Polarización y negación del otro en Venezuela

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No puedo pretender que el otro piense igual a mí, pero me conformo con saber que piensa algo, que macera ideas: que produce conocimiento. Me desagrada que el sentido común a veces lo utilizamos estrictamente como elemento decorativo, para alardear de que somos cultos y que estamos por encima de otros; un pequeño complejo de superioridad que, sin duda todos padecemos, pero en distintas proporciones.

Pedirle a los venezolanos un poco de lucidez en tiempos decadentes parece ser demasiado. Como ya en varias oportunidades lo he expresado, considero que vivimos en una sociedad saturada, ausente de valores, donde el otro ha pasado a ser el enemigo acérrimo de esta crisis que se conjuga con lamentos individuales y medios de comunicación modernos que han atomizado todo acontecimiento: mensajes e imágenes viniendo de todas direcciones, teniendo como objetivo claro moldear a las masas en un sentido político e histórico: distrayendo e impactando a todo un mundo, un país…una audiencia.

Hablando de forma general, los venezolanos tienen la curiosa costumbre de saltarse las normas mínimas de convivencia, y también algunas máximas. La virtud esconde los complejos, y la insana impotencia de todo lo que (como pueblo) no alcanzamos a ser: quizá una suerte de venezolano moldeado hasta el cansancio con un Manual de Carreño sea el fin de aquellos que hablan de Civilizado-Orden-Progreso… o esa palabra que se usa de forma tan laxa y nociva: Cultura. La estrategia de facilitación para actuar de esa manera, producida por nosotros, tiene al menos dos aristas: Según la primera, nos consideramos seres virtuosos cuando nos referimos a nosotros mismos. Según la segunda, consideramos al otro un ser cuestionable por donde se lo vea. El otro siempre hace cosas reprochables, mientras que uno no. Entonces, cuando uno comete una infracción, uno no está actuando como uno, sino como el otro, por eso es indispensable eliminarlo.

Esta forma de relacionarnos de los venezolanos implica una serie de presupuestos; el primero de ellos dice así: para ser bueno no hay que ser como otro, sino como nosotros; por otra parte, el segundo presupuesto tiene que ver con suprimir al otro, que siempre es malo, esto quiere decir que: si me comporto como el otro, es decir, si me comporto de manera negativa, no debo ser atacado por ello, pues una vez que yo lo elimine a él, nada de él podrá manifestarse en mí, y seguiré siendo tan bueno como siempre.

La consecuencia inmediata de esta manera radical de conducirse es un tipo de sociedad conformada por personas egoístas, centradas en sí mismas, y que de paso, viven al margen de la norma o, mejor dicho, se valen de la norma según su propia conveniencia… Esas personas, en definitiva, actúan como si en ellas no existiera ningún otro. Todo lo ajeno es indiferente. El venezolano no sabe ponerse en el zapato del otro.

El venezolano polarizado es un ser aturdido, confundido por los cambios bruscos de los líderes que idolatra, aferrado a una realidad donde los contrastes son inexistentes, en otras palabras, es un consumidor compulsivo de ideología, incapaz de producir criterio propio de aquello que le rodea. Esta polarización se ha extendido en distintos espacios de la vida cotidiana, donde las más diversas instituciones públicas y privadas (educativas, religiosas, policiales, militares, etc.) así como sectores sociales, se han puesto a favor y en contra de una de dos posiciones: gobierno y oposición, generando un agotador clima de tensión socioemocional, y distintas expresiones de violencia. La realidad de los venezolanos se ha convertido en un drama enervante.

Con la polarización se han multiplicado los estereotipos (el chavista es así y los opositores así, el fiscal de tránsito, la mujer operada, el político, el militar, el sifrino de acá es así y el que viene del barrio así), las descalificaciones, la discriminación y la exclusión a través de referencias a la condición de clase, etnia, raza u otras características grupales o partidistas, comprenden toda una visión del mundo dentro del imaginario de una mente radical, polarizada, que mira el espacio donde se encuentra con extrañeza porque no sabe dónde está.

La Viveza Criolla por ejemplo, es el resultado de una filosofía de vida impuesta por nuestra desconocida carga histórica construida a partir de epopeyas y Estados mágicos. Recordemos que una mentira dicha mil veces se vuelve verdad. Pienso que el individualismo es una condición presente en todas las sociedades capitalistas; el egoísmo no puede ser atribuido a una idiosincrasia perdida en América Latina. Si nuestro egoísmo existe, está para hacernos creer que somos los únicos que padecemos en el mundo, y eso está muy mal, porque nuestra percepción es inútil y limitada. Con una visión tan reducida del mundo ¿cómo aspiramos cambiar la realidad?

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Demasiada televisión inútil vendiéndole ilusiones a la gente, demasiadas cirugías embrutecedoras para los que no soportan aceptarse como son. Buscamos desesperados la identidad y reconocimiento por aquellos que piensen igual que uno. Demasiados “intelectuales” faranduleros haciendo estragos en sus seguidores, que andan buscando más rating que introspección en sus oyentes, nadie promueve a la autocrítica. Hacer un llamado a mirarnos en el espejo es promover al caos. El viaje al interior de nosotros mismos pronostica pesadilla y terror, por lo cual la libertad se hace costosa mientras emprendemos ese viaje. 

La idea de estabilidad es poderosa, y más cuando se busca en los confines de la ciudad. La libertad es el recurso indispensable de la imaginación: la ciudad tiene su propia concepción de ella, y cada individuo (racional-occidental) la asume como la única posible; en esta incongruencia de adaptar nuestras necesidades a un espacio reducido de universo, radica la mayor dificultad de la existencia; incongruencia espacial que nos mantiene sumidos a los límites establecidos de una cartografía urbana, que más allá de los peligros que la definen, son los rasgos opresivos, aquellos que nos mantienen con vida en la jungla de concreto y nos definen como ciudadanos.

La libertad, al igual que la democracia, son palabras que todos conocen pero nadie entiende, por el hecho de que ambas resultan ser ambiguas y por qué no decirlo, banalizadas. Nuestros políticos han sabido cómo lubricar al pueblo por medio de las palabras, porque el pueblo sufre de amnesia esporádica. Con la polarización cada sector se ha aferrado a las palabras dándoles un significado que para el otro No es válido, fuera de orden. Se rechaza automáticamente no por el significado, sino porque proviene del otro lado.

Tenemos el caso de la violencia en Venezuela, por tomar un ejemplo, donde dos visiones del mismo fenómeno a pesar de que buscan el mismo fin no pueden establecer diálogo entre ellas: “Queremos paz”, dice el Gobierno; “No queremos Violencia”, dice la oposición… unos están a favor de la paz y otros en contra de la violencia. Sin duda ambos buscan un fin, pero siempre y cuando no incluya al otro, que busca otra cosa. Resulta hasta tonto caer en este tipo de discusiones, tampoco es la idea.

Nadie sabe quién inició el conflicto entre los dos, pero como queríamos terminar rápido, lo iniciamos nosotros primero… y así funciona el ouroboro de la idiotez venezolana. Una masificación del odio, la verdadera dictadura del pensamiento. La no aceptación de nosotros y al mismo tiempo, la negación del otro, porque no existe: lo maté Yo.

Podemos hacer una gran lista del doble discurso llevado por la polarización política en Venezuela, respaldado por un nacionalismo que no ha hecho otra cosa que marcar las diferencias entre nosotros sobre el tema de: ¿Quién ama más a Venezuela, o ellos o nosotros? (Por tomar otro ejemplo) Se toma como referencia el mismo punto de partida: un amor exacerbado, pero limitado a cuestiones paisajistas y anacrónicas, de un pueblo nostálgico que habla siempre en pretérito. Anhelando cosas que nunca ha tenido, envidiándole los logros al otro, que siempre está mejor que nosotros. Cada uno como individuo legitima y perpetúa la narrativa del fracaso, evitando para nuestra tranquilidad la épica del desencanto: echándole siempre la culpa al Otro de los problemas que acontecen, porque uno hace todo lo puede para sacar a este país adelante (?). Estamos convencidos de nuestra condición irreversible, pero seguimos soñando con cambiar a cuesta de méritos propios, los demás que se jodan.

Uno no puede atribuir la razón a un tipo que te habla con tanta comodidad de una crisis. Los intelectuales hablan siempre desde su burbuja de saberes, nunca atacan a su gente, porque pierden aduladores, por eso he llegado a un punto donde no me los puedo tomar en serio, porque están marcados por la edad, son viejos, y me da tristeza escucharlos y justificar que loro viejo no aprende palabras nuevas, (me pregunto si ese es el destino de todos, llegar a un punto donde no nos interese aprender nada nuevo).

Demasiadas ideas al mismo tiempo… Reflexionar resulta un tormento que atenta contra la felicidad, con tanta información mejor recibir las cosas de otra boca no tan avezada en el asunto, o recibir la visión directa de alguna redacción mediocre proveniente de un medio de comunicación ultra-radical con temáticas frutales, que en vez de informar, lo que promueve es el odio, la homofobia, el machismo, el racismo, la marginalidad, la xenofobia, la idolatría política parasitaria: chasvistoide/bobositora-chabestia/escuálida, ambos grupos cada día se parecen más, pero están tan concentrados en su rabia visceral que ni cuenta se dan.

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Todo se vale, la gente normalmente suele publicar un dilema general que no necesariamente tiene que ver con ellos, simplemente lo hacen para sentirse a gusto compartiendo su miseria con otros que piensen igual. Una amputación del pensamiento. No existen conflictos si todos miramos el mismo color. La juventud venezolana, a la cual por ahora pertenezco, es patética y pusilánime. Los nuevos tiempos vienen pero el detalle es que se van quedando y acumulando los viejos. Todos quieren cambios pero nadie quiere cambiar. Es muy fácil introducir ideas volátiles en mentes en formación, y podemos ver el resultado, una generación vacía, que despotrica el ahora, desconoce el pasado, y se jacta del porvenir pero de una manera casi enfermiza porque ignora por completo su historia: no sabe de dónde viene. En una sociedad polarizada podemos ver líderes nefastos conduciendo a todo un grupo de borregos, que sólo por el hecho de ser jóvenes se creen dueños del mañana. Somos esa generación que dice que todo está en la mierda, pero que no rompe ningún plato, y sin embargo destruimos más de lo que creamos.

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Hay un placer desquiciado por la narrativa del fracaso. Ya no basta con que nos llamen latinos tercermundistas, sino que también entre nosotros nos echamos tierra encima… Lo único que faltaba para exacerbar nuestro estado bélico era tener conflictos con los vecinos, y los tenemos, al parecer: Con Colombia y Esequibo. Ahora buscamos echarle la culpa a toda una nación. Usando los medios para armar fiestas mediáticas, que llegan con total éxito a una audiencia ignorante, que responde siempre de la mejor manera; manera que le interesa a todos estos que nos gobiernan: invocar el oprobio entre los semejantes, distraer a las masas de los verdaderos problemas, de problemas concretos, que tienen que ver con el reconocimiento del uno y del otro.

La Guerra Económica, el acaparamiento, la escasez… todas, ficciones creadas por nosotros mismos. Nosotros llevamos la cuenta de nuestra miseria, no venezolana sino humana; la que contamos día a día y compartimos a unísono, en una soledad rectangular virtual, donde hay comedia y violencia conviviendo en armonía. El sadismo se ha normalizado, y no hay que poner en duda que nuestra idiotez también.

Un bombardeo de imágenes por todos lados. Nuestro ego-centrismo criollo se ha vuelto nuestro principal producto de exportación ¿Por qué como individuos sin importancia colectiva pretendemos que nuestros problemas son los más grandes del mundo? ¿Acaso nos hemos atrevido alguna vez en preguntarnos cómo piensa el otro, sin antes haber armado todo un prejuicio de Él? ¿Te has atrevido a mirar el mundo de otra forma? Preguntas incómodas, porque sabemos que ni el mínimo esfuerzo hacemos, a mí no me interesa que piensa ese Otro; pero sin embargo entra en conflicto con lo mío.

El odio no nos deja pensar. Lo más triste es que nos joden por los lados que desconocemos. El caos necesita de cómplices ignorantes, de autómatas estructurales, de gente resentida por los años. La negatividad con la que cada polo percibe al otro ha funcionado como repelente social para movilizarse políticamente. Hay que cuidarse de lo que dice o hace el otro, a la espera en vigilia del ataque y defensa. Las hazañas bélicas se concretan en la cartografía urbana. Desde cada extremo hay que movilizarse y demostrar la fuerza del grupo, ya sea tomando plazas o esquinas…siempre una lucha que termina en bailoterapia estafadora donde se reclama o se exalta lo que se desconoce.

La Polarización en Venezuela se sostiene a partir de un discurso que va siempre en contraposición al otro: a ese que piensa distinto a mí. La reducción de todas las problemáticas a un planteamiento dicotómico (entre ricos y pobres, chavistas y escuálidos, boliburguesía y burguesía), han re-planteado nuestra cosmovisión de lo que debería ser un país; el escenario de un país divido aparentemente (y de forma casi imperativa) en dos visiones de mundo.

Marchas, contramarchas, toldos y módulos donde vociferan la verdad unicolor; una conscripción de un modo de pensar incuestionable: uni-versal y radical. Las temáticas están diseñadas para que el individuo en su formación de identidad nunca abandone su grupo, y a su vez, evitar todo tipo de encuentros con el otro. El fin de la polarización es perpetuarse a sí misma, haciéndonos pensar que el otro es culpable de todo… ¿Algún radical en su libre voluntad se atreve a decir que ha intentado escuchar o dialogar? Mentira. Aquí nadie se ha tomado la molestia de saber qué piensan los demás.

Lo que más me molesta de este asunto es la aceptación constante de esta problemática, y la obligación de tener que escoger una visión del país: O estás con ellos o con nosotros… Vienen las elecciones, tienes que decidir el futuro del país… pues estamos del lado correcto de la historia. Los extremos no permiten contrastes grises. Para el radical es inaceptable llevarle la contraria, y mucho menos decirle que está equivocado…

En conclusión, pienso que hemos permitido que unos rancios determinen el curso de nuestro destino, y que en los últimos años no hemos hecho otra cosa que definirnos en posturas radicales, evitando por todos los medios contemplarnos en el espejo. Aquí yo no le pido a nadie que sea héroe y olvide todo lo aprendido, lo que sugiero es re-pensar; tarea compleja pero que tampoco es imposible. El problema radica en creer que cambiando la realidad podemos cumplir nuestros sueños, pero nadie nos ha sugerido que lo mejor es cambiar nuestras formas de soñar dentro de la realidad.

Nadie te pide que cambies el mundo, pero sí tu forma de verlo…

 Alexander Urrieta Solano

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Referencias:

– Fotos de las 2 gorras: BBCMundo “Opositores llevan una gorra. Oficialistas otra. Todos los días.” fuente:http://www.bbc.com/…/140829_venezuela_familia_dividida_dp

– Winnie de Pooh: “safely endangered meme viveza criolla” fuente:https://www.facebook.com/bananarepublicofvenezuela

– “En Venezuela no hay racistas…” Fuente: Twitter @ArrobaDanilo

– Sra con franela de chávez: “yo soy chávez” fuente:http://laiguana.tv/images/03_Marzo/11/YO-SOY-CHAVEZ-C.jpg

– Sras opositora: s/t’itulo fuente: http://factormm.com/…/2015/05/MarchaCcs6-150×150.jpg

– dibujo al final: “Polarización en Vzla” fuente:http://conceptodefinicion.de/…/PolarizaciC3B3nVenezuela…

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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