Rasgos magnéticos

Tengo días que no escribo. Quizá se deba a que he estado un tanto distraído conmigo. Resolviendo misterios. Empatando cosas. Buscándome. Tratando de establecer mi nueva maniobra. Difícil. Difícil me resulta, y más cuando caigo en cuenta que mi vida se enaltece en tiempos de Tormenta. Me siento dichoso, pero al mismo tiempo tan desgraciado. Es la disyuntiva del placer. El precio que debo pagar para convertirme en un ser cósmico y maravilloso, pero también enfermo y maldito. Estoy claro, y admito que temeroso también. Que pendo de un hilo, que en cualquier momento me quedaré solo. Sin tener certeza de nada. Sin llegar a saber a ciencia cierta, qué razones me llevaron a querer desaparecer por completo de este mundo. Desvanecerme sin dejar rastro. Dejar todo en manos del azar. Que una decisión bala fría marque el punto final de mi vida. Poder desprenderme de todo. De un tajo liberarme de esos hilos que dominan mi destino: que controlan mis pasos. Desapego, sólo podemos alcanzarlo a través de la muerte. Digo yo. No lo sé. No me atrevo a hacer declaraciones rotundas. Todavía sigo aquí, vivo, escribiendo, en un sublime estado de éxtasis, dejándome llevar por los delirios, por las oraciones ambiguas, y ese absurdo deseo de morirme en tu recuerdo. Que mis palabras ya no tengan que ver contigo.

No sé si la muerte me esté esperando en algún pasaje de tu cuerpo. No tengo noción del dolor ni la alegría a sentir en un futuro. No tengo talento para amarte querida amiga. Perdóname. Yo, soy de vez en cuando, el ingrato más grande. Disculpa que pretenda ser sensato. Soy un perro andariego, que come fruta prohibida: cargada de exquisito y amargo veneno. Me pierdo en divagaciones. Me distraigo de nuevo. Te pienso, y una vez más, me dejo llevar por las quimeras de tu rostro. Dulce es la alborada de tus ojos por las mañanas. Cuando te despiertas en medio de un silencio escandaloso provocado por mi taquicardia de adicto. Momento catártico donde las pupilas se encuentran y las emociones del primer contacto se empiezan a fundir en el crisol del otro. Mujer incógnita, cómo agita mis sentidos. Me cansa la lengua, me eriza el tacto, me hipnotiza al oído, me sonroja la piel. Pero, sabes algo. Lo que más me gusta de ti, es la mirada. Esa mirada. Sí. Esa mirada que mueve el piso. Que apaga infiernos, y agrieta paredes. De saber que te llamabas sosiego, hubiera preferido quedarme durmiendo en tus brazos hace tiempo. De saber que andabas escondida en mi pensamiento, me hubiese pasado días enteros buscándote. En medio de un tormento descomunal, arrasando todo, excepto tu recuerdo. Curioso, ese momento apoteósico donde damos por sentado nuestro encuentro cercano de tercer tipo. Con tanta cercanía y cierto aire de extrañeza, lo puedo entender todo; existe una tierna calidez entre nosotros. Conocedora de universos atrapados en celuloide: nos hemos conocido hace tiempo, pero lo hemos olvidado por completo.

No cabe duda

Eres la armonía de las estrellas.

Alexander Urrieta

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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