Relato Etnográfico: experiencia en el mercado de Corotos

El Bachiller inocente (Apuntes a modo de introducción)

Para mi proyecto etnográfico tenía pensado observar el mercado de corotos que se hace los domingos en la sede de Acción Democrática, en El Paraíso. Hacer un recorrido breve, de proporciones reflexivas, sobre la relación que tenemos los occidentales con los objetos.  Debo admitir que la propuesta de salir a campo es una formalización del movimiento. Asumir una postura: un rol de investigador, cuya presencia altera también la cotidianidad de otras personas. La memoria juega un papel importante dentro del registro de aquello que se observa. Es un constante intercambio donde las personas te van dejando cosas, datos, palabras, detalles importantes para nuestro hacer etnográfico, o en mi caso particular, experimentos literarios, con cierto sustento científico de orden antropológico y sociológico.

¿Cómo justificar la validez de un estudio etnográfico? Además de un breve respaldo teórico, el escrito dependerá de la experiencia del investigador.  El aspecto no verbal de la cultura envuelve lo que reclama el silencio, lo que antecede al movimiento. El aspirante a esta forma de entender al otro, el etnógrafo, debe entender en primera instancia que sólo se llega a un aproximado de las cosas. Entrelazar diversas interpretaciones a partir de nuestro filtro particular. Es preciso llevar entonces un diario para llevar un registro de lo que se percibe (considerando que, el acto de escribir puede provocar consecuencias en el espacio, y también pérdida de información). La escritura forma parte de un ejercicio disciplinario y un acto de composición. Ambas cuestiones, se correlacionan en una poética de la observación e interpretación.

El orden del coroto

Coroto es una voz de origen indígena, que designa una suerte de recipiente proveniente del fruto del árbol del totumo (Crescentia cujete). Más adelante, la palabra vino a usarse para designar todo tipo de cosas o asuntos como forma de auxilio (Pérez, 2011). Luego la misma palabra en la búsqueda de su orden etimológico fue relacionada con un célebre pintor francés llamado Camille Corot. En resumidas cuentas, la palabra en la actualidad sirve para designar objetos: artículos de segunda mano, porque la palabra puede pasar de sustantivo concreto a un adjetivo calificativo, o en el menos común de los casos hasta uno peyorativo.

El Mercado: Lugar y no Lugar

Asistí cuatro domingos seguidos al Mercado de los Corotos, guiado por el interés de conocer las dinámicas de una venta de productos usados. La sede principal de Acción Democrática es un espacio que se presta para hacer diversas actividades durante la semana. Los días miércoles por ejemplo, hacen un mercado de alimentos fijo, donde venden carnes y hortalizas a precios (relativamente) económicos. También se organizan desde fiestas de cumpleaños, hasta conciertos de rock, pero estos son eventos esporádicos.

El Mercado de Corotos es un espacio que evoca al recuerdo drásticamente. El espacio público, en un primer sentido, es el espacio institucional en el que se elabora la opinión pública y se propicia el debate (Augé, 2004). La Casa de Acción Democrática es, en primera instancia, un lugar, puesto que en él se expresa la identidad, la relación y la historia de los diferentes sujetos que hacen vida en ella; por otra parte, este espacio también es un no lugar, en la medida que no expresa nada, es decir, que no se realizan intercambios de identidad y significación, sino que más bien se puede convertir en mero espacio transitorio: de estadía temporal. Entonces podemos decir que el mercado es tanto Lugar como No Lugar.

De los cuatro días que fui al mercado el primero me dediqué a hacer un ejercicio de observación. Luego el resto de los días me propuse conversar con diferentes vendedores del mercado, hice mi tanteo con casi trece vendedores, de los cuales sólo tres personas me dieron la información que en mi tanteo inocente, creía estar buscando. Entendí que no todos están dispuestos a conversar, si acaso no hay venta concretada no hay palabras que valgan, así sean por mera curiosidad. Me costó mucho. Mi proceder fue improvisado y en ciertos casos torpe e insuficiente. A falta de grabadora me aferré a mis escritos en el diario de campo: mi único registro posible, sustentado en la palabra.

Para los occidentales, los objetos se van devaluando en la medida que surgen otros que lo reemplacen, pues así funciona la lógica de la innovación dentro de las sociedades de consumo. Entre mis dilemas sobre la etnografía, puse en duda la viabilidad de este espacio. No obstante conservé en pequeñas dosis mi esperanza.

El primer domingo, luego de una observación de casi dos horas me dispuse a elaborar un inventario, puesto que consideré crucial destacar qué tipo de artículos conforman o entran dentro de la categoría totalizadora del coroto. Durante los cuatro domingos que asistí, formulé mi propia tipología del coroto. Considerándome un neófito en asuntos etnográficos elaboré un inventario de los corotos comunes en orden de prioridades: ropa, calzado, juguetes, utensilios de cocina, componentes electrónicos, herramientas, platos y figuras de cerámica y vidrio, adornos de madera y porcelana, material de papelería, enciclopedias, textos escolares (los libros literarios son escasos o casi inexistentes), bisutería y cosméticos.

El segundo domingo, luego de haber adquirido un diccionario de latín-español pude establecer una conversación con el vendedor Rubén Gonzales, (mi primer informante). Vendía pantalones, películas, correas y artículos deportivos. En una cesta tenía un conjunto de libros que parecían ser tomados al azar, puesto que no abarcaban un tópico en particular: iban de manuales de ortografía a folletos del derecho civil, y novelas cortas de esas que formaron parte de un inventario escolar: Casas muertas, Pedro Páramo, un libro forrado con un papel contact de Mickey mouse que al abrirlo titulaba El lobo estepario. El libro que compré pertenecía a su hijo: “Se lo pidieron para el bachillerato y nunca lo usó. Terminó el colegio y se puso a estudiar derecho y se desentendió de los libros”. No entendí qué relación había entre una cosa y la otra, admito que me hizo ruido lo inusual que es entrar en la carrera de derecho y desentenderse del latín, pero eso no venía al caso. Aproveché el comentario sobre el hijo para preguntarle la procedencia de sus corotos: “Hay unos que son míos y otras cosas que no, ropa que ya no me queda o que pasó de moda; estas de acá por ejemplo (señalando los artículos deportivos), eran de un sobrino mío de Puerto Ordaz que se fue del país. Para mi suerte las ideas fluyeron solas, y sin preguntarle me contó los motivos de montar un tarantín: “La cosa está difícil, ya uno no le queda otra que ponerse a buscar corotos que sirvan para vender, no es mucho pero algo es algo…ese libro que te estás llevando es un regalo…barato te lo dejé”. ¿Y le ha ido bien?, le pregunté: “más o menos, la clave está en tener algo que la gente necesite, no te puedo decir si es bueno o malo eso, porque mira tú, hay domingos donde no vendo nada de nada, pero hay otros donde te puedes encontrar con un cliente (como tú) que encuentre en tu puesto algo que andaba buscando desde hace tiempo”. ¿Entonces es una cuestión azarosa?, pregunté de nuevo: “casi siempre, el que busca encuentra, yo pienso que es cuestión de suerte, aunque no te creas, hacer la venta es difícil, porque sabes, al final son corotos y mucha gente va pendiente de que le regalen las vainas, y eso no es así”.

Podemos separar las relaciones del mercado en dos tipos de personas (tomando en cuenta que no son sólo las únicas): En los que van al mercado para adquirir corotos, y los que van al mercado para deshacerse de ellos. Es un asunto que se basa en el intercambio, no sólo monetario, pues aquí se manejan (a veces) las dinámicas del trueque, siempre y cuando los corotos a intercambiar sean equiparables en escala de intereses y funciones, y cuando no resultan tan evidentes se recurre al equivalente de los precios en contraste con el mercado imperante. No obstante, está el recurso del regateo: pues siempre se puede conseguir bajar la oferta de quien ofrece sus corotos.

El tercer domingo, luego de la adquisición de una baraja española, establecí conversaciones con la señora Mariela Echenique y su vecina de tarantín Miroslava Azorla, que para no desfavorecerla en su negocio, también le compré un folletín turístico con un mapa de la ciudad Caracas y un par de bolígrafos paper mate. Convencido de que no botaba mis riales me consolé en los fines académicos. Seguí con mis experimentos. La señora Mariela era una psicóloga egresada del pedagógico de Caracas, ya jubilada aprovechaba sus días de ocio para vender lazos y torta de pan que ella misma hacía con su hija, Camila, estudiante de comunicación social en la Santa María: “Después de la muerte de mi marido quedamos solas y bueno, lo que queda es vender lo que queda de él, ocupa espacio en la casa, y si tengo la oportunidad de salir y ganarme alguito está bien, además esta crisis nos obliga a todos a sacar ganancias de lo que sea, pero en lo personal disfruto vender más tortas que ropa de viejo”. Era demasiado contenido para unas preguntas vagas, tenía que aprovechar que contaba con tres informantes potenciales; traté de buscarle conversación a Camila pero ella cedió poco (por no decir que estaba poco interesada), iba a venía, como suelen hacer las chicas que se saben importantes y guapas. No quise dar crédito a mis prejuicios, puesto que no podía evitar sentirme atraído por la hija de Mariela. Por suerte se fue un rato largo, y pude seguir con mi empresa etnográfica ¿Las cosas de su marido no le han provocado nostalgia?, pregunté: “Al principio es duro, pero las cosas ya no son de él, no son de nadie porque ya no está…a veces pega sabes, un día quieres vender todo y otro día no quieres vender nada, pero sabes, las cosas materiales no duran, uno se muere y son los vivos los que tienen que lidiar con los corotos. Mi hija no estaba de acuerdo, pero luego terminó asumiendo que las cosas en la casa eran un estorbo insoportable”. El duelo vive en los corotos, dije sin pensar: “El polvo hijo, el polvo se pone a vivir en los corotos, ya no tengo tiempo para la limpiar y ordenar, estoy cansada, ya poco a poco las cosas se las irán llevando…siempre hay alguien interesado, siempre hijo”.

La señora Miroslava era ama de casa, casada y con dos hijos que después de graduarse se fueron del país. Ella vendía su ropa y calzado que por los años ya no tenía oportunidad de ponerse: “Tú dices que eso no importa, pero cuando pasan los años te das cuenta de lo anticuada que son las cosas que compramos; yo en los ochenta me ponía esta ropa pero ahora me da pena andar con eso, estoy vieja. Eso ahora lo compran las chamas a si de tu edad, y como de la edad de Camila”. La moda es cíclica, usted se puede poner lo que quiera, le dije. Vi que en su puesto tenía en una esquina una pila de libros (otra vez de orden escolar, más un libro manualesco de sudokus y una guía turística de Elizabeth Kline del año 98). En mi inconformidad con las propuestas literarias que tenía le pregunté si tenía más libros: “Tengo más libros, pero no los puedo traer todos porque pesan mucho. Tú te imaginas, tendría que además de traer esta maleta donde me traigo la ropa, traerme otra para los libros. Los libros pesan y son molestos cuando nadie los compra, luego llueve, se te mojan y se ponen feos, por eso me quedo con la ropa, con el sol se vuelve a secar y no pasa nada, es muy raro que traigan libros, si alguien me ayudara podría traer más, tampoco son rentables, a muy poca gente le gusta leer, yo me quedo con mi ropa vieja”. Evidentemente tenía razón, no fue hasta ese momento que consideré las dificultades logísticas de mover los corotos de un lado a otro.

De los cuatro días que fui al mercado el último domingo fue el menos fructífero, puesto que un palo de agua hizo que el mercado cerrara sus puertas más temprano. Aproveché la circunstancia para elaborar en mi cuaderno unos apuntes finales sobre la casa de Acción Democrática, pero sinceramente no hice nada. No hablé con nadie ese último día, aunque estaba dispuesto a volver a contactarme con algunos de los tres informantes anteriores pero por la lluvia habían dejado el espacio temprano. Tampoco los vi. Lo inesperado nos obliga a forzar nuestro análisis, la falta de tiempo y experiencia nos facilitan las vías para concluir, de alguna forma u otra. Sin embargo uno está sometido a lidiar con resultados escuetos que bien nos llevarán a conclusiones no del todo alentadoras. Aunque siempre se abre la posibilidad de volver, pues toda investigación se cierra ante la apertura de una nueva. Me comprometí a mí mismo volver todos los domingos, por el simple hecho de estar rodeado de recuerdos. Un comentario que para un relato etnográfico está demás, pero que sin duda dice más que cualquier registro o cita académica. Siempre queda algo por decir.

Los objetos evocan recuerdos, hay cierta intimidad concentrada en ellos. Ya no podemos hablar del objeto como tal sino cómo el objeto nos hace sentir, he ahí el dilema que envuelve estos espacios. El mercado de corotos ya de por sí evoca nostalgia. No podía evitar quedarme en un puesto viendo la cantidad de cosas que me trasladaron a la infancia: juguetes noventeros. Recuerdo con mucha alegría un puesto donde estaban vendiendo una cartuchera llena de tazos; otro puesto estaba vendiendo un Nintendo 64; otro vendía un castillo y barco pirata de Fisher Price; un tarantín distante vendía dvds de Kurosawa y la trilogía de Star Wars en VHS…puras reliquias (y fetiches) de la cultura occidental. Sin duda este trabajo con ínfulas etnográficas fue un ejercicio de regresión constante: era un sujeto que en sus intenciones de ver sujetos, terminaba sucumbiendo ante los objetos y el recuerdo.

Alexander Urrieta Solano

Bibliografía

  • Pérez, Francisco Javier (2011): Diccionario histórico del español de Venezuela. Caracas: Bid & Co. Editor
  • Augé, Marc (2004): ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Gedisa.
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Apuntes para un taller

I

El blog es una especie de taller donde plasmamos cosas que dejan de pertenecernos. Un ejercicio virtual para no salir de la rutina; publicar nos hace sentir que al menos se hace algo con el ocio. Igual no importa. Hay tantas cosas que ahora todas parecen ser determinadas por el azar. Uno trata de darle una explicación cósmica a cualquier cosa que nos resulte trascendental en nuestro día a día. Rutina mecanizada y drástica, vamos justificando las dichas, como tratando de sobrellevar las lagunas que provoca el instante.

Uno escribe siempre pensando en un potencial lector, un otro distante, desconocido o tal vez cercano. Se supone que todo forma parte de un entrenamiento, letra y pulso, no olvidemos que el músculo más fuerte del cuerpo es la lengua… qué tanto practicamos, de qué forma hacemos uso de las palabras. Yo me pregunto: ¿Somos de esos pueblos condenados a vivir de la nostalgia, o la repetición laudatoria? Acaso es un rasgo absoluto. Entonces, re-inventar todo resulta un imperativo forzoso. Empresa titánica la de impensarnos fuera de toda narrativa de fracaso. Como que hay que estar a la par del mundo en constante movimiento: pretender que descubrimos el agua tibia, cuando ahora todo gira en función de una economía del plagio.

Leí una vez que las grandes ideas se escribieron en el siglo XIX, lo que ahora vemos es un refrito de lo pensado, el reciclaje de la originalidad, que se codea con la ignorancia y el mal gusto de las masas esquizofrénicas, que viven en la sublime amnesia que produce el porvenir. Por suerte lo fantástico se alimenta de la inagotable imaginación de los seres humanos. Imaginación, punto de partida, matriz de los hechos, macrocosmo del proceso creativo. Y yo que nunca he escrito un cuento dejo a la voz pública el registro de mi derrota. Escribir por escribir cumple sus funciones terapéuticas.

II

Pienso que esta ciudad dentro de sus ínfulas de ser única, se asemeja a cualquier otra ciudad del resto del mundo, ¿o es que el deterioro sólo se encuentra en el bajo “tercer” mundo? ¿Hasta cuándo asumir las mentiras del hombre blanco? ¿Hasta cuándo creernos plenos borregos en esta dictadura de pensamiento? Naciones soberbias encerradas en su propia exaltación. Occidente es un pandemónium de bestias y dioses, pues cada pueblo tiene lo suyo. Las ciudades en occidente, todas, son un espacio destinado a la aculturación. A esa soledad de apartamento que asfixia. Se vive del pipazo y la arcilla, la compañía de los libros y el reproductor eterno, del disco eterno, que narra la vida breve, fugaz y estática… Rincón de universo es el cuarto de uno. Lentamente se vuelve una jaula de hierro, y vamos repitiendo los conjuros para poco a poco ir desapareciendo.

III

Casi siempre olvidamos la conclusión. Todo sucede tan rápido que no hay momento para reflexiones más extensas, pues por los momentos uno está convencido de haberlo dicho todo: aparentemente todo. Instantes fugaces como orgasmos, el lugar común que nos recuerda lo mucho que uno desea su cuerpo, y lo mucho que necesita estrecharlo con otro. No quiero tampoco caer es discusiones corporales. El fin nos obliga a postergar estas ideas para otro momento. Debo seguir trabajando en ellas. Siempre queda algo por decir (?)

Alexander Urrieta Solano

La secta de los treinta

El manuscrito original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden; está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura de que fue vertido del griego. Según Leisegang, data del siglo cuarto de la era cristiana. Gibbon lo menciona, al pasar, en una de las notas del capítulo decimoquinto de su Decline and Fall. Reza el autor anónimo:

“… La Secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos. Diezmados por el hierro y por el fuego duermen a la vera de los caminos o en las ruinas que ha perdonado la guerra, ya que les está vedado construir viviendas. Suelen andar desnudos. Los hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos; mi propósito actual es dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor.

 »Lo primero que atrajo mi atención fue la diversidad de sus pareceres en lo que concierne a los muertos. Los más indoctos entienden que los espíritus de quienes han dejado esta vida se encargan de enterrarlos; otros, que no se atienen a la letra, declaran que la amonestación de Jesús: Deja que los muertos entierren a sus muertos, condena la pomposa vanidad de nuestros ritos funerarios.

»El consejo de vender lo que se posee y de darlo a los pobres es acatado rigurosamente por todos; los primeros beneficiados lo dan a otros y éstos a otros. Ésta es explicación suficiente de su indigencia y desnudez, que los avecina asimismo al estado paradisíaco. Repiten con fervor las palabras: Considerad los cuervos, que ni siembran ni siegan, que ni tienen cillero, ni alfolí; y Dios los alimenta. ¿Cuánto de más estima sois vosotros que las aves? El texto proscribe el ahorro: Si así viste Dios a la hierba, que hoy está en el campo, y mañana es echada en el horno, ¿cuánto más vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no procuréis qué hayáis de comer, o qué hayáis de beber; ni estéis en ansiosa perplejidad.

»El dictamen Quien mira una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón es un consejo inequívoco de pureza. Sin embargo, son muchos los sectarios que enseñan que si no hay bajo los cielos un hombre que no haya mirado a una mujer para codiciarla, todos hemos adulterado. Ya que el deseo no es menos culpable que el acto, los justos pueden entregarse sin riesgo al ejercicio de la más desaforada lujuria.

»La Secta elude las iglesias; sus doctores predican al aire libre, desde un cerro o un muro o a veces desde un bote en la orilla.

»El nombre de la Secta ha suscitado tenaces conjeturas. Alguna quiere que nos dé la cifra a que están reducidos los fieles, lo cual es irrisorio pero profético, porque la Secta, dada su perversa doctrina, está predestinada a la muerte. Otra lo deriva de la altura del arca, que era de treinta codos; otra, que falsea la astronomía, del número de noches, que son la suma de cada mes lunar; otra, del bautismo del Salvador; otra, de los años de Adán, cuando surgió del polvo rojo. Todas son igualmente falsas. No menos mentiroso es el catálogo de treinta divinidades o tronos, de los cuales uno es Abraxas, representado con cabeza de gallo, brazos y torso de hombre y remate de enroscada serpiente.

»Sé la Verdad pero no puedo razonar la Verdad. El inapreciable don de comunicarla no me ha sido otorgado. Que otros, más felices que yo, salven a los sectarios por la palabra. Por la palabra o por el fuego. Más vale ser ejecutado que darse muerte. Me limitaré pues a la exposición de la abominable herejía.

»El Verbo se hizo carne para ser hombre entre los hombres, que lo darían a la cruz y serían redimidos por Él. Nació del vientre de una mujer del pueblo elegido no sólo para predicar el Amor, sino para sufrir el martirio.

»Era preciso que las cosas fueran inolvidables. No bastaba la muerte de un ser humano por el hierro o por la cicuta para herir la imaginación de los hombres hasta el fin de los días. El Señor dispuso los hechos de manera patética. Tal es la explicación de la última cena, de las palabras de Jesús que presagian la entrega, de la repetida señal a uno de los discípulos, de la bendición del pan y del vino, de los juramentos de Pedro, de la solitaria vigilia en Gethsemaní, del sueño de los doce, de la plegaria humana del Hijo, del sudor como sangre, de las espadas, del beso que traiciona, de Pilato que se lava las manos, de la flagelación, del escarnio, de las espinas, de la púrpura y del cetro de caña, del vinagre con hiel, de la Cruz en lo alto de una colina, de la promesa al buen ladrón, de la tierra que tiembla y de las tinieblas.

»La divina misericordia, a la que debo tantas mercedes me ha permitido descubrir la auténtica y secreta razón del nombre de la Secta. En Kerioth, donde verosímilmente nació, perdura un conventículo que se apoda de los Treinta Dineros. Ese nombre fue el primitivo y nos da la clave. En la tragedia de la Cruz —lo escribo con debida reverencia— hubo actores voluntarios e involuntarios, todos imprescindibles, todos fatales. Involuntarios fueron los sacerdotes que entregaron los dineros de plata, involuntaria fue la plebe que eligió a Barrabás, involuntario fue el procurador de Judea, involuntarios fueron los romanos que erigieron la Cruz de Su martirio y clavaron los clavos y echaron suertes. Voluntarios sólo hubo dos: El Redentor y Judas. Éste arrojó las treinta piezas que eran el precio de la salvación de las almas e inmediatamente se ahorcó. A la sazón contaba treinta y tres años, como el Hijo del Hombre. La Secta los venera por igual y absuelve a los otros.

»No hay un solo culpable; no hay uno que no sea un ejecutor, a sabiendas o no, del plan que trazó la Sabiduría. Todos comparten ahora la Gloria.

»Mi mano se resiste a escribir otra abominación. Los iniciados, al cumplir la edad señalada, se hacen escarnecer y crucificar en lo alto de un monte, para seguir el ejemplo de sus maestros. Esta violación criminal del quinto mandamiento debe ser reprimida con el rigor que las leyes humanas y divinas han exigido siempre. Que las maldiciones del Firmamento, que el odio de los ángeles…”

El fin del manuscrito no se ha encontrado.

Jorge Luis Borges – El libro de Arena (1975)

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Niebla

Ahora que tenemos cambio, me pregunto si la gente estará dispuesta a cambiar de verdad. La dificultad ahora está en erradicar la barrera entre ellos y nosotros/nosotros y ellos. La polarización sin duda opaca cualquier expectativa. Tal vez puedo aspirar a sueños menos radicales, donde el bobositor y el chavistoide pasen a ser meros recursos literarios del pasado. Digamos que este pueblo ignorante no es del todo ignorante, porque vive de pequeñas dosis de nostalgia, que después olvida, cuando sus héroes se equivocan por cualquier razón, ellos no merecen nuestro perdón, pues ante nosotros su deber es ser perfectos, (estas son vainas que nunca voy a entender de este país). Con mesías y cultos irreversibles hemos forjado la identidad de un pueblo. Terrible es asumir que somos una generación normal, pero mucho más terrible es no aceptar que venimos con defectos de fábrica, nuestra otredad ha sido inventada (he aquí la desventaja de no saber de donde venimos), cualquier político de prestigio o intelectual de pacotilla se aprovecha y nos embarra un relato fantasioso: el típico discurso del país de las grandes riquezas, mujeres hermosas (y no le pongan play a la maldita canción de Alma llanera, que ya me tiene harto con sus hermanos de espuma)… Creo que estamos cansados de caernos a coba nosotros mismos, (o tal vez sea necesario vivir de ilusión). Mi preocupación está en que la euforia y el delirio siempre han sido nuestra piedra en el zapato. Nos quedamos siempre en el optimismo lírico, inflamos el ego llamándonos Venezuela cada vuelta al sol, (o cuando el azar juega a nuestro favor). No podemos creer que las cosas son tan fáciles (no deberían serlo). Con cortar una cabeza bien sabemos que no matamos a la hidra. Sin pensamiento crítico el cambio seguirá siendo inaccesible, y hasta imposible. Seguiremos frustrados ante el cambio que no logramos culminar, porque nunca quisimos aceptar que desde el principio estuvimos mal. Mientras no exista confrontación para el diálogo seguiremos perdiendo el tiempo; nuestros esfuerzos se irán en una publicación que busca dañar al otro, el potencial de acción reducido a montajes balurdos y mediatismos, pues lo que prolifera en las glorias son los idiotas y borregos que cantan victoria sin medir las magnitudes del porvenir. Me preocupa la ingenuidad con que llegamos a asumir nuestros logros colectivos, porque ahora que somos Venezuela pues, me puedo dar el lujo de hablar por todxs. Perdonen el pesimismo pero temo que el cambio haya sido de tinte y no de forma; el odio a diferencia de la alegría es un problema estructural que no se encuentra con facilidad. Pienso que más aprendizaje sacamos de nuestras derrotas; las victorias son efímeras y banales, nadie se detiene a dar planteamientos sobre ella. Insisto, los problemas empezaron cuando se creyó tener la razón. Vamos a ver si logramos salir de nuestro karma histórico, mientras somos capaces de re-plantearnos la realidad; quizá cambiando las formas de vernos tal vez encontremos puntos medios: contrastes más cálidos, donde los problemas no sean evadidos con humor déspota ni rancio proselitismo político. Al menos hacer el intento, el mínimo esfuerzo de ser menos estúpidos cada día, aunque se pida demasiado a los cielos, pues hasta Dios (si es que existe) está saturado de nuestra idiotez que parece costumbre heredada. Que el “cambio” no se quede en un simulacro democrático, recordemos que la dictadura de la mayoría tienes sus ventajas y desventajas…Entonces, mi querido Otro-Venezolano-Polarizado ¿Sólo por estar de frente hay que enfrentarnos? No lo creo. Si quieres un puente, te lo doy, pero que no sea por sumisión invocada, sino por convicción reaccionaria.

Inventamos o erramos, pero haciendo lo mismo no iremos a ningún lado.
Feliz inicio de semana, y sopórtenla con el consumismo.

Un abrazo, desde este Valle incomprendido.

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Alexander Urrieta Solano

El circo del mundo

No tengo mucho que decir queridos extraños. Las dinámicas se hicieron para que nadie se hiciera amigo de nadie. En cada sesión maceraba una suerte de decepción interior. Actitud masoquista, pues uno ya de antemano debe asumir que la originalidad rara veces se encuentra por ahí. Es subrepticia y tímida. Muchos anhelan encontrar dicha inspiración: un estado de lucidez absoluta que nos de la capacidad de expresarnos de la mejor manera ante una audiencia virtual repleta de desconocidos. La obsesión de convertirnos en escritores: preclaros de la metrópolis, llevando las riendas y destacando cierta destreza por encima del resto de los animales; porque recordemos que el conocimiento es poder, y al poseerlo nos sitúa en un rango por encima de otros, cosa que resulta terrible cuando olvidamos trabajar con humildad. La soberbia es algo común en los medios artísticos, y más en esos medios dónde se eyaculan las ideas y quedan plasmadas por escrito. Hay que saber la diferencia entre un verdadero maestro literario y un estafador de librería.

Hoy en día es mucho más sencillo pretender que se sabe mucho de la vida, simplemente basándonos en experiencias ajenas, en ideas que nunca fueron nuestras, que como muchos han olvidado, nos permiten apoderarnos de ellas, hablar con autoridad de lo que se teme y desconoce es el pasatiempo de los idiotas. En estos tiempos modernos de instante y agitación, cualquier patán letrado es tomado en cuenta. Está el sempiterno caso de los políticos, que vienen a ser lo mismo que cualquier estrella de rock o deportista popular. Convertirse en celebridad es asumir el absoluto de los prejuicios de este mundo que cada día es más estúpido y absurdo, pero sin embargo, funciona en su perfecto caos. Una maquinaria colosal y perfecta que no se detiene a reflexionar. Si hablamos de forma general, el mundo ya lo perdimos… lo acabamos hace muchísimo tiempo.

Tal vez sea suerte, o quizá desgracia para nosotros, que todavía permanezcamos pensantes y vivos. Algo bueno debemos estar creando dentro de nuestras entrañas. Sin pretensiones de ego, pero ciertas ínfulas nos hacen sentir menos insignificantes. Es muy fácil convertirse en ladrillo. Gran parte de nuestra vida solar gira en torno a nuestro afán de encajar en algún muro…creo que aquí radica gran parte de nuestra soledad.

Creer que nuestras acciones no afectan el orden natural de las cosas es signo de inferioridad. Inferioridad aprendida durante años, porque como habitantes del mundo, y como seres individuales sin importancia colectiva, nos vamos definiendo en función de los otros, digamos que el factor externo nos conduce por la selva de concreto. Hay una necesidad casi insana por definirnos y ser reconocidos ante los demás, pues idealizamos hasta lo improbable. La miseria de estos tiempos está en la ignorancia de nuestra propia ignorancia. Con lo poco que tenemos jugamos a ser Dioses, lideres energúmenos, hombres comunes que se derriten ante cualquier banalidad propuesta por una maniobra del mercado. La ridiculez de sentirnos vivos… temo que en este país (y no pongo en duda que en otros lugares suceda) desconocemos y le hemos dado un concepto ambiguo a la libertad: palabra gastada y trillada, pero sin embargo poderosa, quizá por su alto grado de contenido fantástico.

Palabras gastadas van y vienen para construir el discurso de nuestra historia. Por desgracia seguimos viendo la historia desde los ganadores. Pienso que el país se va a la mierda por nuestra falta de tacto, por nuestra incapacidad de reconocer dónde estamos parados. La ignorancia de los intelectuales es la que quizá hace más daño, pues son estos pelícanos encorbatados los que mueven al resto de borregos, que se sienten superiores en su burbuja de saberes de élite; es una lástima que el saber tenga que demostrarse en méritos de papel; pienso que el verdadero saber se forma fuera de la exigencia académica. Una calificación en estos tiempos ya no puede definir qué alumnos son buenos y qué alumnos no. Todo tiene que ver con etiquetar a los seres. Cuántos saberes y talentos se han matado en las escuelas, para evitar alterar el orden mecanizado de nuestros días. Todavía el espectro de la meritocracia siembra ideales patéticos en la sociedad, produciendo seres competitivos abanderados de individualismo, que plantean el orden y el progreso pero solamente para ellos mismos… el discurso del desarrollo ya se quedó obsoleto para los tiempos decadentes.

No debemos olvidar que la Razón nos trajo hasta aquí. En nuestro prometeico intento de dominación logramos destronar al Sol: con el hongo atómico logramos igualar el poderío del astro rey… La bomba nuclear se convirtió en la medida de todas las cosas. Nuestro afán de tener la razón conoce sus límites y a partir de ellos traza unos nuevos, porque la idea es la trascendencia humana, llegar a la imagen y semejanza de Dios sin importar los medios. La satisfacción de estos límites ya no considera si hacemos daño al espacio dónde nos encontramos, lo importante es lograr cumplir nuestros sueños…qué importa si la realidad se desmorona ante nosotros. Vivimos para saciar el morbo y lo enfermizo, la medida de la experiencia se reduce al placer de las audiencia. Ya no soy un sujeto sino un pobre cliente. El despilfarro del consumo nos mantiene dopados en la medida que vamos destruyendo la tierra. La violencia y el abuso se han normalizado hasta tal punto que el caos lo aceptamos como algo irreversible, pero completamente ajeno a nosotros. Es como una especie de negación hacia nuestra cruda naturaleza.

Los animales que comemos, los clonamos para perpetuar nuestro apetito. Y los animales que no podemos comer, los encerramos en zoológicos, los cazamos por diversión, tiranizamos la vida de otros para complacer la nuestra. Hay un gusto exacerbado por el caos, que se necesita para prevalecer cierto equilibrio: estabilidad para uno, pero por qué no para todos. Nos resulta sencillo imaginarnos el fin del mundo: un estado de caos y destrucción: el apocalipsis resulta un evento amistoso, pero, cómo nos cuesta re-pensar la cosas, nos resulta imposible imaginarnos un mundo que funcione de otra manera. No de una sola manera, sino de muchas maneras. No resulta inconcebible imaginarnos un mundo donde sean posibles otros mundos.

Alexander Urrieta Solano

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Fragmentos del Reino

Creo que no tengo la costumbre de escribir mis comentarios de las cosas que leo. Uno se ve más inclinado a las cosas que observa. Se supone  que uno escribe sobre las cosas que lo cautivan constantemente. Es como un impulso nervioso, como esa necesidad que surge cuando quieres fumarte un cigarro. Digamos que uno anda criseado buscando calmarse con cualquier cosa. Supongo que por eso prefiero estar escondido en mis libros, en mis fantasías literarias: en mi libertad reducida a meras letras y tinta. Uno lee para aprehender, en un acto de placer incomprendido para aquellos que desconocen la soledad apacible. La locura se macera de forma extraña en nosotros. En lo particular, los cuentos vienen a ser dosis para la dislocación de los sentidos. Pequeños relatos que se leen de un tiro, la poesía también tiene sus virtudes. Sin intermedios uno disfruta un descargue violento de sanaciones y emociones internas.

Uno de los libros que más he disfrutado en lo que llevo de vida quizá sea la mirífica obra “Du Domaine”, del poeta francés Eugène Guillevic. En la versión traducida por Monte Ávila Editores, se presenta bajo el título “Del Reino”. Un poemario imprescindible que de forma inusitada llego a mis manos. Un libro de carácter esotérico, mágico por la complejidad de su sencillez. Poemas entrelazados a su suerte para promover la decapitación del lector.

 

Hay quienes duermen

Todas sus dimensiones.

Cierto encuentro cercano de orden mayor le da una estructura sólida al poemario. Uno se pierde en el trance de los vaivenes, orbitando en un espacio imaginario delimitado por el paso de las palabras breves, que juntas forma versos alucinantes y precipitados.

Mirarnos

Como nos miran

Las avispas

 

Cada palabra parece tener un sentido sagrado y cósmico. El misterio envuelve los versos de Guillevic. Las cosas concretas, aquellas que poseen carga de vida,  quedan como ejemplo claro de que, en lo sencillo sin duda podemos encontrar lo divino. Es un libro que me ha enseñado bastante. Y por ello me encuentro agradecido.

Ella te preguntará

Si conoces su hora.

*

No tendrán que lanzarse

Desde lo alto de la torre.

*

Si desconfías de ella,

Teme

 

Por tu pasado en el reino

*

Ella no te desea otro mal

Sino confiarte el suyo.

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Alexander Urrieta Solano

La ciudad de los crepúsculos

Valera está a ocho horas de Caracas. Estábamos en el terminal de La Bandera. El primer intento para irnos fue el sábado, fracasamos. Después de una cola de casi tres horas mandamos todo a la mierda. De regreso al apartamento quedamos en irnos el domingo temprano: tipo cinco.

Era Domingo de Ramos. En la Plaza Madariaga tomamos un autobús al terminal. Decidimos viajar haciendo escala en Barquisimeto para visitar al Guaro, un amigo de la facultad, para luego irnos el lunes temprano a Valera. Nos fuimos en una guagua, tuneada hasta el volante, amarilla, con cauchos que parecían sacados de una utilería de cine épico, una latonería con doble capa de pintura, llena de enigmáticas calcomanías arabescas, escarchadas, como barajita rara de álbum Panini. Era el autobús mágico en su versión psicodélica. Nos tocaron los últimos dos asientos de la izquierda, besando el woofer. En el pasillo, que daba a la puerta de atrás, había una montaña de sacos y maletas, parecía una trinchera. A lo lejos, estaban pasando en la pantalla un video de reggaetón. El conductor arrancó, subió el volumen. Elejota y yo comprendimos el privilegio de nuestros puestos. Fueron cuatro horas de estruendo de bajos: bachata y reggaetón, misoginia audiovisual para ambientar nuestros viajes por el interior de país.

Me acostumbré a la bulla y la vibración. Me quedé dormido. En un sueño intermitente iba ubicándome en el espacio. La salida de Caracas por occidente. La bajada de Tazón. El gran vertedero que se alza como imperio de basura. Parque Vinicio Adames. Sueño. Paracotos. Tejerías. La Victoria. Túnel. Recuerdo el lago de Valencia, las plantaciones de caña de azúcar, el puente en ruinas; una simetría de esferas y banderas nos dio la bienvenida: Carabobo. Los mensajes de “Peligro, ráfaga de viento”, los galpones comidos por el óxido, las tierras sembradas de olvido. Encrucijada, el pueblo de El Palito: los incontables puestos de empanadas, taguaras con maniquíes grises luciendo trajes de baño, combitos de pala rastrillo y tobo para la construcción de castillos de arena, cocodrilos inflables, lociones pal cuerpo, bronceado cigarros y habanos. Un local que sólo vende hielo, más puestos de empanadas. Olor a gasolina, aceite quemado, licorerías por todos lados. Refinería Morón. Elejota en su sueño me babeó el hombro. Al rato volví a cerrar los ojos con ella.

La autopista Centro occidental estaba adornada con manchas de colores. Según los sabios de pueblo, era primavera. Casi todos los árboles floreaban, y los que no, parecía que trataban de decirnos algo, o nosotros pretendíamos percibir algo en ellos. Era una obsesión contemplar el paisaje. Por fin habíamos llegado a la capital de Lara. En una colinita, unos ladrillos con pretensiones de figuras de Tetrix formaban la palabra “Barquisimeto”. El ouróboro musical de reggaetón y bachata había terminado. Mirábamos desde la ventana la Ciudad de los Crepúsculos, en silencio.

Nos libramos de la guagua mágica como a eso de las once. El Guaro nos pasó buscando en el terminal con su hermana y su papá. Llegamos a su casa. Dejamos los bolsos en su cuarto y comimos. Salimos de nuevo. Pasamos lo que quedaba de la tarde caminando por las enormes cuadrículas de Barquisimeto. Las calles estaban tranquilas, poco carro y nosotros tres. En una licorería compramos un six-pack de Pilsen. Nos llegamos a la Flor de Venezuela, un complejo arquitectónico alucinante, para ver el atardecer. Y mientras el tiempo corría, hicimos lo que cualquier grupo de carajos que toma curda encaletado en las faldas de una escalera hace: filosofar, hablar paja.

Se hizo la noche. El Guaro me dijo en la tarde que le escribiera a Jesús, otro pana de la facultad, para encontrarnos por ahí. Como a eso de las siete nos pasó recogiendo en su carro por la entrada del Sambil, que por cierto en un momento le hicimos una visita breve, es un centro comercial en forma de cuatro. Ya en el carro, fuimos a buscar a dos amigos más de él, una pareja, Andrés y Beatriz. Empezamos a dar vueltas buscando una licorería abierta. Llegamos a una y pedimos una caja de cerveza Zulia y un paquete de cigarros. Nos movimos a los espacios verdes dentro de las residencias de Andrés. Éste pana destapaba las botellas con yesquero. Nos empezamos a caer a birras. Prendieron un porro y dieron inicio a la rueda. Elejota estaba sentada a mi derecha. Todo nos daba igual así que fumamos también. Todo era euforia y distorsión.

Entre filosofía y nimiedades, fue una leyenda urbana la que atrapó mi atención. El Guaro y Beatriz nos contaron acerca de las Torres del Sisal. Un conjunto de edificios residenciales de veinticinco pisos cada uno, abandonados a su suerte, que se hicieron polémicos por ser un punto de encuentro para quitarse la vida. Los años de abandono que tienen las torres coinciden raramente con el número de suicidios. Con el tiempo se volvieron ruinas embrujadas. Las Torres del Sisal, el trampolín de la muerte. Dicen que entre los pisos sin paredes se han visto ánimas y espectros deambular, y que por las noches se escuchan gritos desgarradores, inspirando terror en los habitantes de la zona. También hablaron de rastros de rituales satánicos y sacrificio de animales. Eso me perturbó bastante. Pensé en el suicidio, el crepúsculo, domingo de ramos, psicotrópicos y etílicos… esta ciudad me había dislocado. Se hicieron las doce. Estábamos todos en el orto. Nos despedimos de Andrés y Beatriz. Jesús nos llevó hasta casa del Guaro.

Y eso fue todo. Al llegar me acosté con Elejota en la cama más grande del cuarto, ella se durmió al toque, yo la seguí después. Antes de cerrar los ojos el recuento del día sazonó mi delirio hasta quedarme dormido. Teníamos que pararnos en seis horas. Mi mente se perdió en la oscuridad y la luz de un televisor prendido. Caracas ya no existía para mí. Valera no estaba tan lejos. Todavía nos quedaban cuatro horas por recorrer.

Alexander Urrieta oriente20-998crepus3