Misiva al olvido

Uno

Nos pasa a todos. Disfrutamos llevar la soga al cuello. Estar al borde del abismo para darnos cuenta de que estamos vivos. De que sentimos. Cómo ese vacío nos quita el aire y nos llena los pulmones con tanta pureza, que nos marea. Nos consuela ese sosiego, cuando perdemos los tiempos, y el equilibrio se convierte en una cuestión tan inverosímil. Como esa certeza del más allá, de inmortalidad, de cándida ínfula de eternidad, que nos fascina y nos tilda de soñadores. Nos acusa, pero no nos importa. Porque después de todo, también la oscuridad presenta síntomas de iluminación. Fuerza desorbitada mezclada con una inesperada alteración de la conciencia. Deformación irreversible de las emociones palpables que se manifiesta en palabras endemoniadas, que salen de la boca de una heroína literaria, forjadora de ideas, y demoledora de universos enteros.

Dos

Y aquí estamos, como si nada hubiera pasado. Como si nos hubiésemos quedado atrapados en esa mirada secular. Es ese estado de locura y contemplación. De asombro y miedo. Sumergidos en ese encantamiento invocado por la malicia escondida en el enigma del lenguaje. En ese paraíso lexical donde más de uno ha encontrado su redención, a costa de un poco de cordura: que asegura el viaje de ida, mas no de vuelta. Locura innata, que a modo de ultimátum, nos deja por escrito una misiva diciéndonos que estaremos estremecidos hasta el final de nuestros días. Tocados por las crepitaciones producidas por el incesante choque del cuerpo con la mente. De la razón y el corazón. De llegar hasta tal punto, que ya no sepamos distinguir lo bueno de lo malo. Que todo nos resulte tan irrelevante, pero al mismo tiempo tan imprescindible. Qué contradicción tan enfermiza. Cómo explicamos este hermoso estado de lucidez donde todo es tan literal. Cómo nos enfrascamos en causas perdidas. Qué impotencia el tener que buscarnos hasta el cansancio, y no encontrar ni un mínimo rastro de existencia.

Tres

Esas ganas desesperadas de lanzarnos al vacío del otro. Esa impotencia de querer y no poder. De sentir por enésima vez, e intentar describir hasta el más mínimo detalle, esa sensación tan mirífica, que domina la conciencia y está por encima de todo precepto y moral, ya que resulta ser una cuestión ineluctable. Inhalación agresiva de sustancia mezclada con insecticida y polvo de estrella. Demos gracias a la vida, por habernos dado tanto, y que a pesar de que nunca lo tuvimos todo, tampoco nos faltó nada. Agradezcamos por haber tenido la oportunidad de ser huéspedes en este hostal llamando mundo. Mundo mal querido y mal pagado. Mundo absurdo: el ideal para los locos astutos. Como éste que escribe, que en esta ocasión en particular desea ser la voz de ambos aquí. Con cierta redundancia en sus ideas. Sin temor a los amagos de su punzada. Sin ningún prejuicio atando la lengua. Una criatura sin vergüenza. Ungido de Dios, enaltecido por los menos doctos, y condenado por el gran poder: carcelero de la verdad y otras cosas que resultan bastante incómodas. Arremete contra mi semblanza querida amiga. Que este bicho hombre te espera sediento, y armado con prosa y poesía. Desnudo, sumiso en las sábanas, y envuelto en una oscuridad cómplice de nuestro acuerdo, nuestro juego: mi alma, a cambio de nada, sólo juntar palabras, para usted, anónima lectora, otro pez suelto en el mar.

Alexander Urrieta

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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