Prosa del cadalso

Un calmante. Un engaño temporal. Porque sé que todo está en la mente. La rabia se va extinguiendo a medida que voy cayendo en cuenta de que nada es real: que nada de lo que estoy viviendo es cierto. Quiero verlo de esa forma. Ya faltando tan poco, me gusta pensar que las cosas son así: A mi modo. Pero no vale la pena. La duda siempre se nos presenta en una incómoda visita.  Ahora me invade la incertidumbre. Confieso. Mi mayor temor es llegar a pensar y aceptar que hasta el Gusto es una imposición. Que la voluntad y el pensamiento alternativo sólo sean una mera construcción fabricada como técnica de defensa hacia nosotros mismos: para hacernos sentir únicos en un mundo donde ya nada tiene ni el más mísero signo de originalidad. Quisiera pensar que estas ideas son mías y sólo mías. Que este sentir de pertenencia no tenga nada que ver con un rasgo egoísta proveniente de un triste ser humano en particular. Es algo frustrante –lo admito– mirarme en los ojos de la ignominia y caer en cuenta de que no me conozco por completo, y que no llegaré tampoco a hacerlo. Toda una cuestión lamentablemente desagradable. Surge de nuevo la rabia. Surge de nuevo el dolor. En un atentado me meto el dedo índice en la boca hasta el fondo. Expulso en un acto vomitivo todo rastro de mariposas en el estómago. Con los ojos aguados contemplo el suelo y miro aquel desastre sentimental mezclado con bilis y comida. Ahora no sé si me siento mejor que antes. Busco engañar al cuerpo. Este trago de culpa que suda y deja un rastro circular en la mesa ya no tiene ninguna razón para existir. Me lo bebo para pasar el mal sabor que queda y molesta en esta boca. De nuevo disfruto un alivio momentáneo. Otro calmante por favor. Sé que llevo dos pero, es una situación que lo amerita… ustedes deben comprender. El exceso forma parte del disfrute del momento. El vicio vive, traga y se harta de nosotros. El vicio llega a ser mucho más fuerte que la voluntad, y más en esta hora macabra donde la muerte tiene su mano huesuda sobre mi hombro. Ya estando tan cerca del fin, me pongo un tanto sentimental, un tanto arisco quizá, molesto conmigo, susceptible con el mundo, despreciado por el tiempo y mi gente, que me reprocha con pretéritos y condena con petulancia. Cargo una rabia que no me deja pensar, que no me deja escribir. Tengo la mente en blanco y creo que es lo que más me causa arrechera. En intersticios de hipo y punzada tengo pensamientos rondando, pero son de esos que no motivan a nada. Pienso en las cosas que son y no son. En las cosas que pude llegar a hacer mejor. En lo que tengo: nada concreto. Aparecen esos incómodos dilemas existenciales, donde caigo en cuenta de que estoy más solo que nunca: enclaustrado en un inmenso cuarto de olvido abarrotado de multitud y odio. Pienso en otra cosa, para no lastimarme por completo. Paciencia en tres puntos suspensivos… Todo lo que sirva para distraer al cuerpo estará permitido. Otro calmante, qué bueno, nadie me reprocha el tercero. Muchas gracias. Debo admitir que estoy empezando a sentirme mejor. Los efectos de este soma terminal me alivian el alma: me nublan la mirada: me duermen las piernas. Ya dejé de estar vivo, pero aún sigo despierto. Me aproximo al cadalso y en una ráfaga de pensamiento asumo esta cruda realidad. Me niego a escribir. Me niego a ser capricho esporádico. Me niego a jugar con estos dados. Me niego a confesar mi pena. Me niego a llorar la ausencia. Me niego a fumar. Me niego a reír. Me niego a tomar. Me niego a dedicar poemas. Me niego a otro soliloquio frente al espejo. Me niego a escoger un bando. Me niego a todo. Me niego y me entrego al vicio: a mi dios a mi juicio, al mundo entero. Me niego y me encierro, en mi cárcel espero, solo, con mi sombra, si acaso la puedo considerar compañía todavía. Me niego y regreso de nuevo: al caos al oprobio, al sadismo de este público, que me observa desnudo en estas tablas y es testigo de mi futura condena. Una soga al cuello se prepara para quitarme el aire. Y en medio de gritos de culpa, insultos, maldiciones y plañideros lamentos, caigo al vacío, y estrangulo la última oración que me queda con estos fatídicos puntos suspensivos…………………….

                                                                                   exponiendo sin modales mis ojos rojos infernales……… mi lengua morada………………………

                                             y doy por concluido el acto…………………donde me entregué sin reservas, al abrazo constrictor de la muerte.

Alexander Urrieta

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@ElPerezosito

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