Refinerías

No es un dolor parecido a los de antaño. Este en un dolor visceral. Este es un dolor que sangra hasta los tuétanos. Este es un dolor que provoca de todo: que provoca mareo: que provoca cansancio: que provoca llanto. Saben, un dolor que dilata pupilas, y deja rastro de lágrimas. Un dolor para perder la compostura, para olvidarnos del porvenir: de ese Qué será de nosotros el día de mañana, cuando nos quedemos solos: completamente solos. Un dolor de soledad empolvada, que se asoma cada vuelta al sol. Un dolor agitador, lleno de espasmos y verdades. Un dolor así, nadie quiere tener. Un dolor que provoca sueño y a la vez tristeza. Melancolía tal vez, quizá euforia. Ambos se mezclan para dejar un colado de Ansiedad; este dolor se mantiene vivo, y se endulza dentro de una espesa contradicción.

Si bien ciertas cosas pueden hacernos daño. Si bien la memoria nos reprocha de vez en cuando. Tienen acaso algún valor las palabras. No debería tener vergüenza. Aceptar las cosas, no es sinónimo de sumisión: no es sinónimo de derrota. La mente se ejercita con los recuerdos. A veces este detalle lo pasamos por alto. Ignoramos que somos una suma total de pasado. De espesura histórica. De ascesis perenne. Atentos. Vamos recorriendo los infinitos pasillos de nuestro pensamiento: recordando cosas que creíamos haber olvidado: que pensábamos se habían desvanecido en el tiempo.

En un rincón solitario nos castiga el rencor. El dolor queda resumido a una expectativa: a la suma de decepciones y realizaciones. Listo. Ya quedó dicho. A partir de ahora dejo de pensar. De pensarte. Porque me haces tanto daño. Vicio divino, que tanta falta me haces. Tu ausencia provoca punzadas, que parecen antesalas de infarto. Infarto que se siente cual pisada de elefante astillando cada parte de mi vulnerable armazón, llevándome a un estado de exaltación, de sinrazón y sublime locura,  dejándome impávido: listo para entregarme a los vaivenes de este mar de ebriedad, para convertirme en otro esclavo más del tirano etílico. Chapas y vidrio forman el pasaje de mi delirio. Marcas circulares va dejando mi botella borracha. Rastro de olvido va quedando en el mantel de la mesa. Queridos amigos, no existe nada más patético que un hombre bebiendo solo. Que no tiene donde morir, y se queda hasta tarde en algún local esperando a que lo boten, o en un larga espera desquiciada lo recojan las casualidades de una noche. Las ofertas para un hombre que no tiene nada que perder resultan ser infinitas pero vacías.

Cada náufrago bebiendo en su mesa. Somos islas rodeadas de olvido. Nos parecemos al metal carcomido por el salitre. Hemos dejado parte de nosotros en este mar de recuerdos. Seguimos lucubrando y nos inflamos hasta el tope de cándida vanidad. Así funciona la memoria. El presente lo justificamos con lo que una vez llegamos a ser. O creímos ser. Esa totalidad ilusoria, el rompecabezas incognoscible de nuestra vida. Nuestro espíritu infinito que nunca se llenará por completo. Entonces, si el pasado define lo que somos ahora, por qué tenerle miedo al porvenir. Ese más allá tan fascinante, donde la única certeza que se tiene es la de la muerte. Nada más queridos amigos. No perdamos el tiempo en los adioses del ayer. No podemos embalsamar el miedo desde el pasado. Hay que aferrarse al Ahora.

Nos acompaña la soledad. No parecemos a un lamento estereotipo de taberna, y al estar conscientes de ello, propiciamos la lástima y postergamos el consuelo. Consuelo que no tardará en venir en su presentación exquisita de soma para matar diez pasiones. Embotellado para comodidad y consumo. Nos encanta, a mí me encanta: me siento a gusto con mi fortaleza de vidrio en construcción. La mesa poco a poco se va llenando de refinerías negras. Y en cada sorbo, calmo una sed inventada por mis adicciones. Me ahogo en soliloquios. Me ahogo en esta pena.

Alexander Urrieta Solano

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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