La lengua totalitaria

El uso de la lengua que hacen los regímenes totalitarios no es un asunto limitado al interés de filólogos y académicos. Los estudios pioneros de Jean-Pierre Faye, Los lenguajes totalitarios (1972), y de Victor Klemperer, La lengua del Tercer Reich (1975), no admiten dudas; la lengua es uno de los más potentes y perniciosos instrumentos para alcanzar el objetivo de control absoluto de la sociedad.

Utilizamos aquí el calificativo de “pernicioso” porque una de sus características esenciales es el modo en que ella actúa: aparece como algo peculiar e inofensivo, que paulatinamente penetra y ocupa el cuerpo social. En primer lugar, es una lengua que avanza y captura para sus fines, cada vez más, territorios de la realidad. La lengua totalitaria opera bajo una lógica militar. Invade. Vigila. Impone prácticas y rutinas. Como si se tratase de un ejército de ocupación, pero no de las calles, sino del pensamiento de los ciudadanos.

Hay que entenderlo: la captura y ocupación de las instituciones, de los medios de comunicación y de la cotidianidad de las personas; o la aniquilación de las organizaciones de la sociedad civil o el creciente cerco a las libertades individuales, ocurre sólo bajo la articulación de una nueva lengua –una neolengua– que desconoce hechos y realidades, y superpone una vasta red de mentiras e invenciones, cuyo objetivo no es otro que el aplastamiento de la sociedad y el control del poder sin límites. Como bien escribió Klemperer, la lengua se convierte en el vehículo que transporta al régimen totalitario.

El acto de renombrar calles, parques, plazas, escuelas, edificios y obras de uso público; el establecimiento infundado de etapas históricas, que establecen una supuesta ruptura entre pasado y presente; el uso improcedente y reiterado de una profusa jerga militarista, de un palabrerío que se jacta de hablar a diario de guerra, batalla, enemigo, conspiración, sabotaje y muchas otras; la apelación permanente a los más extremos superlativos; la repetición de fórmulas, frases de solemne cursilería; la clasificación de “histórico” que se atribuye a cualquier irrelevancia (mientras el régimen inaugurado por Chávez se solaza en el uso de la palabra “eterno”, Hitler utilizaba el “super-superlavito” de “universalmente histórico”); el uso de comparaciones o explicaciones absurdas como política de Estado (la llamada “guerra económica” es un elocuente ejemplo de una invención, una superposición que se intenta imponer a la sociedad, de otra realidad: el fracaso de una política económica basada en el despilfarro y la destrucción del aparato productivo).

Porque en el fondo se trata de esto: la lengua totalitaria se entrelaza, opera simultáneamente con otras herramientas en uso, como el control total de los medios de comunicación y el deterioro sistemático de la calidad del sistema educativo. Cada uno de estos programas por separado, pero también concebidos como una estrategia, apuntan a un mismo objetivo: al embrutecimiento de la sociedad, al desmontaje de toda crítica y disidencia.

El Editorial – El Nacional Lunes 4  de Noviembre de 2013

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“Cada año habrá menos palabras, así el radio de acción de la conciencia será cada vez más pequeño”. 

“No habrá risa; no habrá arte; ni literatura ni ciencia; sólo habrá ambición de poder, cada día de una manera más sutil.

George Orwell – 1984

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia

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@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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