Utopismo y Pesimismo

Si los políticos venezolanos han sido maestros en el vicio de la promesa, la sociedad lo ha sido en el de la espera. La constante espera califica el espíritu de una patria que vive en atención a su mito irresoluto, a su héroe incompleto, y a la expectativa de que en algún momento imprevisible, por razones inexplicables, todo alcanzará la totalidad de lo cumplido y realizado. Las soluciones puntuales e imperfectas nunca son del todo bienvenidas; detrás de ellas se despierta el anhelo de lo perfecto, lo absoluto, lo nuevo y total, a la espera del día en que “todo se arreglará”. En ese sentido, la Revolución Bolivariana no sólo constituye una promesa de renacimiento nacional, sino una constante invención de novedades y proyectos, de conformación de instituciones, propagación de leyes y decretos, creación de misiones y programas que, en sí mismos, inyectan la impresión en el espectador de una constante renovación, más allá de que no siempre lo imaginado y futurizado soporte la prueba contra fáctica.

Caben las reflexiones de Rafael Tomás Caldera (2007:39-31) acerca de la condición cultural venezolana. Un país “volcado hacia lo futuro” y “pendiente de lo porvenir” –dice– supone el descuido del presente, la atención incompleta a lo que ocurre. Una constante anticipación que lleva a “vivir en la imaginación”. Un “afán de novedades” que somete a la nación a estar pendiente de lo último, de lo reciente, y de lo foráneo. Así, “la tensión hacia el futuro se traduce en predominio del proyecto en desmedro de su ejecución… Estar siempre iniciando nuevas tareas, proyectando nuevas empresas, cambiando de rumbo, impide aquella continuidad  en el esfuerzo que conduce a resultados sólidos”. Define el autor (2007: 63 y ss.) dos polaridades venezolanas, pesimismo/utopismo y desidia/aventura, que se esconden “bajo ese mesianismo que ha sido tantas veces señalado como uno de los rasgos de nuestra manera de ser: el problema de la esperanza”. El venezolano no cree en el resultado del esfuerzo cotidiano porque carece de esperanza, y la alternancia aventura/pesimismo se presenta “como resultado necesario de ese complejo estado de espíritu que puede ser llamado espíritu utópico”.

Ha sido frecuentemente estudiada la utopía americana que vino en la visión de los españoles, como consecuencia de la esperanza de una vida mejor, y cuya tradición se remonta hasta Platón. En su investigación sobre la utopía en el mundo occidental, Maria Ramirez Ribes (2005:32) comenta que “esta visión se acerca al equívoco que Europa tuvo en relación con la visión mítica idealizada de las nuevas tierras y que tanta incidencia tendría en la construcción de la utopía y en la trayectoria latinoamericana”. La perspectiva utópica rousseauniana necesariamente dejó su impronta en el pensamiento de los primeros repúblicos, y particularmente en Bolívar.

Desde ese mito fundador de la patria quizá arrastra Venezuela una permanente noción de comenzar desde cero, de suponer que todo puede construirse de nuevo, como si nada hubiera antes, sin pensar en las sociedades, los hombres, las costumbres, los paisajes preexistentes. Para François-Xavier Guerra (2006:34), la visión dualista de la historia que se impuso en los revolucionarios del ámbito latino (franceses e hispánicos) dividió los tiempos en un Antiguo Régimen, anterior a la revolución, en el que dominaba el despotismo y la ignorancia. El inconveniente, dice Guerra, surge de “hacer de la independencia un comienzo absoluto, planteando así problemas de inteligibilidad del pasado”. No sólo eso, podríamos sugerir. Un gran inconveniente se deriva también de la pretensión de crear un mundo nuevo que redimiría todas las culpas del pasado y permanecería después como futuro siempre inasequible.

am_24Ana Teresa Torres – La Herencia de la Tribu

 

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Publicado por

@ElPerezosito

Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

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