La Noche

“Me gusta tu palabra a la hora del trasnocho, no se cohíbe, se vuelve libre y se mantiene atenta y la par con el insomnio. En la oscuridad, tu palabra adquiere un sabor que sólo puede ser degustado bajo la luz de las estrellas. Tus oraciones dicen exactamente lo que piensas, porque es en la noche, donde tenemos la mente con un pie en la realidad y otro en la fantasía. Tienes la opción de dormir y encontrar un apasionado sueño, o de mantenerte despierta creando paraísos con tu sincera palabra, que va lanzando ideas risueñas y enamoran a cualquier ser que busque entenderte…y quererte”.

Alexander Urrieta

0019

Máscaras

Los hombres de hoy, parecen tener miedo de mostrar su verdadera cara ante la sociedad. Es por eso, que a lo largo de nuestra vida, el hombre se las ha ingeniado para sobrevivir, mejorando el arte del engaño y la improvisación. Vivimos en un mundo de máscaras, que combinamos con disfraces que usamos en tiempos prolongados y momentos diferentes, mostrándole a nuestros terceros algo que en verdad no somos, mientras, que en el fondo de nuestros tristes corazones, mantenemos recluso a nuestro verdadero ser, oculto y apresado, para evitar juicios y atentados de la cruel realidad. Lo único que queremos, es no ser recriminados por ser distintos, no nos importa que tanto nos cueste, no importa cuánto daño nos hagamos, sólo queremos ser aceptados. Qué concepto tan miserable.

Todas esas ropas, maquillajes, palabras, gestos, lujos, productos, comida, tecnología, marcas, bisutería, estupidez, ideología y estilos vida, forman parte de ese patético sueño colectivo. Un mundo de promesas con trasfondos oscuros, que han convertido la realidad en una mentira con implantes de plástico y cirugías embrutecedoras. Un sueño que creemos propio, que nos pertenece a cada uno de nosotros, pero en verdad, no lo es. Nos condicionan desde el momento que nacemos. Nos dan un nombre, nos etiquetan como animales al matadero. Nos registran con una identidad, una casta, una clase social, un color, un género, y nos mantienen dopados en nuestros hogares y escuelas, con esa triste quimera, de que somos especiales, de que somos únicos, distintos, y la mejor de todas, que somos libres. La gran paradoja de nuestros tiempos. De qué libertad nos han hablado durante tantos años, no la sabemos, no la conocemos, porque como se dijo antes, vivimos en un sueño colectivo, un espejismo masivo que nos arrastra a todos a ese cruel destino de convertirnos en esclavos, de ser engranajes, simples y pobres piezas desechables en esta enorme y destructiva máquina que no se detiene por nada ni por nadie. La Civilización.

Más que un sueño dorado, es una pesadilla masificada. Hombres y mujeres pretendiendo ser lo que no son, dando todo por el todo para ser aceptados, entregando a ciegas, como primer recurso su conciencia, y cómo último, su dignidad, todo, para asegurar así su lugar en esta sociedad que paulatinamente, se asfixia con el plástico que emanan las máscaras gastadas que llevan puestas todos los hombres cobardes. Ya a estas alturas, no nos puede asombrar de lo que es capaz la estupidez del hombre, ya debemos asumir que lo peor está por ocurrir, que esta gran epidemia artificial que intoxica a la humanidad, sólo es uno de tantos síntomas que vaticinan nuestra inminente destrucción.

Muere lo humano en el hombre. Qué difícil es encontrar autenticidad en estos días. Cómo cuesta encontrar en esta salvaje jungla de concreto, un alma con un sentir, un estar y un pensar, tan natural y original. Cómo cuesta quitarnos la máscara, que por nuestra ignorancia y el pasar de los años, se ha adherido cómodamente en nuestra piel, se ha incrustando vilmente en nuestro ser, impidiéndonos deshacernos de ella. La máscara se mantiene parásita en nuestro rostro, porque se respalda y se alimenta de nuestro miedo. Tenemos miedo que al quitárnosla, nos arranquemos trozos de piel y perdamos parte de nuestro fingido ser. Que nos vean como en verdad somos.

Qué absurdo son estos tiempos modernos que padecemos y vivimos. De qué ha servido tanto auge tecnológico cuando la mente del hombre se ha empobrecido tanto. Acaso, vale la pena hablar de progreso y futuro, en un presente dónde las personas tienen como prioridad ocultar sus defectos y dejar a un lado sus virtudes. Dónde es más importante lucir bien, antes que sentirse bien. Dónde se juzga a una persona por su apariencia y no por lo que piensa. Me temo, que al paso que vamos, acelerado, déspota, insano y despreocupado, olvidemos que tenemos que detenernos, así sea por un instante a descansar, y analizar con detenimiento todas las interrogantes que sacuden nuestro presente y nos impiden dar un pronóstico apacible sobre el mañana. Pero temo más aun, que el detenerse sea una idea ya desfasada, y que nos encontremos a bordo de un viaje sin retorno alguno. Temo asumir que el futuro ya es presente. Temo aceptar que estoy en lo correcto, y me aterra estar consciente, de que ya es mañana, y que vivo en un mundo dominado por seres enmascarados, que cada día, parecen más máquinas a medida que van dejando de ser hombres.

Alexander Urrieta

llegate20

Ida y vuelta

Pasajes

Rasgos Mágneticos

Psicotrópicos

Prosa del cadalso

El Impulso

Y así, en un abrir y cerrar de ojos, todos sus escritos desaparecieron sin dejar rastro alguno. Alexander sintió que había perdido su rumbo y su camino, un camino que apenas había pisado, un camino que nunca había comenzado, qué lástima, había desechado por error una parte importante de su ser. Sus notas, sus memorias, sus ensayos, sus cuentos, sus aforismos, su intimidad, su secreto, su vida, todas borradas por una torpeza informática. Ya escéptico en su totalidad, alexander concluyó que las ideas escritas, más seguras estaban dentro de un cuaderno de espiral, un trozo de servilleta, o en algún pedazo de papel mísero olvidado entre tantas páginas impresas leídas y releídas. Un error como este, no debía cometerlo jamás. Qué más daba. Otra raya más para el tigre de la línea vital del tiempo. Un evento fortuito para sazonar su latente existencia. Pero, eso no le preocupa a este hombre, pues, llego a un punto donde ya nada le interesa, ni le importa, excepto, el empezar de nuevo con su labor, escribir. Este hombre, llamado alexander, se ha convertido, por obra y gracia de la pena, en un verdadero artista. Recuerde el lector que, el artista, no nace por un designio del destino, ni mucho menos de un talento sembrado por una fuerza divina, sino más bien, nace de la mera casualidad que rige los pequeños eventos de este mundo, una casualidad, que viene vestida de felicidad o desdicha, que en un momento inusitado, despierta a la criatura del impulso, que yace dormida en lo profundo y desconocido del corazón de todos los hombres, esperando en el letargo de un sueño, a ser sacudida por la pesadilla de la amarga realidad, que en este caso en particular, la casualidad, se le presentó a alexander, envuelta en mantos de tragedia, donde al perder absolutamente todo, engendro el espectro que tanto había deseado tener dentro de él. El impulso.

0045