Psicotrópicos

“Para la conquista de la nueva hoja es necesario tener en cuenta que la clave está en pensar. Escribir y Escribir. Lo que sea, la clave está en aprender a dejar en el papel lo que se piensa.  Tampoco se debe olvidar que escribir tonterías también es una forma de expresión. Los borradores son los sazonadores de los relatos a futuro. Esta nota de servilleta quizá me sirva para controlar terreno. A modo de epígrafe: la voy a colocar al inicio de la prosa”.

Por asuntos de violencia grama y estilo, las palabras que quedarán en esta hoja a partir de ahora, vendrán un tanto nocivas: sin anestesia: sin pensar. Con prisa. Mediocres. Buscando afecto. Buscando la boca. Contando errores. Improvisando. Cortando ideas. Pegando oraciones. Para que una cosa tenga sentido con la otra. Definitivamente, divagar, nada más. A ver que sale. El Viajero emprende la ascesis en el momento que toca la hoja. Se percata, y siente como una extraña fuerza lo domina y lo obliga a escribir.  Se empieza a cuestionar, y arranca su dilema: “No es cuestión de certezas –dice–, sino más bien, una descarga de infinitas dudas. Un cuestionamiento rimbombante. Ese estudio a fondo de mí. Esas respuestas encontradas que no aclaran nada, sino que engendran camada de incertidumbre. Emano interrogación por los poros. Soy un ser confuso incompleto. No soy más que estas funestas palabras. Mi pensamiento está plasmado en esta hoja. Punto y aparte. Ahora, yo me pregunto si, en mi posición de ser vertebrado, puedo poner en duda mis propios pensamientos. Todas estas maniobras cognitivas, acaso estarán a la par con las demandas del espíritu. De esa exigencia. De ese sentir proveniente de tan adentro. El punto de partida de las ideas, con su respectiva sangría antes de empezar. La génesis del pensamiento. Releo… y pongo en duda estas palabras. De dónde habrán venido, de algún proceso de sinapsis, o del alma misma. Ahora no lo sé. Voy a tomarme el tiempo necesario. A ver qué sale. Tampoco la cosa es divagar en planteamientos inextricables”. El Viajero quiere dejar de pensar por un rato. Se prende un cigarro. Fuma y se marea. La realidad para él se torna especiosa. Disfruta el sosiego. Sonríe al destino. Hace aros de humo, seguido de figuras ambiguas y arabescas. Garabatea su cuaderno de espiral, y sin darse cuenta, ya tiene una iconografía de su imaginación, adornando los márgenes del cuaderno con tinta negra. Piensa en su soledad: de concreto, de pastillas, de vagón, de caspa y mosquitos, de gastritis y cefalea, de mentira, de absolutos. De innecesarios despidos. De cuenta regresiva. De praxis fugitiva. De lamento en balcón. Amargura de mausoleo. De placa de agradecimiento, recostada al pie de un altar. De viudas llorando. De cola de banco. De cigarro detallado. De sudoku. De adornos cogiendo polvo…  “De tú y yo haciéndonos los locos –piensa en voz alta–, soledad para ejercitar los párpados, después de una efímera temporada en la Ceguera, he sacado mis propias conclusiones. En la vida hay amores que se matan de repente. Cosas que se dicen una vez y nunca más. Personas que van y vienen. Encuentros casuales. Capricho juvenil. Adiós en Dolor mayor. Corazón en Fa sostenido por alambre. De tragedias convertidas en canciones. De carta perdida. En la vida, hay amores que nacen de todo y mueren de nada.  El silencio incómodo. La matanza rotunda del deseo. Siempre lo mismo. Los pequeños detalles que ya no cuentan. El pasado que deja de justificar el presente. El reclamo de lo que no se ha dado. En la vida hay amores como el nuestro: incompletos: jodidos: hermosos, pero tóxicos. Nada que ver con romance correspondido. Pura búsqueda de consuelo: Tú para sanar y yo para olvidar. Incondicionales pero al mismo tiempo egoístas. Ninguno le rinde cuentas al otro. En la vida hay amores como el nuestro: de altura. Inefable. Cosa de locos. La distancia es buena pero mala. En la ausencia, interpreto el papel de un personaje excéntrico y fantástico: demacrado por las ínfulas de querer estar enamorado”. El Viajero, entra en hueco, sale, hace catarsis y luego a mitad del trance, pierde el conocimiento: “Cuántas veces me quise perder en una nube y surcar como corsario sin rumbo los cielos. Cuántas veces pensé en otra cosa mientras reposaba mi cara en la bisagra entre el hombro y el cuello de un amante. Cuántas veces me he perdido en cavilaciones sinsentido. Estoy lleno de tanto miedo. Y, ahora que lo pienso mejor, me resulta ridículo confesarme de este modo. No siento culpa por nada pero sé, que en el fondo hay algo que perturba mi conciencia. Una idea que envenena, y justifica todo acto impulsivo. Cuántas veces he querido embalsamar el orgullo. Pienso en la soledad como un síntoma de moda. Para endurecer los huesos. Para hacernos daño. Para simular estados de ánimo. Para elaborar ficciones. Para perfeccionar el carisma. Para la invención del cariño. Para el ocaso de la estirpe. Para el olvido que, inevitablemente, seremos”. El Viajero, en un balazo directo al cerebro, se ha quedado dormido.

Alexander Urrieta

Gesto quebrado

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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