La ciudad de los crepúsculos

Valera está a ocho horas de Caracas. Estábamos en el terminal de La Bandera. El primer intento para irnos fue el sábado, fracasamos. Después de una cola de casi tres horas mandamos todo a la mierda. De regreso al apartamento quedamos en irnos el domingo temprano: tipo cinco.

Era Domingo de Ramos. En la Plaza Madariaga tomamos un autobús al terminal. Decidimos viajar haciendo escala en Barquisimeto para visitar al Guaro, un amigo de la facultad, para luego irnos el lunes temprano a Valera. Nos fuimos en una guagua, tuneada hasta el volante, amarilla, con cauchos que parecían sacados de una utilería de cine épico, una latonería con doble capa de pintura, llena de enigmáticas calcomanías arabescas, escarchadas, como barajita rara de álbum Panini. Era el autobús mágico en su versión psicodélica. Nos tocaron los últimos dos asientos de la izquierda, besando el woofer. En el pasillo, que daba a la puerta de atrás, había una montaña de sacos y maletas, parecía una trinchera. A lo lejos, estaban pasando en la pantalla un video de reggaetón. El conductor arrancó, subió el volumen. Elejota y yo comprendimos el privilegio de nuestros puestos. Fueron cuatro horas de estruendo de bajos: bachata y reggaetón, misoginia audiovisual para ambientar nuestros viajes por el interior de país.

Me acostumbré a la bulla y la vibración. Me quedé dormido. En un sueño intermitente iba ubicándome en el espacio. La salida de Caracas por occidente. La bajada de Tazón. El gran vertedero que se alza como imperio de basura. Parque Vinicio Adames. Sueño. Paracotos. Tejerías. La Victoria. Túnel. Recuerdo el lago de Valencia, las plantaciones de caña de azúcar, el puente en ruinas; una simetría de esferas y banderas nos dio la bienvenida: Carabobo. Los mensajes de “Peligro, ráfaga de viento”, los galpones comidos por el óxido, las tierras sembradas de olvido. Encrucijada, el pueblo de El Palito: los incontables puestos de empanadas, taguaras con maniquíes grises luciendo trajes de baño, combitos de pala rastrillo y tobo para la construcción de castillos de arena, cocodrilos inflables, lociones pal cuerpo, bronceado cigarros y habanos. Un local que sólo vende hielo, más puestos de empanadas. Olor a gasolina, aceite quemado, licorerías por todos lados. Refinería Morón. Elejota en su sueño me babeó el hombro. Al rato volví a cerrar los ojos con ella.

La autopista Centro occidental estaba adornada con manchas de colores. Según los sabios de pueblo, era primavera. Casi todos los árboles floreaban, y los que no, parecía que trataban de decirnos algo, o nosotros pretendíamos percibir algo en ellos. Era una obsesión contemplar el paisaje. Por fin habíamos llegado a la capital de Lara. En una colinita, unos ladrillos con pretensiones de figuras de Tetrix formaban la palabra “Barquisimeto”. El ouróboro musical de reggaetón y bachata había terminado. Mirábamos desde la ventana la Ciudad de los Crepúsculos, en silencio.

Nos libramos de la guagua mágica como a eso de las once. El Guaro nos pasó buscando en el terminal con su hermana y su papá. Llegamos a su casa. Dejamos los bolsos en su cuarto y comimos. Salimos de nuevo. Pasamos lo que quedaba de la tarde caminando por las enormes cuadrículas de Barquisimeto. Las calles estaban tranquilas, poco carro y nosotros tres. En una licorería compramos un six-pack de Pilsen. Nos llegamos a la Flor de Venezuela, un complejo arquitectónico alucinante, para ver el atardecer. Y mientras el tiempo corría, hicimos lo que cualquier grupo de carajos que toma curda encaletado en las faldas de una escalera hace: filosofar, hablar paja.

Se hizo la noche. El Guaro me dijo en la tarde que le escribiera a Jesús, otro pana de la facultad, para encontrarnos por ahí. Como a eso de las siete nos pasó recogiendo en su carro por la entrada del Sambil, que por cierto en un momento le hicimos una visita breve, es un centro comercial en forma de cuatro. Ya en el carro, fuimos a buscar a dos amigos más de él, una pareja, Andrés y Beatriz. Empezamos a dar vueltas buscando una licorería abierta. Llegamos a una y pedimos una caja de cerveza Zulia y un paquete de cigarros. Nos movimos a los espacios verdes dentro de las residencias de Andrés. Éste pana destapaba las botellas con yesquero. Nos empezamos a caer a birras. Prendieron un porro y dieron inicio a la rueda. Elejota estaba sentada a mi derecha. Todo nos daba igual así que fumamos también. Todo era euforia y distorsión.

Entre filosofía y nimiedades, fue una leyenda urbana la que atrapó mi atención. El Guaro y Beatriz nos contaron acerca de las Torres del Sisal. Un conjunto de edificios residenciales de veinticinco pisos cada uno, abandonados a su suerte, que se hicieron polémicos por ser un punto de encuentro para quitarse la vida. Los años de abandono que tienen las torres coinciden raramente con el número de suicidios. Con el tiempo se volvieron ruinas embrujadas. Las Torres del Sisal, el trampolín de la muerte. Dicen que entre los pisos sin paredes se han visto ánimas y espectros deambular, y que por las noches se escuchan gritos desgarradores, inspirando terror en los habitantes de la zona. También hablaron de rastros de rituales satánicos y sacrificio de animales. Eso me perturbó bastante. Pensé en el suicidio, el crepúsculo, domingo de ramos, psicotrópicos y etílicos… esta ciudad me había dislocado. Se hicieron las doce. Estábamos todos en el orto. Nos despedimos de Andrés y Beatriz. Jesús nos llevó hasta casa del Guaro.

Y eso fue todo. Al llegar me acosté con Elejota en la cama más grande del cuarto, ella se durmió al toque, yo la seguí después. Antes de cerrar los ojos el recuento del día sazonó mi delirio hasta quedarme dormido. Teníamos que pararnos en seis horas. Mi mente se perdió en la oscuridad y la luz de un televisor prendido. Caracas ya no existía para mí. Valera no estaba tan lejos. Todavía nos quedaban cuatro horas por recorrer.

Alexander Urrieta oriente20-998crepus3

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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