Bailoterapias y otras estafas

Cortarme el cabello para solidarizarme con una celebridad política sería como robarme el performance de los seres que lo hacen por el cáncer; aunque viene a ser casi lo mismo. Si dejo claro que mi protesta no busca más que el espectáculo mediático, el reconocimiento de otros para ser tildado de Héroe Nacional que lucha sin cesar por la “libertad” y  la “democracia” (ambas palabras difusas), pensaría que hago las cosas bien, que doy el ejemplo desde mi gastado título de “futuro del país”. La demagogia es la especialidad de nuestros políticos. Las bailoterapias masivas organizadas, el populismo absurdo, la afrenta constante en las redes sociales que ponen en evidencia la ranciedad de la gran mayoría de las personas, el racismo de ambos discursos que lanzan una campaña de unión pero sólo para los que estén de acuerdo con ellos.

Uno puede estar bien si elige estar inclinado religiosamente a un bando. Claro, todo esto si nos reducimos a una mera situación binaria entre chavistoides-bobositores (si se me permiten estas categorías discriminatorias) que van por la vida reclamando los derechos que desconocen pero desde su patético micro-universo de saberes. La polarización no ha hecho más que engendrar una militancia parasitaria mediocre, irreflexiva, sin aspiraciones a ningún tipo de cambio salvo el alcance o preservación de los poderes en una minoría elitista. Partidos políticos que ante cualquier leva en masa buscan armar un buen show para la perpetuación de la guerrilla mediática y la carnavalización de los hechos por el lente internacional, porque al final lo que importa es entretener y tener algún drama que poner, y más sobre todo, si tiene que ver con la desgracia ajena: la crisis de un pueblo que vive “en las garras de una dictadura militar castro-comunista-chavista que priva el derecho a la libertad de expresión” (Entonces qué es esto que escribo)…Las ideas bien pueden ser un obstáculo para la acción. A veces pienso que los venezolanos somos tan ridículos que pretendemos ser una excepción a la regla, como si estuviéramos en una tangente, como si el país estuviera alejado de todo el plano del sistema mundo. En nuestra vicisitud somos egoístas, y creo que quizá se deba a esa incapacidad de reconocimiento del otro; el otro que viene a ser eso contrario a nosotros.

Cada día estoy más convencido: la democracia es una estafa; la dictadura de la mayoría nos ha traído hasta los confines de una suerte de heterofobia (miedo a lo diverso), una radicalización hasta en la forma de pensar y de actuar. No está de más decir que uno como individuo sin importancia colectiva no escapa de esta problemática. Uno es racista todo el tiempo, uno desprecia al otro constantemente: “Porque es tierruo” “porque es chavista” “porque es un escuálido” “porque es comunista” “porque es socialista” “porque es negro” “es marginal” “es un burguesito” “es un alienado” “es un enchufado”…y podemos seguir. Es por esa razón que no volverán ni van a llegar tampoco. El gobierno se mantiene por la estupidez se sus oponentes, por la falta de sentido. Porque no podemos negar que el discurso opositor ha florecido y se ha acrecentado dentro de este marco de desprecio al otro. Discurso que busca chocar ante el populoso chavismo que reivindica al pobre: a ese “ignorante de los barrios que se conforma con un kilo de pollo, que se conforma haciendo una cola a cambio de nada”. Niños, estamos haciendo las cosas mal. No puedo ser chavista, y mucho menos puedo ser opositor. Opositor enfermo, lleno de odio, producto lógico de una división que ya va para dos décadas, con un desprecio exacerbado al otro. Sé que no son la mayoría, pero desgraciadamente son la minoría que mueve a la gente reseca de esperanza. Ellos son tan hipócritas como aquellos seres que nos gobiernan.

Esto resulta un tema delicado que tiende a ser tomado de forma laxa por aquellos gremios de intelectuales, que desde su postura definida suelen ser extremistas en sus declaraciones. El tinte político vuelve obtuso a más de uno, no importa la postura, porque la crítica va siempre para el otro, el del bando contrario. Porque hasta eso se reduce la visión de los venezolanos, a una confrontación con el que piense distinto ¿Cuánto nos falta para alcanzar la lucidez?  Nunca he escuchado un programa de radio donde se haga autocrítica, es más fácil escuchar a uno de esos estafadores declarando desde su autoridad de élite que “vivimos en la edad media o en la edad de piedra”, porque al parecer escogen seguir mareando al pueblo antes que hacerlo entrar en reflexión: limitarnos a la ignorancia del preclaro licenciado que habla y opina sabiamente sobre la situación del país. Es más fácil sembrar odio que introspección. Es más fácil reproducir nuestro endorracismo (discriminación de uno mismo), es más fácil reírnos y asumir nuestro rol de inferioridad; es agradable compararnos con otros para justificar nuestra patética existencia: que si la democracia gringa, que si el anarquismo suizo, la dictadura cubana, el socialismo soviético, Europa es otra cosa, por allá todo funciona y es mejor. Hay una fascinación por extrapolar realidades. Es un complejo típico de criaturas colonizadas, que todavía están sumidas a los vaivenes de un modelo hegemónico, porque no debemos olvidar que todavía somos parte de este mundo que eventualmente se va a la mierda.

Podemos exceder la cuartilla para dar razones válidas por las que la oposición venezolana en materia discursiva no sirve para nada. La polarización ha bloqueado los mecanismos para luchar con el sentido común. Las deidades políticas que viven recluidas, el uso de la figura femenina católica como modelo predeterminado para la manipulación de aquellos borregos que quieren cambio pero que no quieren cambiar. El balurdo discurso mítico: “¿dónde está el país de las mujeres hermosas y las grandes riquezas con bellos paisajes?” ”La diáspora venezolana” “El mito del progreso” “pueblo libre y soberano”… Por favor, hasta cuándo vamos a seguir teniendo como referencia estos galimatías de antaño. Este falso nacionalismo que lo único que hace es embrutecer a la gente y desviarla de problemáticas concretas. Ya tenemos un rato largo viviendo a costa de estos relatos exóticos. Nos hemos acostumbrado a vivir de ilusión. Ya nuestros mesías no saben en qué palo ahorcarse.

¿A quién le importa todo esto? Pues a muy pocos.

Uno decide cómo chocar el carro. Así uno se puede jactar de decir por lo menos que hace algo por el país. Unos van a bailoterapias colectivas a tomarse selfies, para subir las ventas de helados y Nestea para luchar con el calor, junto con el negocio sin fines de lucro de gorritas con la bandera de Venezuela para estar uniformados y hacer bulto en la lucha por la paz y la democracia… yo simplemente me quejo. No estoy desprovisto de ser tildado de apátrida o indiferente. Igual eso nunca me ha importado, porque a ese otro al que me dirijo jamás se tomará la molestia de leer esta crítica. El anda en sus asuntos de guarimbero/revolucionario. Depende de cómo lo veas. Los enfoques determinan nuestra realidad.

Después de todo, una de las virtudes de la libertad de expresión es que cualquier vaina se vuelve tendencia. El país se puede caer en pedazos, la gente puede morir de hambre, morir de balas, morir de cola, de indiferencia o idiotez. Aquí todo se vale. Si hay tiempo para los rituales satánicos con lápices, totalmente válido que las actrices se rapen el pelo; es una forma de rebeldía donde el tema del Cabello es atacado por la oposición venezolana con muy poca creatividad. Sin embargo el mensaje llega, pero es como si te explicaran la gracia de un chiste.

Alexander Urrieta Solano

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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