Pelícano

El encuentro estaba pautado para las tres, pero como siempre llegué tarde. No tuve que tocar para entrar. Tenía la puerta de su despacho abierta, lo que me motivó por extrañas razones a elaborar una disculpa por mi tardanza mientras entraba en la habitación con lentitud. Lo encontré desnudo frente al espejo. Mi presencia no perturbó para nada su concentración. Tenía una pose taciturna, y su cuerpo se tambaleaba como rama golpeada por el viento. Di las buenas tardes y me senté en la silla que daba a su escritorio. Y no fueron mis palabras sino el rechinar de la silla lo que desvío su mirada hacia mí: Pelícano tenía la cara demacrada, como trasnochado, como aquel que lleva varios días luchando a muerte contra el sueño. Le pregunté cómo estaba, y me volví a disculpar por la demora. No dijo nada, pero su mirada esgrimía con fuerza y me quebraba la voz. Giró de nuevo su cuerpo hacia el espejo y volvió a concentrarse en él. Se contempló con mirada severa y rompió el silencio del despacho con tono apacible:

«Nunca me he considerado un tipo atractivo. Tengo una delgadez natural que no es cotizada ni despreciada. No soy voluptuoso como metrosexual adicto al gimnasio, ni tan enteco como ser descuidado que se pierde en el mundo de las drogas. Tengo el pelo malo, por lo que mis opciones de corte de cabello sólo se limitan a pasadas parejas de máquina, sin mencionar claro, los interminables cortes patentados por alguna tendencia modista idiota. No soy tan alto pero tampoco soy tan chato, digamos que tengo una estatura un tanto normal: Aceptable. Lo que se entiende por belleza en este mundo, parece que a mi cuerpo no le interesa. No tengo facetas de niño lindo coqueto, mi cara sería un absurdo en un cuadro de óleo. Tengo las orejas pequeñas, y mi nariz está sólo a pocos centímetros de ser aguileña. Un mentón alargado y puntiagudo, ideal para interpretar un papel de brujo medieval en una obra teatral. Soy vergüenza. Tengo caspa en las cejas, la cara reseca y los labios rotos por falta de manteca. Cutículas rotas, tengo esas hilachas casi ondeando encima de mis dedos, como banderines de feria, por falta de no sé qué en el organismo. Raro. No soy experto en colocar sangrías para iniciar tácticas de seducción. Suelo ser torpe porque recuerdo que carezco de ciertas cualidades, dignas de la normalidad de Occidente. Los soliloquios me están matando, tengo días que no como ni escribo».

Hizo una pausa y caminó con parsimonia hacía su escritorio y se sentó detrás de él. Se veía cansado. Mientras hurgaba la gaveta de su mesa de trabajo dirigió sus palabras hacia mí:

«No tengo aspiraciones de poeta, a pesar de ser un fingidor, una suerte de hipocondriaco que inventa desde la pura nada; tampoco tengo pretensiones de artista, porque sabes, existe una ligera línea entre un artista y un huevón. Un artista y una celebridad. Una distancia mínima entre una coherencia discursiva y una grama seca: entre un best-seller y un ejemplar destinado a coger polvo y olvido. No puedo concebir un mundo donde la máxima realización radique en la aprobación de los otros. No lo sé. Quizá con esta incongruente petulancia justifique mi ruindad. Mi odio por el mundo: mi resentimiento eterno por haber dedicado mi vida a este oficio, no el de escribir, sino el de querer entretener a la gente por medio de las palabras».

Pelícano hizo una pausa, y a la mitad de su sorna se prendió un cigarro de alegría. El humo se elevaba por los aires haciendo formas arabescas, y ya con sus pupilas rojas como dos cerezas prosiguió con su Delirio sobre el Chimborazo:

«No es cuestión de certezas –dijo con voz seca después de haber tosido–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado ahora en tu recuerdo: No me vayas a olvidar. Punto y aparte».

Pelícano retiene el humo en su boca y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo. En la pausa del dictado contemplé a aquel hombre terminal. Pensé en su soledad de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea. En ese espacio de silencio logré percibir su infinita tristeza: su soledad. Soledad de vagón, de cola de banco, de cigarro detallado, de sudoku, de adornos cogiendo polvo y olvido. Pelícano, entró en hueco y salió. Hizo una que otra mueca rara, y en un burdo movimiento de autómata levanto el brazo, y en su mano había un revólver. Pelícano miró al vacío, hizo catarsis y luego a mitad del trance, perdió los estribos, pero siguió hablando:

«Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo: contigo, un joven que vino hasta mi despacho sólo a buscar consejos para escribir. Ya no importa. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos y elaborar ficciones. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, tú y yo seremos».

Cerró su idea y hubo una antesala de silencio. Todo pasó tan rápido que resultó imposible evitar la desgracia. Suspenso. Fuego. Quiebre y Detonación. En el resplandor de un instante el suicida bañó con sangre mi rostro. El punto final de su obra. Pelícano en un balazo directo al cerebro, se quedó dormido.

 Alexander Urrieta Solano

 0217

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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