Incisos

Como si eso no bastara. Como si eso no fuera suficiente. Que todo ha quedado bien claro. Como no estamos presentes lo mejor será reservarnos en la espera. Mantenernos en silencio. Conservarnos en una distancia prudencial, para mantener nuestro secreto limitado y bien guardado. Ser cómplices ficticios. Dejar de existir en el cuerpo del otro. Burlarnos de las apariencias, haciéndole creer a todos que nos encontramos tan distantes y ajenos. Quedarnos bajo nuestro propio riesgo en los versos de un profeta, dejando recuerdos en pequeños rincones de mundo. Dejando rastros en una ciudad que nunca fue nuestra, de una ciudad estancada en el tiempo, que se mantiene viva únicamente con el poder de la memoria colectiva. Es irónico sentirse tan solo entre tanta multitud. La costumbre es el somnífero de los sentidos. Con la costumbre nos limitamos a percibir la verdadera esencia de las cosas. Porque el cuerpo da por sentado los roces constantes de lo cotidiano. Todo va perdiendo importancia con el tiempo. La gente se aburre, se cansa, se seca con el pasar de los años, y la novedad se reduce sólo a una exaltación material. A una búsqueda de satisfacción infinita desquiciada, que nunca termina de llenarnos. Aquí vemos el vacío medio lleno. Esperanzas carentes de sentido. Un miedo perenne que corre por las venas y nos congela. Hay que admitirlo, la Ciudad es un lugar aterrador. Ella me provoca de vez en cuando una soledad inusitada. Se acaba el día con el adiós de la tarde. Se viene la noche, y la oscuridad me provoca una infinita tristeza. Las palabras secas se quedan a mitad del camino recorrido por mi voz quebrada. Las imágenes no tienen fuerza. Las ideas parecen reducirse en un espectro de nimiedad, en esta hora maldita donde me veo impulsado por los demonios del pasado que me envuelven en sus tinieblas. La culpa hace ruido y golpea las puertas del pensamiento. Las palabras mundanas desean salir desesperadas para impregnarse  en cualquier cosa: en una hoja, en una boca, en un recuerdo. Cosa inútil, innecesaria. Todo es un afán de inmortalidad. Acaso esto que anhelo es algo inducido por mi insensato ego, o es quizá, la suma de todos los miedos. Temor insano de olvidar: de ser olvidado. Qué necesidad de querer quedarse, por no creer que en ese más allá exista algo más absurdo e incongruente que la vida que estoy padeciendo en este instante. El miedo es un claro síntoma de estar vivo, no lo dudo. Quien no haya sentido incertidumbre al menos una vez en la vida, debe ser una criatura verdaderamente desgraciada, porque ha quedado más que demostrado que aquellas cosas que nos dan terror, son las que nos definen mejor.

Alexander Urrieta

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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