Los Condenados del Paréntesis

Muchas veces uno expone ciertas ideas que lo comprometen al destierro. La realidad me da argumentos válidos para seguir viendo el futuro con escepticismo. No soporto esa forma imperativa y enfermiza de sujetarnos al pretérito ¿Por qué los viejos insisten tanto en atarnos con la misma soga con la que enrojecieron sus cuellos? No he conocido un pueblo tan nostálgico y avergonzado de su propia historia como el de este país mestizo; tan consecuente en su ejercicio de recordar falsas raíces, pues le sale sencillo imaginarse un país sintético, concebido por los delirios de los vejestorios enfrascados en su vicio de orden y progreso: única alternativa de vida, porque al parecer todo era prosperidad y alegría… “Éramos felices y no lo sabíamos”; si el lamento se esconde en esta irrisoria expresión popular, me atrevo a confirmar más bien que “nunca” fuimos libres de pensar otra felicidad. Éramos, y seremos felices, bajo los efectos somáticos de la sociedad de consumo. Lo más perturbador de todo es la incapacidad de problematizar el presente sin elaborar ningún tipo de reflexión lúcida, lejos de alguna presunción polarizada que propicie la niebla entre los séquitos, que necesitan el respaldo de una voz mayor para poder pensar. Si todo tiempo pasado fue mejor, eso refuerza la idea de un presente insostenible, pues hay una necesidad de alcanzar el porvenir, recuperando eso que quedó atrás. Anhelar no tiene sentido si hay ausencia de movimiento.

Tengo miedo de este letargo insomne que irradian mis contemporáneos. Vivimos en un mundo con poco sentido de lo real. El cinismo y la amnesia esporádica son indispensables para sobrellevar el ritmo escandaloso de la segunda década del milenio; a este paso vamos acelerando nuestra extinción ¿quién se atreve a negar que nosotros procuramos comenzar primero? Hicimos nuestro mejor esfuerzo para tocar el fondo: el monopolio militar y la hegemonía de los pranatos, junto con la ficción del mercado han llevado a este pueblo a la ruina. Creo que nos entregamos deliberadamente al papel del Mejor país del mundo; desde el principio el excremento del diablo logró satisfacer nuestros más insanos caprichos. La obsesión monomaníaca de salir del sub-desarrollo, sin mencionar la invención del otro y el tercer mundo, el proyecto de naciones, empresa y sociedad de castas, la tierrua y la sifrina, adecos y copeyanos, chavistas y opositores… me atrevo a decir que nuestra compleja identidad se concentra en los certámenes de belleza y las marcas de cerveza ¿Acaso fuimos otra cosa? ¿Tiene algún sentido cardinal rendirle culto a Bolívar o a una Arepa? ¿Cómo se piensa un País, desde el tuétano, o el reflejo? Matar a nuestros dioses conlleva toda una épica del desencanto. No podemos desprendernos de nuestras cicatrices culturales, pero si engendrar antihéroes, pues la epopeya se ha quedado corta para saciar nuestras necesidades. Tampoco la corona de Barbie idiota saciará este sentir trágico de país, mucho menos los clasificatorios del mundial. Para los venezolanos, la ingenuidad ha sido siempre nuestra mayor virtud; por la risa hemos aprendido a ocultarlo todo.

La desgracia de esta generación de los noventa fue haber nacido entre un paréntesis, fin de siglo, poco nos convencen los sueños de nuestros padres, y aparte nos decepciona todo ser nacido en el nuevo milenio. Igual no podemos soslayar el uso político que le han dado los poderosos al pasado; las tiranías más grandes no se han ejercido por el control de los fusiles, sino por el dominio de las palabras: la ventaja de poder re-inventar o deformar la historia, a gusto del opresor de turno.

La modernidad ha perfeccionado la creación de engranajes. El autómata estructural se ha convertido en un rasgo connatural: sujetos embrutecidos por el alcohol y la televisión, la industria del odio y el morbo, la soledad virtual y las falsas supremacías morales. No pongo en duda que nosotros por un desfase entre un milenio y otro padezcamos cierta anomalía decadente.  Igual ahora todos somos medidos por la misma vara del mercado, burdas piezas para perpetuar el caos, y sin embargo uno hace el intento de llevar la contraria, igual la contracultura se somete al gasto y al consumo. Empresa inútil, cuando de las contradicciones se produce movimiento vital. La ontología de la felicidad radica es su imposibilidad de conservarse estática. Maldito afán de los machos racionales, que pretenden alargar el instante con cualquier artilugio moderno, que no nos impresione que busquemos agregar más horas al tiempo. La existencia es la brevedad más cuestionada del ser.

Ese gusto de portarnos como hordas. Perros sin dueño. Nos organizamos sólo para despedazar, nunca para crear. Uno predica con el ejemplo, imaginen cuánta pedagogía pública puede ofrecernos el espectáculo de la picota, el desmembramiento del otro, vil ladrón que debe pagar su incomprendida existencia… ¿qué necesidad y desesperación lleva a los hombres a robar? El linchamiento tiene para muchos un sentido práctico y terapéutico, casi orgásmico, donde la rabia se descarga sin penas ni decoro. Se cuenta con la aprobación de una multitud desquiciada que vive a gusto con la violencia. El evento convoca a sus enfermos, los roles se asumen de forma casi premeditada, se improvisa la escena: los que golpean y buscan sangre, los que gritan Desnúdenlo y quémenlo, los voyeristas que graban, pues ahora todo queda registrado para el deleite de nuestra propia miseria…y luego el momento que todos esperan: La apoteosis del fuego: La quema de Judas. Cada grito del condenado en llamas es un demonio que sale por su boca; así la muta inquisidora alcanza su redención. Hay que prestar atención al clímax de la liturgia urbana: un ambiente tenso y excitante; una alegría terrorífica, casi incomprendida, proveniente de un público histérico que sin darse cuenta ha sido poseído por nuevos demonios; sólo falta que todos como grupo vayamos corriendo hacia el abismo, pues hay que concretar nuestra historia en un suicidio colectivo, para que nos recuerden como próceres prematuros. A veces tanta estupidez resulta insoportable. Duélale a quien le duela, los tiranos y malandros también van al cielo. La hipocresía y la mentira habitan en proporciones desiguales, pero existen en cada uno de nosotros. Ese profundo odio por el otro se ha vuelto la sustancia vital del ahora. Este país polar no es una excepción a la regla, es una prueba fehaciente.

No quiero sonar fatalista. Tampoco pretendo hablar con la verdad, no puedo hacerlo, ni quiero nunca jactarme de tenerla. Hay muchas personas que hacen parcela de su verdad y viven tranquilos hasta el fin de sus días, (egoístas innatos, como las bestias polares). Ideal  si no te empeñas en convencer a los demás, sin considerar que eso también es una forma de dominación. No sé cuánto tiempo me tome entender que puedo acercarme a cierta versión de la verdad, en la medida que acepte las infinitas versiones de los demás. Sé que resulta imposible abarcarlo todo, pero me sentiría nefasto si no hiciera por lo menos el intento de contemplar el mundo de otra manera. Pienso que es la virtud subrepticia de los nacidos en un paréntesis, la capacidad de colectar lo mejor de varios mundos, pues toda lógica de vida es divina. Uno quiere su cuerpo en la medida que acepta que no es como el de otros; uno abraza su cuerpo con la misma intensidad que necesita para aferrarse al otro.

Alexander Urrieta Solano

Valle de Caracas, 11 de abril de 2016

12341223_10153785974352640_2137936388619716584_n

Anuncios

Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s