Pasajes

Una cosa es escribir bastante, y otra escribir algo productivo. A veces me resulta difícil cumplir ambas expectativas. Cuesta más cuando no se está seguro de nada. Cuando no se está seguro si se escribió bastante. Cuando uno no sabe si escribió algo de verdad interesante. Me refiero a algo que valga la pena leer. Admito que me da miedo quedarme en lo efímero, pero también me aterra encontrar la nimiedad dentro de la extensión: llegar al punto final y no haber dicho absolutamente nada. Concentración, cuando creo tenerla se me escapa. La práctica lleva a la perfección, pero la distracción opaca al pensador: no lo deja trabajar. Por eso debo mantenerme enfocado en mi oficio; no debo perder la compostura, si de esto quiero vivir pues, no me queda de otra. El trabajo lúcido y consciente acaso estimula esas ideas interesantes, o simplemente promueven una especie de locura. No lo sé. No debo pensar mucho. Sociedad nos ha enseñado que el pensar mucho nos hace daño: nos priva de ser estúpidos felices. Los más dichosos son los que menos saben, dicen por ahí. Y claro, tampoco podemos olvidar la máxima secular que dice que la voz del pueblo, es la voz del cielo. Ahora me pregunto si estas palabras tienen suficiente fuerza como para crear una voz. Por lo menos llegar a una aproximación: a una aparente exaltación poética. Si no escribo nada mejor. Debería mantenerme así. Divagando hasta darle un grosor sustancial a la prosa. Hacerle perder el tiempo al lector con cada palabra. Palabras que poco a poco van creando un disparate discursivo. Una palabra que tiene que ser explicada, y que a su vez necesita de otras palabras para ser explicada. Ideas provenientes de otra idea, Idea que a su vez se macera en una materia grisácea. Nunca las palabras pronunciadas se expondrán de la misma forma como se piensan. Porque una cosa es lo que se dice, y otra cosa es cómo se interpreta. Por eso hay que ser precavidos, aunque resulte inevitable no pasar por criaturas lascivas al hablar. Verán, cuando escribimos sólo dejamos un pequeño fragmento de totalidad. Totalidad ilusoria, porque se conserva dormitando en el pensamiento. De ahí la diversidad. De ahí el hecho de que cada cabeza es un mundo. Un mundo que busca perpetuarse en la realidad material: en el recuerdo de las cosas: en la memoria de las palabras. El ser humano en su intento de dominación ha sido maldecido; se le ha inducido una obsesión a través de los siglos: la absurda creencia de la inmortalidad. Lo que no es eterno tampoco es real. Nos han inducido una fobia al olvido. Qué será de nosotros, pobres soñadores, cuando el último rastro de existencia se haya borrado del recuerdo del mundo. Imposible saberlo. Nunca llegamos a decirlo todo, en qué momento o espacio podemos abarcar lo infinito. El conocimiento por muy grande que sea siempre se le podrá añadir la unidad, así como los números, así como la vida misma. Somos Individuos sin importancia colectiva. Seres trágicos y egoístas, que van desviando el curso del entendimiento a través de lenguaje. Todo un universo resumido en un conglomerado de oración: una prosa que intenta encaramarse en el adjetivo poético. Las palabras, secas y cortantes, no dejan rastro de dudas de lo que somos, o pretendemos ser.

Alexander Urrieta

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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