Botellas

Querida brisa caribeña, hoy andas complaciente conmigo. Aciertas en todo, y me gusta mucho con qué facilidad detectas el vacío que esta compañía a mi lado jamás encuentra ni llena. Espuma de mar, tú sí que sabes llenar con pureza y habilidad. Atardecer colosal, con tu brillo solar si que sabes calmar a este demonio citadino, no como esta amante incierta que se asoma de vez en cuando; no como esta botella medio vacía incrustada en la arena; no como esos asuntos egoístas que surgen y se acumulan día tras día; no como esos caprichos formados en cuidad. Tú eres distinta. Siempre estás ahí, y jamás lo reprochas al mundo. Tu dulzura se propaga por todos lados. Eso lo sabes muy bien. No puedo explicar exactamente cómo me siento. No sé si es el hambre o el trasnocho. No sé si es la bebida que genera este estado mío tan susceptible. No sé si es la inmensidad de la playa que me dopa y me pone en un estado risueño, con mi cuerpo desnudo sobre la arena, sin nada de trapo molesto encima, manteniendo el vuelo alto con pensamientos sabrosos y amenos. Pienso, y en un susurro de piedras me pones la piel de gallina. Pienso otro poco más e intento recrearte. Cómo plasmo tus curvas en un verso; cómo te doy el encuentro en medio de este mar y cielo; cómo alargar un beso en estas orillas; cómo logro tener tu cuerpo entero; cómo logro zafarme de este caos interno provocado por tus tormentos. Vamos a ver. Voy a hacer el intento. En soledad escribo y no me detengo. Lo admito. A mí me gusta escucharte. No sé si se deba a una cuestión de acento, química o dialéctica, o porque siento que estas ahí para mí, trayendo contigo algo exclusivo que en un breve espacio de tiempo lo puedo considerar tuyo y mío, aunque, claro está, que el Nosotros jamás es un tema de conversación. Te imagino de muchas formas, me das el chance de ser creativo contigo y conmigo. Te dibujo en mis pensamientos como quiera, a pesar de que veces te siento caprichosa y temerosa pero, qué importa, así aprendo a quererte, más por defectos que por virtudes, porque es en los días malos querida mía, donde debo saber cómo darte cariño. De qué sirve tanta perfección en esta vida. Para mi eres divina tal y como eres, y digo divina porque eres algo único, exclusivo. Cómo con tanta distancia puedes sacudir mi universo caraqueño. Supongo que es tu palabra. Es por eso, debe ser tu boca. Sí. Porque así es como has atrapado a este bicho hombre: con hilos de ideas provenientes de tan lejos. No es que sea presa fácil pero, debo admitir que usted sabe cómo hechizar y encantar a este loco viajero. Ahora no sé si estoy delirando. Todo se intensifica. Este sabor de cerveza que cargo en mi boca. Este olor a cigarrillo impregnado en mis dedos. Este pensamiento rimbombante de tenerte en mis brazos. Esta impotencia desquiciada de saber que no vamos a ningún lado. Ese placer ilusorio de sentir tu frío de hielo mezclándose en mi saliva. Esta sensación de vértigo en cada proceso de combustión. Creo que la bebida está haciendo efecto, y te escribo sin remordimiento, confesando mi estado de náufrago, de lobo marino solitario, que en medio de estas botellas danzantes y bamboleantes pide perdón, arrastrándose en la arena.

Alexander Urrieta

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Sigue las huellas de las ficciones

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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