Sobre llegar temprano

Moverse por Caracas resulta una especie de ritual permanente. El viaje a la universidad me lo sé de memoria. Me levanté tarde. Tomé un desayuno que no me llegó a ninguna parte. Agarré la camioneta en la plaza Madariaga, con la esperanza de llegar temprano a clase de estadística. Por una mínima diferencia de minutos puedes encontrar la avenida despejada y cero rollo pero, a veces por mala suerte tienes que lidiar con la cola más rancia de tu vida. Caracas es impredecible: hoy me tocó tráfico; típico, cuando hay urgencia el viaje se alarga más.

La ciudad produce trastornos. Los psicotrópicos también. En una cola interminable llegando a Roca Tarpeya el conductor consideró apropiado poner algo de música: bachata para variar; perdido en una lírica misógina me adentré en el paisaje de mi ventana con salida de emergencia. En la acera del frente había un tarantín que vendía instrumentos musicales y hamacas de moriche. Pasando por el Helicoide vi un indigente vestido como Superman: en calzoncillo y capa roja iba inspirando lástima a los transeúntes que salían de la estación del Bus Caracas.

Semáforo en rojo.  Amarillo y verde. La camioneta entre frenazos y cambios de primera a segunda llegó a la avenida Victoria. En la primera esquina, la Funeraria Nazareth estaba colapsada de gente. Hice la señal de la cruz por respeto a las lágrimas y los muertos. La camioneta hizo su primera de tantas paradas frente al centro comercial Multiplaza, donde se llenó hasta reventar. En aquel destartalado transporte no entraba nadie pero igual había espacio para uno más. Del clima frío pasamos al caliente. El catire empezó a salir con su calor mañanero. Me sentí bien por estar sentado en la ventana, porque evité verme en la obligación de darle el puesto a una vieja convaleciente. Había tanta gente que no se podía ceder el espacio. El tiempo corría. Ya tenía como media hora perdida de clase. Rodando llegamos a la altura de las Acacias. El sol calentaba y la camioneta parecía una caja china por dentro.

La avenida Victoria se caracteriza mucho por sus edificios de diseño, entre cuatro y cinco pisos. Edificios estancados en el tiempo: de los cincuenta y setenta, épocas donde la obsesión monomaníaca era ser moderno como fuera. Los nombres de las residencias van desde Arturo Michelena hasta Auyantepui. Raros contrastes. Mi mirada alucinaba con las pequeñas construcciones, los incomprensibles grafitis que no se saben si son arte o vandalismo, las largas colas para el banco y el supermercado. Había un puesto de shawarma que exhibía su enorme trompo de milanesas girando en su propio eje. Recordé que tenía hambre. Quería distracción y al mismo tiempo deseaba llegar rápido a mi destino.

La bachata seguía sonando y trataba de no darle importancia a la voz llorona de Romeo. Poco a poco la camioneta se fue vaciando, pero sin dejar de estar llena. A paso lento pero seguro llegamos a otra tranca. Había sido provocada por un choque: una moto contra un Twingo. El moto taxista atravesó el parabrisas provocando su muerte instantánea. Desde mi enorme ventanal con papel ahumado pude ver la mitad del cuerpo, con las piernas suspendidas como maniquí parecía una espina enterrada en el carrito. Como a veinte pasos, en la mitad de la calle, una señora rodeada de fiscales y paramédicos fumaba cigarrillo desesperadamente. Lloraba y maldecía de forma desquiciada: cada imprecación seguida de una bocanada de humo. Asumí que era la conductora del Twingo. Otra mujer se daba a la labor de limpiarle la frente ensangrentada. La atención de todos los pasajeros por un momento estaba en ese terrible accidente. Se asomaron tantas cabezas que la camioneta se inclinó hacia la izquierda, como con ganas de voltearse. Todo era un morbo provocado por el espectáculo, por una desgracia ajena.

Superado ya el tráfico la avenida se acabó. La camioneta se metió por un breve túnel y caímos justo al frente de la iglesia San Pedro. Esta vez me persigné por inercia. Miré con detalle las cuatro estatuas de los evangelistas que oteaban desde la cornisa. Cerca de allí se bajó casi toda la gente, muchos iban para el Clínico. En esa parada saqué mi celular del bolsillo: hora y media tarde. En dos cuadras me tenía que bajar. Ya para esa hora la calle estaba llena de vida: bachilleres, corredores, dueños y perros, quioscos abiertos y ambulantes vendiendo café. La camioneta me dejó en la parada de las Tres Gracias. Era el último pasajero. Andaba a pasos acelerados. Llegué a la entrada de Ciudad Universitaria. Cruce por el pasillo de ingeniería hasta el edificio de Faces. Subí las escaleras hasta piso seis. El salón seiscientos treinta dos estaba vacío. Había una nota en la puerta: “Suspendida la clase de las siete, el preparador sufrió un accidente, nos vemos la semana que viene”. En vista de mi circunstancia bajé obstinado las escaleras de nuevo. Volví a repetir mi periplo pero esta vez a la inversa. Estaba molesto. Sin embargo, sabía que todavía era temprano para mí.

Alexander Urrieta Solano

0013En la parada por favor…

Rasgos Magnéticos

Prosa del Cadalso

Inventario del veintitrés 

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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