Relato Etnográfico: experiencia en el mercado de Corotos

El Bachiller inocente (Apuntes a modo de introducción)

Para mi proyecto etnográfico tenía pensado observar el mercado de corotos que se hace los domingos en la sede de Acción Democrática, en El Paraíso. Hacer un recorrido breve, de proporciones reflexivas, sobre la relación que tenemos los occidentales con los objetos.  Debo admitir que la propuesta de salir a campo es una formalización del movimiento. Asumir una postura: un rol de investigador, cuya presencia altera también la cotidianidad de otras personas. La memoria juega un papel importante dentro del registro de aquello que se observa. Es un constante intercambio donde las personas te van dejando cosas, datos, palabras, detalles importantes para nuestro hacer etnográfico, o en mi caso particular, experimentos literarios, con cierto sustento científico de orden antropológico y sociológico.

¿Cómo justificar la validez de un estudio etnográfico? Además de un breve respaldo teórico, el escrito dependerá de la experiencia del investigador.  El aspecto no verbal de la cultura envuelve lo que reclama el silencio, lo que antecede al movimiento. El aspirante a esta forma de entender al otro, el etnógrafo, debe entender en primera instancia que sólo se llega a un aproximado de las cosas. Entrelazar diversas interpretaciones a partir de nuestro filtro particular. Es preciso llevar entonces un diario para llevar un registro de lo que se percibe (considerando que, el acto de escribir puede provocar consecuencias en el espacio, y también pérdida de información). La escritura forma parte de un ejercicio disciplinario y un acto de composición. Ambas cuestiones, se correlacionan en una poética de la observación e interpretación.

El orden del coroto

Coroto es una voz de origen indígena, que designa una suerte de recipiente proveniente del fruto del árbol del totumo (Crescentia cujete). Más adelante, la palabra vino a usarse para designar todo tipo de cosas o asuntos como forma de auxilio (Pérez, 2011). Luego la misma palabra en la búsqueda de su orden etimológico fue relacionada con un célebre pintor francés llamado Camille Corot. En resumidas cuentas, la palabra en la actualidad sirve para designar objetos: artículos de segunda mano, porque la palabra puede pasar de sustantivo concreto a un adjetivo calificativo, o en el menos común de los casos hasta uno peyorativo.

El Mercado: Lugar y no Lugar

Asistí cuatro domingos seguidos al Mercado de los Corotos, guiado por el interés de conocer las dinámicas de una venta de productos usados. La sede principal de Acción Democrática es un espacio que se presta para hacer diversas actividades durante la semana. Los días miércoles por ejemplo, hacen un mercado de alimentos fijo, donde venden carnes y hortalizas a precios (relativamente) económicos. También se organizan desde fiestas de cumpleaños, hasta conciertos de rock, pero estos son eventos esporádicos.

El Mercado de Corotos es un espacio que evoca al recuerdo drásticamente. El espacio público, en un primer sentido, es el espacio institucional en el que se elabora la opinión pública y se propicia el debate (Augé, 2004). La Casa de Acción Democrática es, en primera instancia, un lugar, puesto que en él se expresa la identidad, la relación y la historia de los diferentes sujetos que hacen vida en ella; por otra parte, este espacio también es un no lugar, en la medida que no expresa nada, es decir, que no se realizan intercambios de identidad y significación, sino que más bien se puede convertir en mero espacio transitorio: de estadía temporal. Entonces podemos decir que el mercado es tanto Lugar como No Lugar.

De los cuatro días que fui al mercado el primero me dediqué a hacer un ejercicio de observación. Luego el resto de los días me propuse conversar con diferentes vendedores del mercado, hice mi tanteo con casi trece vendedores, de los cuales sólo tres personas me dieron la información que en mi tanteo inocente, creía estar buscando. Entendí que no todos están dispuestos a conversar, si acaso no hay venta concretada no hay palabras que valgan, así sean por mera curiosidad. Me costó mucho. Mi proceder fue improvisado y en ciertos casos torpe e insuficiente. A falta de grabadora me aferré a mis escritos en el diario de campo: mi único registro posible, sustentado en la palabra.

Para los occidentales, los objetos se van devaluando en la medida que surgen otros que lo reemplacen, pues así funciona la lógica de la innovación dentro de las sociedades de consumo. Entre mis dilemas sobre la etnografía, puse en duda la viabilidad de este espacio. No obstante conservé en pequeñas dosis mi esperanza.

El primer domingo, luego de una observación de casi dos horas me dispuse a elaborar un inventario, puesto que consideré crucial destacar qué tipo de artículos conforman o entran dentro de la categoría totalizadora del coroto. Durante los cuatro domingos que asistí, formulé mi propia tipología del coroto. Considerándome un neófito en asuntos etnográficos elaboré un inventario de los corotos comunes en orden de prioridades: ropa, calzado, juguetes, utensilios de cocina, componentes electrónicos, herramientas, platos y figuras de cerámica y vidrio, adornos de madera y porcelana, material de papelería, enciclopedias, textos escolares (los libros literarios son escasos o casi inexistentes), bisutería y cosméticos.

El segundo domingo, luego de haber adquirido un diccionario de latín-español pude establecer una conversación con el vendedor Rubén Gonzales, (mi primer informante). Vendía pantalones, películas, correas y artículos deportivos. En una cesta tenía un conjunto de libros que parecían ser tomados al azar, puesto que no abarcaban un tópico en particular: iban de manuales de ortografía a folletos del derecho civil, y novelas cortas de esas que formaron parte de un inventario escolar: Casas muertas, Pedro Páramo, un libro forrado con un papel contact de Mickey mouse que al abrirlo titulaba El lobo estepario. El libro que compré pertenecía a su hijo: “Se lo pidieron para el bachillerato y nunca lo usó. Terminó el colegio y se puso a estudiar derecho y se desentendió de los libros”. No entendí qué relación había entre una cosa y la otra, admito que me hizo ruido lo inusual que es entrar en la carrera de derecho y desentenderse del latín, pero eso no venía al caso. Aproveché el comentario sobre el hijo para preguntarle la procedencia de sus corotos: “Hay unos que son míos y otras cosas que no, ropa que ya no me queda o que pasó de moda; estas de acá por ejemplo (señalando los artículos deportivos), eran de un sobrino mío de Puerto Ordaz que se fue del país. Para mi suerte las ideas fluyeron solas, y sin preguntarle me contó los motivos de montar un tarantín: “La cosa está difícil, ya uno no le queda otra que ponerse a buscar corotos que sirvan para vender, no es mucho pero algo es algo…ese libro que te estás llevando es un regalo…barato te lo dejé”. ¿Y le ha ido bien?, le pregunté: “más o menos, la clave está en tener algo que la gente necesite, no te puedo decir si es bueno o malo eso, porque mira tú, hay domingos donde no vendo nada de nada, pero hay otros donde te puedes encontrar con un cliente (como tú) que encuentre en tu puesto algo que andaba buscando desde hace tiempo”. ¿Entonces es una cuestión azarosa?, pregunté de nuevo: “casi siempre, el que busca encuentra, yo pienso que es cuestión de suerte, aunque no te creas, hacer la venta es difícil, porque sabes, al final son corotos y mucha gente va pendiente de que le regalen las vainas, y eso no es así”.

Podemos separar las relaciones del mercado en dos tipos de personas (tomando en cuenta que no son sólo las únicas): En los que van al mercado para adquirir corotos, y los que van al mercado para deshacerse de ellos. Es un asunto que se basa en el intercambio, no sólo monetario, pues aquí se manejan (a veces) las dinámicas del trueque, siempre y cuando los corotos a intercambiar sean equiparables en escala de intereses y funciones, y cuando no resultan tan evidentes se recurre al equivalente de los precios en contraste con el mercado imperante. No obstante, está el recurso del regateo: pues siempre se puede conseguir bajar la oferta de quien ofrece sus corotos.

El tercer domingo, luego de la adquisición de una baraja española, establecí conversaciones con la señora Mariela Echenique y su vecina de tarantín Miroslava Azorla, que para no desfavorecerla en su negocio, también le compré un folletín turístico con un mapa de la ciudad Caracas y un par de bolígrafos paper mate. Convencido de que no botaba mis riales me consolé en los fines académicos. Seguí con mis experimentos. La señora Mariela era una psicóloga egresada del pedagógico de Caracas, ya jubilada aprovechaba sus días de ocio para vender lazos y torta de pan que ella misma hacía con su hija, Camila, estudiante de comunicación social en la Santa María: “Después de la muerte de mi marido quedamos solas y bueno, lo que queda es vender lo que queda de él, ocupa espacio en la casa, y si tengo la oportunidad de salir y ganarme alguito está bien, además esta crisis nos obliga a todos a sacar ganancias de lo que sea, pero en lo personal disfruto vender más tortas que ropa de viejo”. Era demasiado contenido para unas preguntas vagas, tenía que aprovechar que contaba con tres informantes potenciales; traté de buscarle conversación a Camila pero ella cedió poco (por no decir que estaba poco interesada), iba a venía, como suelen hacer las chicas que se saben importantes y guapas. No quise dar crédito a mis prejuicios, puesto que no podía evitar sentirme atraído por la hija de Mariela. Por suerte se fue un rato largo, y pude seguir con mi empresa etnográfica ¿Las cosas de su marido no le han provocado nostalgia?, pregunté: “Al principio es duro, pero las cosas ya no son de él, no son de nadie porque ya no está…a veces pega sabes, un día quieres vender todo y otro día no quieres vender nada, pero sabes, las cosas materiales no duran, uno se muere y son los vivos los que tienen que lidiar con los corotos. Mi hija no estaba de acuerdo, pero luego terminó asumiendo que las cosas en la casa eran un estorbo insoportable”. El duelo vive en los corotos, dije sin pensar: “El polvo hijo, el polvo se pone a vivir en los corotos, ya no tengo tiempo para la limpiar y ordenar, estoy cansada, ya poco a poco las cosas se las irán llevando…siempre hay alguien interesado, siempre hijo”.

La señora Miroslava era ama de casa, casada y con dos hijos que después de graduarse se fueron del país. Ella vendía su ropa y calzado que por los años ya no tenía oportunidad de ponerse: “Tú dices que eso no importa, pero cuando pasan los años te das cuenta de lo anticuada que son las cosas que compramos; yo en los ochenta me ponía esta ropa pero ahora me da pena andar con eso, estoy vieja. Eso ahora lo compran las chamas a si de tu edad, y como de la edad de Camila”. La moda es cíclica, usted se puede poner lo que quiera, le dije. Vi que en su puesto tenía en una esquina una pila de libros (otra vez de orden escolar, más un libro manualesco de sudokus y una guía turística de Elizabeth Kline del año 98). En mi inconformidad con las propuestas literarias que tenía le pregunté si tenía más libros: “Tengo más libros, pero no los puedo traer todos porque pesan mucho. Tú te imaginas, tendría que además de traer esta maleta donde me traigo la ropa, traerme otra para los libros. Los libros pesan y son molestos cuando nadie los compra, luego llueve, se te mojan y se ponen feos, por eso me quedo con la ropa, con el sol se vuelve a secar y no pasa nada, es muy raro que traigan libros, si alguien me ayudara podría traer más, tampoco son rentables, a muy poca gente le gusta leer, yo me quedo con mi ropa vieja”. Evidentemente tenía razón, no fue hasta ese momento que consideré las dificultades logísticas de mover los corotos de un lado a otro.

De los cuatro días que fui al mercado el último domingo fue el menos fructífero, puesto que un palo de agua hizo que el mercado cerrara sus puertas más temprano. Aproveché la circunstancia para elaborar en mi cuaderno unos apuntes finales sobre la casa de Acción Democrática, pero sinceramente no hice nada. No hablé con nadie ese último día, aunque estaba dispuesto a volver a contactarme con algunos de los tres informantes anteriores pero por la lluvia habían dejado el espacio temprano. Tampoco los vi. Lo inesperado nos obliga a forzar nuestro análisis, la falta de tiempo y experiencia nos facilitan las vías para concluir, de alguna forma u otra. Sin embargo uno está sometido a lidiar con resultados escuetos que bien nos llevarán a conclusiones no del todo alentadoras. Aunque siempre se abre la posibilidad de volver, pues toda investigación se cierra ante la apertura de una nueva. Me comprometí a mí mismo volver todos los domingos, por el simple hecho de estar rodeado de recuerdos. Un comentario que para un relato etnográfico está demás, pero que sin duda dice más que cualquier registro o cita académica. Siempre queda algo por decir.

Los objetos evocan recuerdos, hay cierta intimidad concentrada en ellos. Ya no podemos hablar del objeto como tal sino cómo el objeto nos hace sentir, he ahí el dilema que envuelve estos espacios. El mercado de corotos ya de por sí evoca nostalgia. No podía evitar quedarme en un puesto viendo la cantidad de cosas que me trasladaron a la infancia: juguetes noventeros. Recuerdo con mucha alegría un puesto donde estaban vendiendo una cartuchera llena de tazos; otro puesto estaba vendiendo un Nintendo 64; otro vendía un castillo y barco pirata de Fisher Price; un tarantín distante vendía dvds de Kurosawa y la trilogía de Star Wars en VHS…puras reliquias (y fetiches) de la cultura occidental. Sin duda este trabajo con ínfulas etnográficas fue un ejercicio de regresión constante: era un sujeto que en sus intenciones de ver sujetos, terminaba sucumbiendo ante los objetos y el recuerdo.

Alexander Urrieta Solano

Bibliografía

  • Pérez, Francisco Javier (2011): Diccionario histórico del español de Venezuela. Caracas: Bid & Co. Editor
  • Augé, Marc (2004): ¿Por qué vivimos? Por una antropología de los fines. Barcelona, España: Gedisa.
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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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