El Espejo

Nosotros los venezolanos, ante los ojos del mundo inspiramos una lástima muy particular. Padecemos de esa enfermedad terminal, típica y bastante conocida en aquellos pueblos masoquistas que carecen de identidad y conciencia histórica, que se sienten cómodos y orgullosos viviendo en los bordes de la catástrofe y el caos irremediable, ignorando que ignoran su propia ignorancia.

La demencia colectiva, pasó de banal apéndice a órgano complejo y grotesco. Un órgano maligno que se alimenta de nuestra esencia y nos consume diariamente, y nos ahoga en un mar de odio y resignación. Como todo enfermo terco, el venezolano aún se encuentra en su etapa de negación. No asume que tiene un problema, y le cuesta concluir que necesita ayuda únicamente de sí mismo. La gran mayoría no acepta, o mejor dicho, ignora que su malestar general, reside en su interior, o en el peor de los casos, afirma –errada y rotundamente– que es ocasionado por todo aquello que le rodea. Es algo normal, que la mediocridad busque siempre insaciable justificar su existencia. Culpamos siempre a nuestros políticos de turno –por ejemplo–, a sabiendas, de que somos nosotros los que escogemos ciega y desesperadamente que sean ellos, los que deben asumir las riendas de toda pesada y amarga circunstancia. Para otros venezolanos, resulta más sencillo esconderse bajo la sombra de la sátira y lo burlesco. Al compás del destructivo humor negro, vamos riéndonos  de nuestras desgracias, y escondemos la vergüenza, así como se esconde la tierra debajo de una alfombra antigua, y vamos olvidando por completo la razón de nuestro dolor, tras una carcajada momentánea y vacía. Para la gran mayoría de los venezolanos, el encarar realidades nunca ha sido una prioridad a tomar en cuenta. El egoísmo y la comodidad mantienen a nuestro pueblo en un letargo indefinido.

Cómo nos cuesta mirarnos al espejo para hacer una autocrítica fuerte y concisa. Cómo nos cuesta ver el error entre tanta intolerancia y división. Perdemos el tiempo. Divagamos en la tontería y lo pedante, y nos enfrascamos absurdamente en cosas que carecen de importancia y relevancia. El ser analfabeta y obtuso al mismo tiempo, ha sido siempre el auspicio vital de todo gobierno sucio y corrupto. Parece que nosotros los venezolanos somos los únicos que no percatamos eso, y vivimos atrapados en un círculo vicioso, dándole deliberada rienda suelta a un proceso de embrutecimiento masivo, que lleva gestándose por más de cincuenta años. De generación en generación, se puede evidenciar una enorme ausencia  de valores en lo venezolanos. Cómo nos hemos devaluado tanto. Tan poca cosa nos creemos, que hemos permitido que un grupo de hombres encorbatados, incultos y mediocres, vayan destruyendo la nación a su antojo. Tan decadentes nos sentimos, que diariamente nos dejamos sodomizar por aquellas criaturas verdes que se hacen llamar “guardias del pueblo”, que en vez de resguardar,  se dedican a tiranizar y humillar a todo aquel que se atreva a confrontarlos con la palabra.

Violencia desmesurada, que se respira en las calles e intoxica a nuestra gente. Ya no somos capaces de mirarnos a los ojos, ya sea por temor, o exacerbado escepticismo. El venezolano vive siempre en una trillada y confusa esperanza, pero ni siquiera sabe que espera. Aprendimos a vivir entre la poca dicha y el craso error. Reírnos de nosotros mismos, sabiendo que a la larga nos hace daño. Somos como un niño inmaduro, nos distraemos por cualquier cosa. Es una ironía, que conozcamos más de la vida íntima de una voluptuosa mujer sin seso, que de nuestros derechos como seres humanos. Irónico y ciego pueblo, que busca inútilmente el error cómico dentro de una perorata política, pero es incapaz de buscar el error en su enorme realidad. Irónico y ciego pueblo, que fomenta su marginalidad, echándose la culpa mutuamente, sin llegar a sanas conclusiones. Cuándo será el día que nos demos cuenta que la idiotez nos terminará consumiendo definitivamente.

Es por esta y muchas otras cosas más, que podemos explicar y entender el por qué somos un país tan atrasado. El permitir que esta situación se mantenga y tome consistencia, es la prueba evidente, de que somos un pueblo que no sabe –o nunca aprendió a– luchar por motivación propia. Es la prueba fehaciente, de que vivimos en una tierra donde la gente olvido reclamar unida, y aprendió para su individual comodidad, a mantenerse callada, mientras se queja y maldice a sus adentros, y se pudre.  En otras palabras, los venezolanos somos otro triste pueblo más, que decidió guardar un silencio bastante parecido a la estupidez.

Ahora todos nos preguntamos, qué es lo que nos depara el mañana. Será necesario un efecto placebo para empezar a caminar hacia adelante, o acabaremos perdiendo lo poco que nos queda de dignidad en un acto desmedido de radicalización y locura. Nadie lo sabe. De lo único que se puede estar seguro, es que fomentando la autocrítica surge el cambio individual, y sólo partiendo de ahí, es que nosotros los venezolanos, lograremos un sustancial cambio colectivo. Por ahora, ante nuestra diagnosticada enfermedad, el mejor tratamiento que nos queda, es mirarnos al espejo.

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Alexander Urrieta   – 16 septiembre de 2013

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Otro inconforme caraqueño que se rebusca en las redes sociales para destacarse sobre el resto de los animales.

Un comentario sobre “El Espejo”

  1. Querido Alexander… se aprecia en tus escritos una mente creativa, analítica , objetiva y realista. Yo me siento orgullosa de conocer un joven venezolano preocupado hoy día por los valores que se han terjiversado y que nos han llevado a la situación deplorable que vive nuestro país. Te felicito y sigue adelante que tus ideas seran tomadas en cuenta .

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