a poco iremos olvidando, cuando las ínfulas de doctor y licenciado nos hagan creer que estamos listos para comernos el mundo.

Disculpen esta descarga sin filtro pero… qué pegadera de huevo ha sido este semestre. En solidaridad con mis colegas irremplazables que todavía siguen oponiendo resistencia, ofrezco estas palabras. Sine ira, et studio.

Alexander Urrieta Solano

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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