El fútbol y otros complejos de inferioridad

Los venezolanos queremos ser más desgraciados que los desgraciados, y los medios de comunicación con su despliegue de discursos petulantes masivos logran siempre su cometido: embrutecer al pueblo. Páginas de “información”, que me atrevería a decir que son más de tetas y farándula política y deportiva. La gente a falta de noticieros televisivos busca el respaldo a través de las redes sociales, porque también el periódico y la radio en este país son un compendio de los más sublimes radicalismos… digamos que las consecuencias por todos lados resultan ser desmotivadoras. Las redes sociales han cristalizado más la polarización en el país, y el criterio en la mayoría de los casos prefiere guardar silencio ante la aberrante búsqueda de pulgares arriba, que sólo sirven para la inflación del ego y la decepción paulatina del contexto país.

Con las redes sociales ahora cualquier idiota puede ser tomado como intelectual, hecho del cual yo, como mísero bloguero (si esa es la categoría donde me tengo que reducir), me resulta imposible escapar. Quizá como muchos pretendo la formación de un discurso con contrastes grises, donde pueda a lo sumo encontrarme con las diversas opiniones del lector. Pero saben, llega un punto donde uno se siente como imbécil por tratar de armar un discurso distinto, que no venga de una oposición boba desquiciada o de una fanaticada ortodoxa chavista. La verdad esta lucha por tener la razón me tiene sin cuidado. No me importa, porque siempre llegamos a un punto donde estamos totalmente equivocados y nadie nos dice nada. El precio de la idiotez de los poderosos, lo terminan pagando aquellos que nada tienen, los que no saben si comerán el día de mañana, ellos no tienen tiempo para las reflexiones, pero nosotros sí, todos aquellos que pueden recibir suficiente oxígeno en el cerebro para cavilar; creo que todos somos capaces de re-pensar. Triste el que no pueda. Pienso que uno desde su enfoque, armando ideas no desde una postura privilegiada pero si lo suficientemente pertinente como para establecer críticas a todo, puede de algún modo esgrimir al monstruo de la inconformidad, atacar con ilusión y rabia al fantasma de las causas perdidas; uno puede chocar el carro como mejor prefiera, pues nada está escrito en piedra, y la libertad de expresión es viable si te sabes expresar con propiedad.

Porque así como muchos venezolanos yo también me siento asqueado por la realidad que vivimos diariamente. Soy un ser humano, y por lo tanto, también mortal, con las mismas necesidades que otros: como-cago-tiro-y me quejo; el costo de la vida ha jodido la existencia de todos por igual. Sin embargo me cuesta sentirme identificado en este mega-relato de Derrota que es muy popular entre los venezolanos, que raras veces ponen en duda la realidad. Cuando no se cuestiona nada empiezan las declaraciones rotundas que más que nauseas provocan lástima, y más sobre todo si se pronuncian en voz alta. Uno puede hacer una recopilación de todas las ridiculeces que habla la gente en la cotidianidad, y tiene suficiente material como para hacer una antología de la idiotez del venezolano. Esa falta de tacto y sentido común, de egoísmo cegador. Pura idolatría partidista, con algo de trastorno consumista. Como si el consumo compulsivo fuese un derecho otorgado por la Divina Providencia, o un mandato estricto de los cielos. Desde cualquier ángulo estamos jodidos.

Imagínense a esas mujeres que andan en la vida con el autoestima por los suelos porque siempre creyeron que eran feas. Vivimos en un mundo donde la mujer tiene que convertirse en una suerte de mujer ficticia, irreal, que lucha contra el tiempo a punta de cirugías y cremas rejuvenecedoras, no olvidemos que “Salud es belleza”, hay que prestar atención al constante bombardeo mediático de aquellos productos que forman parte de nuestro consumo diario. Tanto que llegan a ser miembros de nuestra familia. Cosa terrible dejar que un niño pase más de diez horas viendo un canal de comiquitas, donde ahora gran parte de lo que mira el niño es tele-compra, el niño simplemente es un vaso siendo llenado por la baba ideológica del mercado. Con el paso del tiempo, que no nos extrañe que nuestras nuevas generaciones sean hasta cierto punto carentes de reflexión. Creo que lo mismo pasa con el discurso de la Derrota y el Fracaso. Se ha hecho populoso decir que a los venezolanos nunca nos ha ido bien, que allá afuera existe un mundo donde hay cosas mejores que nosotros, que es la primera vez que la gente sale para buscar la vida mejor… pero yo me pregunto ¿qué coño es la vida mejor? Unos indignados dirán, cualquier cosa que no esa esto, pero igual la respuesta me resulta ambigua todavía. Me molesta que desde las masas siempre hablen por uno; como si uno no tuviera la voluntad ni el suficiente raciocinio como para construir algo diverso y productivo (al menos para mí). En el intento de indagar uno corre el riesgo de ser tildado como comunista, loco, socialista, enfermo… también hippy o chavista, la gente está pendiente de encasillarlo siempre a uno. Hay que darle también nombre a las cosas que no podemos comprender.

Porque ahora cualquier cosa que evoque la izquierda es malo. Pensar distinto es malo. Las reflexiones nos sacan del marco de la cotidianidad caótica, y nos permite abarcar las problemáticas desde muchas vertientes. Pero, quién tiene tiempo para eso… “aquí lo que hay que hacer el tumbar el gobierno” “Aquí lo que hay que hacer es matarlos a todos” “aquí lo que falta es un demócrata preparado” “aquí lo que falta es un empresario que  ponga a producir” “aquí falta alguien de afuera que arregle este desastre”… y podemos seguir con nuestro rancio inventario de humanidad perdida en constantes vicisitudes. Complejos grandes arrastramos desde la colonia, con ese asunto de que hay mejores y peores. El cuento del mestizaje se quedó corto ante tantas desigualdades.

Así nos pasa. La cosa es que nos dijeron que había naciones por encima de nosotros. Recuerdo muchas veces en el colegio, la profesora nos mandaba a repetir que éramos un país sub-desarrollado pero en “vías de desarrollo”; tengo la certeza de que mi maestra no tenía idea del daño que nos estaba haciendo. Creernos menos porque carecemos de ciertas cosas; pensarnos como escoria, despreciar el saber producido en esta tierra, es síntoma de endorracismo: de no aceptación de uno mismo, ni de su cuerpo ni de su mente, desde una plancha de cabello para alisar el pelo malo, hasta las comparaciones con países “históricamente superiores” que lo que hacen es respaldar el hecho de que nosotros no servimos para nada: porque somos latinos, mano de obra para los extranjeros pero bazofia andante en su  propia tierra, ¿alguien me explica tan mutilada contradicción? Sin embargo nuestro estatus nos hace pensar que somos en algunos aspectos superiores a otros. Veamos un ejemplo, en el cual trataremos de hacer un breve análisis de discurso (a modo de aficionado) de un texto extraído de la página humorística: El Chigüire Bipolar, en donde hace comentarios respecto al partido de futbol de Venezuela contra Perú, en el cual salió victorioso por un gol el equipo blanqui-rojo. Definitivamente el fenómeno del futbol como evento globalizador y totalizador embrutece a más de uno, por eso con toda razón es el deporte rey por excelencia:

YA ESTÁ BUENO, ¿OK? LLEVAMOS AÑOS QUE SOLO NOS PASAN COSAS MALAS ¿Y AHORA ESTO? ¿Y CONTRA PERÚ? PRIMERO LAS COLAS, LA INFLACIÓN, LOS CAPTAHUELLAS Y AHORA PASA ESTO… YA YO NO VEO LA LUZ. Deberían llenar el Orinoco de helado de chocolate para que nos llegue a todos los venezolanos y se nos pase la depresión. O liberar el dólar o algo, pero que nos pase algo bueno POR FAVOR. Yo sé que seguimos clasificados, pero igual; me siento triste. Voy a emborracharme de todas formas, pero por tristeza… que es distinto. Mañana igual es viernes, los viernes no se trabaja”.

No sólo perdimos, sino que perdimos contra Perú, algo que al parecer resulta humillante. No es mentira para nadie la forma como se ha construido el estereotipo de los pueblos del sur en nuestra tierra caribeña, como si no faltara que en sistema mundo los latinos seamos la mucama predeterminada o la puta sexy de alguna película de acción norteamericana, para nosotros los peruanos son cotorros, sucios, feos, y el que más me gusta de todos…indios. Porque recordemos toda la carga que trae consigo el indio, asociado de una vez con retraso, o no civilizado. No es casualidad que en la serie popular de Isla Presidencial (por tomar un ejemplo obvio) el personaje de Evo Morales sea uno de los más chistosos de la serie, cumple con todos los requisitos para personificar el retraso de los pueblos: es indio, habla raro, tiene un acento cómico y es, en la mayoría de los casos, un poco tonto, pero lo importante es que nos hace reír. Nos entretiene y nos conmueve. Lo importante en occidente es aprender a reír. Reírnos de nuestras desgracias pero sobretodo, saber reírnos del otro. Cualquiera pensaría que soy un pusilánime, pero mis procesos me han enseñado que todo, de alguna forma u otra, tiene que ver con todo. La civilización funciona como una máquina titánica, máquina que  nunca se mueve de forma inocente. Sentirnos desdichados va más allá que un problema estatal; va incluso más allá de una politiquería infantiloide, o que no se consigan los productos de primera necesidad; o de que nuestros mesías se mueran de hambre, o que la vida de los seres humanos cada día valga menos que nada.

Lo foráneo que ante nuestra mirada viene a ser lo intrínsecamente perfecto. Asumiendo estas posturas que implican una connotación con respecto al marco geopolítico y racial, nos reducimos a la categoría latina, que encima se mezcla con el gentilicio venezolano: una criatura con severos problemas de identidad, que como otras sociedades se cree mejor que unos y peor otros. Más que diferencias, hay que buscar en qué nos parecemos al otro.

Mujeres, culitos, pasión, futbol y cerveza…tampoco olvidemos la arepa. El discurso de identidad que mueve a los venezolanos reducido a un eslogan corporativo. Lo disfrutamos, pero al mismo tiempo se le tiene un profundo desprecio. Una negación de aquello que ha definido lo que somos en el marco popular, que al negarlo lo legitimamos; suena paradójico, pero así funcionan las relaciones humanas. Parece imposible escapar de este círculo vicioso. Ahora que estamos en víspera de la Copa América puedo reafirmar que es un evento que hace brotar los peores sentimientos del hombre, me refiero al futbol como espectáculo somático y distractor. Ahora el destino de la nación está en manos de once jugadores. Si ganamos bien: Venezuela-es-el-mejor-país-del-mundo-cuanto-te-amo-estoy-orgulloso-de-haber-nacido-en-esta-tierra-rica-en-talento…

Pero si pierden pues, el país es una mierda-nunca-nos-pasa-nada-nuevo-maldita-sea-cuándo-nos-pasará-algo-nuevo-por-favor-Dios-mío-te-lo-pido-sálvanos-de-las-tinieblas-porque-aquí-nada-sirve-el-gobierno-acabó-con-todo-nunca-fuimos-felices.

Lo único que nos falta es cortarnos las venas y ambientar nuestra cólera con violines y dolores. Confuso el discurso mediocre del nacionalismo venezolano. Lo único que faltaba eran las motivadoras profesionales (ahora pongo en tela de juicio lo que hace un comunicador social) que por cada victoria de Venezuela harían un performance de desnudos, quizá con la finalidad de enaltecer el sentimiento patrio o el morbo de algunos pajizos. Todo tiene que irse al espectáculo y banalización del cuerpo. Porque quién no se motiva con las caderas de una mujer voluptuosa desnuda; a la gente le gustan los culos y las tetas porque no hablan. El fútbol como intento de reivindicación del patriotismo es un arma de doble filo, porque en la medida que nos une como “hermanos venezolanos” pone en evidencia nuestros altos niveles de ignorancia high class. El show como forma de hacer las cosas no nos lleva a ningún lado. Tampoco poner toda una carga llamada Nación en manos de un equipo que persigue un balón para anotar gol. Es tan desolador como sembrar esperanzas en eventos como el miss Venezuela, “porque después que nos han quitado todo, todavía somos el país de las mujeres más hermosas del universo”… coño, todavía queremos tapar el sol con un dedo.

Si seguimos pensando que todo es joda, quién carajo nos va a tomar en serio. A veces me pregunto para qué coño me formo como ciudadano si al final la decisión la toma el déspota seguido por sus borregos. Yo sé que esto no justifica nada, pero en un país donde la gente le cuesta pensar, difícil le resultará avanzar.  Puedo tener sentimientos encontrados con los escritores de esta página de humor insípido (el chigüire), que de vez en cuando atina en sus entradas. A veces me río bastante (porque siempre es un placer degustar de la ironía propia y ajena), otras veces siento repudio por los redactores de esta página. Es como ir al reino de Musipan, para disfrutar del parque hay aceptar las condiciones de la picota: asumir que la burla andante eres tú. Lo mismo ocurre en cualquier espacio donde se emite cualquier tipo de opinión. Se deja bien claro las influencias políticas, sociales y culturales de los administradores de esta página. El humor es una forma de atacar a través de la ironía, del cinismo y por qué no decirlo, desde el racismo, desde la denigración del otro y la negación de todo aquello distinto. La burla y el chiste son el punto de encuentro para la sedimentación de nuestro sentir trágico de la vida.

Los venezolanos somos payasos en esta vida a quién Dios destinó sufrir. Dudo que seamos las únicas criaturas en la tierra que reniegan la existencia y cada día exijen a través de la burla y el insulto, algo más accesible que la estabilidad y la paz. Una suerte de calidad de vida como la que tienen otros, de esas fantasías contadas desde la televisión por cable y el internet basura. Allá afuera hay un mundo que no se detiene por nada ni por nadie y eso nos frustra. Pensar que somos el país más atípico del mundo, donde lo insólito ocurre, donde la corrupción florece, los ignorantes son reyes, y los profetas escapan en avionetas, pensar que sólo nos pasa a nosotros… es de pajuos, o inocentes tal vez. Disculpen mi actitud lasciva, pero es la mierda con la que uno tiene que lidiar constantemente, la voz del pueblo es la voz del cielo; me pongo a pensar que esos hilos que mueven nuestras acciones están determinados por las presiones sociales, por movimientos parasitarios que idolatran a cualquier farsante que hable con la palabra de Dios, mientras normaliza su erección esperando cogerse al pueblo por donde más le duela; tampoco de esto no está desprovisto el revolucionario que al ponerse sus respectivos atuendos se hace llamar pueblo…hay para todos los gustos. El mundo está gobernado por los estúpidos. Por los violadores, depravados sexuales somos todos.

Vivir de lujos y comodidades, “poder ir a un supermercado y gastar mi plata en lo que me dé la gana”, siempre me salen con ese argumento, del cual nunca he estado en desacuerdo, pero vivir únicamente del consumo, solemos confundir la libertad con cosas tan baladíes como comprarse un teléfono o irse de viaje a Miami, pensamos que desarrollo es sinónimo de primer mundo. La globalización exacerba la superioridad de los países que aparentemente han llegado al fin de su historia, ¿pero qué pasa con los venezolanos? ¿Somos idiotas, somos tercermundista?, o la típica esa de que somos latinos, yo como individuo: ¿cómo puedo asumir que mis procesos son menos que los de otros?, qué afán de reprocharnos con todo lo foráneo, y lo peor de todo es asumir que lo foráneo es intrínsecamente mejor que nosotros ¿no damos la talla en el mercado mundial? ¿Será que somos fracasados por naturaleza?

Uno gracias a la globalización es un espectador pasivo del maravilloso mundo en movimiento, que cada día me resulta más deprimente, donde el gozo viene a ser una imposición. Si la democracia es placer y libre mercado, por lo tanto el socialismo es todo lo contrario (?), pongo en duda lo aprendido en los libros y lo expuesto por los maestros. Siempre en la praxis la gente la caga, pero demasiado; para que la teoría se cumpla necesario es siempre romper ciertas reglas, pisotear gente, destruir ecosistemas, aniquilar saberes, la idea de todo este proceso es reducir la conciencia hasta un odio puntual hacia el otro que por descarte siempre estará en lo errado, y hacia nosotros mismos, los pobres venezolanos, que hasta el día de hoy ignoramos todavía quiénes somos. Pero lo más grave y lamentable de todo este asunto, es que tampoco sabemos qué queremos.

Alexander Urrieta Solano

vinotinto2

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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